ACTUALIDAD CATÓLICA EN EL MUNDO

Distinción crucial entre técnica y tecnología

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Según el filósofo Fabrice Hadjadj, no se puede renunciar a la distinción crucial entre técnica y tecnología, y a profundizar el sentido de la dicotomía que nos ha llevado a una situación inédita para la humanidad. Con él hemos profundizado las consecuencias de la división entre técnica y tecnología.

 -Usted no sólo afirma que la tecnología es lo contrario de la técnica, sino que afirma también que la tecnología impone una visión espiritualista de la realidad, sobre todo a través del consumismo, íntimamente vinculado a la “tecnologización” de la vida.

-Sí. Es un error confundir tecnología y técnica, porque a cada proceso tecnológico le corresponde un retroceso técnico. La técnica es la destreza del campesino, del artesano, del artista. Y la naturaleza de la tecnología no lo es. Es más bien ciencia aplicada que produce aparatos cuyo fin es proporcionarnos una comodidad sin pasar a través de la destreza, simplemente pulsando unas teclas. Por este motivo la tecnología coincide con una privación de la técnica: no necesita nuestra destreza y nos da todo con un “clic”. Fingiendo que nos libera, nos hace dependientes de un dispositivo escondido.

»Nos olvidamos de que detrás de la pantalla del ordenador hay componentes electrónicos, hay una materialidad escondida hecha de gente que trabaja en las minas, de guerras por el coltán en el Congo, de centrales eléctricas y nucleares, de chinos que trabajan como esclavos en las fábricas. Una de las consecuencias de la pérdida de la destreza es que, sin saberlo, nos convertimos en cómplices de un sistema de explotación.

»Otra es que perdemos competencias técnicas: los hombres prehistóricos tenían muchas más competencias técnicas de las que tiene el hombre contemporáneo. El consumismo se basa en el mismo concepto que la tecnología: la instantaneidad. Quiero comer pollo y lo encuentro al instante en el supermercado; del mismo modo instantáneo aparece la información en el ordenador.

»Esta instantaneidad hace que perdamos cualquier tipo de relación física concreta con el mundo, con la resistencia de la realidad. El consumismo no es un materialismo. El consumista no está apegado a las cosas, más bien lo contrario: no tiene una relación patrimonial con ellas, no las hereda y no las transmite a sus descendientes. Detrás del consumismo hay una forma paradójica de espiritualismo: consumimos bienes que después descartamos y, así, demostramos nuestra superioridad respecto a los bienes materiales.
 
»Contra el consumismo reivindico el retorno a la destreza. Y contra su espiritualismo reivindico la materialidad y la tecnicidad del cristianismo. En éste hay una conciencia muy poderosa del trabajo humano, del encuentro con la realidad, con el orden de la naturaleza. Todas las imágenes de la Biblia están vinculadas a la agricultura y la ganadería. Dios Padre es un viticultor y Su Hijo es el buen pastor. Y el propio Verbo se ha hecho carpintero; o mejor, se ha hecho algo más, porque la palabra griega “tekton” que lo designa en el Evangelio según Mateo indica precisamente al técnico en el sentido de la destreza, del trabajo manual. Y la gran sabiduría de la vida monástica consiste en haber comprendido el profundo vínculo existente entre la genuina espiritualidad y el trabajo manual.

-Si queremos ser serios, esto debería tener también consecuencias políticas de amplio alcance.
-Ciertamente. Yo soy partidario del distributismo de Belloc y Chesterton: el problema no es el reparto equitativo de la riqueza, sino de los medios de producción. La familia tiene que volver a ser lugar de producción, además de lugar de relaciones y transmisión del legado.

-De hecho, usted sostiene que la tecnología comporta la pérdida no sólo de la técnica, sino también de la economía. Todos, en cambio, piensan lo contrario: la tecnología moderna como triunfo de la técnica y de la economía.
-Sí. Por muy paradójico que parezca, pienso que el mundo actual es el mundo de la pérdida de la técnica y de la economía. Si fuera el mundo de la técnica, el número de personas que saben tocar instrumentos musicales sería igual al número de personas que escuchan una orquesta sinfónica o un grupo mediante una instalación hi-fi. Pero es también pérdida de la economía porque la economía es “nomos” del “oikos“: es decir, según la etimología de la palabra griega, es esa disciplina, esa norma, que hace posible la vida de la familia, del hogar doméstico.

»En resumen, la economía no era, al principio, economía política. A los antiguos la economía política les hubiera resultado absurda, como un círculo cuadrado: la economía se juega a nivel de la familia, mientras que la política se juega a nivel de la polis. Los antiguos tenían claro que la familia no es sólo el lugar de las relaciones entre sus miembros, sino el lugar de la producción. Las familias se agrupaban para facilitar los intercambios de productos, pero no se puede hablar de una economía mercantil: era reciprocidad entre las familias.

»Hoy, economía es sinónimo de intercambio comercial y monetario, pero la producción familiar no pasa a través del dinero. Lo que se llama economía es la distribución de la economía, es su comercialización y “monetarización”. Hoy, cuando se habla de trabajo se piensa enseguida en un trabajo remunerado. En el centro de la cuestión está el salario, es decir, el dinero, que sirve para comprar las cosas que no sé producir solo. Ya no produzco nada, dependo totalmente del dinero. La primera de todas las tecnologías, la que hace que perdamos la destreza, es el dinero. Nuestra sociedad ha reducido cualquier uso y cualquier destreza a la utilización de dinero. En esto reside el principio de la comercialización. Pero todo esto no es economía, es subversión, es destrucción de la economía.

-Se dice que uno de los logros de la tecnología es la inteligencia artificial, pero usted no está de acuerdo.
-Se habla de inteligencia artificial en relación a la gestión de grandes cantidades de datos, que superan las capacidades del cerebro humano. En este ámbito, el ordenador nos proporciona respuestas que se asemejan a un ejercicio de la inteligencia, pero no lo hace recorriendo el camino del pensamiento o de la reflexión. Un aparato electrónico podrá incluso simular la inteligencia humana mejor que un hombre, pero será siempre una simulación porque detrás no hay el ejercicio de la inteligencia propiamente dicha. Algo que es propio de la inteligencia es dejarse sorprender por la realidad. Lo específico de la inteligencia es abrirse a la realidad viendo en ella algo que la supera.

»Por esto el ejercicio de la inteligencia a menudo desemboca en la maravilla y, por lo tanto, en la alabanza, o en la consternación y, por lo tanto, en la súplica. Ante el dato de la realidad, para el ordenador hay sólo datos. El dato de la realidad se resume en datos que se intenta poner en relación, gestionar mediante un algoritmo. En cambio, lo que es propio de la inteligencia es ver en estos datos no sólo datos, sino un “donum“, es decir, una donación que, de alguna manera, supera nuestra capacidad de gestión. Sí, yo puedo gestionar las cosas, manipularlas, pero porque hay, ante todo, una generosidad de lo real dentro de la cual las cosas se donan a  mí.

-Ya sea que se trate de biotecnologías, de procreación asistida o de logros de la comunicación electrónica, no se puede decir que nuestros contemporáneos no hayan sido avisados de los efectos nocivos de la “tecnologización” de la vida humana. Y, sin embargo, no se observa ningún arrepentimiento, más bien lo contrario: la marcha hacia la transformación del hombre en un producto no se detiene. ¿Por qué esta obstinación?
-No es del todo cierto que no haya una reacción. Muchas personas buscan modos de vida alternativos. Existe el fenómeno de los neorrurales, personas que ha hecho estudios altamente especializados en ingeniería y en economía y que ahora se dedican a la agricultura y al artesanado. Conozco jóvenes que han estudiado filosofía y, después, han creado una eco-aldea recuperando un pequeño pueblo abandonado en el que están reuniendo a las familias para una experiencia de autonomía económica y de solidaridad educativa a través de la escuela parental.

»Pero hay algo de verdad en su observación. Si nos lanzamos tan fácilmente a los brazos de la “tecnologización” y de la comercialización generalizadas es porque estamos inmersos en una profunda desesperación. Hasta el siglo XX existieron utopías políticas y sociales que prometían al hombre la salvación a través de la acción política. Estas utopías se han derrumbado bajo el peso de los totalitarismos que ellas mismas generaron, y por su ineficacia. Hoy es el tiempo de la utopía tecnológica, pero no es una verdadera utopía: se cree en ella sólo a medias.

»Lo que domina es la consideración acerca de la mortalidad de la especia humana, la finitud de cada individuo: es bonito vivir en familia y cultivar la tierra, pero ¿para qué sirve si todo está destinado a morir? ¿Por qué tener hijos si también ellos están destinados a pudrirse en una tumba? Entonces se elige el aturdimiento. Tampoco en la época de las utopías políticas y sociales había una verdadera esperanza, pero había esperanzas mundanas que eran la versión secularizada de la esperanza cristiana. Pero desaparecidas aquellas, lo que reina es una profunda desesperación. La utopía tecnológica no crea verdaderas esperanzas, pero representa más bien la esperanza de entrar en una diversión absoluta que nos impida ver nuestra profunda desesperación.

-Una crítica de la “tecnologización” de la vida debe medirse con la “emocionalización” del debate público, en el que se habla sólo por eslóganes. Quien reclama el respeto de los límites o evidencia las exigencias de la verdad objetiva es acusado de oponerse a la novedad, al cambio, a la innovación. ¿Existe una antídoto para todo esto?
-“Tecnologización” y “emocionalización” están íntimamente vinculadas. La tecnología favorece un modo impulsivo de relacionarse con las cosas. Ya no existe la paciencia del aprendizaje: se pulsan unas teclas y se obtienen cosas. Detrás hay una supertecnología altamente racional, pero el  usuario de esta tecnología actúa de manera “pulsional”. “Pulsional” en dos sentidos: en el sentido de que no hay control, no hay orden en las emociones, por lo que se difunde el culto a la emoción, pero “pulsional” también en el sentido de que se pulsan unas teclas.

»La tecnología cultiva un modo “pulsional” de relacionarse con el mundo. Esto lo expresa muy bien James Graham Ballard (1930-2009) en novelas como Crash y Rascacielos. Este autor nos ha mostrado cómo bajo la superficie del mundo hiper-tecnológico se incuba la crueldad. Basta que nuestro ordenador deje de funcionar e inmediatamente nos alteramos más de lo debido. Es la propia “tecnologización” la que crea un dispositivo “pulsional”. Y este dispositivo “pulsional” va en el sentido de la emoción, por lo que se habla con eslóganes o demostrando compasión. La incapacidad de recurrir al pensamiento y de expresar sentimientos ordenados es total.

»Después tenemos la cuestión de la novedad y de la innovación, que no son en absoluto la misma cosa, más bien al contrario: la innovación coincide con el rechazo a la novedad. La innovación es la novedad en lo que concierne a los objetos, sin importar la novedad de los sujetos. La novedad en lo que respecta a los sujetos es nacer. O renacer. Cuando nace un nuevo ser humano, o cuando una persona experimenta un cambio interior, una conversión, entonces nos encontramos antes una novedad que atañe al sujeto. ¿Qué es la innovación? Es empezar con pluma y tinta, para pasar sucesivamente al bolígrafo, después a la máquina de escribir y al portátil. Haciendo esto, ¿he desarrollado mi destreza, he aprendido a escribir como Virgilio, Dante, Alessandro Manzoni, Eugenio Corti? No. Los objetos han progresado, el sujeto no.

»El segundo problema de la innovación es que representa el reino de la obsolescencia: la cultura de la innovación es la cultura del descarte de la que habla el Papa. El objeto innovador hace que descartemos el viejo: ya no existe la tradición, la recuperación, el legado. A cada paso el objeto innovador expulsa al antiguo reduciéndolo a descarte, a algo obsoleto. La lógica de la innovación es la lógica de la obsolescencia. ¿Por qué se va en esta dirección? A causa del resentimiento por el nacimiento, por la maravilla de haber nacido. Hoy se piensa que nacer no es un bien: ya no tenemos esperanza, por lo que es una desgracia haber nacido. A causa de este odio al nacimiento nos lanzamos al vórtice de la innovación de los objetos, nos aturdimos con la diversión generalizada.

Rodolfo Casadei para Tempi, 17 / Traducción de Helena Faccia Serrano

 

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sociedad

Malgastar la vida mirándola a través de una pantalla

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Youtube y los Youtubers

¿Qué clase de cultura estamos promoviendo  entre los jóvenes Iberoamericanos?En el mundo anglosajón, aún dentro de la cualidad líquida de esta generación, los jóvenes tienen inquietudes por lo nuevo, cierto interés por lo desconocido (como por la fe cristiana), e incluso se manifiestan en cierto punto emprendedores o exploradores del mundo. No hay más que ver el ingente número de videos de Youtube donde encontramos a jóvenes haciendo proezas físicas, o haciendo complejos covers de canciones modernas, o llevando al límite sus capacidades para superarse. Pero casi siempre jóvenes del ámbito anglosajón: Inglaterra, o Estados Unidos o Alemania. Sin embargo, los Youtubers españoles, en su mayoría, de dedican a hacer videos graciosos, a veces a costa de los demás, o videos grabándose mientras juegan a un videojuego, o críticas a otros videos de Youtube, o llevando a cabo retos que además fomentan la falta de respeto por uno mismo. Mayor es mi sorpresa cuando en el colegio pregunto a los adolescentes de primero o segundo de la ESO que qué quieren ser de mayores, y su respuesta es: “yo quiero ser Youtuber”.

Vivir la vida a través de una pantalla

Si bien es cierto que una de las características de las llamadas “generación Y” o “millenials” y “generación z” es que tienden a vivir la vida a través de una pantalla, no es menos cierto que estas generaciones, en España, no lo hacen desde la inquietud o la búsqueda, sino desde el mero aburrimiento. Es cierto que el genio español (y latino) es por su naturaleza más alegre, extrovertido, y es más capaz de quitar hierro a las cosas y relativizarlas; y estas son cualidades que no debemos perder. Pero también es cierto que el carácter español ha sido también emprendedor y arriesgado. Sin embargo, da la impresión de que nuestras jóvenes generaciones simplemente se sientan a ver pasar la vida de otros a través de una pantalla, mientras su propia vida se consume. Y vemos proliferar entre los jóvenes latinos y también españoles juegos virtuales, como la ballena azul, que incitan a realizarse cortes, llevar a cabo retos peligrosos, hasta acabar suicidándose, mientras todo es, por supuesto, fotografiado y subido a las redes sociales. Escandaloso. Hace poco un psicólogo me decía que la felicidad de las nuevas generaciones se mide por los “likes” que obtienen en las redes…

Un propósito

¿Qué les falta a nuestros jóvenes? No entraré en las causas que están llevando a los jóvenes españoles a esta falta de empuje e iniciativa, y de perseverancia, porque tendría que hablar de política, y entonces sería el cuento de nunca acabar. Además, yo no busco problemas sino para proponer soluciones. Necesitamos despertar en nuestros jóvenes la comprensión de que su vida tiene un propósito. Están aquí por algo y para algo, que si no realizan ellos, no realizará nadie en su lugar. Su vida, objetivamente, tiene un impacto sobre miles de vidas, y si ellos no existieran, las vidas de miles de personas serían diferentes. Y si dejan de llevar a cabo el propósito para el cual están en este mundo, nadie lo hará en su lugar. Necesitan encontrar ese propósito. Y ese propósito pasará siempre por sacar lo mejor de sí mismos, y ayudar a mejorar a los demás.

Un ideal

En relación a ese propósito, es necesario también que les propongamos un ideal. El ideal es la idea motriz que nos mueve, que nos tensa y nos pone en camino, sacándonos constantemente de nuestra zona de confort. El ideal, como expresa su mismo nombre, es ideal, y en cierto modo inalcanzable; por eso mismo nos tensa siempre hacia un “más” y no nos permite caer en el conformismo ni dejar de caminar. Siempre nos mueve a crecer, a seguir desarrollándonos, a no conformarnos con la vida ni con el mundo que nos rodea. Si el ideal no fuera ideal, al alcanzarlo, volveríamos a quedarnos parados… Por eso es fundamental volver a hablar a nuestros jóvenes del propósito y del ideal personal. Sólo esto es un motor que les moverá hacia la inquietud, hacia la verdad, hacia su propia realización. Cada uno de ellos debe descubrir su propósito, su vocación, y en relación a ella, establecer su ideal.

Una apasionante responsabilidad

Esto vale para todo joven, no sólo en relación a la fe. Sólo el deseo mueve hacia el conocimiento, sólo del deseo mueve hacia Dios. Una vez una adolescente me decía: “mi generación no se mueve por deseos, sino por impulsos”. ¡Increíble verdad! Por eso hemos de fomentar el deseo, el propósito, el ideal. Sólo así nuestros jóvenes se encontrarán a sí mismos, y sólo así nuestras iniciativas evangelizadoras podrán tener un eco en ellos. Sólo así lograremos que aparten sus ojos de las pantallas y miren la vida de frente, que puedan tomar conciencia de su poder para cambiar el mundo. Sólo así podrán descubrir, quizá, que Dios les ha pensado con un propósito, con una vocación, en la que se cifra su propia felicidad y la de muchos otros. Sólo así, quizá, nuestro mundo volverá a parecerles una apasionante responsabilidad.

Jesús María Silva Castignani / ReL, 2017

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política

El primero de los sifrinos progres fue Karl Marx, cuyo padre era un burgués

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 Gloria Álvarez estudió Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Posteriormente completó un master en Desarrollo Internacional en la Universidad de Sapienza, en Italia. Se dio a conocer en España tras un discurso contra el ‘socialismo del siglo XXI’. Desde entonces, ha impartido numerosas conferencias a ambos lados del Atlántico y ha publicado dos libros: ‘El engaño populista’, firmado al alimón con Axel Kaiser, y ‘Cómo hablar con un progre’. Ambos ensayos han sido editados por Deusto y el último de ellos acaba de salir a la luz.

 

Libre Mercado se ha reunido con Gloria Álvarez con motivo de su participación en el Free Market Road Show, un congreso de ideas liberales organizado por el Austrian Economics Center que, un año más, ha hecho parada en Madrid de la mano del Instituto Juan de Mariana.

 

-En su nuevo libro denuncia el origen burgués de muchos líderes de la izquierda. Aquí les llamamos pijiprogres.

En efecto. El primero de los pijiprogres es Karl Marx, cuyo padre era un burgués. Otro ejemplo notable: Fidel Castro, cuyo padre atesoró un patrimonio millonario. ¡Y cómo olvidar al Che Guevara! No dejaba de ser un argentino que venía de un entorno acomodado.

 

-¿Y por qué pasan de pijos a progres?

Creo que la sociedad burguesa nos genera un nivel de bienestar razonablemente elevado y que eso hace que nos preguntemos por qué hay pobreza o desigualdad. De ese caldo de cultivo nace un cierto sentimiento de culpa que explica que muchos pijos acaben siendo progres.

-¿Los progres han pasado del ‘prohibido prohibir’ al ‘prohibido no prohibir’?

Es el resultado de creer en un hombre nuevo, una idea de Marx que siguen cultivando porque siguen idealizando un mañana en el que la gente actúe según ellos desean. Cada vez que alguien rompe con ese ideal, el progre interviene para decirle cómo debería vivir su vida. Y de ese obsesión prohibicionista deriva el problema de la corrección política, que limita cada vez más lo que podemos decir. De repente, resulta que está mal llamar negro a un negro o llamar indio a un indio…

-En su libro habla del culto al líder en el que caen los progres.

Es peligroso que tengan una actitud tan sumisa ante sus líderes. Si el progre tuviese más curiosidad por resolver los problemas, se abriría a otras ideas, y eso les ayudaría a entender, por ejemplo, que el capitalismo ayuda a reducir la pobreza. Pero ellos no dan ese paso. Se quedan en la alabanza al líder mesiánico y nunca observan la realidad de manera crítica. Son incapaces de cuestionar sus creencias.

Piensa en el discurso ecologista. Gracias al mercado tenemos innovaciones que preservan el medio ambiente. Tenemos coches eléctricos, filtros para el agua no potable… Todo eso está ahí y ha surgido del capitalismo, pero los prejuicios hacen que el progre mire hacia otro lado y siga culpando al mercado de todo.

Incluso en el caso de Venezuela nos encontramos con la mismo actitud. Aunque la gente está en la ruina, comiendo basura, siguen negando que ese sistema socialista genera miseria.

-En el libro apunta que Trump ha revolucionado el panorama y está aterrorizando a los progres.

Lo curioso es que aterroriza a los progres hasta el punto de que los seguidores de Podemos acaban criticando sus medidas proteccionistas… ¡Ni que Pablo Iglesias fuese un defensor de la globalización!

-¿Por qué ganó Trump?

Hay distintos motivos: Obama dejó un legado de fracaso económico, los votantes no querían que los Clinton volviesen al poder…

-¿Cómo afronta el progre el reto de la lucha antiterrorista?

Por un lado, los progres dicen ser defensores del feminismo. Pero, por otro lado, no tienen problema a la hora de defender la discriminación hacia la mujer cuando se hace en nombre del islam. Es un contrasentido, una disonancia cognitiva que no parece preocuparles.

-Pero lo que debemos tener claro es que emigrar de un país a otro implica aceptar una serie de normas, costumbres, culturas…

¿Tiene sentido permitir que alguien llegue a nuestros países con ánimo de acabar con esas normas, costumbres y culturas? ¿Tenemos que abrirle las puertas de nuestros sistemas de libertad y democracia a quienes pretenden socavarla? En Estados Unidos, la inmigración ha sido intensa a lo largo de los siglos, pero ha funcionado porque quienes llegaban al país aceptaban una serie de elementos esenciales, empezando por la Constitución.

-Las feministas nos dicen que necesitamos más mujeres en política. Yo digo que depende, que no es lo mismo Thatcher que Kirchner.

Efectivamente. ¿Necesitamos más mujeres en política? No: lo que necesitamos son más mujeres libertarias en política. Como bien dices, Cristina Kirchner es mujer y fue desastrosa. Dilma Rousseff también mujer… y también fue desastrosa. Michelle Bachelet, otro ejemplo más: también mujer y también una dirigente desastrosa. Y ni hablar de lo que habría supuesto un gobierno de Estados Unidos presidido por Hillary Clinto. Por tanto, tenemos que romper con ese modelo de participación femenina en política basado en el socialismo.

-Impartes muchas conferencias en universidades donde no siempre es fácil promover ideas como las tuyas. ¿Cómo lo llevas?

He llegado a recibir amenazas de muerte. Al final, es la consecuencia directa de permitir que el Estado nos adoctrine. Hoy en día, las universidades se mueven en un campo de sectarismo en el que no se fomenta un clima de libertad intelectual, sino que se reprime toda opinión disidente.

-En España se habla mucho últimamente de las consecuencias disruptivas que puede tener la innovación. ¿Compra ese discurso pesimista o acepta un mayor progreso aunque suponga una mayor desigualdad?

Si admitimos que la innovación nos lleva a una mejor calidad de vida por la vía de servicios más sofisticados y más baratos, entonces tenemos que admitir la desigualdad, porque esa es la consecuencia que se deriva de los grandes cambios productivos. Y, si lo que pretendemos es evitar la innovación por la vía de imponer la igualdad, entonces tenemos que cerrarnos al mundo, y eso es lo que genera que, en pleno siglo XXI, La Habana esté igual o peor que hace cincuenta años.

LD, 3-17

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sexualidad

Ante el avance arrogante de la ideología de género

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Una frase citada con frecuencia, en distintas variantes, reza así: “Ya no me extraña la maldad de los malos sino la indiferencia de los buenos.” La tesis principal de las líneas que siguen es que nuestra sociedad, de raíces cristianas, no sufre de simple indiferencia sino de algo más profundo y también más concreto: complicidad.

Detrás del muro de silencio cómplice frente a tantos abusos contra la familia y contra la fe católica no hay gente distraída, simplemente, sino gente que considera con firme convicción que hay lazos que les unen con aquellos que asaltan capillas, izan banderas arcoiris o blasfeman con rabia y cinismo. Mientras no tengamos claro qué es lo que tanta gente encuentra en común con esos extremistas seguiremos haciendo marchas que los medios de comunicación ignoran y clamando en vano ante los tribunales. En efecto, una proporción inmensa de nuestros jueces han perdido todo contacto con la ley natural y por eso, en últimas, sus fallos son opciones políticas: ellos no se sienten capaces de batallar contra la marea de la opinión dominante.

Así pues, ¿qué hay en común entre los extremistas–que pueden parecer posesas enloquecidas, como las FEMEN–y el ciudadano típico, que lleva una vida típica, en una ciudad también normal y típica?

Sucede que hace tiempo se rompieron los canales de comunicación entre el pueblo y sus dirigentes. Hace tiempo el egoísmo se instaló como lenguaje casi único del empleador hacia el obrero, con la consecuencia de que el obrero descubrió, también hace tiempo, que su único lenguaje, el del sindicato, tenía que mirar sólo los intereses egoístas del propio sindicato, así ello destruyera a la propia empresa, y fuera entonces suicidio laboral del mismo sindicato.

Algo semejante puede decirse de otros ámbitos de la sociedad: el anonimato que cunde en tantas parroquias católicas, la corrupción de la clase política, la vida irreal de las estrellas de la farándula, incluso la compra de resultados deportivos en las grandes asociaciones de clubes de fútbol: todo ello espeta al ciudadano de a pie que no vale, que no importa, que sólo existe para pagar impuestos y para ajustar las hojas de cálculo de las empresas transnacionales.

La agresividad ha surgido de ese humus de banalidad civilizada para instalarse como forma única de expresión; su engendro más visible y su punta de lanza son los extremistas y los antisistema, que, por haber nacido del humus que todos comparten, ya no son vistos como seres monstruosos sino como “vanguardia” de una especie de movimiento anónimo y omnipresente que reivindica a su modo lo que un día se supone que serán bienes por todos compartidos. O por lo menos ese es el mito que, en mi opinión, sirve de conexión entre los más violentos activistas y los más serenos inquilinos de la clase media de cualquiera de nuestros pueblos, campos o ciudades.

En el fondo es la misma lógica que uno encuentra en el terrorismo.

¿Quieren “inmolarse” con un chaleco de bombas todos y cada uno de los palestinos? Seguramente que no. Pero muchos, muchísimos, piensan que quienes sí se inmolan están empujando hacia adelante una causa que: (1) está justificada; (2) se impondrá tarde o temprano; y (3) no se va a conseguir de otro modo. Si este análisis es correcto, ello explica la actitud que, repito, no es de indiferencia, sino de auténtica complicidad. Como la que muchos palestinos pueden sentir al saber que alguno se ha “inmolado” llevándose por delante a docenas de “sionistas.”

La complicidad surge, entonces, de un doble acto mental: por una parte, minimizar la aberración ética del extremista (ya que se supone que no hay otro modo de lograr que las cosas cambien), y por otra parte, compartir algo de la “causa” que el terrorista, agresor o extremista predica y practica.

Cabe entonces preguntar cuál es esa “causa” que resulta tan preciada por el común de tantas personas, en el caso de la demolición de la familia tradicional o en el caso del ataque frontal y enloquecido contra la Iglesia Católica.

Esa “causa” es un cóctel envenenado que combina casi todos los “ismos” que Usted puede haber oído en tiempos recientes: individualismo, hedonismo, materialismo, relativismo, subjetivismo… Semejante revoltura ha sido refinada una y otra vez, desde la Ilustración y la Revolución Francesa, pasando por la Modernidad y el positivismo, hasta llegar al existencialismo ateo y la llamada postmodernidad.

Es una bebida ya muy sofisticada, capaz de deleitar los paladares de millones de individuos, que pagan con gusto el precio de beberla: ese precio es el olvido de Dios (reducido a estorbo para el despliegue de la libertad del súper-hombre) y el olvido del prójimo, que queda reducido a enemigo, herramienta, juguete o cómplice. Recluido en su mismidad asfixiante, prisionero de su sed, que presiente insaciable, obligado a llamar “su libertad” a la prisión que labraron miedos y codicias, el hombre postmoderno sólo tiene claro que quiere reinar, sea como sea, y por encima de quien sea.

De ahí el odio a la Iglesia.

La Iglesia, la Católica por supuesto, es la suma de todo lo que se opone a los “ismos” que como legión de demonios poseen con furia el corazón del hombre contemporáneo. Por eso a la Iglesia no se le puede escuchar, ni razonar con ella, ni darle espacio en la plaza pública, ni reconocerle ningún bien. La Iglesia es el enemigo, y según el salvaje refrán español: “Al enemigo, ni agua.”

Así como se oye: debajo de la aparente serenidad de muchos de nuestros conciudadanos hay espesas miasmas de frustración y de odio. Es una consecuencia del ideal fundamentalmente pagano que ha quedado sembrado en sus corazones, ahora repletos de los “ismos.” Para quien no tiene trascendencia, para quien desespera de la verdad objetiva, para quien su vida es tan libre como un garabato que nadie querrá leer jamás, ¿qué queda? ¿Qué acompaña al “yo” desocupado de toda fe, toda esperanza y toda verdadera caridad? Lo único que realmente le queda a ese “yo,” tan mutilado como altanero, es su sexo, su potecia y deleite sexual. En la efímera explosión de un placer que quiere llamar completa y absolutamente suyo–según le exige su subjetivismo agobiante–el hombre postmoderno imagina, en un relámpago de endorfinas, que todavía está vivo.

Por eso la identidad sexual se convierte en el reemplazo de todo, o casi todo: es el mendrugo de cielo, es el simulacro de la compañía, es el placebo ante la angustia, es una mentira capaz de embriagar, es una libertad grosera y blasfema, como enseñó Voltaire que tenía que ser la libertad.

El “yo” postmoderno, ateo no por reflexión sino por hastío, materialista no por convicción sino por refugio, subjetivista no por elección sino por ignorancia, relativista no por análisis sino por pereza, ese “yo” grita que tiene sexo. Su grito se vuelve graffiti pornográfico, blasfemia contra el Rosario, aborto simulado a las puertas de la catedral de Tucumán, publicidad asquerosa de niñas con pene en España. Y el eco de su rugido arroja algo de consuelo a los postmodernos exiliados, embriagándolos con el engaño de que todavía podrían así vencer a la Nada; es decir, aplazar el suicidio, que será debidamente “asistido” después de haberlo pagado en su integridad.

El sexo como reemplazo de todo: hasta ahí hemos llegado. Y por lo mismo, quien se atreva a resistir, quien no doble la rodilla ante el gran baal de nuestro tiempo es tratado como hereje, y así debidamente castigado. Los feligreses de este baal, regados por las avenidas, parques y centros comerciales son los miles de ojos de la Bestia, que no soporta disenso y que sueña que tiene por fin su Babilonia, o su Sodoma rediviva.

Por eso hay complicidad; por eso los jueces pueden en tantos lugares prevaricar contra la Iglesia, a sabiendas de que nada les va a pasar; por eso los diputados pueden destrozar la familia, pues bien conocen que si la víctima se lleva en pedazos al altar de baal nadie se quejará; por eso las productoras de cine se descaran y venden a puñados sodomía y perversión, con la certeza de que el dinero que invirtieron en la producción de sus bodrios al final se recuperará con creces. Tiempos duros nos han tocado.

Pero no tiempos imposibles. Nada toma por sorpresa a Dios. Nada.

El camino será el de siempre: catacumbas que acogen comunidades compactas en la oración, la fraternidad y la sólida enseñanza. Mártires aquí y allá; dolorosas defecciones y traiciones en diversos sitios, incluso por parte de clérigos; dudas del tamaño de cataclismos y catástrofes de mayor tamaño que nuestros miedos. Y al final, un nuevo renacer. Y nuevos santos; incluso nuevos modelos de santidad. O tal vez el retorno de Cristo, aunque yo no diría que vaya a ser tan pronto. Sólo Dios lo sabe.

Nelson Medina, OP / InfoC., 2017

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QUE NOS DEJEN SER HOMBRES

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        Observando el proceder de los políticos, de la gran mayoría de ellos, me da la impresión de estar en una granja experimental en la que intentan atiborrarnos de pienso, compuesto según la conveniencia ideológica. El pueblo llano está indefenso ante tanta manipulación mediática, y tanta politiquilla barata que vive del engaño permanente, de la mentira compulsiva y programada para arañar votos y aplausos, y perpetuarse en las poltronas bien remuneradas. Parece que el pueblo no necesita otra cosa que no sea pan, circo y promesas bonitas, diversión y ruido, fobias y aplausos, unos contra otros, y a no pensar demasiado que no es bueno.

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        Y el caso es que la gente traga lo que le echen. Y se callan, o se lamentan en corrillos intrascendentes. Y ahí andamos siempre discutiendo de lo accidental, de la columna de humo que nos sueltan, y lo verdaderamente serio  queda reducido a círculos menores que se toman la molestia de pensar, de discernir, de aprobar o de discrepar.

Y la verdadera oposición que milita en el pueblo anónimo contrarresta su indignación con alguno de los pocos debates que se atreven a ir contra corriente. Es verdaderamente suicida enredarnos en luchas fratricidas cuando está en juego el pan diario de millones de personas. Nos están entonteciendo con droga  ideológica y demagógica, y es hora que nos planteemos en serio la cuestión básica: ¿Qué necesitamos? ¿Qué estamos esperando de nuestros dirigentes? ¿Qué tenemos derecho a recibir? Les pagamos el sueldo no para que se peleen como niños, sino para que piensen seriamente en el bien de todos.

        Cuenta una historia lo siguiente: 

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más? Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy escuchando el ruido de una carreta. Eso es – dijo mi padre- Es una carreta vacía.

Pregunté a mi padre.: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, sí aún no la vemos? Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido.

Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.

Me convertí en adulto, y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: “Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”

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        Y esto lo aplico yo a los profesionales de la cosa pública. Se habla mucho, se promete, se agrede, se desautoriza, se miente a voz en grito, se ridiculiza, se descalifica y se mofan del contrario. En algunos parlamentos hasta se llega a las manos, se acusan mutuamente, se espía, se chantajea, se traiciona, se prevarica… Parece que todo vale para conseguir el fin que se  pretende.

En definitiva, hay un fuerte déficit de ética política. Y la ética es la reflexión sobre lo que realmente necesitamos. Es el ethos el que orienta al político a hacer proyectos objetivos, pensando en lo que necesitamos. Y ¿qué es lo que realmente necesitamos en este momento? Hace ya tiempo que se dijo, y hoy es más urgente que nunca. Nuestra sociedad laicista necesita un rearme moral.

No lo dudemos, la causa de la crisis que estamos sufriendo es la ausencia de valores. Nos hemos pasado muchos años minando los cimientos, hasta que el vendaval económico ha derribado la casa. Se cumplen las palabras de Cristo: El que no escucha la Palabra es como el que edifica sobre arena, cuando llega la tormenta la casa se hunde totalmente.

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        En el fondo de todo el asunto, lo que está en juego es la concepción del hombre. La gran batalla que hay que librar tiene como único frente ético y moral la defensa del ser humano, contra los que C.S. Lewis denomina “la abolición del hombre”.

Robert Spaemann se atreve a afirmar lo siguiente: Si Occidente no vuelve a encontrar la perla preciosa que constituía su núcleo central, acabará convirtiéndose en el lugar más privilegiado del planeta para asistir a la desaparición del hombre. Rotunda y audaz sentencia del filósofo alemán, pero muy cierta. Entonces, ¿qué necesitamos? Que enseñen a ser hombres y nos dejen serlo.

Juan García Inza / Rel 2017

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sociedad

Un físico de 94 años inventa una batería que se carga en minutos y dura tres veces más

energia-electrico-generacion-de-energia.jpgUno de los inventores de la batería de ión-litio, que alimenta desde móviles hasta coches eléctricos, asegura a sus 94 años haberle encontrado sucesor

 Tras dejar el Ejército al acabar la Segunda Guerra Mundial, el veterano John Goodenough empezó a estudiar física con 23 años, pese a que su profesor pensaba que era demasiado mayor ya para tener éxito como físico. Y el éxito tardó en llegar. En 1980, cuando tenía ya 57 años, fue uno de los inventores de la batería de ión-litio, la que empleamos en móviles, tabletas, ordenadores portátiles y coches eléctricos. Pero ha seguido trabajando. Y hace dos años descubrió el trabajo de la investigadora portuguesa Maria Helena Braga y la convenció para que se fuera a trabajar con él en la Universidad de Austin, Texas. Juntos dicen haber descubierto el Santo Grial del almacenamiento de energía.

 Y es que la nueva batería lo tiene todo. No explota ni arde, característica que seguramente enamore a Samsung, puede almacenar al menos tres veces más energía en el mismo espacio, tarda en cargar minutos en lugar de horas y admite muchos más ciclos de carga y descarga (en concreto 1.200) sin perder apenas capacidad, lo que permitiría alargar su vida útil. También podrían operar a temperaturas de entre -20ºC y 60ºC, lo que facilitaría su adopción en países fríos.

 Las baterías que usamos actualmente emplean electrolitos líquidos e inflamables para transportar los iones de litio entre el ánodo y el cátodo. Una carga demasiado rápida de la batería provoca que se formen las llamadas dendritas, una suerte de grietas que si crecen demasiado pueden llegar a conectar directamente ánodo y cátodo produciendo cortocircuitos que son los responsables de que algunas baterías ardan o exploten. Braga y Goodenough dicen haberlo evitado empleando electrolitos sólidos.

 Algunos investigadores dudan de que realmente hayan construido una batería de estado sólido funcional. “Es un poco como la fusión fría, un experimento difícil de creer”, opina Jeff Dahn, investigador de la Universidad de Dalhousie. “Si lo hubiese publicado otro que no fuera Goodenough sería, bueno, es difícil encontrar una palabra educada para definirlo”, ha declarado a Quartz el profesor de Princeton Daniel Steingart. La razón es que para que una batería funcione el ánodo y el cátodo deben estar hechos de materiales distintos que produzcan diferentes reacciones electroquímicas para que haya corriente entre ellos, y esta batería emplea el mismo material en ambos polos.

 La estructura de la batería, además, permite el uso de materiales más baratos que el litio, como el sodio, lo que eventualmente podría hacerlas más baratas de fabricar. El problema, que han apuntado algunos críticos, es que no resulta fácil ni rápido pasar del laboratorio a la producción a gran escala de una nueva tecnología como ésta. Chris Robinson, de LUX Research, cree que por esa razón pasarán quince años hasta que su impacto se note en el mercado.

Daniel Rodríguez Herrera / LD, 2017

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La Doctrina Social en formato ágil, para los que se interesan por la política y la acción

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¿En 1902 Lenin publicó su manual comunista “¿Qué hacer?”. Ahora ya no le interesa a casi nadie y de hecho quedó caduco incluso con la revolución. Es quizá irónico que ahora en español circule el Docat: ¿qué hacer? que es un compendio de doctrina social de la Iglesia Católica pensando en los jóvenes, que con fotos y lenguaje ágil recoge enseñanzas inmemoriales de la Biblia, doctrinas sociales del siglo XIX de León XIII y reflexiones sobre el uso de las redes sociales en Internet.

 Para mover a la acción

El subtítulo “¿Qué Hacer?” reconoce su vocación práctica y transformadora: no quiere ser un libro para teorizar sino para mover a la acción.

En el prólogo, el Papa Francisco explica: “Queridos jóvenes, mi predecesor, el papa Benedicto XVI, puso en sus manos un Catecismo para jóvenes, el YOUCAT. Yo quisiera hacerles hoy entrega de un nuevo Catecismo, el DOCAT, que recoge la Doctrina Social de la Iglesia. El DOCAT quisiera responder a la importante pregunta «¿qué hacer?». Por eso está diseñado como un manual de instrucciones que, poniendo en práctica el Evangelio, nos ayuda a transformarnos primero a nosotros mismos, después nuestro entorno más cercano y, finalmente, todo el mundo”.

¿Piensa Francisco en Lenin y su “Qué hacer”? No parece. Él dice que piensa más bien en Cristo y su frase: “Cada vez que hicisteis así a estos pequeños míos, a mí me lo hacíais”, una frase que, asegura, hizo cambiar la vida de Francisco de Asís, de Madre Teesa y de Charles de Foucauld, palabras que los convirtieron. No es una frase devocional: es una frase de acción.

Jóvenes actuando, no sólo sentados bajo un árbol

Por eso el Papa, en el prólogo del DOCAT, pide “hacer algo más para que esta revolución del amor y la justicia se haga realidad en muchas partes de este maltratado planeta. A muchos les puede ayudar la Doctrina Social de la Iglesia.”

“No sueño con grupos de jóvenes sentados bajo los árboles discutriendo sobre ella. Bien está eso, háganlo. Pero mi sueño es más ambicioso: deseo un millón de jóvenes cristianos, o mejor, toda una generación, que sea para sus contemporáneos, la ‘Doctrina Social con pies’. Solamente transformarán la tierra aquellos que se entreguen a ella con Jesús y se dirijan, guiados por él, hacia los marginados que viven en medio de la suciedad. Involúcrense también ustedes en política y luchen por la justicia y la dignidad y sobre todo por los más pobres.”

No es folletito ni para niños

El DOCAT tiene “estilo joven” pero no es para adolescentes ni tampoco es un folletito: son 328 preguntas bien complejas y relevantes y es dudoso que los parroquianos que vemos en misa los domingos sepan responderlas con cierta seriedad.

Por ejemplo, “¿Se puede ser político y cristiano al mismo tiempo?” (pregunta 219). Sí, “pero en política se trata siempre de aquello que se puede hacer”, si faltan medios, mayorías, etc… “no se puede por ello reprochar a los políticos cristianos que tengan que aceptar ciertos acuerdos”, aunque “hay algunas decisiones a las que, por motivos de conciencia, ningún político cristiano debe asentir jamás”.

O la pregunta 321: “¿Existen trabajos o tareas sociales incompatibles con nuestra fe?” Se responde que “es imposible ser cristiano y trabajar al mismo tiempo en una clínica de abortos o de eutanasia, también están terminantemente prohibidos el negocio de la prostitución, la producción y difusión de pornografía, la participación directa o indirecta en negocios de droga y el tráfico de personas y cualquier otra práctica de opresión denigrante y dañina”. Por otra parte, los periodistas o financieros honestos pueden verse presionados a dejar una empresa si le fuerzan a engañar o estafar. “Pertenecer a Jesús significa decir también rotundamente no a ciertas cosas”, explica.

Por otra parte, a la pregunta “¿Debo involucrarme en asociaciones que no sean cristianas?” la respuesta es “sí, los cristianos no deben encerrarse en el gueto de los que piensan igual”. Aunque se avisa: cuidado con ser utlizado por otros intereses que manipulan a cristianos de buena voluntad para luego imponer otras intenciones.

Frases de grandes pensadores

Además de las preguntas, el libro cuenta con cientos de frases de pensadores, santos, filósofos, Papas y fragmentos bíblicos. Por ejemplo, hay una cita de Solzhenitsyn, Nobel de Literatura y autor de Archipiélago Gulag, que defiende el asociacionismo y la elección directa de representantes políticos sin necesidad de partidos: “Así puede ser destituido si lo hace mal, no entiendo la naturaleza de los partidos”. Y otra (en la edición española, que es la que comentamos) del escritor español Miguel Delibes: “A los políticos en el poder no les frena hoy la posición, sino los periódicos”.

Hay así 4 citas o pensamientos de Saint-Exupéry, diez de Teresa de Calcuta, once de Tomás de Aquino, siete de Hannah Arendt, 5 de la pensadora y mística Simone Weil, 2 de C.S.Lewis y otras 2 de Chesterton, 2 de Cervantes, 3 de Karl Marx, otras 3 de Martin Luther King, 2 de Cicerón, 13 de León XIII y una infinidad de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Solo con leer y meditar las preguntas, las citas de pensadores y la selección de textos de encíclicas y documentos especiales, el lector ya saldría convertido en un experto en Doctrina Social, mucho más que los alumnos que cursan esta materia en las universidades católicas españolas. Pero, además, el libro remite a párrafos y citas del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia (igual que el YouCat remitía al Catecismo), lo que permite profundizar más en la enseñanza.

¿Quién lo va a leer?

La gran pregunta es ¿quién y cómo leerá este libro que, aunque tenga fotos y dibujitos, cuenta con más de 300 páginas?

El formato ideal se supone que es el de jóvenes, probablemente de 17 años o más, que se reúnen para leer y comentar distintos capítulos, de forma más o menos sistemática. Los autores del libro (un equipo dirigido por el cardenal Schonborn de Viena y el cardenal Marx de Berlín) parecen suponer que eso será bastante frecuente. Pero en España no parece que todavía se haya difundido mucho tal práctica. Quizá puede hacerse en Hispanoamérica u otros países.

Lo que está claro es que quien lo trabajara así, sistemáticamente, recibiría mucha más formación, más amplia y mucho más trabajada y ambiciosa que la que reciben las juventudes de los partidos políticos en España, o incluso los adultos de esos partidos. El “qué hacer” de Lenin era un folletito de peleas internas frente al “DOCAT: qué hacer” que ha lanzado Francisco.

Un regalo para quien gusta de la política

Otra opción es, simplemente, regalarlo a cualquier joven que tenga inquietudes políticas. Para quien se toma en serio la política puede ser una lectura ágil y apasionante, también reveladora.

Incluso a militantes de formaciones fanáticamente dogmáticas y antisistema (como Arran, ligado a las CUP, o grupos de Podemos o del batasunismo) podría ser interesante repartirles el DOCAT y rotuladores de colores y proponerles un juego: “Marca de verde los párrafos que compartes, de rojo los que condenas y de amarillo los que hacen pensar y te parecen interesantes”.  Más de un “revolucionario” se llevaría una sorpresa. Por desgracia, no vivimos en épocas de leer 300 páginas marcando y reflexionando, sino de tuits groseros o frivolizantes y linchamientos en las redes.

Pero con el DOCAT la posibilidad real está ahí, para los que aún leen y reflexionan sobre lo social.

Pablo J. Ginés/ReL15 mayo 2017

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