doctrina social de la iglesia

La ignorada Verónica Giuliani

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Lo que dijeron de ella León XIII y Pío IX no es frecuente oírlo en labios de quienes proclaman el nombre de los santos, y está propuesta como Doctora de la Iglesia. Y, sin embargo, Santa Verónica Giuliani no goza del conocimiento entre los fieles que cabría esperar dada la excepcionalidad de los misterios que se obraron en ella. Pero eso empieza a cambiar, sobre todo gracias a la película documental sobre ella que se estrenó recientemente.

 Diversas actrices encarnan a Santa Verónica en sus distintas edades para la primera gran película sobre su vida. Diana Hobel la interpreta en su madurez.

 Tras caer en un inexplicable olvido nacen de repente en su honor, como si fuera un signo celestial para nuestros tiempos, nuevas asociaciones de fieles, se escriben nuevos libros, se erigen santuarios, se ruedan películas. Parece realmente que ha llegado la hora de Santa Verónica Giuliani (1660-1727), «el sujeto de estudio más sublime y necesario que se haya producido después del Evangelio» (así lo afirmó Benjamin Dausse [1801-1890], miembro de la Academia Francesa de las Ciencias), hasta el punto que –y esta vez son palabras de León XIII– «a ninguna criatura humana, con excepción de la Madre de Dios, se le concedieron dones más sobrenaturales». Santa Verónica Giuliani fue beatificada en 1804 (Pío VII) y canonizada en 1839 (Gregorio XVI).

 Fenómenos místicos únicos (y un Diario dictado por la Virgen)

El Papa de la Rerum Novarum no se equivocaba. En lo que respecta a experiencias místicas, esta santa desconocida para la mayoría, pero que Pío IX definió «no una santa, sino un gigante de santidad» –y cuya misión centrada en la expiación «aún debe comenzar en la Iglesia», como profetizó el cardenal Pietro Palazzini (1912-2000)-, parece no ser comparable con nadie en el panorama hagiográfico. Es imposible enumerar todos los fenómenos místicos que experimentó. Imposible y problemático, si no estuvieran certificados por escritos, testimonios, timbres notariales, autopsias.

 Además de ser la única capuchina estigmatizada de la historia; de recibir místicamente la coronación de espinas (lo que le causaba hinchazones en la cabeza que los médicos, con sus curas, lo único que conseguían era agravar); de haber bebido el cáliz de Getsemaní (tan amargo que todo lo que la rodeaba se convirtió en hiel: alimentos, agua, incluso el aire, llegando incluso a llorar lágrimas de sangre); de ver apoyada en su espalda la cruz del Calvario con su gran peso, lo que causó que se le hundiera el hueso (hecho verificado en la autopsia); de recibir la flagelación por manos invisibles, llegando la sangre hasta el suelo ante los ojos de las monjas; de dialogar desde que era niña con María y Jesús… además de todo esto y mucho más, Verónica visitó el Paraíso, el Purgatorio y siete veces el Infierno, que describió de manera muy detallada y terrible. Lo hizo obedeciendo a su padre espiritual.

 Como a otros grandes santos, el demonio atacó físicamente en numerosas ocasiones a Santa Verónica Giuliani.

 También por pura obediencia escribió su increíble Diario: Il poema dell’amore e del dolore [El poema del amor y del dolor], un tesoro escondido de veintidós mil páginas que se ha convertido en estos últimos años en un valioso objeto de estudio por parte de teólogos de todo el mundo (y del que se realizan continuamente ediciones y traducciones). Un Diario muy especial -«entre las páginas más bellas y elevadas de la literatura mística» escribió Piero Bargellini (1897-1980)- que duró treinta y cuatro años, los últimos siete dictados directamente por la Virgen.

 ¿Quién es esta santa desconocida?

Pero, ¿quién es Verónica Giuliani? ¿Quién es esta increíble y casi desconocida mística entregada por entero a Dios? ¿Quién es esta “maestra de la doctrina de la expiación”, como la definió en 1981 el cardenal Palazzini (director de la Pontificia Universidad Lateranense y nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos) cuando propuso oficialmente su nombre para el título de Doctora de la Iglesia? En años más recientes ha sido el episcopado del centro de Italia (junto a la orden de los frailes capuchinos) quienes han dirigido un llamamiento al Santo Padre para que la santa sea proclamada Doctora de la Iglesia.

 Orsola Giuliani nació el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello sul Metauro, un pequeño pueblo a poca distancia de Urbino. Era la más pequeña de cinco hermanas; cuatro entraron en la vida religiosa. Como el padre, tampoco el obispo quería que Orsola (éste era su nombre de bautismo) entrase en un convento: demasiado joven y hermosa, era mejor que se casara con un joven de la nobleza local.

 Sin embargo, las lágrimas de la joven convencieron al obispo, que aceptó su consagración dándole el nombre (que se revelará providencial) de Verónica. La que para los hagiógrafos será la “Verónica” del Via Crucis eligió para sí el convento más pobre de las capuchinas de la zona, el de Città di Castello, cerca de Perugia.

 Tras la aparición de los estigmas, que la santa no consiguió esconder, tuvo que soportar durísimas humillaciones cuando el Santo Oficio se ocupó del caso: fue encerrada durante cincuenta días en la enfermería, totalmente aislada. Su gran obediencia y humildad vencieron sobre todas las cosas. Venció la expiación, el heroico anhelo de inmolación por el deseo de convertir a todos. «¡Crucifícame a mí! ¡Me ofrezco para que los pecadores me claven en Tu lugar!», repetía Verónica a “su” Jesús. No es casualidad que la mayor parte de sus experiencias íntimas tuvieran como protagonista indiscutible su corazón: incendios, golpes, heridas, dardos, clavos.

 Increíble es el fenómeno de la sustitución del “corazón herido” (el suyo) por el “corazón amoroso” (del Señor), un juego místico que llenará varias veces las páginas más vivas de su Diario. Otras veces Verónica custodiaba en su pecho, literalmente, dos corazones: el suyo y el de Jesús. El primero latía normalmente; el segundo le levantaba las costillas, tanto que en el convento las hermanas conseguían oír su latido desde lejos. Veían a Verónica arder por efecto del fuego de este “segundo corazón” y para refrescarla corrían a sumergirle las manos en agua que… empezaba enseguida a hervir.

 Está claro que para el hombre hiper-racional de hoy los fenómenos místicos descritos en el Diario pueden parecer auténticas locuras. Sin embargo, el obispo de Città di Castello, poco antes de los funerales, y antes de proceder a la autopsia, convocó a las figuras más representativas de la ciudad. Aún se conocen sus nombres: el gobernador Torregiani, el pintor Angelucci, el médico Bordiga, el cirujano Gentili, el canciller Fabbri, el notario y muchos confesores. En el momento de extraer el corazón los presentes vieron reproducidos en él los signos que Verónica había descrito en su Diario muchos años antes.

 Exactamente vieron que en el corazón de Verónica estaba “impreso” todo: la Cruz, la corona de espinas, la lanza y la caña unidas, la inscripción, los martillos, los clavos, el estandarte de Cristo Rey, las dos llamas que simbolizan el amor de Dios y el amor del prójimo, las siete espadas de la Dolorosa y las iniciales de los nombres de Jesús y María.

 Las últimas palabras de Verónica antes de morir, preanunciadas años atrás a su confesor, fueron: «¡El Amor ha dejado que lo encontrara! Esta es la causa de mi sufrimiento. ¡Decídselo a todas, decídselo a todas!». En el monasterio de Santa Verónica en Città di Castello está su cuerpo incorrupto.

 La película que convierte a su director

La historia terrenal de Verónica Giuliani, junto a las “difíciles” implicaciones teológicas que ofrece su explosivo Diario (María se presenta ante la santa como “Corredentora” y “Mediadora de todas las gracias”, es decir, los dos posibles dogmas marianos que la Iglesia está profundizando en estos años), está ahora narrada en una película documental: Il risveglio di un gigante. Vita di Santa Veronica Giuliani [El despertar de un gigante. Vida de Santa Verónica Giuliani].

 El director es Giovanni Ziberna, de Vimercato, provincia de Milán, que ha fundado en Gorizia la productora cinematográfica Sine Sole Cinema. Educado en la escuela de Ermanno Olmi (El árbol de los zuecos, 1978), ha trabajado con maestros del cine como Abbas Kiarostami y Ken Loach. Su historia personal (y la de su esposa, Valeria Baldan, codirectora de la película) es más bien singular.

 Ateo y no bautizado, debe su conversión precisamente a una serie de hechos vinculados al rodaje de la película sobre la santa: encuentros y “coincidencias” excepcionales que han transformado totalmente su vida, pero que Giovanni Ziberna cuenta con pudor.

 Il risveglio di un gigante (El despertar de un gigante) se preestrenará mundialmente a partir del 8 de diciembre en diversas salas de cine italianas, para llegar luego a Líbano, país que espera con impaciencia su proyección. ¿Por qué el “estreno” internacional tiene lugar en Líbano? Porque la historia de la película y de su director se entrelaza con la de un fraile libanés, fray Emanuel, presidente de la asociación “Amigos de Santa Verónica” en Líbano, que ha contribuido a construir un “rumoroso” santuario dedicado a esta santa en ese país.

Valerio Pece / Tempi / ReL

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Científicos, intelectuales y artistas con fe

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Quienes leen poco o nada sobre la historia de la Iglesia, acostumbran repetir una y otra vez que la fe es cosa de ignorantes. No me refiero a los ateos que saben argumentar y con los que siempre es un gusto debatir, sino a la gente que nada más anda viendo qué decir o publicar en las redes sociales para quejarse por el simple hecho de intentar poner la nota discordante.

Si eres de los que cree que el cristianismo se opone a la ciencia, te interesará conocer la vida de hombres y mujeres, cuya fe católica (algunos se encuentran en proceso de canonización por haber vivido heroicamente conforme al Evangelio) nunca les impidió pensar, estudiar, descubrir y aportar:

 San Alberto Magno (1200-1280). Dominico, teólogo, filósofo, geógrafo, astrónomo y, sobre todo, químico. Entre otras cosas, descubrió el Arsénico.

 Santo Tomás de Aquino (1224-1274). Dominico, teólogo y filósofo. Se le considera uno de los padres del Derecho Internacional.

 Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179). Religiosa, mística, especialista en medicina. Estudió las propiedades curativas de las plantas.

 Antonio Vivaldi (1678-1741). Compositor italiano y sacerdote.

 Santo Tomás Moro (1478-1535). Casado. Intelectual y político inglés y autor de la obra titulada “Utopía”.

 Gregor Mendel (1822-1884). Monje agustino. Es considerado como el padre de la genética.

 Antoní Gaudí (1852-1926). El representante por excelencia del modernismo catalán en arquitectura, cuya obra cumbre es la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona.

 Félix Rougier Olanier (1859-1938). Sacerdote y fundador. Pionero en introducir la egiptología a España. Logró establecer la congruencia entre el Antiguo Testamento y los vestigios arqueológicos de la civilización egipcia.

 George Lemaitre (1894-1966). Jesuita y autor de la teoría del “Big Bang”.

 Mary Kenneth Keller (1914?-1985). Religiosa. Pionera en desarrollar el lenguaje de programación “BASIC”. Es uno de los pilares de la informática.

 Dr. Jérôme Lejeune (1926-1994). Médico francés, padre de la genética moderna. Se encuentra en proceso de canonización por defender la vida de los no-nacidos. Descubrió que el síndrome de Down se debe a la presencia de un cromosoma más.

Ana María Gómez Campos (1894-1985). Religiosa. Miembro del primer círculo de psicología experimental de México.

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Papa Francisco: Si reconocemos nuestro pecado Dios nos renueva y transforma

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Con la ayuda de Jesús uno puede cambiar de vida si reconoce su pecado y quiere comenzar de nuevo, explicó el Papa Francisco en la Misa que celebró a primera hora de la mañana en la Capilla de la Casa Santa Marta, el 5 de Diciembre pasado.

 Como siempre, comentó las lecturas del día, en las que “se nos habla de renovación”, y se afirma que todo será cambiado “de lo feo a lo hermoso, de lo malo a lo bueno” (Isaías 35:1-10 y Lucas 5:17-26)

 Es lo mismo que hacía Jesús cuando “hacía ver un camino de cambio a la gente y por eso la gente lo seguía”. “Lo seguían porque el mensaje de Jesús llegaba al corazón”, explicó.

 “Pero esto que hacía Jesús no era solamente un cambio de lo feo a lo hermoso, de lo malo a lo bueno, Jesús ha hecho una transformación. No es un problema de hacer algo hermoso, no es un problema de maquillaje: ¡ha cambiado todo desde dentro!”.

 “Ha cambiado con una recreación: Dios había creado el mundo; el hombre ha caído en pecado: viene Jesús a recrear el mundo. Y este es el mensaje, el mensaje del Evangelio, que se ve claro: antes de curar a ese hombre, Jesús perdona sus pecados. Va allí, a la re-creación, re-crea a ese hombre pecador en justo: lo re-crea como justo. Lo hace nuevo, totalmente nuevo. Y esto escandaliza. ¡Esto escandaliza!”.

 Francisco pidió que el Señor “nos ayude a prepararnos para la Navidad con gran fe” porque “por la curación del alma, por la curación existencial la re-creación que lleva Jesús se requiere una gran fe”.

 “Ser transformados, esta es la gracia de la salud que lleva Jesús”, añadió.

 El Papa destacó que es necesario vencer la tentación de “yo no puedo con ello” y dejarse “re-crear por Jesús”. “Todos somos pecadores, pero mira la raíz de tu pecado y que el Señor vaya más allá y la re-cree; y esa raíz amarga florecerá, florecerá con las obras de justicia; y tú serás un hombre nuevo, una mujer nueva”.

 El Santo Padre invitó a acudir al sacramento de la confesión y a confesar los pecados “con nombre y apellidos”. “Yo he hecho esto, esto, esto y me avergüenzo dentro del corazón, y abro el corazón: ‘Señor, lo único que tengo. ¡Recréame, recréame!’. Y así tendremos la valentía de ir con la verdadera fe hacia Navidad!”.

 A veces “buscamos esconder la gravedad de nuestros pecados”, por ejemplo, cuando disimulamos la envidia y esto “es algo muy feo”. “Es como el veneno de serpiente” que busca “destruir al otro”.

 Por eso hay que ir “al fondo de nuestros pecados y después darlos al Señor, para que Él los borre y nos ayude a ir hacia delante con fe”.

 A continuación, contó una anécdota de un santo “estudioso de la Biblia” que tenía un carácter muy fuerte y pedía perdón a Dios: “El Santo, hablando con el Señor decía: ‘¿estás contento Señor?’. ‘¡No!’. ‘¡Pero te he dado todo!’. ‘No, falta algo’. Y este pobre hombre hacía otra penitencia, otra oración, otra vigilia: ‘Te he dado esto, Señor, ¿está bien?’. ‘¡No!’. ‘Falta algo’. ‘¿Pero qué falta Señor?’. ‘¡Faltan tus pecados! ¡Dame tus pecados! Esto es lo que hoy el Señor nos pide a nosotros: ‘¡Ánimo! Dame tus pecados y te haré un hombre nuevo y una mujer nueva’”.

Por Álvaro de Juana / VATICANO / (ACI).-

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«La verdad es que sin Cristo estamos perdidos»

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Dice uno de los matemáticos más brillantes de Europa.

 Laurent Lafforgue está sentado en un pequeño despacho del Departamento de Matemáticas de la Universidad de Milán. Aún no ha cumplido 48 años, pero tiene el rostro y el físico de un muchacho. Se trata de una de las mentes más aguda de Europa y del mundo. Premiado en 2002 con la Fields Medal, lo que sería el Premio Nobel de las matemáticas, Lafforgue no es un intelectual todo aula y fórmulas matemáticas. En los últimos años ha sido protagonista del debate sobre la escuela pública en su país. Y hoy observa con gran perplejidad lo que sucede en Europa y en las sedes de la Unión Europea. Hemos hablado con él del manifiesto de Comunión y Liberación con cara a las elecciones europeas del 25 de mayo.

 -¿Qué efecto le ha causado leer este documento?

-Me hace pensar que, en general, no existen instituciones que van en una buena dirección de manera automática, aunque hayan sido creadas, en su origen, con buenas intenciones. No se pueden crear instituciones que sustituyan a la libertad humana para ir en la dirección del bien. Si por azar las ideáramos, acabaríamos por crear máquinas perversas. Lo vemos en el proyecto europeo, que está llevando a cabo aberraciones cada vez más grandes, contrarias al espíritu de los padres fundadores.

 -¿Se siente europeo? ¿En qué sentido?

-Sí, en muchos sentidos. Ante todo, soy cristiano, aunque en sí el cristianismo no es una religión europea. Soy europeo por cultura. Soy un científico, en el sentido de que participo a una ciencia que ha sido elaborada por primera vez en Europa, aunque actualmente se practique en todo el mundo. Soy europeo también por cultura literaria, porque aunque soy un matemático, siempre me han interesado la literatura y la historia. He pasado mucho más tiempo leyendo que haciendo matemáticas. He leído los grandes autores franceses y la gran literatura nacional de los otros países europeos.

El manifiesto retoma la expresión de Jürgen Habermas relanzada por Benedicto XVI sobre la necesidad de una forma razonable para resolver los contrastes políticos, que debe ser un «proceso de argumentación sensible a la verdad». ¿Qué significa para usted?

 Hoy, en el ámbito jurídico por ejemplo, se concibe el derecho como una construcción formal y arbitraria. De este modo se abandona deliberadamente la cuestión de la verdad. Si se hace esto es porque se ha perdido “el sentido de la verdad”. En el mundo moderno lo hemos perdido en gran parte porque buscamos la verdad con el criterio de la objetividad perfecta. Desearíamos una máquina que encontrara la verdad de manera automática en nuestro lugar. Como ya no somos sensibles a la verdad, necesitamos que alguien lo sea por nosotros. Pero no existe un mecanismo que lo sea: las instituciones, un régimen político, una constitución… Hoy vemos las consecuencias de la pérdida de la sensibilidad a la verdad y, al mismo tiempo, no tenemos recetas para volver a encontrar esta sensibilidad. Nosotros, como cristianos, intentamos ser humildes sobre este tema.

 -¿En qué sentido?

-El cristianismo dice que frente a la verdad somos muy frágiles. No sólo nuestro sentido moral está herido, pues somos pecadores, sino que también nuestra inteligencia está herida. Y por lo tanto estamos expuestos al error en todo momento. Y para protegernos del error, esperando recorrer el camino de la verdad, no tenemos mejor recurso que la oración, que dirigirnos a Dios y rezar humildemente que nos ilumine, porque hacemos experiencia de errores monumentales, a veces de manera individual, otras de manera colectiva. Hoy asistimos a cosas aberrantes, pero si miramos la historia vemos que muchas cosas que ahora consideramos horribles, en el momento en que se realizaron no eran percibidas como tales. Nuestra inteligencia es tan débil como nuestra voluntad. Necesitamos dirigirnos a Dios y pedirle que nos ilumine. Esto no nos dispensa de utilizar el rigor de la razón, no nos dispensa del ser inteligentes.

 -¿Cuál es la aportación que el cristianismo puede dar a Europa?

-No hablaría de contribución del cristianismo, sino de Cristo. En el fondo, a nosotros cristianos no nos interesa “el cristianismo”. Hay personas que se interesan por él, tal vez personas no cristianas, que quieren ver los efectos de la fe cristiana en la historia, lo que los cristianos han hecho bien y mal. Los frutos de la Iglesia. Pero para nosotros, ser cristianos no es hacer algo con el cristianismo; es dirigirse a Cristo. Esto no significa que no tengamos interés en la historia, porque en parte hemos conocido a Cristo a través de la tradición. Estamos vinculados al Cristo histórico a través de una cadena histórica. Hoy, el sentimiento que domina en mí es que sin Cristo estamos perdidos. ¿Se acuerda usted de ese pasaje del Evangelio en el que Jesús ve a la multitud y se conmueve, porque eran «ovejas sin pastor»?

 -¿Ser cristianos frente al mundo es decir esto, que Cristo es la respuesta a la necesidad del hombre?

-Me turba una frase de San Pedro: «Señor, no entendemos todo lo que dices, ¿pero adónde iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna». Me sorprende, intento hacerla mía y me doy cuenta de que no soy el único que se siente así. Pero sé también que no es hacia dónde va en general la sociedad. Veo que la mayor parte de la gente está desesperada y lleva una existencia frenética intentando olvidarlo de todos los modos posibles. La gente sabe que está perdida y la mayor parte piensa que es algo irremediable.

 -Usted ha participado en el debate sobre la escuela en Francia. ¿Qué le ha impulsado a participar y cuánto ha contado para esto su ser cristiano?

-La fe cristiana hace que las personas estén atentas y da razones para transmitir la vida, lo que significa traer hijos al mundo, pero también transmitir la vida intelectual. Hoy, el fondo del problema de la escuela es que ya no sabemos por qué se debe transmitir el saber. Hay una duda profunda sobre todo lo que somos capaces de trasmitir. También el ambiente intelectual y universitario duda del valor de lo que hace. Y además se duda sobre el valor de la vida. Hoy, todas las sociedades europeas tienen pocos hijos y tienen pocos hijos porque dudan que la vida tenga verdaderamente un valor. A nosotros cristianos el valor nos lo hace ver Cristo. Es el vínculo con él lo que da razón del valor de la vida: no a nivel intelectual, no es una teoría que justifica la vida. Si estamos dirigidos hacia Cristo, el valor de la vida es una evidencia sensible, visible. Es el valor de la vida en toda su plenitud. Por otra parte, para enseñar a las personas, no es suficiente tener conciencia de que la vida tiene un valor, es necesario tener una idea de qué es el hombre. ¿Quiénes son estos jóvenes a los que tenemos que enseñar? Si no sabemos quiénes son, si pensamos que son material manipulable arbitrariamente, no se necesita enseñar esto o aquello. Todo es opinión. Si estamos dirigidos a Cristo, vemos al hombre a través de Él. Cristo es el modelo de hombre y también es el modelo de maestro.

 -Para usted, ¿ver al otro como un bien es una necesidad? ¿Puede ser un hecho de construcción?

-En el ambiente científico, el otro puede ser alguien que me enseña algo, pero puede ser también un competidor. La actitud general entre los científicos es ambivalente. Sin embargo, hay otro nudo en el ámbito científico que está presente en toda la sociedad europea: el papel de los jóvenes. ¿Consideramos a estas personas nuevas como un bien? En mi opinión, no. Lo veo en mi ambiente; y en Italia la situación es dramática. Las sociedades contemporáneas no saben qué hacer con los niños y los niños se convierten en jóvenes. Sucede lo mismo con los ancianos, que al final de su vida ya no son considerados un bien. Hemos llegado a esto porque hemos perdido el sentido de la persona como bien. Hoy pensamos que la persona es un bien sólo si es eficaz, si es capaz de desarrollar tareas. Pero no es un bien en sí misma.

 -Es un problema muy europeo.

-No solo. En China, ¿la persona está considerada un bien en sí misma? Diría que no. Las personas, para justificar su propia existencia, deben combatirse entre ellas. Si no tienes éxito, si no acumulas dinero… Cada uno debe motivar el propio valor. No somos un valor en nosotros mismos.

 -Si pudiera decir sintéticamente si es posible un nuevo inicio, ¿qué diría?

-Sólo el Espíritu Santo puede generar un nuevo inicio. Sólo con las fuerzas humanas es imposible. En Francia, el año pasado vimos al Gobierno proponer una ley para desnaturalizar el matrimonio pero, ante la sorpresa general, se produjo una oposición muy fuerte. Millones de personas se manifestaron en las calles contra esa ley y de esas manifestaciones nació el movimiento de los veilleurs. Fue algo imprevisto y nadie sabe cuáles serán sus frutos. Al mismo tiempo, pienso que este movimiento es una consecuencia de las enseñanzas de Juan Pablo II primero y de Benedicto XVI después.

 -¿Qué le asombra de estos veilleurs?

-He ido a las vigilias varias veces y les he visto y escuchado. Son jóvenes que se sientan en el suelo en silencio y que escuchan lecturas de textos literarios o filosóficos. Su objetivo es redescubrir los fundamentos filosóficos de la sociedad. En mi opinión, es algo extraordinario. Algo que los partidos políticos no son capaces de hacer. Son personas no violentas, diría incluso extremamente pacíficas. Impresiona. Son una verdadera sorpresa.

 -¿Son una esperanza para Europa?

-Para renovar a Europa hay que empezar así. Es inimaginable que los políticos se conviertan de golpe. Y no serán las instituciones quienes los convertirán. Las cosas ocurren a nivel de las personas. Todo ha nacido de manera muy discreta: los grandes movimientos históricos nacen de hechos muy pequeños.

Luca Fiore / Publicado en Tracce (Traducción de H. Faccia)

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Diez consejos para confesarse mejor

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Como conclusión del proceso de conversión, y a la vez como un elemento dinamizador del mismo, se erige, incólume –a pesar de tantos ataques y falsificaciones- el sacramento de la Reconciliación.

 Les dejo algunas pequeñas sugerencias para confesarse bien, en un lenguaje llano, para contribuir –Dios así lo quiera- a que puedas «allanar los caminos del Señor».

 1. Haz bien el examen de conciencia: tomate por lo menos 5 minutos. Hazlo en clima de oración, invocando al Espíritu Santo y a la Inmaculada. Trata de pensar en profundidad. Eso sí: cuanto más tiempo dejes pasar, más difícil será recordar. Y puede quedarte alguna falta grave o –quizá sin ser grave- importante, que no confieses porque con el paso del tiempo quedó «sepultada» en la conciencia. Por eso: confiésate con frecuencia.

2. Piensa en Cristo Crucificado: mirando al Señor en la Cruz, sus heridas, su Corazón traspasado, vemos lo que es en realidad el pecado. Aunque parezca imposible, tus pecados lastiman a Dios, lo hacen sufrir. En la Cruz encontramos el arrepentimiento.

3. Confiesa tus pecados con simplicidad: evita el lenguaje rebuscado, los eufemismos. Trata de ir directo «al grano», sin dar demasiados rodeos. Eso ayudará también al sacerdote a ver lo esencial, y orientarte correctamente.

4. Confiesa tus pecados siguiendo el orden de los Mandamientos: en la vida cristiana, «el orden de los factores altera el producto». Los mandamientos no tienen un orden aleatorio, sino que es importante valorar nuestra vida moral según esa jerarquía. Algunas veces nos perturba e inquieta un pecado de la «segunda tabla» (los mandamientos del amor al prójimo) hasta tal punto que olvidamos la primera. Pero cuando pensamos, nos damos cuenta que esa falta es consecuencia de haber sido negligentes en nuestra vida con Dios.

5. Nunca digas: «Yo padre, ¿qué pecado puedo tener?, me considero un buen cristiano»: es la frase fatal. Muy parecida a la del fariseo del Evangelio: «te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres». Y ya sabemos cómo volvió el fariseo a su casa… Si no ves pecado en ti, casi seguro es porque no hiciste el examen, o porque tu conciencia está oscurecida o mal formada, o porque el orgullo te hace «impermeable» a la gracia de la contrición…

6. No le hagas al sacerdote una detallada enumeración de tus buenas acciones: otro error fatal. Jamás empieces tu confesión diciendo: «padre, yo voy siempre a Misa, ayudo a la gente, me llevo bien con mi familia, rezo el Rosario todos los días…» En ese caso, tu lugar no es el confesionario, sino algún retablo donde haya un sitio vacío… Salvo que el sacerdote te pregunte, nunca le digas lo bueno que haces.

7. No confieses los pecados ajenos: otro error frecuente. Algunas veces vamos a la confesión angustiados por situaciones dolorosas, y en lugar de contar nuestras caídas, enumeramos detallada y apasionadamente los pecados de nuestros esposos/as, hijos/as, compañeros de trabajo, vecinos, políticos de turno, etc. Además de dedicar tiempo a algo que no forma parte de la esencia de la confesión (y muchas veces eso significa quitárselo a quien viene detrás en la cola) contar todo eso hace que tu culpa se vuelva insignificante, casi un acto de virtud, una reacción necesaria ante tanta maldad acumulada en tu contra…

8. No minimices el pecadoni lo exageres: la conciencia bien formada, la conciencia delicada (que es una gracia que hay que pedir) está entre dos extremos: la conciencia laxa (que no ve pecado en nada, o que considera leve lo que es grave) y la conciencia escrupulosa (que ve pecado grave cuando es leve, y ve pecado donde no hay). Lee, consulta, pide la gracia, para caminar en el justo equilibrio, que no es el de la mediocridad, sino el de la santidad.

9. Evita mezclar temas que sean para otros momentos: es cierto que no es tan fácil encontrar a los sacerdotes con tiempo, y tal vez por eso, una vez que lo «pescaste» aprovechas a hacer todo junto… pero en principio, lo ideal es separar la confesión de la dirección espiritual o de temas pastorales. Si al terminar tu confesión ves que el sacerdote puede atenderte, dile: «padre, necesito hacerle una consulta…» o bien «necesito hablar con usted, cuando me puede atender».

10. Pide perdón por lo que no te hayas dado cuenta o por si te olvidas de algo: el salmo 50 dice al Señor «absuélveme de lo que se me oculta». Recuerda que hay acciones que muchas veces hacemos sin saber que son pecado. Aun cuando no siempre tengamos responsabilidad moral (si obramos en ignorancia invencible, por ejemplo) esa acción, en cuanto contraria al bien objetivo, no nos plenifica, no nos lleva a Dios. También de ellas y sus efectos necesitamos ser sanados. Y también podemos pedir perdón por aquellas faltas que quizá olvidamos: Él nos conoce mejor que nosotros mismos.

Leandro Bonnin, pbro. / InfoC.

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Vuelve Mel Gibson, el contracorriente

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Todo el realismo expreso al que Mel Gibson nos ha acostumbrado (“Apocalypto”, “La Pasión”…) está presente en unas escenas de guerra contundentes (de varios minutos cada una) que no dejan indiferentes por su crudeza y que adquieren el tono de epopeya trágica y esperanzada, según los casos.

En época donde las convicciones profundas son escasas o se califican de posturas ultramontanas, vuelve a la carga uno de los inconformistas más beligerantes de Hollywood, Mel Gibson. Y vuelve con un filme tan original como contracorriente como es Hasta el último hombre [Hacksaw Ridge], donde narra la historia real de Desmond T. Doss, un militar norteamericano que participó en la Segunda Guerra Mundial sin coger un arma y que salvó la vida a más de ochenta de sus compañeros en el frente contra los japoneses.

 Basada en una historia real, cuyo protagonista declara al final del filme, se alistó para servir a su patria desde sus conocimientos de medicina y se declaró objetor contra las armas (fue uno de los primeros en el ejército) porque “matar va contra la ley de Dios”, afirmó, contra viento y marea.

 Su resolución pertinaz le llevó a sufrir los ataques de sus compañeros durante su preparación en la academia militar y un consejo de guerra por desobediencia a sus superiores. Consejo del que salió absuelto porque admitieron su derecho a no llevar armas, reconocido en la constitución americana.

 Todo el realismo expreso al que Mel Gibson nos ha acostumbrado (Apocalypto, La Pasión…) está presente en unas escenas de guerra contundentes (de varios minutos cada una) que no dejan indiferentes por su crudeza y que adquieren el tono de epopeya trágica y esperanzada, según los casos, cuando actúa Desmond para atender a sus compañeros heridos y ponerlos a salvo.

 Perteneciente a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, Doss lo hizo con más de ochenta, pidiendo a Dios en su soledad (sus compañeros se habían replegado de las posiciones japoneses) que hubiera uno más para salvar y descolgar por una pared vertical de varias decenas de metros en uno de los frentes de la batalla de Okinawa.

 Por su determinación y crudeza es previsible que Gibson reciba críticas por la violencia de sus escenas y le tilden de extremista por contar la historia, en más de dos horas, de este “extraño” pacifista, dispuesto a servir a su país y sacrificarse por sus semejantes sin más armas que su obstinación en la tarea y su confianza en la Providencia. Para las minorías, su protagonista, Doss (interpretado por el Spiderman Andrew Garfield) es alguien con el que se podría ir a cualquier parte y abordar cualquier cometido sin mirar atrás, porque es uno que cree en lo que hace y hace lo que cree.

Enrique Chuvieco, ReL, 12-16

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La vida de Mark Zwick fue la Misericordia: ayudó a más de 100.000 indocumentados y pobres de Houston

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Mark Zwick, que hace 36 años convirtió un edificio en ruinas en la avenida Washington en un próspero refugio internacional para inmigrantes y refugiados, murió el pasado 18 de noviembre en su casa de Houston después de una batalla contra la enfermedad de Parkinson. Tenía 88 años.

 En 1980, Mark y su esposa Louise fundaron Casa Juan Diego, un lugar de hospitalidad donde miles de refugiados escapando a Houston durante las guerras civiles en Centroamérica encontraron un puerto seguro. Así lo explica la página web del movimiento del Trabajador Católico de la ciudad texana (1).

Años después, Casa Juan Diego se expandió para incluir diez edificios y convertirse en la luz para los inmigrantes huyendo de la violencia y la pobreza. Su nombre se hizo famoso entre los caminos que llevan a la frontera de Texas y México.

Inspirados en el Sermón de la Montaña, en muchos santos católicos, y en los fundadores del Trabajador Católico, Dorothy Day y Peter Maurin, Casa Juan Diego ofrece comida, refugio, ropa, cuidado médico y una amabilidad poco común a los migrantes que no tienen a donde ir y con pocos lugares a los cuales recurrir para pedir ayuda.

A lo largo de los años, más de 100,000 hombres, mujeres y niños indocumentados pasaron al menos una noche en Casa Juan Diego. El centro continúa ofreciendo hospitalidad y servicio médico, y provee comida gratis a alrededor de 500 familias cada semana.

Después de descubrir la falta de recursos para los inmigrantes enfermos y lesionados, Mark también empezó a proporcionar ayuda financiera y a coordinar servicios de cuidado personal para hombres y mujeres incapacitados, y sin cobertura de la seguridad social o de otros seguros. Hoy en día, hospitales, escuelas y el departamento de policía de manera rutinaria envían a los inmigrantes a Casa Juan Diego para obtener los cuidados que salven sus vidas.

Jesús está en el inmigrante
Mark pasó los últimos 35 años de su vida practicando diariamente las obras de misericordia en Casa Juan Diego. Dio la bienvenida a huéspedes inmigrantes y distribuyó comida y ropa a los pobres. Escuchó las necesidades, alegrías y tragedias de los enfermos y los heridos, los paralíticos, los maltratados, las embarazadas y las personas sin hogar en una tierra extraña, y encontró la manera de ayudar a cada uno.

Su comportamiento amable, su sabiduría y su generosidad, lo llevaron a ganarse el afecto de la comunidad. Mark evitó los sistemas burocráticos y las técnicas de negocio para servir a los pobres, en los cuales reconoció a Jesús de Nazaret. Tenía una filosofía personalista comunitaria enfatizando la dignidad única de cada persona. Espiritualmente apoyó a cuantos pasaban por Casa Juan Diego, y los sacerdotes de la Arquidiócesis de Houston celebran misa cada semana para la comunidad y los huéspedes inmigrantes.

En medio del incesable trabajo, Mark también editaba un periódico bimestral llamado El Trabajador Católico de Houston. Una publicación que aborda temas relacionados con la justicia social y la paz, y que busca responder a los problemas cotidianos con enseñanzas del evangelio. Mark y su esposa también escribieron dos libros, incluyendo Mercy Without Borders (“Misericordia sin fronteras”) y El Movimiento del Trabajador Católico: orígenes intelectuales y espirituales.

Además de las Casas de Hospitalidad, Mark Zwick dirigió actividades de justicia social en Houston en favor de los inmigrantes y, junto con su esposa, recibió muchos premios y reconocimientos por su servicio, incluyendo la medalla papal Pro Ecclesia te Pontificeotorgada por el Papa San Juan Pablo II en 1997.

Apóstol y buscador de Dios
Mark nació en 1927 en Canton, Ohio, siendo uno de 11 hermanos nacidos de Herman S. y Florence Gulling Zwick. Estudió en la universidad de St. Mary, Kentucky y en el seminario St. Mary en Cleveland, Ohio. Se ordenó sacerdote católico el 28 de febrero de 1953, y sirvió en parroquias en Ravenna, Warren y en la Catedral de St. Columba en Youngstown, Ohio. Como sacerdote estuvo activo en el Movimiento Familiar Cristiano y abrió dos librerías Católicas en Ravenna y Warren, Ohio.

Durante el movimiento de Derechos Civiles, Mark estableció Concilios Católicos Interraciales y realizó visitas a casas con el objetivo era promover la paz y la justicia racial. Mark fue conocido como un sacerdote que trabajaba con los pobres.

En 1962, Mark encontró un socio para su trabajo con los marginados cuando conoció a Louise Yarian. Ella era una afín intelectual y bibliófila que estaba interesada en explorar cuestiones espirituales y teológicas profundas y que quería acercarse a Dios. Los amigos fundaron Casa Gilead, un centro comunitario para los pobres en Youngstown. Y después de una larga amistad, durante la cual Louise se incorporó a la Iglesia Católica, se enamoraron. Mark recibió la dispensa para dejar el sacerdocio para casarse con Louise por la Iglesia Católica. Tuvieron dos hijos, Jennifer y Joachim.

Mark obtuvo su maestría en trabajo social en la universidad de Chicago y estudió en el Centro de Entrenamiento de la Comunidad Psiquiátrica en Berkley, California. Trabajó como trabajador social psiquiátrico en servicios de salud mental en el área cerca de San Francisco.

El Salvador, destino misionero en familia
En una experiencia que cambiaría sus vidas, Mark y su familia de trasladaron a El Salvador para trabajar con los pobres en 1977, justo cuando los disturbios que iban a terminar en una guerra civil estaban comenzando. Cuando regresaron a Estado Unidos, la pareja trabajó en varias parroquias en Texas. Fue en su trabajo en la iglesia católica de Santa Teresa en Memorial Park donde Mark se percató de la necesidad de servir a la creciente población de refugiados que estaba llegando a Houston proveniente de El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Esto fue lo que llevó a la fundación de Casa Juan Diego, y a su trabajo de por vida.

ReL26 noviembre 2016

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