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        Observando el proceder de los políticos, de la gran mayoría de ellos, me da la impresión de estar en una granja experimental en la que intentan atiborrarnos de pienso, compuesto según la conveniencia ideológica. El pueblo llano está indefenso ante tanta manipulación mediática, y tanta politiquilla barata que vive del engaño permanente, de la mentira compulsiva y programada para arañar votos y aplausos, y perpetuarse en las poltronas bien remuneradas. Parece que el pueblo no necesita otra cosa que no sea pan, circo y promesas bonitas, diversión y ruido, fobias y aplausos, unos contra otros, y a no pensar demasiado que no es bueno.

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        Y el caso es que la gente traga lo que le echen. Y se callan, o se lamentan en corrillos intrascendentes. Y ahí andamos siempre discutiendo de lo accidental, de la columna de humo que nos sueltan, y lo verdaderamente serio  queda reducido a círculos menores que se toman la molestia de pensar, de discernir, de aprobar o de discrepar.

Y la verdadera oposición que milita en el pueblo anónimo contrarresta su indignación con alguno de los pocos debates que se atreven a ir contra corriente. Es verdaderamente suicida enredarnos en luchas fratricidas cuando está en juego el pan diario de millones de personas. Nos están entonteciendo con droga  ideológica y demagógica, y es hora que nos planteemos en serio la cuestión básica: ¿Qué necesitamos? ¿Qué estamos esperando de nuestros dirigentes? ¿Qué tenemos derecho a recibir? Les pagamos el sueldo no para que se peleen como niños, sino para que piensen seriamente en el bien de todos.

        Cuenta una historia lo siguiente: 

Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más? Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy escuchando el ruido de una carreta. Eso es – dijo mi padre- Es una carreta vacía.

Pregunté a mi padre.: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, sí aún no la vemos? Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido.

Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.

Me convertí en adulto, y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: “Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”

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        Y esto lo aplico yo a los profesionales de la cosa pública. Se habla mucho, se promete, se agrede, se desautoriza, se miente a voz en grito, se ridiculiza, se descalifica y se mofan del contrario. En algunos parlamentos hasta se llega a las manos, se acusan mutuamente, se espía, se chantajea, se traiciona, se prevarica… Parece que todo vale para conseguir el fin que se  pretende.

En definitiva, hay un fuerte déficit de ética política. Y la ética es la reflexión sobre lo que realmente necesitamos. Es el ethos el que orienta al político a hacer proyectos objetivos, pensando en lo que necesitamos. Y ¿qué es lo que realmente necesitamos en este momento? Hace ya tiempo que se dijo, y hoy es más urgente que nunca. Nuestra sociedad laicista necesita un rearme moral.

No lo dudemos, la causa de la crisis que estamos sufriendo es la ausencia de valores. Nos hemos pasado muchos años minando los cimientos, hasta que el vendaval económico ha derribado la casa. Se cumplen las palabras de Cristo: El que no escucha la Palabra es como el que edifica sobre arena, cuando llega la tormenta la casa se hunde totalmente.

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        En el fondo de todo el asunto, lo que está en juego es la concepción del hombre. La gran batalla que hay que librar tiene como único frente ético y moral la defensa del ser humano, contra los que C.S. Lewis denomina “la abolición del hombre”.

Robert Spaemann se atreve a afirmar lo siguiente: Si Occidente no vuelve a encontrar la perla preciosa que constituía su núcleo central, acabará convirtiéndose en el lugar más privilegiado del planeta para asistir a la desaparición del hombre. Rotunda y audaz sentencia del filósofo alemán, pero muy cierta. Entonces, ¿qué necesitamos? Que enseñen a ser hombres y nos dejen serlo.

Juan García Inza / Rel 2017

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