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El Criterio del Juicio Final y sus Consecuencias Socio-Políticas

juicio final

Ustedes no me escogieron a mí,

sino que yo los he escogido a ustedes

y les he encargado que vayan y den fruto

y que ese fruto permanezca”

(Jn 15:16).

El Evangelio, Buena Noticia, es un mensaje de salvación, por lo tanto, es un mensaje de esperanza. Recordemos a Jesús de Nazaret cuando hablaba sobre el buen pastor: “…yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y esta experiencia la vivieron a tal grado los apóstoles que, cuando Jesús los conmina a tomar posición ante su enseñanza sobre el “pan de vida”, la respuesta de ellos por boca de Pedro es “Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

Este mismo Jesús de Nazaret era “poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24,19), pasó por el mundo haciendo el bien, dando fruto y su fruto de salvación, como su palabra, permanece, es eterno (cf. He 10,38).

Jesús nos ha elegido para participar en su misión. Desde esta condición de “elegidos y misioneros” comenzaremos por aclarar un poco los términos criterio y juicio que son el eje transversal del tema sobre el juicio final y sus consecuencias socio-políticas. Un criterio es la norma, regla o pauta que nos permite conocer la verdad o la falsedad de una cosa; la facultad que se tiene para comprender algo o formar una opinión; en suma, es un juicio para discernir. Un juicio puede significar “una forma de opinión”.

El texto sobre el juicio final de Mateo 25, 31-46 es una exhortación a una vida coherente con el Evangelio en el que decimos creer. Es un llamado a reconocer la condición de discípulo expresado, no sólo en la declaración de una doctrina o unos mandamientos, sino, sobre todo, en una vida consecuente con nuestra condición de cristianos.

caridad

La caridad del amor. Su centralidad en el actuar.

Con la palabra caridad expresamos una gama incontable de acciones, actitudes y posturas. En referencia al tema que nos ocupa debemos diferenciar entre caridad asistencial, asistencialismo y el amor cristiano como camino. La caridad asistencial nos remite a acciones tendientes a brindar ayuda a personas necesitadas o desprotegidas para que puedan tener una base que les permita incorporarse con el tiempo a la vida productiva. El asistencialismo, igualmente, brinda ayuda al necesitado o desprotegido, pero con el agravante de que el apoyo recibido genera en quien lo recibe una situación de dependencia hacia quien ofrece la ayuda, pues no se propicia el valor de la corresponsabilidad ni compromiso alguno para reconocer y desarrollar las capacidades y ponerlas al servicio de sí mismo y de otros.

El amor, la caridad cristiana, va más allá de la realización de acciones de ayuda al necesitado. Implica la gratuidad de un servicio en humildad, realizado como opción de vida. El papa Francisco (Cagliari, 2013) ha dicho:

Mirando a Jesús vemos que eligió el camino de la humildad y del servicio…no fue indeciso ni indiferente: hizo una elección y la llevó adelante hasta el final. Eligió hacerse hombre, y como hombre hacerse siervo, hasta la muerte de cruz. Este es el camino del amor, no hay otro. De ahí que la caridad no es un simple asistencialismo, y menos aún, un asistencialismo para tranquilizar conciencias. No, eso no es amor, ¡eso es negocio! El amor es gratuito. La caridad, el amor, son una elección de vida.

Cuando nos encontramos con el pasaje del juicio final, el criterio de selección entre ovejas y cabritos es haber vivido o no, de manera concreta, la caridad, entendida ésta como un movimiento resultante de la fe en Cristo y a Cristo y del amor hacia Él (cf. Mt 25,40). La diferencia entre vida eterna y muerte eterna la establece la relación de servicio al necesitado, pero un servicio desinteresado realizado como expresión del amor a Cristo. Este es el criterio de juicio manifestado en Mateo 25. Como se expresa en el Nuevo Diccionario de Teología Bíblica de Ediciones Paulinas (1990):

“…, para Mt la justicia es querer vivir como Jesús en una sociedad nueva, en la que la regla es Jesús mismo. El “camino de la justicia” es por tanto una nueva ordenación social que se contrapone a todos los proyectos humanos de sociedad. La nueva sociedad de hermanos y hermanas de Jesús, los que hacen la voluntad del Padre (cf Mc 3,35), realiza la justicia, que Jesús sintetizó en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. … para la Biblia la justicia es la garantía de un espacio de relaciones que edifican y conservan la comunión-comunidad de los hombres con Dios y entre sí. Por tanto, la justicia de Dios coincide con su acción salvífica, mediante la cual Dios crea su familia y la sociedad nueva de los que creen en él, haciéndolos justos, es decir, capaces de comunión, y liberándolos del pecado, que es egoísmo y violencia, impedimento para la comunión con Dios y con los hermanos.

Es importante notar, cuando leemos el relato de Mateo, que la única diferencia entre lo que se dice a las ovejas y a los cabritos es la palabra “no”. El juicio condenatorio no se determina por los errores o pecados cometidos, sino por lo que se dejó de hacer ante la necesidad de un hermano.

La fidelidad ante el desafío histórico. Consecuencias socio-políticas del juicio final.

fidelidad

 

Pienso que cuando nos corresponda presentarnos ante el juicio de Cristo, no sólo va a preguntarnos acerca de nuestros actos individuales de caridad y nuestras actividades piadosas, sino también cómo fue mi respuesta ante las necesidades de la sociedad y el tiempo en que me tocó vivir. Cuando Jesús nos enseñó a orar nos dijo que usáramos la expresión “Padre nuestro” (Mt 6,9), porque Dios es Padre de todos y nosotros somos seres en relación, y cuando nos habló de amor, nos mandó a amar al prójimo más que a nuestra propia vida (Jn 15,12-13).

Cuando en el contexto cristiano-católico hablamos de política, hacemos referencia a la actividad que tiene como finalidad la búsqueda y construcción corresponsable del bien común. El relato del juicio final plantea una separación entre dos tipos de personas las que fueron capaces de trascender el entorno de sus necesidades particulares o individuales y se reconocieron miembros de una sociedad en la que habitaban otros con las mismas o mayores necesidades y carencias que las propias. Y aquellas que vivieron su vida con la mirada puesta en sí mismas y que jamás la levantaron para observar a los necesitados que estaban a su alrededor y que clamaban su ayuda.

Este relato nos plantea que el camino del crecimiento y realización personal pasa por la dimensión socio-política. Quizá podríamos peguntarnos cuál es la relación entre caridad cristiana y dimensión socio-política. Pienso que la respuesta está en clara en el mandamiento del amor con el cual Jesús resumió toda la ley y los profetas: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27). Este mandamiento exige la concreción del amor a Dios y al prójimo de una manera relacional y comunitaria.

La caridad comprometida tiene su fuente en la relación con Dios amor-comunión y su expresión en la relación con el prójimo, especialmente con el pobre y necesitado: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mt 25,40). Y este prójimo no es sólo la persona individual sino el ser social.

Benedicto XVI ha insistido en el alcance político e institucional de la caridad cuando procura transformar las estructuras culturales, sociales y políticas a fin de que den respuestas reales y efectivas a las necesidades de las personas, de la sociedad civil y de toda la humanidad, que es la familia fraterna (cf. Caritas in veritate 7).

Me parece que este pensamiento de Agustín Ortega Cabrera expresa con suma claridad la exigencia de una dimensión socio-política de la caridad: “El ser de las personas se frustra, se malogra y no alcanza la felicidad si no sirve y se compromete con lo socio-comunitario, si no ejerce la virtud ética de la política por la que promueve el bien común, la justicia y la civilización del amor”.

En este contexto, detengámonos un momento ante nuestra realidad nacional. La Venezuela de hoy es el hombre tirado a la orilla del camino después de haber sido robado y golpeado por unos malhechores (cf. Lc 10,25-37). ¿Entre cuáles de los personajes del relato nos encontramos nosotros? ¿Entre los que se han aprovechado de ella y la han robado y herido? ¿Entre los que están tan ocupados que no tienen tiempo de detenerse ni siquiera para compadecerse de su situación? ¿Entre quienes protegen tanto su vida espiritual que ni siquiera tocan el tema del dolor de la patria porque ello los desconcentra de sus oraciones y de su paz espiritual? ¿Entre los que se detienen ante ella, la toman en sus brazos, procuran aliviar el dolor de sus heridas, más aún, piden a otros que los ayuden en la tarea, ofrecen su aporte, se comprometen a estar pendientes de su recuperación y no se permiten desentenderse de ella hasta ver su franca mejoría?

Urge un sincero examen de conciencia del cristiano venezolano y su consecuente compromiso de conversión, porque la realidad socio-cultural que vivimos, desdice de la coherencia entre fe y vida de una población que se confiesa mayoritariamente católica.

Ponencia de Dunia Mavare Adrianza

Asamblea Anual del Consejo Nacional de Laicos de Venezuela.

Casa Monseñor Ibarra – Caracas, 29 al 31 de Mayo de 2015

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Un mensaje lleno de esperanza y amor en Cristo Jesús

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Mensaje de Cuaresma del Papa Benedicto XVI Creer en la caridad suscita caridad «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

1. La fe como respuesta al amor de Dios

En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

2. La caridad como vida en la fe

Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).

3. El lazo indisoluble entre fe y caridad

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).

En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.

A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales Miércoles de Ceniza indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

4. Prioridad de la fe, primado de la caridad

Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la

caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co13,13).

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

 

BENEDICTUS PP. XVI

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