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El nuevo coordinador mundial de los carismáticos

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«Vi a Jesús en la Cruz, sufría, era como un vídeo»: el nuevo coordinador mundial de los carismáticos. Jim Murphy lleva desde 1969 hablando del amor de Cristo y de su Cruz

Jim Murphy, de Estados Unidos, casado y con un hijo, acaba de ser elegido como nuevo coordinador mundial de la Renovación Carismática, sustituyendo a la laica inglesa Michelle Moran, que llevaba 10 años en el cargo.

En cierto sentido, es un cargo que afecta a muchas personas: entre 80 y 120 millones de católicos en todo el mundo se mueven en grupos y comunidades ligados a la Renovación. En otro sentido, no afecta a muchos trabajadores directos: el ICCRS (www.iccrs.org, el servicio internacional de coordinación de la Renovación) es en realidad una pequeña oficina en Roma, con un puñado de empleados y voluntarios. Pocas cosas hay en la Iglesia más descentralizadas que la Renovación, un movimiento laical nacido en febrero de 1967, que cumple ahora medio siglo de historia.

Muchos trabajos raros

Jim Murphy ha tenido muchos trabajos raros en su vida. “Mi padre era capitán de barco. Yo quería dedicarme a rescatar tesoros submarinos, hacer arqueología… ¡Conocí España leyendo de sus galeones! Yo tenía barco para practicar”.

Aunque tenía un título de graduado social, trabajó cosas de lo más peculiar: prospecciones en Alaska, investigación arqueológica en Hispanoamérica, guitarrista en una banda, conductor de camión, conductor de barco en viajes charter, tendero vendedor de verduras… y una vez fue guardaspaldas de la Madre Teresa de Calcuta.

Pero llegó un momento en que decidió dedicarse al Evangelio a tiempo completo. “Sentí que Dios me decía que hay muchos tesoros que rescatar, que no están bajo el mar sino en los corazones de la gente”, explica.

Una experiencia mística a los 17 años

Jim Murphy nació en 1952 en una familia católica en Detroit, Michigan. Estudió en un colegio católico, y con sus dos hermanos acompañaba a sus padres a misa cada domingo. En casa, solían rezar juntos por la noche.

En la noche de Pascua de 1969, con 17 años, Jim tuvo una experiencia mística que cambió su vida para siempre.

“Era de noche. Yo estaba en mi habitación, con la puerta cerrada, y lloraba, porque no veía qué sentido tenía la vida. Entonces sentí una presencia, real. Supe que alguien estaba allí, conmigo. Era una presencia de gran poder y de gran amor. No vi luces, no hubo sonidos, pero en mi interior sentí paz y amor”, explicó con detalle.

“Entonces noté en mi corazón una voz que me hablaba. No era una imagen o una sensación. Eran palabras. Era un mensaje con palabras, muy claras, precisas. Me decían: “Has intentado encontrar la forma de ser feliz, pleno. Siempre tú, tú, tú. Nunca me dejaste ser parte de tu vida”.

“Supe que era Jesús. Tuve la sensación de que Dios me estaba ofreciendo su ayuda para mi vida. Y tuve una visión, muy clara. Era como ver un vídeo. Veía a Jesús en la Cruz. Estaba vivo en la Cruz, sufría de forma horrible, yo veía la sangre y las heridas, era terrible. Y me dijo: “cuando pasé por esto, no pensaba que tu respuesta sería, simplemente, ir a misa o ayudar en la parrroquia. No pasé esto sólo para que vayas a misa. Pasé esto para que seamos amigos y para ser parte de tu vida”.

“Y toda mi comprensión de lo que era ser cristiano cambió. Entendí que ser cristiano no es hacer cosas. Entendí que es una actitud. Que Jesús quería más. Sí, claro que es bueno ir a misa. Él no estaba criticando la misa o la Iglesia: me estaba reclamando a mí.”

Casi cincuenta años predicando

Jim pudo hablar de su experiencia con su hermana, dos años mayor que él. “Ella había tenido una experiencia de conversión en la Renovación Carismática, que acababa de nacer en 1967 y se extendía por Michigan, y me la había contado, pero yo no entendí nada de lo que me contaba ella ni le presté ninguna atención. Hasta que me pasó a mí”, explica Murphy. A través de su hermana, empezó a tratar con grupos carismáticos. “Ella aún es responsable en una comunidad de Ann Arbor, en Michigan”, explica. Ese mismo año, invitaron a Jim a dar una charla en la parroquia, a cinco adolescentes. Desde entonces, no ha dejado de predicar.

En 1992, con 40 años, después de leer una carta de la Conferencia Episcopal de EEUU titulada “Herencia y esperanza”, Jim tomó una cruz de madera de 1,8 metros y se puso a caminar por Estados Unidos, de Florida a California, viviendo de la Providencia y la caridad, y durmiendo en cualquier sitio. Se hizo un poco famoso, salía en la prensa local y atraía curiosos y atribulados. “A menudo venía gente a pedirme que rezara por ellos, por sus parientes enfermos, etc…”, explica. “El hombre que camina con la cruz”, titulaba la prensa.

Caminó 6.300 kilómetros: el equivalente a 8 veces el Camino de Santiago desde Roncesvalles. Le costó 18 meses y gastó 14 pares de zapatos.

Poco después de acabar su gran viaje evangelizador, con 42 años, se casó y tiene un hijo que ha cumplido ya 20 años.

Fue presidente durante un tiempo de la Renovación Carismática Católica en EEUU (que implica allí a unos 9 millones de personas), presidente de una asociación ecuménica de evangelización de jóvenes y durante varios años ha sido uno de los miembros de ICCRS, la coordinadora internacional carismática. También ha trabajado en años recientes en México, colaborando con tareas misioneras entre gente pobre.

Ideas para evangelizar hoy

En 2012 estuvo en Madrid en la asamblea anual de la Renovación Carismática Católica en el Espíritu, en el colegio Virgen del Recuerdo. Explicó a ReL algunas de sus intuiciones y convicciones tras casi medio siglo como evangelizador.

Por un lado, ve que es importante que cada cristiano, y más los nuevos conversos, tengan una comunidad de fe de verdad viva y fervorosa, “que ayude, forme y apoye con un nuevo estilo de vida”. Sin eso, no se persevera en la fe.

Cree que en toda evangelización eficaz hay que escuchar más que hablar, y que “hay que dejar espacio al Espíritu Santo, dejar que Jesús actúe, confiar en Él más que en el método, por bueno que sea”.

Afirma que es bueno invitar a retiros, charlas, encuentros, afirma,  pero para eso antes hay que hacer una conexión personal. “Sin la conexión personal, sólo los que ya son creyentes vienen a nuestros programas o encuentros. Está bien encontrarse, pero si no vienen alejados, no es evangelizador”.

Y se plantea una “cierta profesionalización” en la evangelización para mejorar la calidad. “Sí, para evangelizar es mejor un buen cristiano con algo de habilidad musical, que un magnífico músico con sólo un poco de cristianismo. Yo mismo toco la guitarra y muchas veces he pensado: me da igual como suene mientras la gente se acerque al Señor y lo ame. Pero si me oyes cantar horriblemente Vive Jesús El Señor, no te atraerá. Quizá necesitamos un Hillsong católico”, plantea, refiriéndose al grupo evangélico profesional de música cristiana que mueve masas y vende cientos de miles de discos.

“La música es poderosa, toca el corazón de la gente. Los católicos tenemos buenos músicos, pero se dedican sólo a tiempo parcial al evangelio. Por otra parte, la profesionalización tiene un cierto riesgo de engendrar soberbia y, con el orgullo, Dios puede retirar tu don. Por eso hay que formar para la humildad.”

P.J. Ginés/ReL 2017

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Quien busca la Verdad con rectitud la halla en la Iglesia

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El Verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros. “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitó el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. El sol de Justicia, el Verbo encarnado, Jesucristo fundó su Iglesia en San Pedro, con la promesa de que las puertas del infierno nunca prevalecerían sobre ella. La unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad son las notas distintivas de la verdadera Iglesia de Cristo.

Les animo a conocer el apasionante testimonio de un joven que acabó en el protestantismo y que quiso estudiar a fondo a la Iglesia Católica para desenmascarar sus errores. A medida que fue descubriendo a los Padres de la Iglesia, los escritos de los santos, el Catecismo…se dio cuenta de que por su solidez doctrinal y grandeza, la Iglesia Católica era la única religión verdadera, fundada por nuestro Señor Jesucristo.

¿Qué es lo que le atrajo del protestantismo para abrirse a conocerlo?

El protestantismo se cruzó en mi camino, como quien se encuentra una moneda en el suelo. Yo era un católico con ganas de conocer más al Señor y de vivir una fe coherente. De pronto una amiga de la infancia me invitó a colaborar en un estudio sobre el cristianismo en Cataluña. Me dijo que era evangélica y no católica. Prácticamente no tenía ni idea sobre la existencia de los protestantes en España. Estuve con mi amiga y por la tarde me invitó a una de sus reuniones de jóvenes protestantes. Allí quedé asombrado por el amor que tenían a Dios y a la Biblia. Fue a raíz de eso que yo, me interesé cada vez más por saber que era el protestantismo. Creía falsamente que esta búsqueda me haría un buen seguidor de Jesucristo.

¿No intuía en el fondo que no era la verdadera religión?

Al principio lo veía un poco extraño. Pero una vez dentro NO, jamás lo intuí. Seguí asistiendo a las reuniones y luego dejé de ir a la Santa Misa para asistir a los cultos protestantes y como se puede comprender, en un ambiente donde todo el mundo es tan amable, me trataron con mucho cariño, nunca fui forzado a nada, aprendía de Dios, hacía amigos, leía la Biblia, aprendí a hacer mucha oración, nunca se me pasó por la cabeza que no era la verdadera religión, es más, pensé que tenía todos los números para serla.

¿Cómo se dejó embaucar?

Es complicado de explicar. Creo que nunca fui embaucado por los protestantes, en el sentido de que me estaban ofreciendo lo que ”en teoría” era lo mejor para mí. Si vamos al sentido menos estricto, me dejé convencer por el protestantismo por mi ignorancia sobre la fe católica. Es el protestantismo el que embauca, casi nunca es el protestante. Lo que más me atrajo al protestantismo fue la salvación solo por la fe. Una salvación que ”parecía liberarme” de las cargas que se supone que tiene la Iglesia Católica. Entre la salvación por la sola fe, y el supuesto de que ya estás salvado, más la predicación que se hacía de la sola Escritura y el énfasis de la gracia de Dios…pues uno piensa que es allí donde de verdad se está predicando la Verdad.

¿Cómo llegó a odiar a la religión católica hasta el punto de querer destruirla?

Prácticamente jamás sentí que me lo inculcaban. Gracias a Dios, tampoco fui a parar a un grupo extremadamente anti católico. A pesar de eso, el protestantismo es anti católico por naturaleza y uno, automáticamente relaciona que si es cristiano protestante, precisamente está protestando en contra de la Iglesia Católica porque no está conforme con ella.

Poco a poco me adentré a conocer quiénes fueron los personajes más eminentes del protestantismo, sus fundadores y sus mejores predicadores. Ellos, más que mi grupo de amigos, fueron los que me transmitieron más la repulsión a la Iglesia Católica, llegando un día al punto en que sentí que me tenía que librar de ella y no podía hacerlo de otra forma que destruyéndola personalmente.

¿Cuándo se dio cuenta de que las tesis protestantes repugnan al sentido común y a la razón?

Me iba dando cuenta de ello cuando leía algunos escritos de Martín Lutero, Juan Calvino u otros. También en ese tiempo fui un enamorado del famoso predicador protestante Charles Spurgeon. Vi que sus escritos o sus prédicas eran algo forzados, había disensiones entre ellos. Al principio tuve gran admiración por estos personajes, pero tampoco tardé en ver que sus palabras no me transmitían del todo la calma que se supone que tendrían que tener sus corazones, por lo tanto, tampoco calmaban el mío. Me parecía que sus corazones no escribían tranquilos, había una especie de euforia desmedida, imprecisiones y como una especie de olvido de la historia del cristianismo, que en general, atentaba precisamente contra ese sentido común y razón cristiana, que avalan la vida del Cristianismo desde que nuestro Señor lo introdujo en el mundo.

¿Por qué se abrió a estudiar a los Padres de la Iglesia y que descubrió en ellos?

Me introduje a conocer y a estudiar a los Padres de la Iglesia por dos motivos. El menos importante es porque quería saber que fue lo que pasó en la época de los primeros cristianos. El segundo y más importante era porque, como necesitaba destruir a la Iglesia Católica, pensé que sería una buena idea acudir a los primeros cristianos para que me ayudaran a conseguirlo.

Evidentemente, todo fue un gran chasco para mí. En ellos, para mi desgracia en ese momento, más que ver que enseñaban doctrinas protestantes veía que transmitían doctrinas católicas. Descubrí como los antiguos Padres se hacían llamar miembros de la Iglesia Católica y luchaban cada uno contra las herejías que en cada época iban naciendo, según el innovador que tocase.

¿Cómo ante esta grandeza empezó a ver inconsistentes a los teólogos protestantes?

Conocer a los Padres de la Iglesia y posteriormente a otros católicos de diferentes épocas, debilitó muchísimo mi confianza en los teólogos protestantes. No quisiera parecer grotesco u ofensivo, pero la verdad es que empecé a ver sus grandes carencias. No solo las visualizaba en la parte teórica, ya que en ese campo cualquiera puede extraviarse, sino sobre todo en su testimonio personal de vida.

Resalta a los ojos claramente que el teólogo católico está a un nivel muy superior en correspondencia al teólogo protestante. Pero lo que queda a años luz de diferencia es el testimonio de vida de los Padres de la Iglesia y los otros Santos Católicos con relación al de los heresiarcas protestantes. Unos brillan en infinidad de virtudes y son heroicos. Los otros, pese a sus ganas de seguir a Cristo, se dejaron arrastrar por el peor enemigo, la soberbia. Cuando uno se deja llevar por el orgullo, ya nada bueno puede hacer.

¿Cuál fue el punto de inflexión que inclinó la balanza de nuevo hacia el catolicismo?

Estuve 1 año y 6 meses en el protestantismo sin pensar en lo más mínimo que pudiese cambiar mi rumbo hacia la Iglesia Católica. Fue a partir de ahí, como os he explicado anteriormente, que tuve un gran deseo de acabar mi relación con la Iglesia Católica definitivamente y para siempre. Así que por eso inicié la lectura de los Padres de la Iglesia y del Catecismo para demostrar que la religión católica estaba errada. No es que lo dijeran los protestantes, es que yo quería ver como el mismísimo catolicismo se contradecía a si mismo y a la vez iba en contra de la palabra de Dios.

A partir de ese momento, cuando empecé a conocer a los Padres, a otros santos, a leer el catecismo, a leerme los cánones del Magisterio de la Iglesia, a conocer casos de grandes conversiones al catolicismo, fue cuando se me pasó por la cabeza que había una posibilidad de que me hubiera estado equivocando todo este tiempo. Entonces a partir de ahí, vi que en mis principios no había sido diligente ni responsable conmigo mismo. Mi ignorancia me jugó una mala pasada, y comencé como si dijéramos a pensar en que quizá la Iglesia Católica, lejos de no tener ninguna opción de ser la religión verdadera, podría tener también grandes aptitudes de serla.

¿Cuando tuvo la certeza de que la Iglesia Católica era la única verdadera?

Llegó el momento en que tuve que decirles a mis amigos protestantes que debía abandonar el protestantismo para volver a la Iglesia Católica. No porque ya supiese con total certeza que la Iglesia Católica fuese la única y verdadera, sino porque lo que fui descubriendo en esos seis meses, me obligaba a dejar el protestantismo y continuar estudiando a la Iglesia Católica desde dentro para esclarecer definitivamente mis dudas.

En esos instantes no sabía si dentro de un tiempo iba a volver al protestantismo en el futuro. Yo seguí siendo pertinaz en mi estudio y en la oración. Acudí a un sacerdote católico, seguí perseverando en conocer las entrañas de la Iglesia Católica, conocí a apologistas católicos que me ayudaban a resolver las dudas, leía artículos, seguía solucionando controversias…hasta que llegó el día en que definitivamente me llegó en plenitud por obra de la gracia de Dios, el conocimiento absoluto e inquebrantable en mi interior de que la Iglesia Católica era la única verdadera, fundada por Cristo. Tras dos años de duros esfuerzos e intensos sacrificios, pude retornar al hogar que nunca debí abandonar.

¿Cómo le ayudó la Santísima Virgen a descubrir la verdadera religión que fundó su Hijo?

La Virgen María…podría resumirlo en una palabra: Madre. Con mucha tristeza recuerdo todos los días que le di la espalda a la Virgen María en el protestantismo. Es verdad también que fue una de las cosas que más me costaba dejar. Pero claro, en el protestantismo dejé de rezar el Rosario, dejé de pedirle intercesión y dejé de mostrarle mi estima. Pero ella ¡oh! Ella… ahora me doy cuenta que siempre tuve sus ojos impregnados en mi nuca. Nunca, nunca ella me abandonó pese yo abandonarla. Lo sé, porque sin la vigilancia de mi madre preocupada nunca hubiese podido conocer la verdadera Iglesia de su Hijo. Para mi la Santísima Madre de Dios fue causa providencial de mi retorno. ¡Cuánto la quiero!

¿Qué experimentó en ese momento? ¿Esa alegría le dura hasta el día de hoy?

Me sentí como un converso. Cierto es, que hubiera dado lo que sea por no haber puesto en peligro jamás mi alma en una religión falsa, ya que es algo muy grave e inseguro. Pero la verdad es que una vez obtenido este final (y solo con este final) ha sido algo muy positivo para mí.

Hace ya dos años y medio que estoy muy feliz en el seno de la Iglesia Católica, la cátedra segura de San Pedro y os bien garantizo que, pese que ya ha pasado cierto tiempo, no hay día que no me levante con una felicidad inmensa diciendo: La Iglesia Católica es la verdadera, soy católico, es increíble, lo he conseguido…

La alegría de un converso es algo muy peculiar, es en verdad un tesoro y un privilegio, algo maravilloso de sentir. Pero insisto, preferiría haber sido católico siempre y nunca haber dudado de mi fe. Quisiera felicitar a todos los católicos que jamás han dudado de su fe y espero que ellos también sientan con el mismo entusiasmo que yo, la increíble felicidad de ser miembro de la Iglesia Católica.

Criterios de credibilidad que demuestran que la Iglesia Católica es la única verdadera.

Con el sacerdote católico con el que trabajé para descubrir cuáles eran los motivos de credibilidad de la Iglesia Católica, seguimos la famosa lista de San Roberto Belarmino de las 15 marcas de la Iglesia, que la identifican como verdadera:

1 El nombre de la Iglesia Católica. 2 Su antigüedad. 3 Constante duración. 4 Extensa. 5 Sucesión Episcopal. 6 Acuerdo Doctrinal. 7 Unión. 8 Santidad. 9 Eficacia. 10 Santidad de vida. 11 La gloria de Milagros. 12 El don de Profecía. 13 La oposición de los enemigos. 14 El triste final de todos los que luchan contra ella. 15 La Paz Temporal y Felicidad Terrenal.

¿Qué actitud se requiere para encontrar la verdadera religión?

A todos aquellos que en estos momentos estén buscando la verdad, les recomiendo que no  tengan miedo. Que acompañen su búsqueda de una oración sincera y fervorosa. Que pongan a Jesucristo como prioridad principal en sus vidas. Abrir vuestro corazón. No es tanto el buscar, sino el dejar de una vez por todas que la gracia de Dios penetre e irradie vuestras almas. ¡Qué inteligentes serán los que busquen la humildad!, la virtud más grande. ¿Errar? Cualquiera puede errar. ¡Pero que pocos son los que abjuran de sus errores! Solo se una cosa. Quien busca de verdad LA VERDAD, la encuentra. Ánimo buscador.

Todo este apasionante testimonio está ampliado y perfectamente desarrollado en el nuevo libro UN CATÓLICO MÁS. En el que aparte del testimonio extendido, encontrarán una magnífica refutación del protestantismo de una manera sencilla pero precisa. Las personas interesadas en adquirirlo pueden enviar un correo a la dirección: ucmpedidos@hotmail.com

Javier Navascués / AlF, 2017

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La legión Fulminata: los 40 Mártires de Sebaste

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La época de sangrientas persecuciones parecía haber llegado a su fin en todo el imperio romano. A principios del año 312 los emperadores Constantino y Licinio, habían dado un paso adelante en cuanto a la paz para los cristianos.

Derrotado Majencio, Constantino se alzaba en occidente y Licinio en oriente; y los cristianos gozaban de la tolerancia religiosa.

Pero no. Licinio, aunque pagano, luego de haber vencido en oriente a Maximino Daia, volvió a cargar contra los cristianos y, “quitándose la máscara” según la famosa frase de Eusebio (Vita Constantini 1.4 c.22), inició una satánica persecución contra los cristianos sujetos a su dominio enviando a sus legiones a que buscasen a los cristianos y los hiciesen apostatar.

Asia Menor estaba encomendada principalmente a Legión XII, llamada Fulminata, que debía operar en Sebaste (Armenia) donde había un gran número de cristianos.

Amén de la persecución contra los meros civiles, un edicto imperial mandaba que, los oficiales del ejército romano que rehusasen sacrificar a los dioses, fueran degradados y juzgados como traidores al Imperio.

Varios soldados de la Legión XII, cristianos, se negaron a hacerlo por lo que, enterándose de ello el prefecto, intentó convencerles primero de la necesidad de acatar las órdenes del emperador como único medio para evitar el martirio. Pero nada los movía… Aquellos soldados, acostumbrados a la vida dura de la milicia, rechazaron una y otra vez la diabólica invitación.

Entonces, nos dice San Gregorio de Nisa, el prefecto trató de intimidarles, sin saber qué clase de martirio les daría:

Si les amenazo con la espada —se decía—, no reaccionarán, por estar familiarizados con ella desde su infancia. Si los someto a otros suplicios, los sufrirán generosamente. Tampoco sus cuerpos curtidos por el sol y el aire temerán el martirio del fuego”.

Pensó entonces en otro suplicio más molesto y largo…

Cuarenta soldados cristianos, firmes en su fe, serían condenados a morir de aterimiento, es decir, de congelamiento: en pleno invierno, desnudos, serían introducidos en un estanque helado hasta morir.

El lugar elegido para la ejecución, para dar aún mayor impresión a los mártires militares, era el amplio patio delante de las termas de Sebaste, desde donde los condenados veían el vapor de del calidarium, como una invitación a la apostasía: bastaban sólo algunos pasos para pasar del tétrico frío al calor de los cuerpos.

Las horas corrían y ninguno de los condenados se alejaba de la explanada helada. San Basilio nos cuenta que se animaban mutuamente a permanecer fieles con esta oración:

Señor, cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas te pedimos.

Los soldados que los custodiaban, asistían estupefactos a la escena.

De repente, uno de los condenados, extenuado por los espasmos, salió del estanque y, arrastrándose como pudo, se dirigió hacia el calor de los baños termales, apostatando así de su fe.

Se hizo un silencio aterrador aunque los mártires, seguían diciendo:

Señor, cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas te pedimos”...

Consternado por la escena, uno de los verdugos, movido por la entereza de los mártires, se quitó su armadura y, despojándose de sus vestidos, se lanzó hacia el lago helado para reemplazar él mismo al cobarde desertor diciendo:

Señor, cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas te pedimos”.

Era el 9 de marzo del año 320.

Dios quiera que este ejemplo nos siga edificando y empujando al heroísmo ante tanto cristianismo paralítico.

P. Javier Olivera Ravasi / InfoC. 2017

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Diez consejos para confesarse mejor

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Como conclusión del proceso de conversión, y a la vez como un elemento dinamizador del mismo, se erige, incólume –a pesar de tantos ataques y falsificaciones- el sacramento de la Reconciliación.

 Les dejo algunas pequeñas sugerencias para confesarse bien, en un lenguaje llano, para contribuir –Dios así lo quiera- a que puedas «allanar los caminos del Señor».

 1. Haz bien el examen de conciencia: tomate por lo menos 5 minutos. Hazlo en clima de oración, invocando al Espíritu Santo y a la Inmaculada. Trata de pensar en profundidad. Eso sí: cuanto más tiempo dejes pasar, más difícil será recordar. Y puede quedarte alguna falta grave o –quizá sin ser grave- importante, que no confieses porque con el paso del tiempo quedó «sepultada» en la conciencia. Por eso: confiésate con frecuencia.

2. Piensa en Cristo Crucificado: mirando al Señor en la Cruz, sus heridas, su Corazón traspasado, vemos lo que es en realidad el pecado. Aunque parezca imposible, tus pecados lastiman a Dios, lo hacen sufrir. En la Cruz encontramos el arrepentimiento.

3. Confiesa tus pecados con simplicidad: evita el lenguaje rebuscado, los eufemismos. Trata de ir directo «al grano», sin dar demasiados rodeos. Eso ayudará también al sacerdote a ver lo esencial, y orientarte correctamente.

4. Confiesa tus pecados siguiendo el orden de los Mandamientos: en la vida cristiana, «el orden de los factores altera el producto». Los mandamientos no tienen un orden aleatorio, sino que es importante valorar nuestra vida moral según esa jerarquía. Algunas veces nos perturba e inquieta un pecado de la «segunda tabla» (los mandamientos del amor al prójimo) hasta tal punto que olvidamos la primera. Pero cuando pensamos, nos damos cuenta que esa falta es consecuencia de haber sido negligentes en nuestra vida con Dios.

5. Nunca digas: «Yo padre, ¿qué pecado puedo tener?, me considero un buen cristiano»: es la frase fatal. Muy parecida a la del fariseo del Evangelio: «te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás hombres». Y ya sabemos cómo volvió el fariseo a su casa… Si no ves pecado en ti, casi seguro es porque no hiciste el examen, o porque tu conciencia está oscurecida o mal formada, o porque el orgullo te hace «impermeable» a la gracia de la contrición…

6. No le hagas al sacerdote una detallada enumeración de tus buenas acciones: otro error fatal. Jamás empieces tu confesión diciendo: «padre, yo voy siempre a Misa, ayudo a la gente, me llevo bien con mi familia, rezo el Rosario todos los días…» En ese caso, tu lugar no es el confesionario, sino algún retablo donde haya un sitio vacío… Salvo que el sacerdote te pregunte, nunca le digas lo bueno que haces.

7. No confieses los pecados ajenos: otro error frecuente. Algunas veces vamos a la confesión angustiados por situaciones dolorosas, y en lugar de contar nuestras caídas, enumeramos detallada y apasionadamente los pecados de nuestros esposos/as, hijos/as, compañeros de trabajo, vecinos, políticos de turno, etc. Además de dedicar tiempo a algo que no forma parte de la esencia de la confesión (y muchas veces eso significa quitárselo a quien viene detrás en la cola) contar todo eso hace que tu culpa se vuelva insignificante, casi un acto de virtud, una reacción necesaria ante tanta maldad acumulada en tu contra…

8. No minimices el pecadoni lo exageres: la conciencia bien formada, la conciencia delicada (que es una gracia que hay que pedir) está entre dos extremos: la conciencia laxa (que no ve pecado en nada, o que considera leve lo que es grave) y la conciencia escrupulosa (que ve pecado grave cuando es leve, y ve pecado donde no hay). Lee, consulta, pide la gracia, para caminar en el justo equilibrio, que no es el de la mediocridad, sino el de la santidad.

9. Evita mezclar temas que sean para otros momentos: es cierto que no es tan fácil encontrar a los sacerdotes con tiempo, y tal vez por eso, una vez que lo «pescaste» aprovechas a hacer todo junto… pero en principio, lo ideal es separar la confesión de la dirección espiritual o de temas pastorales. Si al terminar tu confesión ves que el sacerdote puede atenderte, dile: «padre, necesito hacerle una consulta…» o bien «necesito hablar con usted, cuando me puede atender».

10. Pide perdón por lo que no te hayas dado cuenta o por si te olvidas de algo: el salmo 50 dice al Señor «absuélveme de lo que se me oculta». Recuerda que hay acciones que muchas veces hacemos sin saber que son pecado. Aun cuando no siempre tengamos responsabilidad moral (si obramos en ignorancia invencible, por ejemplo) esa acción, en cuanto contraria al bien objetivo, no nos plenifica, no nos lleva a Dios. También de ellas y sus efectos necesitamos ser sanados. Y también podemos pedir perdón por aquellas faltas que quizá olvidamos: Él nos conoce mejor que nosotros mismos.

Leandro Bonnin, pbro. / InfoC.

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EL HOMBRE DIGITAL Y LA ORACION

El hombre «digital», al igual que el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa los caminos para superar su finitud y para asegurar su precaria aventura terrena. Por lo demás, la vida sin un horizonte trascendente no tendría un sentido pleno, y la felicidad, a la que tendemos todos, se proyecta espontáneamente hacia el futuro, hacia un mañana que está todavía por realizarse. El concilio Vaticano II, en la declaración Nostra aetate, lo subrayó sintéticamente. Dice: «Los hombres esperan de las diferentes religiones una respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana que, hoy como ayer, conmueven íntimamente sus corazones. ¿Qué es el hombre? [—¿Quién soy yo?—] ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio y la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, ese misterio último e inefable que abarca nuestra existencia, del que procedemos y hacia el que nos dirigimos?» (n. 1). El hombre sabe que no puede responder por sí mismo a su propia necesidad fundamental de entender. Aunque se haya creído y todavía se crea autosuficiente, sabe por experiencia que no se basta a sí mismo. Necesita abrirse a otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta; debe salir de sí mismo hacia Aquel que pueda colmar la amplitud y la profundidad de su deseo.

El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la historia, define la oración como «expresión del deseo que el hombre tiene de Dios». Esta atracción hacia Dios, que Dios mismo ha puesto en el hombre, es el alma de la oración, que se reviste de muchas formas y modalidades según la historia, el tiempo, el momento, la gracia e incluso el pecado de cada orante. De hecho, la historia del hombre ha conocido diversas formas de oración, porque él ha desarrollado diversas modalidades de apertura hacia el Otro y hacia el más allá, tanto que podemos reconocer la oración como una experiencia presente en toda religión y cultura…

 

… La oración no está vinculada a un contexto particular, sino que se encuentra inscrita en el corazón de toda persona y de toda civilización. Naturalmente, cuando hablamos de la oración como experiencia del hombre en cuanto tal, delhomo orans, es necesario tener presente que es una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras. La oración tiene su centro y hunde sus raíces en lo más profundo de la persona; por eso no es fácilmente descifrable y, por el mismo motivo, se puede prestar a malentendidos y mistificaciones. También en este sentido podemos entender la expresión: rezar es difícil. De hecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, del tender hacia el Invisible, el Inesperado y el Inefable. Por eso, para todos la experiencia de la oración es un desafío, una «gracia» que invocar, un don de Aquel al que nos dirigimos.

 

En la oración, en todas las épocas de la historia, el hombre se considera a sí mismo y su situación frente a Dios, a partir de Dios y en orden a Dios, y experimenta que es criatura necesitada de ayuda, incapaz de conseguir por sí misma la realización plena de su propia existencia y de su propia esperanza. El filósofo Ludwig Wittgenstein recordaba que «orar significa sentir que el sentido del mundo está fuera del mundo». En la dinámica de esta relación con quien da sentido a la existencia, con Dios, la oración tiene una de sus típicas expresiones en el gesto de ponerse de rodillas. Es un gesto que entraña una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas —condición de indigencia y de esclavitud—, pero también puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro. A él le confieso que soy débil, necesitado, «pecador». En la experiencia de la oración la criatura humana expresa toda la conciencia de sí misma, todo lo que logra captar de su existencia y, a la vez, se dirige toda ella al Ser frente al cual está; orienta su alma a aquel Misterio del que espera la realización de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de su propia vida. En este mirar a Otro, en este dirigirse «más allá» está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente.

Hombre-rezando

Sin embargo, la búsqueda del hombre sólo encuentra su plena realización en el Dios que se revela. La oración, que es apertura y elevación del corazón a Dios, se convierte así en una relación personal con él. Y aunque el hombre se olvide de su Creador, el Dios vivo y verdadero no deja de tomar la iniciativa llamando al hombre al misterioso encuentro de la oración. Como afirma elCatecismo: «Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración; la iniciativa del hombre es siempre una respuesta. A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de alianza. A través de palabras y de acciones, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano. Este se revela a través de toda la historia de la salvación» (n. 2567).

 

Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a permanecer más tiempo delante de Dios, del Dios que se reveló en Jesucristo; aprendamos a reconocer en el silencio, en lo más íntimo de nosotros mismos, su voz que nos llama y nos reconduce a la profundidad de nuestra existencia, a la fuente de la vida, al manantial de la salvación, para llevarnos más allá del límite de nuestra vida y abrirnos a la medida de Dios, a la relación con él, que es Amor Infinito.

Benedicto XVI (2011)

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