Evangelio

Los efectos de la Confirmación

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(Sac 3.3)

El efecto principal del sacramento de la Confirmación es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.

Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

·         Nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abbá, Padre” (Rom 8:15).

·         Nos une más firmemente a Cristo.

·         Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.

·         Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.

·         Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (DS 1319)

Como nos dice San Ambrosio:

“Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu”.[1]

La gracia sacramental de la Confirmación modela el alma, para que sea imagen más perfecta de Cristo, y da también la capacidad necesaria para que el cristiano pueda cumplir las nuevas obligaciones adquiridas. Con ella, alcanza “mayoría espiritual”.[2]

Así, la gracia de la Confirmación es, ante todo, una plenitud de vida interior y de santificación personal, cuyos efectos se verán en una serie de frutos producidos por el Espíritu Santo en el alma del confirmando. En otras palabras, esta gracia sacramental hace posible que la acción santificadora del Espíritu divino pueda hacerse más y más intensa en nuestra alma, y nos capacite para realizar nuestras acciones como si se tratara de las mismas acciones de Cristo. Los dones que derrama entonces el Espíritu Santo nos permiten recibir continuamente los impulsos y directrices de Dios para vivir ya en la tierra, aun en medio de las acciones más ordinarias y aparentemente intrascendentes, de una manera verdaderamente divina.

El carácter sacramental

La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto, imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el “carácter” (DS 1609), que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (Lc 24: 48-49).

El carácter sacramental propio de la Confirmación es una señal inconfundible e indeleble, que el Espíritu Santo deja en el alma, y obra a modo de potestad espiritual, que refuerza la configuración con Cristo sacerdote –ya iniciada en el Bautismo-, capacitando a quien lo recibe para ejercer ciertas funciones sagradas. De tal modo que, si por el Bautismo nos incorporamos a Él, como hijos regenerados del Padre; en la Confirmación se imprime el carácter que nos configura a Cristo, como soldados del Rey; y aquellos que reciban el sacramento del Orden, como ministros del Sumo Sacerdote.[3]

El “carácter” perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y “el confirmado recibe el poder para confesar la fe en Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex officio)”.[4]

 

Los dones del Espíritu Santo:

Los dones del Espíritu Santo son ciertos hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del Espíritu Santo.

Por estos dones, el hombre se connaturaliza con los actos a que es movido por el Espíritu, en orden a la realización de actos sobrenaturales según un modo sobrenatural o divino.

Son movidos por el Espíritu Santo como instrumentos directos suyos. Obedecen a una moción especialísima del Espíritu, que los mueve y actúa al modo divino o sobrehumano. Bajo la moción especial de los dones, el hombre pasa a ser causa instrumental del acto, correspondiendo la causalidad principal al propio Espíritu Santo.

Los dones sólo actúan cuando el Espíritu Santo quiere moverlos y confieren al alma la facilidad para dejarse mover, de manera consciente y libre, por el Espíritu Santo. Estos dones vienen en ayuda de las virtudes infusas para que éstas puedan alcanzar su perfección.

La finalidad de los dones del Espíritu Santo

Se dan como ayuda para salir airosos en los casos repentinos e imprevistos en los que el pecado o el heroísmo es cuestión de un instante (por ejemplo, ante una tentación repentina y violentísima en la que la victoria o la derrota es cuestión de un segundo). En estos casos, el alma no puede echar mano del discurso lento de las virtudes infusas en su modalidad ordinaria o humana, sino que necesita la moción divina de los dones que actúa de una manera intuitiva e instantánea.

Son absolutamente indispensables para la perfección cristiana. Sin la moción divina de los dones, las virtudes infusas no pueden desarrollar todas sus energías ni, por lo mismo, elevar el alma a la santidad.

La diferencia entre las virtudes teologales y los dones reside en el hecho de que, las virtudes teologales son más perfectas que los dones, como enseña Santo Tomás[5]; pero manejadas por el propio hombre en su modo humano no pueden desarrollar toda su enorme virtualidad divina, necesitando para ello la modalidad sobrehumana de los dones.

Enumeración de cada don del Espíritu Santo

En el texto hebreo del profeta Isaías (Is 11: 2-3) aparecen nombrados seis dones del Espíritu, faltando el don de piedad. En cambio, en la traducción de la Vulgata ya aparecen nombrados los siete dones. San Pablo, en la Carta a los Romanos, incluye la piedad como uno de los dones del Espíritu Santo (Rom 8: 14-16).

Cada vez que recibimos un sacramento se produce en nuestro interior un cambio radical, pues a través de ellos recibimos la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo. Cambios que acontecen en lo más profundo de nuestra alma, no de nuestros sentimientos.

Éstos son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

1.- Don de sabiduría

Es el primero y mayor de los siete dones.

Nos da gusto para lo espiritual, capacidad de juzgar según la medida de Dios.  Es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo que es propio de Dios… Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y se saborea en ellas. El verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive.

Además, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas a la luz de Dios.  Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.

2.- El don de entendimiento

Es un don que nos capacita para “entender” las verdades de la fe de acuerdo con nuestras necesidades. Nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y profundizar en las verdades reveladas.

Esta luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también más penetrante la mirada sobre las cosas humanas.

3.- El don de consejo

Nos mueve a elegir lo que nos puede ayudar para nuestra salvación y a rechazar lo que se opone a la misma. Ilumina también nuestra conciencia para saber tomar las opciones más adecuadas en nuestra vida diaria.

Actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma.

Enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes, o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos.

4.- Fortaleza

Es una fuerza sobrenatural que sostiene la virtud cardinal de la fortaleza.

Este don nos da fuerzas para realizar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente. Para superar la timidez y la agresividad.

5.- Ciencia

Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Nos ayuda a conocer lo que es bueno o malo para nuestra salvación.

Nos ayuda a descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios.

El hombre, iluminado por este don, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y confianza a Aquél que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa.

6.- Piedad

Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con nuestros hermanos como hijos del mismo Padre. Nos ayuda a mantener una actitud íntima y de niño con Dios.

Con relación a los demás hombres, este don, extingue del corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.

Es también el don de piedad quien eleva y perfecciona el verdadero patriotismo.

7.- Temor de Dios

Es el temor a ofenderle debido al amor que le tenemos y al miedo al castigo si le ofendemos.

Nos otorga un espíritu contrito ante Dios, conscientes de las culpas y del castigo divino, pero dentro de la fe en la misericordia divina. El alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre; de no ofenderlo en nada, de “permanecer” y de crecer en la caridad.

Función específica de cada uno de los dones

La teología católica, siguiendo a Santo Tomás, ha precisado la función específica que corresponde a cada uno de los dones. Cada uno de ellos tiene por misión directa e inmediata la perfección de alguna de las virtudes fundamentales (teologales y cardinales), aunque indirecta y mediatamente repercute sobre todas las virtudes derivadas de la teologal o cardinal correspondiente y sobre todo el conjunto de la vida cristiana.

·         El don de sabiduría perfecciona la virtud de la caridad, dándole la modalidad divina que reclama y exige por su propia condición de virtud teologal perfectísima. Las almas que poseen de modo especial este don todo lo ven a través de Dios y todo lo juzgan por razones divinas, con sentido de eternidad, como si hubieran ya traspasado las fronteras del más allá. Han perdido por completo el instinto de lo humano y se mueven únicamente por cierto instinto sobrenatural y divino.

·         El don de entendimiento perfecciona la virtud de la fe, dándole una penetración profundísima de los grandes misterios sobrenaturales. La inhabitación trinitaria en el alma del justo, el misterio redentor del Calvario, nuestra incorporación a Cristo como miembros de su Cuerpo místico, la santidad inefable de María, el valor infinito de la santa Misa y otros misterios semejantes adquieren, bajo la iluminación del don de entendimiento, una fuerza y eficacia santificadora verdaderamente extraordinarias.

·         El don de consejo perfecciona la virtud de la prudencia, no sólo en las grandes determinaciones que marcan la orientación de toda una vida, sino hasta en los más pequeños detalles. Son a modo de “corazonadas”, cuyo acierto y oportunidad se encargan más tarde de descubrir los acontecimientos. Para el gobierno de nuestros propios actos y el recto desempeño de cargos directivos y de responsabilidad, el don de consejo es de un valor inestimable.

·         El don de fortaleza refuerza la virtud del mismo nombre, haciéndola llegar al heroísmo más perfecto en sus dos aspectos fundamentales: resistencia y aguante frente a toda clase de ataques y peligros y acometida firme del cumplimiento del deber, a pesar de todas las dificultades y obstáculos. El don de fortaleza brilla en la vida de los mártires, en los grandes héroes cristianos y también en la práctica callada y heroica de las virtudes de la vida ordinaria.

·         El don de ciencia perfecciona la virtud de la fe, enseñándola a juzgar rectamente de las cosas creadas, viendo en todas ellas la huella o vestigio de Dios. El mundo tiene por insensatez y locura lo que es sublime sabiduría ante Dios. Es la “ciencia de los santos”, que será siempre necia ante la increíble necedad del mundo (1 Cor 3:19). Las almas en las que el don de ciencia actúa intensamente tienen instintivamente el sentido de la fe. Sin haber estudiado teología se dan cuenta en el acto si una determinada doctrina, un consejo, una máxima cualquiera está de acuerdo con la fe o está en oposición a ella.

·         El don de piedad perfecciona la virtud de la justicia, una de cuyas virtudes derivadas es precisamente la piedad. Tiene por objeto excitar en la voluntad, por instinto del Espíritu Santo, un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad para con todos los hombres en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre. Es también el don de piedad quien eleva y perfecciona el verdadero patriotismo, en cuanto que la Patria es también objeto de la virtud de la piedad.

·         El don de temor perfecciona dos virtudes: primariamente la virtud de la esperanza, en cuanto que arranca de raíz el pecado de presunción, que se opone directamente a ella por exceso, y hace apoyarse únicamente en el auxilio omnipotente de Dios, que es el motivo formal de la esperanza. Secundariamente perfecciona también la virtud de la templanza, ya que no hay nada tan eficaz para frenar el apetito desordenado de placeres como el temor de los castigos divinos.

Los doce frutos del Espíritu Santo

Si permitimos que el Espíritu Santo trabaje en nuestra alma permaneciendo en estado de gracia santificante, nuestro “árbol espiritual” pronto empezará a producir frutos tales como: caridad, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longanimidad, fe, modestia, templanza y castidad.

Caridad: nos ayuda a ver a Cristo en los demás. Es por ello que les ayudamos a pesar de que pueda suponer un sacrificio para nosotros.

Gozo: nace de la posesión de Dios. Nos hace ser personas agradables y felices; buscando también hacer felices a los demás.

Paz: nos hace ser personas serenas. Mantiene al alma en la posesión de la alegría contra todo lo que es opuesto. Excluye toda clase de turbación y de temor.

Paciencia: nos hace ser personas que saben controlar su carácter. No somos resentidos ni vengativos. Este fruto modera la tristeza

Mansedumbre: modera la cólera y las reacciones violentas.

Bondad: nos ayuda a nos criticar o condenar a los demás. Es una inclinación que nos ayuda a ocuparnos de los demás y a hacer que ellos participen de lo nuestro.

Benignidad: nos ayuda a ser gentiles y no andar discutiendo con todo el mundo. Da una dulzura especial en el trato con los demás.

Longanimidad: nos hace no quejarnos ante los problemas y sufrimientos de la vida. Nos ayuda a mantenernos perseverantes ante las dificultades.

Fe: nos ayuda a defender nuestra fe en público y no ocultarla por vergüenza o miedo. Es también cierta facilidad para aceptar todo lo que hay que creer, firmeza para afianzarnos en ello, seguridad de la verdad que creemos sin sentir dudas.

Modestia: nos ayuda a ser cuidadosos y discretos con nuestro cuerpo, evitando ser ocasión de pecado para los demás. Nos ayuda a preparar nuestro cuerpo para ser morada de Dios.

Templanza: nos ayuda a saber controlar nuestras pasiones y no dejarnos llevar por las mismas. En especial refrena la desordenada afición de comer y beber, impidiendo los excesos o defectos que pudieran cometerse.

Castidad: nos ayuda a ser cuidadosos y delicados en todo lo que se refiere al uso de la sexualidad, y en general, de los placeres de la carne.

Padre Lucas Prados / AlF, 2017

[1] San Ambrosio, De mysteriis 7,42.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa theologica III, q.72, a. 1.

[3] Santo Tomás de Aquino, Libro de las sentencias, IV, d.7, q.2, a.1.

[4] Santo Tomás de Aquino, Summa theologica III, q.72, a. 5, ad 2.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa  Theologica, I-IIae, q.68, a.2.

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ACTUALIDAD CATÓLICA EN EL MUNDO, Biblia, Catequesis del juicio final, Evangelio

El Criterio del Juicio Final y sus Consecuencias Socio-Políticas

juicio final

Ustedes no me escogieron a mí,

sino que yo los he escogido a ustedes

y les he encargado que vayan y den fruto

y que ese fruto permanezca”

(Jn 15:16).

El Evangelio, Buena Noticia, es un mensaje de salvación, por lo tanto, es un mensaje de esperanza. Recordemos a Jesús de Nazaret cuando hablaba sobre el buen pastor: “…yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y esta experiencia la vivieron a tal grado los apóstoles que, cuando Jesús los conmina a tomar posición ante su enseñanza sobre el “pan de vida”, la respuesta de ellos por boca de Pedro es “Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

Este mismo Jesús de Nazaret era “poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24,19), pasó por el mundo haciendo el bien, dando fruto y su fruto de salvación, como su palabra, permanece, es eterno (cf. He 10,38).

Jesús nos ha elegido para participar en su misión. Desde esta condición de “elegidos y misioneros” comenzaremos por aclarar un poco los términos criterio y juicio que son el eje transversal del tema sobre el juicio final y sus consecuencias socio-políticas. Un criterio es la norma, regla o pauta que nos permite conocer la verdad o la falsedad de una cosa; la facultad que se tiene para comprender algo o formar una opinión; en suma, es un juicio para discernir. Un juicio puede significar “una forma de opinión”.

El texto sobre el juicio final de Mateo 25, 31-46 es una exhortación a una vida coherente con el Evangelio en el que decimos creer. Es un llamado a reconocer la condición de discípulo expresado, no sólo en la declaración de una doctrina o unos mandamientos, sino, sobre todo, en una vida consecuente con nuestra condición de cristianos.

caridad

La caridad del amor. Su centralidad en el actuar.

Con la palabra caridad expresamos una gama incontable de acciones, actitudes y posturas. En referencia al tema que nos ocupa debemos diferenciar entre caridad asistencial, asistencialismo y el amor cristiano como camino. La caridad asistencial nos remite a acciones tendientes a brindar ayuda a personas necesitadas o desprotegidas para que puedan tener una base que les permita incorporarse con el tiempo a la vida productiva. El asistencialismo, igualmente, brinda ayuda al necesitado o desprotegido, pero con el agravante de que el apoyo recibido genera en quien lo recibe una situación de dependencia hacia quien ofrece la ayuda, pues no se propicia el valor de la corresponsabilidad ni compromiso alguno para reconocer y desarrollar las capacidades y ponerlas al servicio de sí mismo y de otros.

El amor, la caridad cristiana, va más allá de la realización de acciones de ayuda al necesitado. Implica la gratuidad de un servicio en humildad, realizado como opción de vida. El papa Francisco (Cagliari, 2013) ha dicho:

Mirando a Jesús vemos que eligió el camino de la humildad y del servicio…no fue indeciso ni indiferente: hizo una elección y la llevó adelante hasta el final. Eligió hacerse hombre, y como hombre hacerse siervo, hasta la muerte de cruz. Este es el camino del amor, no hay otro. De ahí que la caridad no es un simple asistencialismo, y menos aún, un asistencialismo para tranquilizar conciencias. No, eso no es amor, ¡eso es negocio! El amor es gratuito. La caridad, el amor, son una elección de vida.

Cuando nos encontramos con el pasaje del juicio final, el criterio de selección entre ovejas y cabritos es haber vivido o no, de manera concreta, la caridad, entendida ésta como un movimiento resultante de la fe en Cristo y a Cristo y del amor hacia Él (cf. Mt 25,40). La diferencia entre vida eterna y muerte eterna la establece la relación de servicio al necesitado, pero un servicio desinteresado realizado como expresión del amor a Cristo. Este es el criterio de juicio manifestado en Mateo 25. Como se expresa en el Nuevo Diccionario de Teología Bíblica de Ediciones Paulinas (1990):

“…, para Mt la justicia es querer vivir como Jesús en una sociedad nueva, en la que la regla es Jesús mismo. El “camino de la justicia” es por tanto una nueva ordenación social que se contrapone a todos los proyectos humanos de sociedad. La nueva sociedad de hermanos y hermanas de Jesús, los que hacen la voluntad del Padre (cf Mc 3,35), realiza la justicia, que Jesús sintetizó en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. … para la Biblia la justicia es la garantía de un espacio de relaciones que edifican y conservan la comunión-comunidad de los hombres con Dios y entre sí. Por tanto, la justicia de Dios coincide con su acción salvífica, mediante la cual Dios crea su familia y la sociedad nueva de los que creen en él, haciéndolos justos, es decir, capaces de comunión, y liberándolos del pecado, que es egoísmo y violencia, impedimento para la comunión con Dios y con los hermanos.

Es importante notar, cuando leemos el relato de Mateo, que la única diferencia entre lo que se dice a las ovejas y a los cabritos es la palabra “no”. El juicio condenatorio no se determina por los errores o pecados cometidos, sino por lo que se dejó de hacer ante la necesidad de un hermano.

La fidelidad ante el desafío histórico. Consecuencias socio-políticas del juicio final.

fidelidad

 

Pienso que cuando nos corresponda presentarnos ante el juicio de Cristo, no sólo va a preguntarnos acerca de nuestros actos individuales de caridad y nuestras actividades piadosas, sino también cómo fue mi respuesta ante las necesidades de la sociedad y el tiempo en que me tocó vivir. Cuando Jesús nos enseñó a orar nos dijo que usáramos la expresión “Padre nuestro” (Mt 6,9), porque Dios es Padre de todos y nosotros somos seres en relación, y cuando nos habló de amor, nos mandó a amar al prójimo más que a nuestra propia vida (Jn 15,12-13).

Cuando en el contexto cristiano-católico hablamos de política, hacemos referencia a la actividad que tiene como finalidad la búsqueda y construcción corresponsable del bien común. El relato del juicio final plantea una separación entre dos tipos de personas las que fueron capaces de trascender el entorno de sus necesidades particulares o individuales y se reconocieron miembros de una sociedad en la que habitaban otros con las mismas o mayores necesidades y carencias que las propias. Y aquellas que vivieron su vida con la mirada puesta en sí mismas y que jamás la levantaron para observar a los necesitados que estaban a su alrededor y que clamaban su ayuda.

Este relato nos plantea que el camino del crecimiento y realización personal pasa por la dimensión socio-política. Quizá podríamos peguntarnos cuál es la relación entre caridad cristiana y dimensión socio-política. Pienso que la respuesta está en clara en el mandamiento del amor con el cual Jesús resumió toda la ley y los profetas: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27). Este mandamiento exige la concreción del amor a Dios y al prójimo de una manera relacional y comunitaria.

La caridad comprometida tiene su fuente en la relación con Dios amor-comunión y su expresión en la relación con el prójimo, especialmente con el pobre y necesitado: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mt 25,40). Y este prójimo no es sólo la persona individual sino el ser social.

Benedicto XVI ha insistido en el alcance político e institucional de la caridad cuando procura transformar las estructuras culturales, sociales y políticas a fin de que den respuestas reales y efectivas a las necesidades de las personas, de la sociedad civil y de toda la humanidad, que es la familia fraterna (cf. Caritas in veritate 7).

Me parece que este pensamiento de Agustín Ortega Cabrera expresa con suma claridad la exigencia de una dimensión socio-política de la caridad: “El ser de las personas se frustra, se malogra y no alcanza la felicidad si no sirve y se compromete con lo socio-comunitario, si no ejerce la virtud ética de la política por la que promueve el bien común, la justicia y la civilización del amor”.

En este contexto, detengámonos un momento ante nuestra realidad nacional. La Venezuela de hoy es el hombre tirado a la orilla del camino después de haber sido robado y golpeado por unos malhechores (cf. Lc 10,25-37). ¿Entre cuáles de los personajes del relato nos encontramos nosotros? ¿Entre los que se han aprovechado de ella y la han robado y herido? ¿Entre los que están tan ocupados que no tienen tiempo de detenerse ni siquiera para compadecerse de su situación? ¿Entre quienes protegen tanto su vida espiritual que ni siquiera tocan el tema del dolor de la patria porque ello los desconcentra de sus oraciones y de su paz espiritual? ¿Entre los que se detienen ante ella, la toman en sus brazos, procuran aliviar el dolor de sus heridas, más aún, piden a otros que los ayuden en la tarea, ofrecen su aporte, se comprometen a estar pendientes de su recuperación y no se permiten desentenderse de ella hasta ver su franca mejoría?

Urge un sincero examen de conciencia del cristiano venezolano y su consecuente compromiso de conversión, porque la realidad socio-cultural que vivimos, desdice de la coherencia entre fe y vida de una población que se confiesa mayoritariamente católica.

Ponencia de Dunia Mavare Adrianza

Asamblea Anual del Consejo Nacional de Laicos de Venezuela.

Casa Monseñor Ibarra – Caracas, 29 al 31 de Mayo de 2015

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