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Santidad y homosexualidad

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 El polémico sacerdote jesuita P. James Martin, editor general de la revista America, de la Compañía de Jesús, y recientemente nombrado por Francisco para la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha afirmado que los fieles católicos podrían sorprenderse cuando lleguen al cielo al ser recibidos por hombres y mujeres LGBT y que probablemente algunos de los santos eran homosexuales.[1]  Ciertamente esta es una afirmación muy a la ligera, a continuación aclararemos algunos puntos importantes.

Primero, ¿qué es la santidad?

Llamamos santo a aquello que existe para Dios. La santidad dice esencialmente relación de dependencia respecto a Dios, bien sea en orden de la consagración, bien en el de la obligación moral.

La santidad es la segunda propiedad que el Símbolo Niceno-Constantinopolitano atribuye a la Iglesia. La Sagrada Escritura presenta la santidad como un atributo propio de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo:

«Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, a fin de santificarla… y prepararla como su esposa inmaculada sin mancha ni arruga».[2] «Cristo nos eligió para que fuésemos santos e inmaculados ante su vista».[3]

 La santidad de la Iglesia es triple: santidad en sus principios, en sus miembros y en sus carismas.

–          La santidad de sus principios consiste en el hecho de que la Iglesia está dotada de medios oportunos para producir la santidad en los hombres (santidad activa).

–          La santidad de los miembros resalta en el espectáculo constantemente verificado en la historia del cristianismo de innumerables fieles que viven según los preceptos del Evangelio (santidad común) y de otros muchos, que, siguiendo también los consejos evangélicos, han llegado a las escarpadas cumbres del heroísmo (santidad eximia), que en muchos casos es sancionada con la canonización.

–          La santidad de los carismas brota del don de los milagros con que el Espíritu Santo suele manifestar su presencia en todo el Cuerpo Místico (en efecto los milagros son gracias «gratis datae» para la edificación de la Iglesia), o en algún miembro adornado de singular virtud, porque Dios ordinariamente se sirve de sus almas más queridas para obrar sus maravillas.[4]

Desde un punto de vista teológico, la santidad consiste:

–          1) en vivir cada vez más el misterio de la inhabitación de las Tres Divinas Personas;

–          2) en la perfecta configuración con Jesucristo;

–          3) en la perfección de la caridad –perfecta unión con Dios por el amor; 4) en la perfecta conformidad de la voluntad humana con la divina.

Desde un punto de vista espiritual y ascético, toda la doctrina del Evangelio se resume en estas palabras de Jesús:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame».[5]

Observa Grignion de Montfort que «si alguno, alguien», quiere decir que son muy pocos que siguen a Cristo.

Y dice que la perfección cristiana consiste en «querer», «negarse», «padecer» y «obrar», según se desprende del consejo de Jesús.

También equivale a decir: la medida de la caridad en el hombre es la medida de su perfección sobrenatural, resultado conjunto de la acción de Dios y de la libre cooperación del hombre.[6]

Dios y la Santa Iglesia le proporcionan o señalan con toda claridad cuáles son los medios necesarios y suficientes que ha de emplear a todo lo largo del proceso de su santificación.  Fundamentalmente son tres:

a) La digna recepción de los sacramentos.

b) La práctica cada vez más ferviente de las virtudes cristianas.

e) La eficacia impetratoria de la oración bien hecha.

El paso primordial a la santidad es el deseo de ser santo. Cuando Teodosia hermana del Aquinate, le preguntó: ¿Qué debo hacer para ser santa? El gran genio de Rocca Sicca apuntó como siempre al quid del asunto, y le dio una respuesta contundente con una sola palabra: ¡Desearlo!

En el mar de la vida –dice el P. Shamon- el céfiro de las gracias de Dios sopla gentilmente sobre todos: algunos van al Cielo y otros al Infierno. ¿En dónde radica la diferencia? Seguramente no en el viento de las gracias divinas, porque Dios concede gracias suficientes a todos para que sean santos: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación.[7] Más bien: Poner en juego el alma, es lo que decide la meta.[8]

Si no llegamos a ser santos, no será por culpa de alguien más, sino sólo nuestra. Consecuentemente, no son santos todos los cristianos, ni todos se proponen llegar a serlo. Se puede aceptar el riesgo de la celosa compañía de Dios, pero se puede también soslayar ese riesgo.

Los santos han sido los miembros dolientes de Jesús; han prolongado, en medio de los hombres, la Pasión de Cristo, para que cada uno de ellos considere si en su vida se coloca al lado de Judas o al de Pedro en su cobarde negación, al lado de Pilato o de los fariseos, o bien al del buen ladrón crucificado con Jesús. Los santos nos enseñan cuán difícil es reconocerse a sí mismo delante de Dios como partidario de la Verdad.

El sello de la vida cristiana es la cruz: ¡su meta es la felicidad! Y está tan solo a tres pasos.

Segundo: ¿es pecado la homosexualidad?

La homosexualidad es la atracción sexual hacia una persona del mismo sexo. Los actos homosexuales son objetivamente desordenados, son contrarios a la ley natural y no pueden recibir aprobación en ningún caso (Catecismo de la Iglesia Católica, J.P.II).

La homosexualidad «puede responder a causas puramente morales (perversión moral) o a causas morales y psicológicas».

«El origen más claro se remonta generalmente a una intrincada red de relaciones afectivas y sociales. Han sido estudiados los eventuales factores hereditarios, sociológicos e incluso hormonales; pero de todos el más influyente parece ser el clima educativo familiar, especialmente en el período que va de los 6 a los 12 años».[9]

«La Iglesia enseña que el respeto por las personas homosexuales no puede llevar de ningún modo a aprobar el comportamiento homosexual».[10]

Lo que la Iglesia condena es todo pensamiento, deseo o acto sexual de todos, los heterosexuales y los homosexuales, es decir que no condena al que fornica con una mujer, ya que perdona fácilmente a todo pecador, lo que sí condena como atentado a su Ley Divina es el mal uso del sexo. Y lo mismo con los homosexuales, no condena su tendencia ni su preferencia, sino los actos inmorales.

Lo que en los heterosexuales es pecado, es lo que se condena, no la tendencia, lo que en los homosexuales es pecado, es lo que se condena y no su tendencia o constitución psíquica. A los homosexuales lo mismo que a los heterosexuales, la Iglesia enseña la misma doctrina: la prohibición del sexo fuera del Matrimonio (entendiéndose por Matrimonio, la Institución que Dios creo y que se da solamente entre un hombre y una mujer).

«Como católicos practicantes estamos llenos de compasión y rezamos por aquellos que luchan en contra de la implacable y violenta tentación de pecar, sea cometiendo el pecado homosexual u otro»

«Estamos conscientes de la enorme diferencia que existe entre aquellos que luchan con su debilidad y se esfuerzan en vencerla y aquellos que transforman su pecado en una razón de orgullo y tratan de imponer su estilo de vida a la sociedad entera, en flagrante oposición con la Moral cristiana tradicional y la Ley Natural».[11]

 

Tercero, la revolución homosexual enquistada en la Iglesia

La revolución sexual desencadenada en los años 60 quería liberar la sexualidad humana de la camisa de fuerza de la moral tradicional. Empezó a tejer los elogios de la sexualidad como simple bien de consumo y como medio para alcanzar el placer. Se hizo propaganda de la satisfacción del impulso sexual como vía para la felicidad y el verdadero desarrollo de la personalidad. Valores como el autocontrol y la castidad cada vez fueron menos aceptados. Muchos consideraban la continencia sexual como innatural e invivible. Otros, a su vez, buscaban transferir la sexualidad humana totalmente al ámbito de lo privado y subjetivo: si dos personas se aman recíprocamente y quieren expresar esto en el lenguaje del amor, ¿por qué había que impedírselo?[12]

El Prof. Plinio Correa de Oliveira en su valioso y profético ensayo «Revolución y Contra-Revolución» muestra que la ideología liberal se atribuye “el derecho a pensar, a sentir y a hacer todo lo que las pasiones desenfrenadas exigen” (Cap VII, pág. 76).

El mundo hipersexualizado de hoy se ha convertido en un criadero de todas las formas de aberración sexual. Una ideología homosexual sustentada por el «Movimiento Homosexual, una vasta red de organizaciones, de grupos de presión, de intelectuales radicales y de activistas que luchan por imponer cambios en la legislación, en las costumbres, en la moral y en las mentalidades… Los activistas del movimiento presionan a la sociedad para que legalice tanto la práctica como las manifestaciones públicas de homosexualidad, tales como el “matrimonio” homosexual, mientras atacan sin cesar a quienes defienden la Moral tradicional», siendo uno de sus mecanismos las leyes antidiscriminatorias. El «Movimiento Homosexual», no es como muchos siguen afirmando engañosamente un movimiento por los derechos civiles de los homosexuales, éste «busca mucho más: una inversión completa de la moral pública», es decir «una revolución moral» (cf. En defensa de una Ley superior, Acción Familia, pág. 55).[13]

Los activistas LGTB deforman también la enseñanza inmutable de la Iglesia Católica sobre homosexualidad.

Hay todo un entramado homosexual enquistado en la Iglesia, que ha desarrollado desde una «Biblia inclusiva», pasando por una relectura de la doctrina bíblica del homosexualismo, hasta la afirmación, no fundamentada de «santos gay», «santos queer» entre los cuales colocan a San Pablo, San Agustín, San Elredo de Rievaulx, San Juan Diego, y hasta el cardenal John Henry Newman, entre muchos otros varones; santas Perpetua y Felicidad, y Santa Juana de Arco entre las mujeres. Esto, por supuesto, es una mentira.

Estos lobbies, afirman que la Iglesia ha canonizado a santos homosexuales. Señalan por ejemplo a los santos Sergio y Baco mártires de la iglesia primitiva, soldados romanos, a quienes como parte de su castigo por declararse cristianos, los hicieron desfilar delante de la población vestidos de mujeres para humillarlos antes de su ejecución, afirmando que eran una pareja homosexual. ¡Qué estupidez ciertamente! Un blasfemo «santoral LGTB».

El también sacerdote jesuita Felipe Berríos dice: «Dios los creó homosexuales y lesbianas, y Dios está orgulloso que ellos sean eso (…) los homosexuales y las lesbianas son hijos de Dios, y están llamados a la santidad como nosotros, no son ciudadanos de segunda clase ni están en pecado, solo tienen una condición distinta que además me ayuda a ampliar mi concepción de la sexualidad».[14]

Dios no los creó así, son producto de sus circunstancias, algo que la ciencia objetiva ha ido dilucidando, aunque le pese a los activistas e ideólogos de género… Claro, los homosexuales bautizados, están llamados también a la santidad. San Pablo dice que los homosexuales no entrarán en el Reino de los Cielos, se entiende naturalmente, a los que no se dominan y ejercen de homosexuales.[15]

Es interesante ver lo que explana el ex homosexual Joseph Sciambra: que uno no puede decir que sigue a Cristo si sigue en la práctica del homosexualismo, y que la lujuria sodomítica es una trampa bien montada por Satanás.

Sobre los «ministerios LGTB», señala: «Hay parroquias que apoyan la mentalidad gay con ministerios LGBT católicos muy celosos que no cumplen con las enseñanzas de la Iglesia, en efecto, abiertamente hacen caso omiso de ellas. Incluso en 1986, el Vaticano dio cuenta de que las cosas se habían salido de control y emitió una “carta” muy seria a los obispos con respecto a llegar a la comunidad “gay”; más de 30 años después, la situación que la Santa Sede reconoció y advirtió a los obispos – sólo ha empeorado. Y eso es culpa de nadie, con excepción de aquellos a los que la carta fue dirigida».[16]

Las declaraciones del P. Martin son una prueba elocuente de ello: Se quiere transformar los vicios en dioses[17] no transformar el pecado, a la vida de la gracia, a la santidad.

Germán Mazuelo-Leytón, AlF, 2017

[1] MARTIN, JAMES S.J., en su página de Facebook del 5 de mayo 2017. https://www.facebook.com/FrJamesMartin/posts/10154395001706496

[2] EFESIOS 5, 26.

[3] EFESIOS 1, 4.

[4] Cf. PARENTE, PIETRO, Diccionario de teología dogmática.

[5] SAN LUCAS 9, 23.

[6] MONTFORT, San LUIS Mª de, Carta a los amigos de la Cruz.

[7] 1 TESALONICENSES, 4, 3.

[8] SHAMON, P. Albert, Tres pasos a la santidad.

[9] FUENTES, P. MIGEL ANGEL, Apologética católica.

[10] SDA. CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Consideraciones a respecto de propuestas para dar reconocimiento legal a las uniones entre personas homosexuales.

[11] ACCIÓN FAMILIA, En defensa de una Ley Superior.

[12] SDA. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta sobre el cuidado pastoral de las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986.

[13] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, La consulta del Papa y la ideología homosexual.http://infocatolica.com/blog/contracorr.php/1311050235-la-consulta-del-papa-y-la-ide

[14] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, Idolatría de la homofilia.http://es.catholic.net/op/articulos/53832/cat/317/idolatria-de-la-homofilia.html

[15] PRIMERA CARTA A LOS CORINTIOS 6, 9.

[16] http://cegzz.blogspot.com/2017/05/amigos-muertos-obispos-y-lifesitenews.html

[17] DE CARTAGO, SAN CIPRIANO, Cartas 1:8.

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