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Cosas de  Mons Sánchez Sorondo…

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Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo es uno de los argentinos ilustres de este pontificado. De hecho, dirige no una, sino dos Academias Pontificias, como Canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias y de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales. Sin embargo, hace dos días, en una entrevista, mostró que no sólo no conocía los principios básicos de la moral católica, sino que los negaba explícitamente y defendía el consecuencialismo moral, una postura condenada por la Iglesia.

 Ante las preguntas de un periodista de LifeSiteNews, explicó que había invitado al Vaticano a Paul Ehrlich, al igual que a otros famosos defensores del aborto y propagadores del mito de la sobrepoblación, porque “es un especialista en estas cosas. Por eso lo invitamos, porque es un especialista en estas cosas. Ha escrito un montón de libros sobre el tema, así que es un especialista”. Es sorprendente que Mons. Sánchez Sorondo no se dé cuenta de que escribir libros llenos de barbaridades, refutados innumerables veces y cuyas predicciones han mostrado ser erróneas una y otra y otra vez, no convierte a alguien en un experto. Lo convierte en lo contrario de un experto.

 Asimismo, indicó que, al hacerlo así, “nosotros hemos conseguido… que los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible… Hemos establecido la meta 8.6 [sic, de hecho es la 8.7], que consiste en erradicar las nuevas formas de esclavitud. Y eso es más importante para la familia que todo lo que hacen ellos [los próvida]”. Curiosamente, no explicó por qué consideraba eso una victoria, teniendo en cuenta que la ONU incluye la lucha contra la trata de personas entre sus objetivos desde su creación, en 1948. Parece, pues, que Mons. Sánchez considera aceptable dar un grave escándalo con el fin de conseguir algo que, en realidad, no hacía falta conseguir porque iba a suceder igualmente sin su ayuda.

 Todo esto, aunque resulta lamentable y escandaloso, podría ser una simple imprudencia, una equivocación puntual merecedora del beneficio de la duda. El prelado, sin embargo, se encargó de clarificar que no era así al intentar justificar su forma de actuar.

 En primer lugar, despreció de forma asombrosa al periodista, diciéndole que no razonaba y lo que hacía era dejarse llevar por sus prejuicios. El periodista, comprensiblemente molesto, le señaló que era doctor en filosofía. Al añadir que se había especializado en Santo Tomás, Monseñor Sánchez Sorondo le dijo que todo lo que él había dicho era lo mismo que enseñaba Santo Tomás y le preguntó al periodista si sabía lo que era el principio del mal menor o del “doble efecto”, como suele denominarse en inglés. El periodista dio una definición perfecta del principio y el obispo, desconcertado, dijo que era “una forma complicada de decirlo” y que él daría una definición más sencilla: “Es más fácil decir que, cuando una acción tiene dos efectos, si el efecto positivo es mayor que el negativo, entonces puedes hacerla”.

 Ante eso, el periodista, con toda la razón del mundo, le indicó que esa definición era errónea y, de hecho, era lo contrario de lo que enseñaban Santo Tomás y la Iglesia (cf. S. Th., I-II, q. 79, a. 4, ad 4). En efecto, la postura del arzobispo es lo que se conoce como consecuencialismo o proporcionalismo (es decir, la idea de que las acciones son buenas o malas según sus consecuencias y no según su objeto), una doctrina condenada por la Iglesia, por ejemplo, en la Veritatis Splendor de San Juan Pablo II:

“Pero la consideración de estas consecuencias —así como de las intenciones— no es suficiente para valorar la calidad moral de una elección concreta. La ponderación de los bienes y los males, previsibles como consecuencia de una acción, no es un método adecuado para determinar si la elección de aquel comportamiento concreto es, según su especie o en sí misma, moralmente buena o mala, lícita o ilícita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción mala, no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral” (VS 77).

 Asombrosamente, cuando el periodista le señaló su error, el prelado tuvo la desfachatez de decirle: “Entonces no ha entendido usted el principio del doble efecto. […] Tiene que formar su mente. Y tiene que entender mejor a Santo Tomás”. La verdad, resulta difícil simpatizar con alguien que, a la vez que muestra un alto grado de ignorancia, se permite dar lecciones (erróneas) a quien le señala esa ignorancia.

 Dejemos a un lado el clericalismo desorbitado que muestra esta forma de actuar, tan justamente condenado por el Papa Francisco. Lo importante, lo verdaderamente inaceptable es que el Canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias y de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales no conoce un principio básico de la moral católica, que es esencial para hacer su trabajo. Y no sólo no lo conoce, sino que lo niega. Y no sólo lo niega, sino que defiende una postura condenada por la Iglesia. Y no sólo la defiende teóricamente, sino que, como él mismo ha explicado, utiliza esa postura heterodoxa para fundamentar sus acciones como Canciller de una Academia Pontificia. Y además, pretende hacer pasar su heterodoxia por la doctrina de Santo Tomás (a pesar de que, increíblemente, desde 1999 es Prelado Secretario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino). Y, finalmente, cuando alguien se lo señala y defiende la fe católica, lo desprecia y avasalla públicamente.

 A mi entender, este cúmulo de barbaridades indica que hay un problema con la forma en que se nombra a los que desempeñan cargos elevados en la Iglesia (en realidad, esto valdría para cualquier puesto en la Iglesia, pero especialmente uno de tal visibilidad e importancia). Cuando las acciones y palabras de alguien muestran una gran ignorancia, causan un grave escándalo, conducen a error y fomentan la heterodoxia más burda entre los fieles, eso indica que no es adecuado para el cargo. Parece mentira que haya que decirlo.

 La Iglesia, como Madre, tiene una gran paciencia con los que somos hijos suyos. Sabe que somos pecadores, ignorantes, inconstantes y protestones. Y aun así nos quiere. Sin embargo, sería una misericordia mal entendida mantener en su puesto a alguien que no es capaz de desempeñarlo bien y que promueve, por ignorancia o cualquier otra razón, el rechazo de la fe de la Iglesia. En efecto, esa falsa misericordia sería en realidad negligencia, despreocupada del daño para sus hijos más sencillos y débiles, que correrían el riesgo de extraviarse de la fe que salva y que da la vida eterna.

Bruno Moreno / InfoC. 2017

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Evangelio

Los efectos de la Confirmación

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(Sac 3.3)

El efecto principal del sacramento de la Confirmación es la efusión especial del Espíritu Santo, como fue concedida en otro tiempo a los Apóstoles el día de Pentecostés.

Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

·         Nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abbá, Padre” (Rom 8:15).

·         Nos une más firmemente a Cristo.

·         Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.

·         Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.

·         Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz (DS 1319)

Como nos dice San Ambrosio:

“Recuerda, pues, que has recibido el signo espiritual, el Espíritu de sabiduría e inteligencia, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu de temor santo, y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado con su signo, Cristo Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón la prenda del Espíritu”.[1]

La gracia sacramental de la Confirmación modela el alma, para que sea imagen más perfecta de Cristo, y da también la capacidad necesaria para que el cristiano pueda cumplir las nuevas obligaciones adquiridas. Con ella, alcanza “mayoría espiritual”.[2]

Así, la gracia de la Confirmación es, ante todo, una plenitud de vida interior y de santificación personal, cuyos efectos se verán en una serie de frutos producidos por el Espíritu Santo en el alma del confirmando. En otras palabras, esta gracia sacramental hace posible que la acción santificadora del Espíritu divino pueda hacerse más y más intensa en nuestra alma, y nos capacite para realizar nuestras acciones como si se tratara de las mismas acciones de Cristo. Los dones que derrama entonces el Espíritu Santo nos permiten recibir continuamente los impulsos y directrices de Dios para vivir ya en la tierra, aun en medio de las acciones más ordinarias y aparentemente intrascendentes, de una manera verdaderamente divina.

El carácter sacramental

La Confirmación, como el Bautismo del que es la plenitud, sólo se da una vez. La Confirmación, en efecto, imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el “carácter” (DS 1609), que es el signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para que sea su testigo (Lc 24: 48-49).

El carácter sacramental propio de la Confirmación es una señal inconfundible e indeleble, que el Espíritu Santo deja en el alma, y obra a modo de potestad espiritual, que refuerza la configuración con Cristo sacerdote –ya iniciada en el Bautismo-, capacitando a quien lo recibe para ejercer ciertas funciones sagradas. De tal modo que, si por el Bautismo nos incorporamos a Él, como hijos regenerados del Padre; en la Confirmación se imprime el carácter que nos configura a Cristo, como soldados del Rey; y aquellos que reciban el sacramento del Orden, como ministros del Sumo Sacerdote.[3]

El “carácter” perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y “el confirmado recibe el poder para confesar la fe en Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex officio)”.[4]

 

Los dones del Espíritu Santo:

Los dones del Espíritu Santo son ciertos hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del alma para recibir y secundar con facilidad las mociones del Espíritu Santo.

Por estos dones, el hombre se connaturaliza con los actos a que es movido por el Espíritu, en orden a la realización de actos sobrenaturales según un modo sobrenatural o divino.

Son movidos por el Espíritu Santo como instrumentos directos suyos. Obedecen a una moción especialísima del Espíritu, que los mueve y actúa al modo divino o sobrehumano. Bajo la moción especial de los dones, el hombre pasa a ser causa instrumental del acto, correspondiendo la causalidad principal al propio Espíritu Santo.

Los dones sólo actúan cuando el Espíritu Santo quiere moverlos y confieren al alma la facilidad para dejarse mover, de manera consciente y libre, por el Espíritu Santo. Estos dones vienen en ayuda de las virtudes infusas para que éstas puedan alcanzar su perfección.

La finalidad de los dones del Espíritu Santo

Se dan como ayuda para salir airosos en los casos repentinos e imprevistos en los que el pecado o el heroísmo es cuestión de un instante (por ejemplo, ante una tentación repentina y violentísima en la que la victoria o la derrota es cuestión de un segundo). En estos casos, el alma no puede echar mano del discurso lento de las virtudes infusas en su modalidad ordinaria o humana, sino que necesita la moción divina de los dones que actúa de una manera intuitiva e instantánea.

Son absolutamente indispensables para la perfección cristiana. Sin la moción divina de los dones, las virtudes infusas no pueden desarrollar todas sus energías ni, por lo mismo, elevar el alma a la santidad.

La diferencia entre las virtudes teologales y los dones reside en el hecho de que, las virtudes teologales son más perfectas que los dones, como enseña Santo Tomás[5]; pero manejadas por el propio hombre en su modo humano no pueden desarrollar toda su enorme virtualidad divina, necesitando para ello la modalidad sobrehumana de los dones.

Enumeración de cada don del Espíritu Santo

En el texto hebreo del profeta Isaías (Is 11: 2-3) aparecen nombrados seis dones del Espíritu, faltando el don de piedad. En cambio, en la traducción de la Vulgata ya aparecen nombrados los siete dones. San Pablo, en la Carta a los Romanos, incluye la piedad como uno de los dones del Espíritu Santo (Rom 8: 14-16).

Cada vez que recibimos un sacramento se produce en nuestro interior un cambio radical, pues a través de ellos recibimos la gracia santificante y los dones del Espíritu Santo. Cambios que acontecen en lo más profundo de nuestra alma, no de nuestros sentimientos.

Éstos son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

1.- Don de sabiduría

Es el primero y mayor de los siete dones.

Nos da gusto para lo espiritual, capacidad de juzgar según la medida de Dios.  Es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo que es propio de Dios… Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y se saborea en ellas. El verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive.

Además, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas a la luz de Dios.  Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.

2.- El don de entendimiento

Es un don que nos capacita para “entender” las verdades de la fe de acuerdo con nuestras necesidades. Nos ayuda a comprender la Palabra de Dios y profundizar en las verdades reveladas.

Esta luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también más penetrante la mirada sobre las cosas humanas.

3.- El don de consejo

Nos mueve a elegir lo que nos puede ayudar para nuestra salvación y a rechazar lo que se opone a la misma. Ilumina también nuestra conciencia para saber tomar las opciones más adecuadas en nuestra vida diaria.

Actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma.

Enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes, o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos.

4.- Fortaleza

Es una fuerza sobrenatural que sostiene la virtud cardinal de la fortaleza.

Este don nos da fuerzas para realizar valerosamente lo que Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Para resistir las instigaciones de las pasiones internas y las presiones del ambiente. Para superar la timidez y la agresividad.

5.- Ciencia

Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Nos ayuda a conocer lo que es bueno o malo para nuestra salvación.

Nos ayuda a descubrir el sentido teológico de lo creado, viendo las cosas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios.

El hombre, iluminado por este don, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y confianza a Aquél que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa.

6.- Piedad

Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios como Padre y para con nuestros hermanos como hijos del mismo Padre. Nos ayuda a mantener una actitud íntima y de niño con Dios.

Con relación a los demás hombres, este don, extingue del corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón.

Es también el don de piedad quien eleva y perfecciona el verdadero patriotismo.

7.- Temor de Dios

Es el temor a ofenderle debido al amor que le tenemos y al miedo al castigo si le ofendemos.

Nos otorga un espíritu contrito ante Dios, conscientes de las culpas y del castigo divino, pero dentro de la fe en la misericordia divina. El alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre; de no ofenderlo en nada, de “permanecer” y de crecer en la caridad.

Función específica de cada uno de los dones

La teología católica, siguiendo a Santo Tomás, ha precisado la función específica que corresponde a cada uno de los dones. Cada uno de ellos tiene por misión directa e inmediata la perfección de alguna de las virtudes fundamentales (teologales y cardinales), aunque indirecta y mediatamente repercute sobre todas las virtudes derivadas de la teologal o cardinal correspondiente y sobre todo el conjunto de la vida cristiana.

·         El don de sabiduría perfecciona la virtud de la caridad, dándole la modalidad divina que reclama y exige por su propia condición de virtud teologal perfectísima. Las almas que poseen de modo especial este don todo lo ven a través de Dios y todo lo juzgan por razones divinas, con sentido de eternidad, como si hubieran ya traspasado las fronteras del más allá. Han perdido por completo el instinto de lo humano y se mueven únicamente por cierto instinto sobrenatural y divino.

·         El don de entendimiento perfecciona la virtud de la fe, dándole una penetración profundísima de los grandes misterios sobrenaturales. La inhabitación trinitaria en el alma del justo, el misterio redentor del Calvario, nuestra incorporación a Cristo como miembros de su Cuerpo místico, la santidad inefable de María, el valor infinito de la santa Misa y otros misterios semejantes adquieren, bajo la iluminación del don de entendimiento, una fuerza y eficacia santificadora verdaderamente extraordinarias.

·         El don de consejo perfecciona la virtud de la prudencia, no sólo en las grandes determinaciones que marcan la orientación de toda una vida, sino hasta en los más pequeños detalles. Son a modo de “corazonadas”, cuyo acierto y oportunidad se encargan más tarde de descubrir los acontecimientos. Para el gobierno de nuestros propios actos y el recto desempeño de cargos directivos y de responsabilidad, el don de consejo es de un valor inestimable.

·         El don de fortaleza refuerza la virtud del mismo nombre, haciéndola llegar al heroísmo más perfecto en sus dos aspectos fundamentales: resistencia y aguante frente a toda clase de ataques y peligros y acometida firme del cumplimiento del deber, a pesar de todas las dificultades y obstáculos. El don de fortaleza brilla en la vida de los mártires, en los grandes héroes cristianos y también en la práctica callada y heroica de las virtudes de la vida ordinaria.

·         El don de ciencia perfecciona la virtud de la fe, enseñándola a juzgar rectamente de las cosas creadas, viendo en todas ellas la huella o vestigio de Dios. El mundo tiene por insensatez y locura lo que es sublime sabiduría ante Dios. Es la “ciencia de los santos”, que será siempre necia ante la increíble necedad del mundo (1 Cor 3:19). Las almas en las que el don de ciencia actúa intensamente tienen instintivamente el sentido de la fe. Sin haber estudiado teología se dan cuenta en el acto si una determinada doctrina, un consejo, una máxima cualquiera está de acuerdo con la fe o está en oposición a ella.

·         El don de piedad perfecciona la virtud de la justicia, una de cuyas virtudes derivadas es precisamente la piedad. Tiene por objeto excitar en la voluntad, por instinto del Espíritu Santo, un afecto filial hacia Dios considerado como Padre y un sentimiento de fraternidad para con todos los hombres en cuanto hermanos nuestros e hijos del mismo Padre. Es también el don de piedad quien eleva y perfecciona el verdadero patriotismo, en cuanto que la Patria es también objeto de la virtud de la piedad.

·         El don de temor perfecciona dos virtudes: primariamente la virtud de la esperanza, en cuanto que arranca de raíz el pecado de presunción, que se opone directamente a ella por exceso, y hace apoyarse únicamente en el auxilio omnipotente de Dios, que es el motivo formal de la esperanza. Secundariamente perfecciona también la virtud de la templanza, ya que no hay nada tan eficaz para frenar el apetito desordenado de placeres como el temor de los castigos divinos.

Los doce frutos del Espíritu Santo

Si permitimos que el Espíritu Santo trabaje en nuestra alma permaneciendo en estado de gracia santificante, nuestro “árbol espiritual” pronto empezará a producir frutos tales como: caridad, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longanimidad, fe, modestia, templanza y castidad.

Caridad: nos ayuda a ver a Cristo en los demás. Es por ello que les ayudamos a pesar de que pueda suponer un sacrificio para nosotros.

Gozo: nace de la posesión de Dios. Nos hace ser personas agradables y felices; buscando también hacer felices a los demás.

Paz: nos hace ser personas serenas. Mantiene al alma en la posesión de la alegría contra todo lo que es opuesto. Excluye toda clase de turbación y de temor.

Paciencia: nos hace ser personas que saben controlar su carácter. No somos resentidos ni vengativos. Este fruto modera la tristeza

Mansedumbre: modera la cólera y las reacciones violentas.

Bondad: nos ayuda a nos criticar o condenar a los demás. Es una inclinación que nos ayuda a ocuparnos de los demás y a hacer que ellos participen de lo nuestro.

Benignidad: nos ayuda a ser gentiles y no andar discutiendo con todo el mundo. Da una dulzura especial en el trato con los demás.

Longanimidad: nos hace no quejarnos ante los problemas y sufrimientos de la vida. Nos ayuda a mantenernos perseverantes ante las dificultades.

Fe: nos ayuda a defender nuestra fe en público y no ocultarla por vergüenza o miedo. Es también cierta facilidad para aceptar todo lo que hay que creer, firmeza para afianzarnos en ello, seguridad de la verdad que creemos sin sentir dudas.

Modestia: nos ayuda a ser cuidadosos y discretos con nuestro cuerpo, evitando ser ocasión de pecado para los demás. Nos ayuda a preparar nuestro cuerpo para ser morada de Dios.

Templanza: nos ayuda a saber controlar nuestras pasiones y no dejarnos llevar por las mismas. En especial refrena la desordenada afición de comer y beber, impidiendo los excesos o defectos que pudieran cometerse.

Castidad: nos ayuda a ser cuidadosos y delicados en todo lo que se refiere al uso de la sexualidad, y en general, de los placeres de la carne.

Padre Lucas Prados / AlF, 2017

[1] San Ambrosio, De mysteriis 7,42.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa theologica III, q.72, a. 1.

[3] Santo Tomás de Aquino, Libro de las sentencias, IV, d.7, q.2, a.1.

[4] Santo Tomás de Aquino, Summa theologica III, q.72, a. 5, ad 2.

[5] Santo Tomás de Aquino, Summa  Theologica, I-IIae, q.68, a.2.

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sociedad

La Era de la Pos-verdad la razón ha muerto

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En 1979, los Monty Python estrenaron La Vida de Brian. Por aquel entonces, nadie había oído hablar, al menos en España, de la ideología de género. Sin embargo, no me negarán que el sketch que les enlazo aquí resulta de una actualidad asombrosa: https://youtu.be/pZNcIEmCBP8

 Lo que en la España de 1980 provocaba hilaridad ahora, en 2017, es lo “normal” y, si te atreves a cachondearte del tema o lo criticas, acabarás con sanciones administrativas o con denuncias ante la fiscalía por homofobia o por incitación al odio.

 “Es un símbolo de su lucha contra la realidad”, afirma el líder del Movimiento Anti-imperialista. Stan quiere ser Loretta y defiende su derecho a parir. “¿Donde vas a gestar al feto? ¿En un baúl?”. En los años 80, no se habían desarrollado como hoy en día las técnicas de reproducción asistida ni se habían “inventado” los vientres de alquiler.

 Los Monty Python se adelantaron a su tiempo y hoy en día deben ser reconocidos como auténticos precursores de la Era de la Posverdad. Los posverdadianos no se preocupan de la realidad: cuando la realidad no encaja en su marco de ideas preconcebidas, simplemente se inventan una realidad distinta que se adapte a sus preferencias.

 La Posverdad representa el triunfo del emotivismo y del voluntarismo sobre la razón. Vivimos una especie de nuevo Romanticismo irracionalista, subjetivista, voluntarista, emotivista y sensiblero, en el que la razón y la realidad deben ajustarse al capricho de cada cual. Siguiendo los postulados de otro insigne romántico, Friedrich Nietzsche, Dios ha muerto y con Él, también han muerto la moral (“el hombre está por encima del bien y del mal”) y la razón (el Logos). Por eso, nuestra sociedad ha normalizado lo absurdo, lo “ilógico”, el sinsentido y la necedad; la perversión y la inmoralidad. Buen ejemplo de esa necedad y de esa inmoralidad son buena parte de los políticos que supuestamente nos representan. Vivimos rodeados de descerebrados, de papanatas, de pazguatos políticamente correctos que repiten como mantras los eslóganes que dictan los lobbys. Hoy en día el derecho que reclama Stan de convertirse en Loretta está recogido y amparado por nuestras leyes. El humor absurdo ha devenido en patética realidad. Hoy afirman sin rubor que hay niños con vulva y niñas con pene. Da igual lo que afirmen la biología o la medicina. La voluntad se impone a la realidad. Los deseos del ser humano crean un mundo nuevo donde el Logos no tiene cabida. No existe más razón que la sinrazón. El mundo y la realidad son lo que yo quiero que sean. Yo creo el mundo y me creo a mí mismo conforme a los impulsos de mis sentimientos y a los deseos de mi voluntad. El hombre se endiosa en un acto de suprema soberbia y abandona su condición de creatura para asumir la condición de creador, de supremo hacedor del mundo y de sí mismo. Hemos llegado a la cima del antropocentrismo al elevarnos a nosotros mismos a la condición de dioses. Y como tales dioses, los hombres tenemos la capacidad de dictar los nuevos mandamientos a través de leyes positivas aprobadas por el consenso de la mayoría cretinizada. “Seréis como Dios”, les dijo la Serpiente a nuestros primeros padres. Nuestra sociedad representa el aparente triunfo de Satanás.

Hemos perdido el buen juicio, la cordura y el sentido común. Esa es la conclusión a la que podemos llegar. El mundo se ha vuelto loco. Ya no distingue la realidad de sus deseos, de sus paranoias. Habitamos un mundo esquizofrénico, paracoico, donde la razón, la inteligencia y el sentido común y el espírtitu crítico han muerto. Ni las peores distopías han podido pronosticar un mundo como el que nos ha tocado vivir. Sólo los genios de la comedia del absurdo han dado en el clavo. ¿Dónde están ahora los intelectuales? ¿Dónde los médicos, los maestros,los científicos, los filósofos? Yo se lo diré: la inmensa mayoría aplauden y vociferan alabando la belleza del traje del emperador desnudo. Y el resto callan por miedo a verse condenados por la multitud al ostracismo y a la marginalidad. Hay que estar con los tiempos, aunque sean los de la sinrazón y la insensatez.

Pongamos ejemplos:

Este tipo del video que les enlazo tenía 46 años, estaba casado y tenía seis hijos. Abandonó a su mujer y a sus hijos para vivir su vida “verdadera”: se convirtió en una niña de seis años que fue adoptada como tal por una nueva familia. Ahora juega como una niña pequeña con su hermana mayor (aunque realmente tenga más de 50 años). ¿Una locura? No. Es un ejemplo del superhombre nietzscheano. https://www.youtube.com/watch?v=MbiAHnjHlHg

Y aquí tienen también al hombre que quería ser lagarto: https://www.youtube.com/watch?v=fCpH4INpamw

Y esta señorita dice ser un gato en el cuerpo de una mujer: https://www.youtube.com/watch?v=YWeBunPiIzo

El mundo posverdadiano es un esperpento, una farsa grotesca, una gran mentira, una absurda parada de monstruos. La inmoralidad se ha convertido en normalidad; lo absurdo, en norma; lo depravado y lo antinatural, en costumbre aceptada. Cada cual que sea lo que quiera ser. Somos libres incluso para recrearnos y crear nuestro propio mundo, por irracional y absurdo que pueda parecer. De ahí que la cirujía estética, los tatuajes o los piercings hayan proliferado hasta conversirse en modas que mueven millones de euros cada año.

Lo que la Iglesia y la sociedad occidental, mayoritariamente cristiana, consideraban pecado, los posverdadianos lo consideran normal e incluso virtuoso, con lo cual la inversión de valores está servida. Lo que antes era vicio ahora es virtud. Lo que antes era malo, ahora es bueno. Primero se normalizan y se visibilizan la perversión y la depravación y luego se legisla para imponerlas por decreto y enseñar toda clase de inmoralidades en las escuelas para pervertir a los menores y acabar con su inocencia al tiempo que se persigue a los “fanáticos” que se oponen o critican su estilo de vida y sus ideas insensatas.

La muerte de la razón crea monstruos. Bienvenidos al totalitarismo posverdadiano. Dentro de poco inventarán los centros de reeducación y de internamiento. Sálvese quien pueda. La razón nos hace humanos. La sinrazón produce monstruos sin humanidad. Una sociedad sin sentido común y sin razón es un mundo de locos, desalmado e inhumano.

Pedro Luis Llera / InfoC., 2017

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4 cosas que aprendió este sacerdote mexicano luego de practicar 6 mil exorcismos

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El exorcista mexicano de 80 años, P. Francisco López Sedano, aseguró en una reciente entrevista haber realizado por lo menos 6 mil exorcismos durante 40 años de servicio y que el mismo demonio le tiene miedo.

 Sobre el hecho de que el diablo le teme, el sacerdote explicó a Miguel de la Vega del diario “Hoy Los Ángeles que cuando le habla a través de personas poseídas él responde: “no soy nadie, pero vengo de parte de Cristo, tu Dios y Señor y te largas ahora mismo, te mando en nombre de Él que te vayas, ¡fuera!”.

El P. López es el coordinador nacional emérito de exorcistas de la Arquidiócesis de México y pertenece a la orden de los Misioneros del Espíritu Santo. Actualmente sigue ejerciendo su ministerio en la Parroquia de la Santa Cruz en Ciudad de México.

Durante la entrevista el presbítero resaltó 4 cosas que aprendió durante sus años de exorcista.

1. El demonio es una persona y no una cosa

El sacerdote dijo que cuando se habla con el demonio “no se habla con una cosa, se habla con una persona”, puesto que Jesús se le enfrentó muchas veces y habló con él.

Advirtió que lo más le gusta al maligno “es separarnos de Dios, meternos miedo, amenazarnos, tenernos temblando”, “nos mete flojera, cansancio, sueño, desconfianza, desesperación, odio; todo lo negativo”.

2. El demonio entra en las personas porque se lo permiten

El P. López puso énfasis en que hay personas que permiten que el diablo entre en ellas, porque “no se metería con nosotros si no le abriéramos puertas”.

“Por eso Dios prohíbe practicar magia, superstición, brujería, hechicería, adivinación, consulta a muertos y espíritus y astrología. Esos son los siete terrenos de la mentira y el engaño”.

“Que los astros influyan en nuestra vida es la mentira más grande. ¡Están a millonadas de kilómetros! Son cuerpos formados por metales y gases, ¿cómo van a influir en nosotros? Lo mismo pasa con la magia, que es atribuir a las cosas un poder que no tienen. Cargar una herradura porque me va a dar buena suerte, es mentira”, aseveró.

3. Los poseídos tienen comportamientos específicos

Para identificar a una persona poseída, el P. López dijo que se observa en el poseso que en ocasiones “empieza a gritar, a ladrar como perro, a vociferar o a retorcerse y a andar como culebras en el piso. Son mil formas”.

También puede ocurrir que “oye voces, siente odio o rechazo por Dios, antes creía y ahora patea la Biblia. Es gente que tiene un dolor de espalda terrible, pero los médicos dicen que está perfectamente bien:”.

“Los daños de Satanás están fuera del orden médico clínico. Gente que vive con una diarrea permanente y con nada se le quita; gente que tiene dolor de ojos y los oftalmólogos no les encuentran nada. Son daños que la ciencia no detecta”.

 

4. El exorcismo es un mandato divino

Respecto a su designación como exorcista hace ya varias décadas, afirmó que fue “por necesidad” después de ver “casos muy serios y dolorosos”.

“Un compañero sacerdote que estaba metido en eso me hizo ver que combatir al Maligno era una obligación. Me dijo: ‘tienes que meterte en esto por mandato del Señor’. Los tres mandatos son llevar la palabra de Dios, sanar enfermos y echar demonios. Los tres están vigentes en la iglesia”.

En una ocasión, cuenta que un muchacho de unos 18 años empujó cinco bancas bastante grandes y pesadas “que ni 10 personas lo habrían logrado”.

“Tenía una fuerza terrible. Lo tuvimos que agarrar entre tres para practicarle el exorcismo. Habiendo presencia del Otro, ya se explica cualquier cosa. Que puedan subirse por las paredes, sí; y volar también”.

 

Diego López Marina / ACI, 2017

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Coprofilia informativa

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El genio literario de Pablo Neruda nos ha dejado esta preciosa  perla: “Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan…Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció…

 Sí…,todo está en la palabra. Es el cimiento de la cultura y del sentido de la vida. Define a la persona y a los colectivos. Por medio de ella se desarrolla el pensamiento, se expresan los sentimientos y el ser humano crece en su dimensión  comunicativa y social. Con ella se plasma la literatura, la poesía y el lirismo; cobra sentido la metáfora; y hace posible el diálogo…

 Una de las muchas paradojas en que está sumida ésta nuestra llamada sociedad de la información y del conocimiento es que la palabra, su principal protagonista, camina a través de ella desacreditada, tal vez enferma. Una simple mirada a los medios de comunicación y a las redes sociales; un breve recorrido por las innumerables tertulias que pululan en el medio audiovisual, por los discursos de los políticos, o sus programas electorales…; en fin, un sencillo paseo por la cotidianidad del chateo y el whatsapp, nos advierten de los muchos síntomas que translucen su enfermedad: sobresaturación, ruidos, simplicidad, desinformación, impostura e incoherencia, o simplemente pérdida de significado.

 Cuando a través de los medios de comunicación y las redes sociales se calumnia, se divulgan rumores como si fuesen certezas; cuando se pretende más ensuciar que informar, la palabra sale maltratada porque ha abandonado su función originaria de educar, formar y socializar. El genio profético del Papa Francisco nos ha advertido últimamente de la maldad de la “coprofilia informativa”, que es  consecuencia lógica de la tendencia social a la “coprofagia”. Cuando este mal se generaliza también la sociedad se contamina y enferma.

 Urge recuperar el valor de la palabra como compromiso y promesa, reconocer su importancia, reconducir su coherencia. Y es tarea prioritaria aplaudir a personas y medios públicos y privados que buscan la verdad objetiva, que procuran discernir porque las personas y las cosas tienen sus derechos, que ejercen su labor crítica sin herir….En definitiva, a todo aquello que promueve lo profundamente humano.

Forum L. / 2017

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El católico António Guterres nuevo secretario general de la ONU

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Fue el primer católico practicante que llegó a la presidencia de la Internacional Socialista: se formó en un cruce entre el catolicismo, el centroizquierda político y la cultura de gobierno

El diplomático portugués António Guterres es desde el 1 de enero, el nuevo secretario general de la ONU, un cargo al que llega con la promesa de cambios dentro de la organización y ofreciéndose como mediador en los conflictos alrededor del mundo.

El que fuera primer ministro de Portugal y alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados llega al cargo con un respaldo total de los Estados miembros, que lo eligieron por aclamación el pasado octubre.

Guterres partía con desventaja en la carrera por la jefatura de la ONU, pues no procedía de la región a la que por tradición que correspondía el puesto (Europa del Este) y era un hombre, en un momento en que decenas de países apostaban por que la elegida fuese por primera vez una mujer.

Sin embargo, desde un principio se destacó como el gran favorito de los Estados miembros, que ven en él a una persona experta y muy preparada, pero también capaz de transformar la organización.

Franco, expresivo y carismático, Guterres trae nuevos aires a Naciones Unidas y un claro contraste con su predecesor, el siempre discreto y pausado Ban Ki-moon. El nuevo secretario general ya ha dejado claro que la ONU “debe estar lista para cambiar”, admitiendo sus defectos y reformando la forma en que trabaja.

”Esta organización es el pilar del multilateralismo y ha contribuido a décadas de relativa paz. Pero los desafíos están superando ahora nuestra capacidad de responder”, aseguró al jurar el cargo el pasado 12 de diciembre.

Guterres quiere una ONU “ágil, eficiente y efectiva”, que se centre “más en la gente y menos en la burocracia” y que sea capaz de entender las preocupaciones de los ciudadanos. Ante los conflictos, el nuevo secretario general buscará una “diplomacia creativa”, según ha dicho, y se ofrece como mediador a todas las partes, tratando de hacer valer su fama como alguien capaz de forjar acuerdos.

Un secretario general católico

Guterres es un gran defensor de los derechos humanos. Apoyado por rusos y americanos, fue baqueteado en las juventudes católicas universitarias y en las organizaciones socialistas. Ha destacado en los últimos años por su trabajo en favor de los refugiados. Su nombramiento no puede llegar en mejor momento, cuando ese colectivo sufre la mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. En época de codicia y ‘sálvese quien pueda’, Guterres es un referente, en línea con Jacques Delors, otro cristiano de izquierdas. Nada que ver con Durao Barroso y su fichaje por Goldman Sachs, uno de los bancos más poderosos del mundo.

El 25 de abril de 1975, cuando se produjo la Revolución de los Claveles, el levantamiento militar contra la dictadura de Salazar, Guterres llevaba varios años entonando su particular ‘Grandola Vila Morena’, la segunda canción que sirvió de señal para el golpe –ya no había vuelta atrás, tras la emisión de ‘E depuis do adeus’–, difundida a través de Radio Renascença, una emisora católica. El ahora secretario general de la ONU militaba en distintas organizaciones, comprometido en batallas contra la desigualdad.

Lo recuerda ahora Stefano Ceccanti, abogado especializado en Derecho Constitucional –da clases en La Sapienza–, senador por el Partido Demócrata italiano y antiguo presidente de la Federación Universitaria Católica Italiana (FUCI). Ceccanti sitúa a Guterres como “representante de una generación de jóvenes católicos que vivieron directamente dos experiencias clave, el Concilio y el 68. El Concilio, sobre todo en la Península Ibérica, marcó entre otras cosas la afirmación de la opción preferencial por la democracia, que los padres (conciliares) habían certificado tomando nota de la fertilidad del compromiso político en Estados Unidos (presidencia Kennedy) y en la resucitada democracia europea, sobre todo con los partidos democristianos (Adenauer, Schumann, de Gasperi). Eso tuvo en España y Portugal, también con los sucesivos nombramientos episcopales, una consecuencia clara: la corriente para deslegitimizar los regímenes autoritarios, hasta entonces vistos como un freno a los derechos tradicionales, y la predisposición a la transición democrática. Fue la ruptura, como dijo Mounier, entre el ‘orden cristiano’ y el ‘desorden constituyente’”.

La Revolución de los Claveles

El profesor y activista político recuerda que “en la Península Ibérica, sin embargo, no podían seguir el modelo democristiano. Los obispos, tras el estrecho vínculo mantenido con los regímenes autoritarios –estrechísimo en España–no querían ser identificados con ninguna opción; los laicos católicos estaban organizados, más que bajo la base parroquial, por movimientos especializados, ninguno de ellos fuertemente enraizado; se daba una fuerte orientación a la izquierda de estudiantes y trabajadores, y hacia la derecha de los ubicados en las clases media-alta. Por ello no había necesidad de un compromiso unificado ni arriba ni abajo, a pesar de algunos intentos minoritarios fallidos con el montiniano Ruiz-Giménez”.

Guterres se formó entre los universitarios de la JUC, el movimiento de Pax Romana-Miec que corresponde a la FUCI. Ceccanti abunda en el ambiente en el que se formó Guterres. “Más compleja fue la relación de esta generación con el 68, que incluye varios elementos, incluida una tendencia a la radicalización. En Portugal, la generación católica fue empujada a una opción decididamente reformista, con la cultura de gobierno, porque la extrema izquierda estaba integrada por comunistas stalinistas y grupúsculos golpistas pararevolucionarios que pronto desempeñaron un papel activo en el intento de golpe de estado de noviembre de 1975. Los católicos de centroizquierda estaban obligados a tomar partido tarde o temprano por el partido socialista, profundamente europeísta y atlántico. En el acto de ingreso en la UE fue cabeza de lista socialista Maria de Lourdes Pintasilgo, otra exponente histórica de los intelectuales de Pax Romana, de una generación precedente, la de 1930, que fue presidenta del Consejo en un gobierno de transición en 1980”.

El senador recuerda en su artículo que lo que sucedió en los primeros años de la Transición tuvo un impacto muy fuerte en los 80 y en algunos aspectos también en los 90, cuando Guterres se convierte en secretario y primer ministro. “Es necesario matizar que en los años sucesivos este cruce entre catolicismo, centroizquierda político y cultura del gobierno se erosionó muchísimo. La Iglesia, también mediante nombramientos episcopales, siguió otros caminos y con la retórica de los principios no negociables llegó a una mayor unión con la derecha política, sobre todo en España, y los partidos socialistas fallaron al apreciar esta tendencia política, aunque emergieron grupos interesantes como los Cristianos socialistas en el PSOE”.

Guterres escribió el epílogo del libro ‘Tender Puentes. PSOE y mundo cristiano’ (Desclee de Brower), coordinado por Ramón Jáuregui y Carlos García de Andoin, este último un trabajador incansable a la hora de elaborar una cultura política desde el pensamiento cristiano. En aquel artículo, Guterres, primer católico practicante que llegó a la presidencia de la Internacional Socialista, destacaba las raíces múltiples en la historia del movimiento socialista democrático. “La tradición clásica y judeocristiana, los valores humanistas y de la Ilustración, la herencia de las revoluciones inglesa, americana y francesa, los movimientos sindical y cooperativo, las influencias del socialismo utópico, libertario y científico, la convergencia entre el republicanismo liberal y el movimiento socialista y laborista, o entre reformismo y radicalismo, el surgimiento del modelo social-demócrata y socialista democrático, constituyen un acervo común del socialismo democrático europeo contemporáneo, que interesa profundizar en la actualidad”.

Guterres constataba que las nuevas generaciones “han estado muy marcadas por la fórmula innovadora del programa de Bad-Godesberg del SPD de 1959, en el que se afirmaba expresamente que el socialismo democrático ‘encuentra sus raíces en la ética cristiana, en el humanismo y en la filosofía clásica’, no pretendiendo proclamar verdades últimas, ‘no por incomprensión o por indiferencia ante las filosofías o las verdades religiosas, sino por respeto a las decisiones del hombre en materia de fe, decisiones cuyo contenido no debe ser determinado ni por un partido político, ni por el Estado. El Partido Social-Demócrata es el partido de la libertad de espíritu’”.

Forum.L., 2017

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sociedad

Dejar de hablar de valores para volver a hablar de virtudes o de Mandamientos

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“Cada vez que la sociedad ha expulsado lo divino, lo hemos visto volver con la forma de dioses poco simpáticos: todos pedían un sacrificio humano”. Con esta advertencia, el profesor Rémi Brague, filósofo francés ganador del Premio Ratzinger 2012, sintetizó lo que considera ser el origen de la derrota del proyecto moderno. Fue en un reciente congreso en Londres sobre La crisis de la libertad en Occidente promovido por el “Instituto Acton para el estudio de la religión y de la libertad” junto a la Universidad Saint Mary de Londres y el Centro Benedicto XVI para religión y sociedad. A continuación la entrevista al profesor Rémi Brague concedida a Solène Tadié, para L’Osservatore Romano:

-Su obra (“El reino del hombre. Génesis y fracaso del proyecto moderno”, editorial Encuentro), cuestiona el concepto mismo de valor, objeto de abuso en un momento en el que casi todos invocan los valores para defender todo y lo contrario de todo. ¿Sería una expresión de lo que G.K. Chesterton llamaba “las virtudes cristianas enloquecidas”?

-El concepto de valor es mi enemigo preferido. Lo que hoy se expresa en términos de valores, en el pasado se encontraba en las dos fuentes de la civilización occidental, la pagana y la cristiana, pero expresado con otros términos. Los paganos hablaban de virtud, mientras que los judíos y los cristianos hablaban de mandamientos. Pero el contenido es exactamente el mismo. Se podría volver a escribir el Decálogo como una lista de virtudes. “No matarás” se convertiría, así, en la virtud de la justicia. “No cometerás adulterio” sería la virtud de la templanza. Y, viceversa, se podría también volver a escribir la Ética a Nicómaco de Aristóteles según un contexto judío o cristiano.

»Al fin y al cabo, es lo que se ha hecho a lo largo de la historia. Los grandes moralistas cristianos de la época patrística y de la Edad Media retomaron sin dudarlo conceptos morales presentes en Cicerón y Séneca, e incluso copiaron pasajes enteros. Pienso, por ejemplo, en el tratado de Roger Bacon, el moralista franciscano del siglo XIII, lleno de pasajes de Séneca transcritos palabras por palabra. De estas virtudes y mandamientos hemos pasado a hablar de valores. Cuando se habla de valor se presupone que ha habido de antemano una valoración. Esto implica que, en un determinado momento, alguien -no se sabe exactamente quién- ha decidido dar valor a algo, decir que esa cosa costará tanto, lo que en parte es un concepto de origen económico. Se trata de lo que se da para obtener algo. El concepto de valor tiene el gran inconveniente de suponer que la realidad, en sí misma, no vale nada y que somos nosotros los que le atribuimos un valor. Observemos en campo económico el modo con el que John Locke explica que el valor de las cosas, de los productos, deriva del trabajo humano. Lo que la naturaleza nos da no tiene casi ningún valor. Es el trabajo humano lo que le da un valor.

-Y hoy, ¿qué es lo que define un valor?

-Este concepto alcanzó su apogeo con Nietzsche, que supo introducir los valores en el mercado de las ideas, a algunas de las cuales las hizo nobles. Intentó determinar los casos específicos que dan valor a las ideas. Entonces creyó haber hecho un descubrimiento muy interesante, a saber: que es la voluntad de poder lo que atribuye el valor. Es la voluntad de poder lo que da valor a las cosas. Tengo que tener esa cosa porque así afirmo y aumento el campo de acción y la profundidad de la influencia de mi propia voluntad de poder. El inconveniente es que desde este punto de vista, los valores entran en una dialéctica que los destruye, porque si lo que tiene valor es aquello a lo que he dado valor, la actividad mediante la cual valoro una cosa tendrá más peso que el propio valor. “El hecho de valorar es, de todas las cosas que se valoran, el valor supremo”, escribe Nietzsche en Así habló Zaratustra.

»Esto significa que con el propio acto de atribuir valor a algo lo estoy devaluando, porque es la voluntad de poder en mí lo que fija el valor, vale más que el propio valor. En consecuencia, el concepto de valor es arrastrado, por su constitución, a la autodestrucción. Esto genera una especie de carrera hacia un valor cada vez mayor porque, a partir del momento en que se fija un valor se observa que, al fin y al cabo, no es gran cosa y que se necesita uno nuevo.

»Es extraño que este concepto haya entrado en el discurso cristiano. En el mundo político hoy se habla de “nuestros valores” -sin saber realmente de qué se esta hablando- y yo creo que sería mejor cambiar de lógica y dejar de hablar de valores para volver a hablar de virtudes o de mandamientos o, más sencillamente, de bien. No somos nosotros los que hacemos que algo sea bueno. En mi opinión, los valores se pueden, por lo tanto, eliminar.

-Usted sitúa hacia el final del Renacimiento el cambio en la idea que el hombre tiene de sí mismo, del cosmos y de Dios, de la concepción de la propia dignidad. ¿Cómo se realiza este cambio de paradigma?

-El verdadero cambio tiene lugar a comienzos del siglo XVII. Es la tercera etapa del desarrollo de la idea humanista de la que he hablado en mi conferencia. Supongo que existe un paso de una dignidad y de una nobleza innatas a una superioridad que se debe conquistar y a la que se somete todo el resto, consecuencia de una evolución de carácter psicológico.

»Comparo este fenómeno con el tipo de persona que necesita demostrar que vale más que los otros: el advenedizo, el “nuevo rico”. Pensemos, por ejemplo, en Lord Grantham, de la serie Downton Abbey: es el hombre más modesto que hay, porque para él su nobleza es connatural. El nuevo rico, por el contrario, no tiene nobleza. Lo demuestra el origen de la palabra snob, sine nobilitate. Quien no tiene nobleza debe ser un snob con los otros, desdeñarles, para demostrar el propio valor.

»Existe la sensación de que el deseo del hombre moderno -es decir, el hombre a partir del siglo XVII- de someter al resto de la naturaleza podría deberse, efectivamente, a una pérdida de conciencia de la propia dignidad. Es interesante observar la tradición de los tratados como De nobilitate: nacen a mediados del siglo XV, atraviesan todo el siglo XVI y se interrumpen cuando son sustituidos por el proyecto técnico [moderno] de la dominación de la naturaleza. Corroído por la duda sobre sí mismo, el hombre ya no está seguro de que Dios le haya conferido una dignidad superior a la del resto de los objetos de la naturaleza y, por consiguiente, intenta remediar a su propia inseguridad sometiendo a la naturaleza.

»Aún seguimos tratando con este tipo de persona, aunque el movimiento ecológico ha atenuado ligeramente esta tendencia. Dicho movimiento ha intentado desarrollar una conciencia de la deuda que tenemos hacia la naturaleza, pero le falta el fundamento metafísico según el cual la naturaliza es una creación. Si la naturaleza no es creación no se entiende por qué debemos sentir respeto hacia ella. Pero si es una creación al interno de la cual el hombre tiene una tarea, sobre todo de organizarla, limpiarla y ocuparse de ella como se ocuparía de un jardín, entonces las cosas cambian. En caso contrario, se oscila entre una actitud de dominación brutal y violenta de la naturaleza y una especie de idolatría de la misma, que podría llevar a desear la extinción de la especie humana para que la naturaleza pueda ser devuelta a sí misma.

-¿Esto haría emerger un nuevo paradigma que derivaría del fracaso del proyecto moderno o se trata, por el contrario, de una especie de canto del cisne de ese mismo proyecto?

-El proyecto moderno ha tenidos grandes logros. Tenemos una deuda de reconocimiento hacia él; pensemos en los avances de la medicina o de la agricultura, que permiten nutrir a un gran número de personas que en el pasado ni siquiera habrían nacido. La modernidad nos ha dado también una ciencia de la naturaleza seria, mucho más centrada que la de la Antigüedad. Incluso Aristóteles, que es un poco el non plus ultra de la física antigua, es apenas un científico al lado de Galileo. No sé si se está delineando un nuevo paradigma, pero diría que se debe delinear.

-¿Qué prevé en este sentido?

-Si no se consigue legitimar lo humano, aportar razones válidas para su subsistencia, no tendremos ya motivos para seguir existiendo. La única opción posible en este sentido sería organizar la coexistencia de las personas que están ya aquí, pero prohibiendo que apelen a las generaciones futuras, a las que no se puede pedir su opinión. De ningún modo hay que confiar la humanidad y su continuidad al instinto, como hacen algunos, porque somos ya capaces de decidir si habrá o no generaciones futuras. El instinto humano funcionaba en el pasado, en el sentido de que era para la especie humana un modo de hacer entender que quería sobrevivir. Por lo tanto, si es verdad que la evolución ha producido todo (lo que, por otra parte, es un modo inapropiado de hablar: de hecho, no decimos que Napoleón es un producto de la historia), se deduce que la interferencia de fuerzas ciegas produjo seres inteligentes. Pero si estos seres inteligentes no tienen derecho a seguir haciendo consciente y libremente lo que se ha producido de manera incosciente y sin libertad, sería realmente traicionar su razón…

»Lo más difícil sería, si puedo decirlo, dar una versión concreta a la definición más clásica del hombre: animal racional. Se trata de conservar las dos dimensiones sin que la racionalidad juegue contra la animalidad. Creo que nuestra tarea actual consiste precisamente en reconciliar estas dos dimensiones, que tendemos a separar. Pensemos, por ejemplo, en el transhumanismo, sobre el que no tengo una opinión concreta porque no lo he estudiado a fondo. No sé ni siquiera si la idea es factible, pero lo que es muy interesante es que revela una especie de desesperación respecto al hombre tal como es actualmente, porque se propone transcenderlo. Hubo un tiempo en que se buscaba desarrollar lo humano, darle más fuerza y cualidades morales; de ahí el doble significado del adjetivo humano: se habla, por ejemplo, de trato humano de los animales, lo que tiene un significado muy concreto. Pero ahora se tiene la impresión que, según la definición original de Nietzsche, el hombre es algo que debe ser transcendido. Es la famosa fórmula de Zaratustra, no sé exactamente lo que Nietzsche intentaba decir: por una parte flirtea con el pensamiento de Darwin, presente en todas las corrientes intelectuales europeas; por otra, al final de su vida declara que nunca había querido sustituir al hombre con una nueva especie. En tal caso ¡tendría que haberse expresado más claramente! Sobre todo cuando dice: “Habéis recorrido el camino del gusano al hombre: ¿por qué no vais más allá?”. Es una alusión muy clara a la biología.

»En cualquier caso, lo que me interesa aquí es constatar que hay una pérdida de confianza en el hombre porque se le quiere sustituir con otra cosa. O se quiere mejorarlo para eliminar la necesidad de la moral, porque a un hombre rehecho no se le ocurriría actuar de manera malvada, contraria a las reglas del bien y del mal. En mi libro cito algunos ejemplos curiosos, entre ellos el de Robespierre, que creía que sería ideal fabricar un hombre espontáneamente virtuoso, que no tuviera necesidad de plantearse preguntas. Nuestros sueños, hoy, son un poco así. No sé si la virtud es lo que los líderes del transhumanismo quieren en primer lugar, pero el proyecto se inscribe un poco en esta tendencia y es más antiguo de lo que se piensa.

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