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Leed el Catecismo que no muerde

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Nuestro anciano profesor de filosofía en el Seminario de Paraná (Argentina), solía alentarnos a estudiar el pensamiento de Santo Tomás. Gustaba de hacerlo con una frase que aunaba la pureza del castellano con un poco de picardía criolla:

–          Leed la Summa, leed la Summa, que no muerde.

 Y en ocasiones reforzaba la pintoresca frase con variados argumentos, pero insistía especialmente en dos: la Suma te “ordena las ideas” y te “enseña a pensar”.

 Parafraseando al padre Lucho, me surgía con fuerza en estos tiempos aplicar esta frase al Catecismo de la Iglesia Católica:

–          Leed el Catecismo, leed el Catecismo, que no muerde.

 Un tesoro inexplotado

En medio de las idas y venidas actuales, de las discusiones y las aclaraciones, de las acusaciones maliciosas y las defensas acerbas de innovaciones de dudosa ortodoxia, no he encontrado mejor antídoto para mí y para los demás que el Catecismo.

Y me sorprende bastante que en ambientes católicos de buena doctrina, e incluso entre quienes se hallan preocupados por la confusión de hoy, se lo use y se lo cite tan poco.

Tal vez para mí el recurso al Catecismo sea algo natural porque en mi Seminario –a diferencia de otros- era de utilización obligatoria en la enseñanza de todas las disciplinas teológicas, lo que nos impulsó a hacer de él una referencia completamente irreemplazable.

Y supimos ya entonces que el Catecismo, por aquellas mismas características que ante nosotros lo hacían insustituible, a otros les provocaba un rechazo virulento, cercano a la fobia. Ya desde su misma publicación recibió críticas de parte de quienes prefieren el claroscuro y la ambigüedad al esplendor de la verdad católica. Huían y huyen de él… como si en efecto mordiera. No les gusta que en muchos de sus puntos la cosa sea “blanco o negro”.

Yo no puedo decir nada que no se haya dicho ya. Hay cientos de estudios sobre el origen, la finalidad, la redacción, la estructura del texto… Sólo quiero decir que el Catecismo es un texto de una solidez incuestionable, a la vez que ofrece una visión complexiva y de un enorme equilibrio del ser cristiano. Un texto que un cuarto siglo después de ser publicado no sólo no ha perdido actualidad sino que se vuelve cada día más necesario.

 Orden vs. caos

¿Por qué? Porque el Catecismo también te “ordena las ideas” y te “enseña a pensar”.

Ordena las ideas, porque su misma estructura es totalmente clara, esbozada en la introducción y retomada en los primeros puntos de cada sección. Partiendo desde la automanifestación de Dios a través de la Revelación de su misterio (acogida en la fe que sintetiza el Símbolo)  y de la entrega de sí mismo a través de la Liturgia (especialmente de los sacramentos), nos conduce a comprender la vida moral y de oración como la respuesta que el hombre deificado por la Gracia da al Dios Trino. Los cuatro aspectos del ser cristiano (creer, celebrar, vivir, orar) están en constante interrelación, evitando falsas oposiciones y/o reduccionismos.

La referencia habitual al misterio trinitario en todas las dimensiones de la existencia cristiana, la centralidad de la Pascua, la relevancia de la escatología, el constante sabor mariano, entre otros aspectos, distinguen al texto y le confieren profundidad y belleza.

Enseña a pensar, porque permanentemente nos invita a recorrer un camino de reflexión que se vuelve hábito intelectual y método: el fundamento en la Escritura –Antiguo y Nuevo Testamento- leída en la Tradición –haciendo oír tanto a los padres latinos y griegos como a los textos litúrgicos-  interpretados por el Magisterio de todos los siglos (y no sólo del Vaticano II). Esto, “condimentado” con la “teología vivida de los santos”, que da a muchos  temas una unción muy particular.

Este camino de reflexión nos preserva de las originalidades y las novedades que pueden transformarse fácilmente en traición a la Verdad. Toda afirmación necesita una referencia clara a la Revelación, transmitida por la Escritura y la Tradición, y en eso el Catecismo nos brinda un rigor –a mi juicio, al menos- impecable.

Es cierto que el desarrollo de algunos temas es demasiado escueto, y que por ello mismo el lenguaje puede ser poco accesible a quienes se acercan a él sin una previa formación. Pero también es cierto que en el ámbito de la vida moral –que sin ser el más importante, suele ser el de más urgencia- las formulaciones son claras y comprensibles para cualquier persona con un mínimo manejo del lenguaje.

 Practicidad y actualidad

El Catecismo tiene la ventaja de ser una fuente unificada. Para todas las temáticas existen documentos de la Iglesia que se explayan más, e innumerables escritos de autores antiguos y modernos que ofrecen rigor y hondura al pensamiento.

Pero como cura párroco, y pensando en la vida concreta de los fieles laicos, que pueden “marearse” un poco ante una multiplicidad de fuentes que consultar, creo que el Catecismo debe ser revalorizado y vuelto a poner “sobre la mesa”, como fuente segura, como elemento ineludible al abordar cualquier aspecto de nuestra fe, como material estructurador de todo plan de formación.

Y aunque no parece probable, sería muy interesante que en este 2017, con motivo de los 25 años de su primera edición –en Lengua Francesa- y de los 20 años de la Editio Typica, todos los que amamos la verdad católica contribuyamos a su mayor difusión y a una consulta más asidua, como fuente de unidad en la verdad.

En lo personal, me alegró enormemente y me confirmó en mi intuición cuando hace unos meses supe que el cardenal Caffarra daba la misma respuesta que yo estaba dando a algunos perplejos:

Para fieles católicos que están confundidos acerca de la Doctrina de la Fe sobre el matrimonio, simplemente digo:

«Lee y medita en el Catecismo de la Iglesia Católica nn.1601-1666. Y cuando oigas a algunos hablar del matrimonio – aunque lo hagan sacerdotes, obispos, cardenales – y luego compruebes que no está en conformidad con el Catecismo, no los escuches. Son ciegos guías de ciegos».

Casi como si dijera: “lee y medita el Catecismo, que no muerde”

por Leandro Bonnin / InfoC., 2017

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ACTUALIDAD CATÓLICA EN EL MUNDO, Biblia, Catequesis del juicio final, Evangelio

El Criterio del Juicio Final y sus Consecuencias Socio-Políticas

juicio final

Ustedes no me escogieron a mí,

sino que yo los he escogido a ustedes

y les he encargado que vayan y den fruto

y que ese fruto permanezca”

(Jn 15:16).

El Evangelio, Buena Noticia, es un mensaje de salvación, por lo tanto, es un mensaje de esperanza. Recordemos a Jesús de Nazaret cuando hablaba sobre el buen pastor: “…yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Y esta experiencia la vivieron a tal grado los apóstoles que, cuando Jesús los conmina a tomar posición ante su enseñanza sobre el “pan de vida”, la respuesta de ellos por boca de Pedro es “Señor, ¿a quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

Este mismo Jesús de Nazaret era “poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc 24,19), pasó por el mundo haciendo el bien, dando fruto y su fruto de salvación, como su palabra, permanece, es eterno (cf. He 10,38).

Jesús nos ha elegido para participar en su misión. Desde esta condición de “elegidos y misioneros” comenzaremos por aclarar un poco los términos criterio y juicio que son el eje transversal del tema sobre el juicio final y sus consecuencias socio-políticas. Un criterio es la norma, regla o pauta que nos permite conocer la verdad o la falsedad de una cosa; la facultad que se tiene para comprender algo o formar una opinión; en suma, es un juicio para discernir. Un juicio puede significar “una forma de opinión”.

El texto sobre el juicio final de Mateo 25, 31-46 es una exhortación a una vida coherente con el Evangelio en el que decimos creer. Es un llamado a reconocer la condición de discípulo expresado, no sólo en la declaración de una doctrina o unos mandamientos, sino, sobre todo, en una vida consecuente con nuestra condición de cristianos.

caridad

La caridad del amor. Su centralidad en el actuar.

Con la palabra caridad expresamos una gama incontable de acciones, actitudes y posturas. En referencia al tema que nos ocupa debemos diferenciar entre caridad asistencial, asistencialismo y el amor cristiano como camino. La caridad asistencial nos remite a acciones tendientes a brindar ayuda a personas necesitadas o desprotegidas para que puedan tener una base que les permita incorporarse con el tiempo a la vida productiva. El asistencialismo, igualmente, brinda ayuda al necesitado o desprotegido, pero con el agravante de que el apoyo recibido genera en quien lo recibe una situación de dependencia hacia quien ofrece la ayuda, pues no se propicia el valor de la corresponsabilidad ni compromiso alguno para reconocer y desarrollar las capacidades y ponerlas al servicio de sí mismo y de otros.

El amor, la caridad cristiana, va más allá de la realización de acciones de ayuda al necesitado. Implica la gratuidad de un servicio en humildad, realizado como opción de vida. El papa Francisco (Cagliari, 2013) ha dicho:

Mirando a Jesús vemos que eligió el camino de la humildad y del servicio…no fue indeciso ni indiferente: hizo una elección y la llevó adelante hasta el final. Eligió hacerse hombre, y como hombre hacerse siervo, hasta la muerte de cruz. Este es el camino del amor, no hay otro. De ahí que la caridad no es un simple asistencialismo, y menos aún, un asistencialismo para tranquilizar conciencias. No, eso no es amor, ¡eso es negocio! El amor es gratuito. La caridad, el amor, son una elección de vida.

Cuando nos encontramos con el pasaje del juicio final, el criterio de selección entre ovejas y cabritos es haber vivido o no, de manera concreta, la caridad, entendida ésta como un movimiento resultante de la fe en Cristo y a Cristo y del amor hacia Él (cf. Mt 25,40). La diferencia entre vida eterna y muerte eterna la establece la relación de servicio al necesitado, pero un servicio desinteresado realizado como expresión del amor a Cristo. Este es el criterio de juicio manifestado en Mateo 25. Como se expresa en el Nuevo Diccionario de Teología Bíblica de Ediciones Paulinas (1990):

“…, para Mt la justicia es querer vivir como Jesús en una sociedad nueva, en la que la regla es Jesús mismo. El “camino de la justicia” es por tanto una nueva ordenación social que se contrapone a todos los proyectos humanos de sociedad. La nueva sociedad de hermanos y hermanas de Jesús, los que hacen la voluntad del Padre (cf Mc 3,35), realiza la justicia, que Jesús sintetizó en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo. … para la Biblia la justicia es la garantía de un espacio de relaciones que edifican y conservan la comunión-comunidad de los hombres con Dios y entre sí. Por tanto, la justicia de Dios coincide con su acción salvífica, mediante la cual Dios crea su familia y la sociedad nueva de los que creen en él, haciéndolos justos, es decir, capaces de comunión, y liberándolos del pecado, que es egoísmo y violencia, impedimento para la comunión con Dios y con los hermanos.

Es importante notar, cuando leemos el relato de Mateo, que la única diferencia entre lo que se dice a las ovejas y a los cabritos es la palabra “no”. El juicio condenatorio no se determina por los errores o pecados cometidos, sino por lo que se dejó de hacer ante la necesidad de un hermano.

La fidelidad ante el desafío histórico. Consecuencias socio-políticas del juicio final.

fidelidad

 

Pienso que cuando nos corresponda presentarnos ante el juicio de Cristo, no sólo va a preguntarnos acerca de nuestros actos individuales de caridad y nuestras actividades piadosas, sino también cómo fue mi respuesta ante las necesidades de la sociedad y el tiempo en que me tocó vivir. Cuando Jesús nos enseñó a orar nos dijo que usáramos la expresión “Padre nuestro” (Mt 6,9), porque Dios es Padre de todos y nosotros somos seres en relación, y cuando nos habló de amor, nos mandó a amar al prójimo más que a nuestra propia vida (Jn 15,12-13).

Cuando en el contexto cristiano-católico hablamos de política, hacemos referencia a la actividad que tiene como finalidad la búsqueda y construcción corresponsable del bien común. El relato del juicio final plantea una separación entre dos tipos de personas las que fueron capaces de trascender el entorno de sus necesidades particulares o individuales y se reconocieron miembros de una sociedad en la que habitaban otros con las mismas o mayores necesidades y carencias que las propias. Y aquellas que vivieron su vida con la mirada puesta en sí mismas y que jamás la levantaron para observar a los necesitados que estaban a su alrededor y que clamaban su ayuda.

Este relato nos plantea que el camino del crecimiento y realización personal pasa por la dimensión socio-política. Quizá podríamos peguntarnos cuál es la relación entre caridad cristiana y dimensión socio-política. Pienso que la respuesta está en clara en el mandamiento del amor con el cual Jesús resumió toda la ley y los profetas: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y ama a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27). Este mandamiento exige la concreción del amor a Dios y al prójimo de una manera relacional y comunitaria.

La caridad comprometida tiene su fuente en la relación con Dios amor-comunión y su expresión en la relación con el prójimo, especialmente con el pobre y necesitado: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron” (Mt 25,40). Y este prójimo no es sólo la persona individual sino el ser social.

Benedicto XVI ha insistido en el alcance político e institucional de la caridad cuando procura transformar las estructuras culturales, sociales y políticas a fin de que den respuestas reales y efectivas a las necesidades de las personas, de la sociedad civil y de toda la humanidad, que es la familia fraterna (cf. Caritas in veritate 7).

Me parece que este pensamiento de Agustín Ortega Cabrera expresa con suma claridad la exigencia de una dimensión socio-política de la caridad: “El ser de las personas se frustra, se malogra y no alcanza la felicidad si no sirve y se compromete con lo socio-comunitario, si no ejerce la virtud ética de la política por la que promueve el bien común, la justicia y la civilización del amor”.

En este contexto, detengámonos un momento ante nuestra realidad nacional. La Venezuela de hoy es el hombre tirado a la orilla del camino después de haber sido robado y golpeado por unos malhechores (cf. Lc 10,25-37). ¿Entre cuáles de los personajes del relato nos encontramos nosotros? ¿Entre los que se han aprovechado de ella y la han robado y herido? ¿Entre los que están tan ocupados que no tienen tiempo de detenerse ni siquiera para compadecerse de su situación? ¿Entre quienes protegen tanto su vida espiritual que ni siquiera tocan el tema del dolor de la patria porque ello los desconcentra de sus oraciones y de su paz espiritual? ¿Entre los que se detienen ante ella, la toman en sus brazos, procuran aliviar el dolor de sus heridas, más aún, piden a otros que los ayuden en la tarea, ofrecen su aporte, se comprometen a estar pendientes de su recuperación y no se permiten desentenderse de ella hasta ver su franca mejoría?

Urge un sincero examen de conciencia del cristiano venezolano y su consecuente compromiso de conversión, porque la realidad socio-cultural que vivimos, desdice de la coherencia entre fe y vida de una población que se confiesa mayoritariamente católica.

Ponencia de Dunia Mavare Adrianza

Asamblea Anual del Consejo Nacional de Laicos de Venezuela.

Casa Monseñor Ibarra – Caracas, 29 al 31 de Mayo de 2015

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