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La libertad se mejora con el bien

Dios al crear al ser humano libre, ya previó que nuestra capacidad de elegir pudiera volverse contra Él y contra nosotros mismos, que en lugar de conducirnos según sus designios amorosos decidiéramos contradecirle, tomar un camino equivocado.

Aun así, Dios ha preferido correr el riesgo de nuestra libertad. La libertad imperfecta origina el mal moral en el mundo, causa la violencia, el rencor, la explotación de unos seres humanos por otros. Es el misterio del mal en el mundo, que nos resulta tan complejo de entender. ¿Por qué lo consiente Dios?, nos preguntamos a veces, ¿por qué no ordena un mundo perfecto, por qué no acaba con la injusticia, con la guerra, con la explotación de los seres humanos?

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Si no fuéramos libres, no existirían esos males, pero seríamos automatas, sin capacidad de elegir lo que hacemos. Sin libertad tampoco habría existido el pecado, por eso la Redención que nos ha ganado Jesucristo, tras una muerte dolorosísima, es también el pago de nuestra libertad. Ésta es la razón más radical del respeto cristiano por la libertad: se trata de un tesoro recibido de Dios Padre, ganado por la muerte de Dios Hijo y que nos asemeja al Dios amor, Espíritu Santo.

 

Que la libertad implique la posibilidad de errar no quiere decir que requiera el error. Nos recomienda San Pedro en su primera epístola: “Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad” (1 San Pedro 2: 16). La libertad explica el error, pero no lo justifica, porque también tenemos siempre la capacidad de hacer el bien al que nos conduce la verdad. El buen ejercicio de la libertad requiere reconocer la verdad, la realidad externa a nosotros, y el bien. Elegir sin contrastar esa elección con algún criterio de referencia, con algo que sostenga la verdad de nuestra condición humana, no conduce a ninguna parte.

 

Elegir libremente, es elegir conscientemente de que ésa es la decisión más adecuada, pero eso no quiere decir que cualquier decisión sea buena sólo porque se haya elegido libremente. “La verdad os hará libres” (San Juan, 8:32) nos dijo Jesús, pero nada más falso decir que la libertad nos haga verdaderos, como dijo un político por allí.

La libertad es una condición moral de las acciones humanas, pero sería absurdo considerar que todas las acciones humanas hechas libremente sean moralmente buenas, obviando la evidencia del mal, de la injusticia, del error del que ninguno estamos inmunes.

Todos tenemos sobrada experiencia de que muchos de nuestros actos, hechos con plena conciencia e incluso con buena voluntad, se nos acaban evidenciando, quizás días o años más tarde, como claramente equivocados.

Como dicen unos conocidos humoristas argentinos, Les Luthiers, “errar es humano… pero echarle la culpa a otro es más humano todavía“. La libertad lleva consigo la responsabilidad, aceptar las consecuencias de las acciones, también de las equivocadas, para pedir perdón y poner remedio. Ser libre es una condición necesaria, pero no suficiente, para que un acto sea verdaderamente digno del ser humano. Hitler seguramente eligió libremente enviar al exterminio a millones de personas en los campos de concentración nazis, pero eso no mejora la calificación moral de tan nefasta decisión.

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¿De dónde viene el mal uso de la libertad que nos lleva a tomar decisiones equivocadas? Simplificando las cosas, se me ocurre que podemos señalar dos factores: de una conciencia errónea o de una voluntad débil. Elegir conscientemente algo equivocado, asumiendo que es verdadero, es un defecto del conocimiento. Elegir conscientemente algo equivocado, aunque sepamos que lo es, es un defecto de la voluntad. A mi modo de ver, éste es el más común de los defectos de nuestra libertad: decidimos erróneamente porque somos débiles para elegir lo verdadero, lo que sabemos que deberíamos hacer. Y como nuestra voluntad y nuestra razón están tan entrelazadas, si esa decisión equivocada se repite en el tiempo, acaba configurando unos hábitos que se convierten en principios de actuación. Lo expresa bien Mafalda, el más conocido personaje del humorista Quino: “¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!”.

 

Necesitamos perfeccionar la libertad, adecuándola a aquello que nos hace mejores, tomando decisiones que nos engrandecen como personas. Eso supone algunas veces decir que no, a lo que nos apetece de modo espontáneo, negarnos a lo que en un primer impulso preferiríamos hacer, porque sabemos que en el fondo nos acabará debilitando interiormente.

Deberíamos elegir con la mirada puesta en nuestra finalidad última y no sólo en las circunstancias transitorias. Seguramente a muchos estudiantes universitarios les apetecerá más jugar al mus que asistir a clase, pero si hacen de esto una norma, seguramente al cabo de los años comprobarán cómo el que asistió a clase y dedicó las horas necesarias al estudio tiene muchas más posibilidades vitales y profesionales que los que malgastaron su tiempo por un carácter débil.

Por supuesto que la diversión sana es compatible con el estudio; a lo que me refiero es a dejarse dominar simplemente por el instinto inmediato, negando, por un placer efímero, un valor que nosotros mismos consideramos más necesario, pero que no tenemos la suficiente voluntad como para llevarlo adelante.

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 Algunos críticos del cristianismo piensan que somos menos libres que ellos porque no tratamos de experimentar todas las posibilidades, incluida la de pecar, como si la libertad fuera una acumulación de opciones.

La libertad se ejerce eligiendo conscientemente algo. Si la elección es buena, nos ennoblece; si no lo es, nos deteriora.Toda decisión equivocada es un atentado contra nuestra propia naturaleza y muchas también lo serán contra el bien de los demás.

Afirmar que somos menos libres cuando no elegimos el mal, tiene poco sentido, porque la libertad implica decidir conscientemente.

Si optamos libremente por algo bueno, estamos acumulando más bondad, o lo que es lo mismo más felicidad; si optamos por un pecado, nos dañamos a nosotros mismos y, muchas veces también, a los demás.

 

Emilio Chuvieco Salinero / ReL, Agost. 2014

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¿COMPRENDEMOS A DIOS?

Comprender a Dios, no es nada fácil. Saber exactamente lo que Dios quiere de nosotros, asimilar sus deseos para interpretar correctamente en cada momento cual es su voluntad, no es tarea fácil. Y no es esto tarea fácil, esencialmente porque no somos dóciles a las mociones e inspiraciones del Espíritu Santo en nosotros, nos creemos muy listos y queremos gobernar nuestra vida de espaldas a lo que Dios desea para nosotros, que siempre aunque no lo veamos ni lo comprendamos es lo mejor, lo que más nos conviene y no me refiero a lo que más nos convendrá en el más allá, sino también a lo que más nos conviene en el más acá. Nuestra corta inteligencia, queremos sobreponerla a la ilimitada de Nuestro Señor, y nuestra soberbia no nos permite entregar el timón del gobierno de nuestra vida al Señor y así nos va.

Para mejor comprender a Dios es necesario estar muy cerca de Él, el alma que más cerca está de Él, que tiene un mayor grado de entrega a Él, es siempre la más feliz de las personas. Es de cajón, cuanto es mayor y más fuerte la presencia de Dios en la intimidad del ser de una persona, mayor es el grado de comprensión que de Dios tiene esa persona. Por esto es importante comprender a Dios, para avanzar más rápidamente hacia Él.

San Juan de la Cruz escribía: “Los israelitas entendían las profecías a su modo fijándose en lo menos principal, que era el dominio y la libertad temporal. Y esto para Dios ni es reino, ni es libertad. Por eso ciegos por la letra, sin entender su espíritu y verdad mataron a su Dios y Señor. Como se dice en los hechos de los Apóstoles: “Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús y, al condenarlo cumplieron las profecías que se leen los sábados”. (Hech 13,27).

Como principio básico y fundamental, hay que recomendar que si uno quiere entender a Dios, comprenderle, hay que olvidarse de la propia inteligencia: A Dios, no se le alcanza con la inteligencia sino solo con el amor, porque su esencia es amor y nada más que amor. San Juan evangelista, en su primera epístola es rotundo a estos efectos. “Dios es solo amor” (1Jn 4,16). Dios no puede ser totalmente comprendido por la inteligencia humana. Por eso forzar la mente y centrarse en ella con el propósito de comprenderlo totalmente es vano e inútil esfuerzo, que puede incluso poner en peligro el equilibrio de la personalidad. La luz en el orden espiritual, tiene una función esclarecedora, alumbra la inteligencia para que esta pueda discernir y comprender, pero existe un determinado grado de luminosidad en este orden espiritual, un grado que solo Dios conoce, a partir de este grado la luz no esclarece sino que por su intensidad deslumbra y no permite ver. La cabeza es entonces aquí un estorbo y es necesario para ver, entender y comprender, dejar que funcione el corazón.

No tratemos de comprender a Dios, juzgando lo que en esta vida nos envía o permite, ni tampoco acerca del lugar y papel que nos ha asignado. No pensemos: ¡Ah! Sí yo hubiese nacido hijo de tal o cual persona importante y por lo tanto hubiese sido rico toda la vida, ¡Ah! si Dios me hubiese dado la oportunidad que le dio a fulano, que distintas hubiesen sido las cosas para mí, ¡Ah! si Dios, me hubiese dotado de la inteligencia y oportunidades que le ha dado a zutano, cuán distinto hubiese sido todo. Pues sí, estoy de acuerdo contigo, en que las cosas hubiesen sido distintas, pero discrepo de ti, porque te afirmo que hubiesen sido distintas para ir a peor. Todo hubiese sido peor para ti, aunque nuestra incontrolada imaginación, alimentada la mayoría de las veces, con figuraciones proporcionadas por el demonio, nos haga pensar o ver lo contrario. Lo comprendamos o no Dios, siempre dispone lo mejor para cada uno de nosotros. Nos envía o nos da siempre o permite en cada momento, aquello que más nos conviene, aunque esto desde nuestro punto de vista sean males o desgracias. Si vivimos en el amor del Señor, siempre consideraremos, que nuestra vida ha sido es y será la más maravillosa que un ser humano haya podido vivir en este desdichado mundo. No pensaremos nunca nada más que en darle gracias al Señor por todos los bienes y males que ha permitido que nos sucedan, pues junto con ellos nos ha regalado su gracia para soportarlos y aumentar así nuestra futura gloria en el cielo. A San Pablo cuando se quejó le dijo el Señor: “Por esto rogué tres veces al Señor que se retirase de mi, y Él me dijo: Te basta mi gracia que en la flaqueza llega al colmo del poder”. (2Co 12,8).

En el orden espiritual el tratar de equiparar situaciones, y sobre todo el agravio comparativo son consideraciones nefastas, que a ninguna parte llevan. Las cosas son como son y no como nosotros desearíamos que fuesen; mejor dicho las cosas son como Dios quiere que sean para nuestro bien, aunque así no lo veamos ni lo comprendamos, porque Él para nosotros solo quiere el bien. Y esto es así, porque todos y cada uno de nosotros somos una pieza única e insustituible, del plan de Dios.

El plan de Dios, está perfectamente estructurado para proporcionarnos a todos, absolutamente a todos en general y a cada uno de nosotros en especial, la mayor y mejor de las oportunidades para ser felices, ya aquí abajo y eternamente en el cielo. Lo que ocurre es que diariamente este plan nos lo estamos cargando todos, con nuestras faltas y pecados. Y frente a este desbarajuste que creamos con nuestras ofensas a Él, Dios arregla el desorden que creamos, sacando bien de nuestro mal, tal como vulgarmente se dice: Dios escribe derecho con renglones torcidos.

Nosotros somos cada uno una pieza de este plan divino, una pieza que tiene un carácter insustituible, cualesquiera que sea o haya sido nuestra situación material en el mundo. El ser humano tiene siempre la tendencia a valorar más lo material que lo espiritual y para comprender a Dios uno de los presupuestos básicos es saber que a Dios lo que más le interesa es nuestra alma no nuestro cuerpo.

La situación material de riqueza, el estatus social, el nivel de conocimientos en disciplinas humanas de una persona, a Dios no le interesa ni le impresiona nada, porque con su intervención en nuestras vidas, esto lo modificará según lo que el cree que sea más conveniente, nos lo cambia en un santiamén. Dios nos lo da y Dios nos lo puede quitar. ¡Cuántas personas han descendido de la opulencia y cuántas otras, de la nada han llegado a la opulencia! Él lo dispone todo, pero al regalarnos el libre albedrío, hay un algo que no toca y es la voluntad humana. Desde luego que Él quiere que todos caminemos hacía su encuentro, pero libremente por nuestra propia voluntad, no por disposición u orden suya. Y esto es precisamente, lo que hace que sea tan importante para Él, nuestro nivel de vida espiritual, porque este nivel, es el barómetro que Él tiene para constatar nuestra decidida voluntad de amor hacia Él.

A Dios es imposible conocerle y comprenderte plenamente, pero es posible buscarle, amarte y entonces llegaremos a encontrarle. Dios es un Ser, imposible de conocer ni espiritual ni materialmente en su plenitud, porque Él es un ser increado e ilimitado en todas sus manifestaciones. Nosotros somos criaturas creadas por Él, y totalmente limitadas en todo, en concreto en cuanto a nuestro intelecto. No es posible para la mente humana abarcar a Dios, poniendo un mal ejemplo, sería como tratar de meter las aguas de todos los océanos del mundo, en un dedal de costura.

Nunca comprenderemos totalmente a Dios, pero algo si es posible, por ello queremos conocerle para después de comprenderle y poderle amar más. El camino para alcanzar esta situación, es el que nos enseña María nuestra Madre, que es el del abandono en Él. María nos enseña como abandonarnos en Dios, en todas aquellas experiencias que no comprendemos, y cuyo sentido conoceremos, tal vez sólo en la vida futura. Dios quiere que ante las pruebas de la fe, que quieras reconocer con humildad sus insondables designios y que aceptes que no comprenderás muchas de sus decisiones.

En distintas ocasiones los evangelistas, para expresar la actitud de Nuestra Señora, ante acontecimientos que la sobrepasaban, ellos dicen que: María guardaba todas estas cosas en su corazón. La fe de ella, jamás le creaba duda alguna, aunque lo que ocurría a su alrededor era inexplicable. Ella sabía guardar estas cosas en su corazón, pues sabía que todo tenía una explicación que más tarde conocería. Imitemos a Nuestra Madre celestial y entreguémonos a Ella, que así siempre tendremos el mejor y más fácil camino para llegar a su Hijo.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
Juan del Carmelo

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