Buenas Lecturas que Valen la Pena

¡A ese lugar nunca podré llegar!

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Existe un pajarillo que en los rigores del invierno, cuando los demás han emigrado, se queda dueño y señor del bosque. Allí está siempre cantando y saltando. Le llaman “el pájaro del frío” o el rey del bosque.

Cuenta una leyenda, que una mañana de intenso frío salió el malvado genio del invierno a dar un paseo por el helado bosque, cuando de pronto oyó el gorjeo simpático de un pajarillo.

-¿Cómo estás cantando con el frío que hace? ¿Dónde has pasado la noche con tanta nieve? ,-interpeló al pajarillo.

 

A lo que el pajarillo respondió: -Me acurruqué junto a un lavadero en un hueco cerca del tejado. Volveré allí esta noche.

Pero aquella noche el malvado genio mandó que hiciera tanto frío que el agua se heló, y el pajarito tuvo que buscar otro lugar donde guarecerse.

Al salir el sol, el pajarillo volvió a cantar de nuevo alegremente su canción. El genio, extrañado de verlo todavía con vida, le volvió a preguntar:

-¿Dónde has pasado la noche que no te has muerto todavía?

Y el pajarillo le dijo que en una cuadra con los bueyes y los caballos; y que había estado muy calentito y muy bien en su compañía.

Y el genio le dijo: -¡Esta noche entraré donde estés y nos veremos las caras! ¡Va a ser la última noche de tu vida!

-¿Por qué he de morir? –Respondió el pajarillo. ¡Yo no tengo ganas de morir!

 

Aquella noche hizo tanto frío, que hasta el aliento se heló en las bocas de los animales. Pero al día siguiente, el pajarillo amaneció una vez más risueño y cantarín, emitiendo dulces trinos que alegraban el congelado bosque.

-¡Demonio de bicho! -Exclamó sorprendido el malvado genio al encontrarse con él de nuevo. ¿Cómo es que no te has muerto todavía?

 

-¿Morir? La verdad es que no pienso en ello. –Respondió el pajarillo.

 

-¿Dónde pasaste esta vez la noche? –Preguntó airado el malvado genio.

 

Y el pajarillo respondió mientras emitía dulces cantos:

-Junto al corazón de una madre que estrechaba a su hijito para defenderle del frío. Me vio a mí temblando, y me puso también junto a su hijo. ¡Qué calentito y seguro estuve anoche; mejor que ninguna otra!

Y el genio se marchó profundamente airado mientras mascullaba entre los dientes con gran enfado:-¡A ese lugar nunca podré llegar!

Recordemos que hay un lugar donde permaneceremos siempre seguros y calientes: junto al corazón de nuestra Madre del Cielo, la Santisima Virgen María.

por  P. Lucas Prados / AlF, 2017

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Antonio Gramsci, triunfar después de morir

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En 2008, se produjo una polémica en Italia cuando el arzobispo Luigi de Magistris aseguró que el intelectual comunista Antonio Gramsci había aceptado recibir los últimos sacramentos durante su agonía, en 1937. La familia y la fundación que custodia su nombre lo negaron.

 Si ese último acto existió, sólo lo sabe, a fin de cuentas, Dios, pero de haberse producido no dejaría de constituir una asombrosa paradoja, ya que Gramsci (1891-1937) trabajó contra el Todopoderoso y su Iglesia.

Por ejemplo, celebró la aparición del Partido Popular de Dom Sturzo en 1919, porque su propia dinámica emanciparía a los militantes que encuadrase de la dependencia intelectual del clero. Así lo escribió en Ordine Nuovo (1-XI-1919):

…se convertirán en hombres en el sentido moderno de la palabra, hombres que extraen de la propia conciencia los principios de su acción, hombres que rompen los ídolos, que decapitan (sic) a Dios.

 Por ello, resalta el filósofo italiano Augusto del Noce (cuya obra cumbre, El suicido de la revolución, todavía no se ha traducido al español), Gramsci siempre tuvo simpatías por el modernismo católico, condenado por Pío X: era una fuerza que debilitaba a la Iglesia y permitía que el PC la sustituyera.

 Dos antiguos socialistas enfrentados

Antonio Gramsci nació enfermo de tuberculosis osteoarticular, que impidió su crecimiento, en Cerdeña. La pobreza de la familia, agravada con el encarcelamiento del padre por corrupción, le impidió seguir la enseñanza secundaria durante unos años. Una vez que el padre recuperó la libertad, concluyó el liceo. En 1911, ganó una beca en Turín para asistir a la Universidad. Empezó a militar en el socialismo. Cuando estalló la Gran Guerra, se opuso a la participación de Italia, en lo que chocó con otro socialista, Benito Mussolini.

 Triunfante la revolución bolchevique, Gramsci participó en las agitaciones de la posguerra (ocupaciones de fábricas y huelgas). Se adhirió a los planes de Moscú y con otros socialistas se escindió en 1921 para fundar el Partido Comunista. En octubre de 1922, Mussolini, que también había abandonado el socialismo para fundar otro, el Partido Nacional Fascista, realizó la Marcha sobre Roma. El rey Víctor Manuel le encargó la formación de Gobierno y la Cámara de Diputados le dio su confianza por amplia mayoría.

 Gramsci se opuso desde la Cámara (fue elegido diputado en 1924) a la implantación de la dictadura fascista, pero no por ideales democráticos, sino porque él quería la dictadura comunista.

 Un atentado frustrado contra su vida, realizado en Bolonia en octubre de 1926, dio la excusa a Mussolini para disolver los partidos de la oposición. A Gramsci se le encarceló y luego condenó a veinte años de cárcel por conspiración, incitación al odio de clase e instigación de la guerra civil.

Stalin, que ya se había hecho con el poder total, abandonó a sus camaradas italianos. El régimen fascista fue uno de los primeros gobiernos europeos en reconocer a la URSS (1924). Ambos países mantuvieron relaciones amigables hasta 1935.

 Abandonado por sus propios camaradas

Como dice Stanley Payne (Historia del fascismo):

Comparada con las dictaduras importantes del siglo XX, la de Mussolini no fue ni sanguinaria ni especialmente represiva.

 En caso de haber triunfado Gramsci, seguramente habría matado a Mussolini, como lo habían hecho con todos sus enemigos políticos los modelos del sardo: Lenin y Stalin. En cambio, el duce encarceló a Gramsci en un régimen no muy severo y éste obtuvo papel para escribir y mantuvo correspondencia con su familia.

 Pero los enemigos de Gramsci no estaban sólo en el Gobierno, sino, también, entre sus camaradas. Debido a sus opiniones heréticas dentro del marxismo escolástico y a su sometimiento a la disciplina carcelaria, los demás comunistas rompieron relaciones con él.

 Otro apparatchik encarcelado, Giovanni Lay describió (Vida de Antonio Gramsci, de Giuseppe Fiori) el ambiente contra el elemento díscolo:

…las discusiones entre los camaradas en las celdas (…) demasiado a menudo a mi parecer, descendían al nivel del chisme e incluso de la calumnia, con apreciaciones personales sobre Gramsci que a veces llegaban a la denigración.

 En semejantes reuniones de célula, se le arrancaban los galones de comunistas y se le calificaba de “socialdemócrata”, que era como si el Comité de Salud Pública llamase a un jacobino “reaccionario”. Varios camaradas, prosigue Lay, propusieron que “había que expulsarlo del colectivo paseo del patio”.

En esas circunstancias, como escribió Aquilino Duque en uno de los mejores ensayos divulgativos sobre Gramsci (El fascismo de Gramsci, recogido en El suicidio de la modernidad):

No deja de ser admirable que un hombre derrotado en la lucha política y rehuido por sus camaradas de cautiverio, encontrara la fuerza interior de desarrollar un pensamiento que, con el tiempo, muerto él ya, había de tener una insólita fortuna.

 Las 2.848 páginas de los 32 cuadernos que las autoridades entregaron a su familia, junto con juicios, opiniones y análisis escritos por Gramsci sobre diversos temas, contenían una nueva interpretación de la teoría marxista para la conquista del poder por los partidos comunistas.

Los textos empezaron a publicarse en 1947. La muerte de Gramsci y sus ideas le ganaron gran popularidad, y los mismos que antes le habían hecho la autocrítica le reivindicaron a partir de los años 50. En España lo introdujeron Manuel Sacristán y Jordi Solé Tura.

 Su pensamiento y su táctica se encuentran también en el eurocomunismo, la moda política que presentaron los PC de España, Italia y Francia para engañar a los incautos en los años 70 del siglo pasado. Y también en Podemos y la extrema izquierda renovada.

 Guerra de posiciones en la cultura

Gramsci, por un lado, reinterpreta conceptos como la sociedad civil y, por otro, introduce otros nuevos, como la hegemonía cultural, el intelectual orgánico y el bloque hegemónico. Además, altera la relación entre la infraestructura, las relaciones de producción, y la superestructura, el conjunto de elementos y relaciones religiosas, jurídicas, sociales y políticas de las sociedades.

Según la teoría marxista, la infraestructura, cambiante en cada época histórica, determina la superestructura; y en ésta no se producirán cambios mientras aquélla no evolucione.

 Gramsci reflexiona sobre los pocos años de comunismo y sus contradicciones con la ortodoxia: triunfo en un país atrasado, recurso a principios capitalistas para sobrevivir (la Nueva Política Económica de Lenin) y fracaso en los países industrializados, en concreto en Italia.

 En su obra de Gramsci, propone que los intelectuales (todos los que desarrollan funciones organizativas en la sociedad, desde oficiales, profesores y sacerdotes a ejecutivos y capataces) orgánicos (al servicio del Partido, moderno Príncipe) se enfrenten a los intelectuales tradicionales en el terreno de la superestructura para conquistar la cultura en el sentido más amplio (no sólo la religión y la política, sino las ideas, las legitimidades y los modos de entender la realidad). Los intelectuales librarán una guerra de posiciones, que es la figura que emplea, por las almas simples.

De triunfar los intelectuales orgánicos, el Estado se debilitará al faltarle el apoyo de la sociedad civil y acabará en poder comunista, no con una ruptura brusca, sino después de un largo proceso de consunción.

 A continuación nacerá un bloque histórico, la unidad entre el Partido y el pueblo. No será necesaria la fuerza para mantener esa unidad, ya que el consenso será el único cemento. Como explica Del Noce, no habrá necesidad de campos de concentración porque todos pensarán lo mismo, “irreversiblemente”.

 El modelo al que recurre Gramsci es el de la Compañía de Jesús, también ejemplo de la praxis gramsciana: los jesuitas han pasado en unas décadas de ser una fuerza influyente y poderosa, bestia negra de la izquierda, a ser una asociación envejecida e irrelevante, de la que la izquierda sólo se acuerda para reírse de ella. Uno de los más conocidos expertos españoles en la vida eclesiástica, Francisco José Fernández de la Cigoña, asegura que al poco de cerrarse el Concilio Vaticano II (1958-1963) había en el mundo en torno a 36.000 jesuitas; hoy son menos de 17.000.

 El fascismo, subraya Duque, no pudo realizar su destino totalitario porque la Iglesia lo impidió. Por eso, añado yo, la decadencia de ésta y su aceptación de lo políticamente correcto constituyen una amenaza para la libertad de los hombres.

 El PCI, de partido leninista a partido gramsciano

Del Noce explicó la implantación del PCI y su crecimiento en los años 60 y 70 porque no era un partido leninista, sino un partido gramsciano: no quería ocupar el Estado, sino la sociedad civil, es decir, la enseñanza, el cine, los periódicos… La Democracia-Cristiana y el Partido Socialista seguían agarrotados por esquemas anteriores a la guerra mundial.

 Otros factores que coadyuvaron al éxito del PCI fueron el auge del catolicismo progresista cuyo primer elaborador fue Emmanuel Mounier, animado por el Concilio Vaticano II; y la que Del Noce llama colaboración “no desinteresada” de la “burguesía radical-progresista que ante las palabras modernidad modernización y otras semejantes se siente invadida por un temblor casi religioso, como si se tratara de la aparición de una diosa a quien se le deben esos ritos que toman el nombre de liberación de tabúes”.

 Porque la actual lucha ideológica en Occidente no está basada (exclusivamente) en hechos económicos; el derrumbe del socialismo real y de su guardiana, la URSS, no ha afectado a la izquierda. Después de unos años de perplejidad, esta izquierda se ha reorganizado y se presenta con nuevas propuestas, nuevos mensajes, nuevos eslóganes.

 Cuando no hay obreros ni campesinos, la lucha de clases se ha sustituido por la guerra de generaciones, de sexos y de razas. La transformación del sexo en género indica quién está ganando.

Pedro Fernández Barbadillo / LD, 2017

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La obra de Tolkien le mostró que el mero materialismo no es cierto

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Era ateo y de familia atea, pero leyó «El Señor de los Anillos» y se llenó de preguntas espirituales

Fredric Heidemann es un abogado joven de la región de Michigan que ha contado en el portal Word on Fire (1) cómo pasó de ser un ateo hijo de ateos a ser católico, gracias a las preguntas que suscitó en él la lectura de El Señor de los Anillos, la gran novela de fantasía épica de J.R.R.Tolkien.

“Crecí en un hogar ateo, confortable, con amor, de científicos profesionales”, explica. Su padre venía de una familia de origen católico, y la familia de su madre tenía orígenes luteranos. “Desde que recuerdo haber pensado racionalmente, no creía en Dios. Dios era un ser imaginario para el que no había pruebas”.

“En el mejor de los casos, Dios era una fantasía para personas no muy listas, para compensar su ignorancia y hacerles sentir mejor respecto a su mortalidad. En el peor, Dios era un engaño perverso responsable de la mayoría de las atrocidades cometidas por la raza humana”, pensaba en su adolescencia.

El Señor de los Anillos: un cambio de perspectiva

“¿Qué me hizo considerar que la existencia de Dios podía tener una posibilidad real? El Señor de los Anillos”, explica, refiriéndose a la magnífica novela de Tolkien de 1954, que transcurre en una época imaginaria, la Tierra Media… y en la que no se menciona a Dios ni a casi nada explícitamente religioso.

“Era un adolescente cuando leí por primera vez los libros de Tolkien, e inmediatamente me capturaron. El mundo de fantasía de la Tierra Media rebosa de vida y profundidad. Las culturas de sus pueblos son orgánicas, enraizadas en la tradición pero manteniendo una energía viva y fresca. Las montañas y los bosques tienen personalidad. La relación entre la gente y la tierra está marcada por la intimidad y el cuidado. Tolkien describe estas cosas con una prosa hermosa que se lee en parte como poesía y en parte como historia medieval. Todo parece ‘profundo’ en El Señor de los Anillos”.

Lo que sucedió es que en el libro es importante la belleza, es importante resistirse al mal y sus engaños, es importante la verdad. Y todo eso llevó a Fredric a plantearse preguntas.

-¿Son el bien y el mal solo construcciones sociales, o son reales a un nivel más profundo?

-¿Por qué siento una relación  con cosas de fantasía como espectros corruptos y árboles que hablan?

-¿Por qué me capturó tanto una historia que hace tan profunda la lucha contra el mal con todas las posibilidades en contra?

– ¿Por qué nació en mí el deseo de aventurarme en busca de un bien arduo?

– ¿Cómo es que esta historia hace que el sacrificarse parezca tan atrayente?

“La hermosa lucha y la gloria del sacrificio de uno mismo que permea El Señor de los Anillos resonó en mi interior y me llenó con una nostalgia que no podía desdeñar con facilidad”, admite Fredric.

El materialismo no explica lo que hay

“Mis intentos de explicar estos problemas desde mi cosmovisión atea y naturalista se hundieron. La idea de que el ser, la belleza y la moralidad son solo ilusiones que nos impone nuestro hardware biológico, creadas mediante un proceso de selección natural al azar, suena hueca. Si cosas tan fundamentales para la existencia humana como el significado y la moralidad no son más que ilusiones productivas, ¿de qué más tenemos que desconfiar? ¿Los cinco sentidos? ¿Nuestra mente entera?”

“Si nuestro ser no es nada más que una colección de átomos que reaccionan con complejidad enorme en cadenas de causa y efecto que remiten al inicio, entonces flotamos ciegos en el tiempo y el espacio: no hay sentido, razón o propósito. Si es así, mucho de lo que consideramos humano es una broma trágica”.

Más aún, añade Fredric, “incluso la idea de ‘conseguir un logro’ es una mera ilusión. En este punto, los frutos del ateísmo son inevitables: nihilismo, desesperación e, irónicamente, confusión”.

Las respuestas ateas clásicas

Fredric contemplaba la hipótesis “Dios” y sus dificultades. ¿Por qué no hay más evidencias de Dios, si es real? ¿No quiere Dios dirigir con claridad a los hombres hacia la verdad? ¿Por qué hay tantas religiones contradiciéndose unas a otras?

Por otra parte, el ateísmo no conseguía dar respuestas firmes a preguntas morales. ¿Por qué molestarse en ser bueno, cordial, colaborador?

Los ateos que buscan argumentos morales en la evolución dirán que la evolución “premia” a las personas con el “instinto gregario” de ser altruistas, generosos y sociables, mientras que a los inmorales y crueles tiende a irles mal.

Pero a Fredric no le parecía que ese “instinto gregario” fuese realmente lo que los hombres experimentamos como “sentido moral”. Y no explica que existan obligaciones morales genuinas, sólo nos hablaría de preferencias percibidas como morales. No explica la moralidad: explicaría que la moralidad no es más que una impresión, una sensación engañosa.

¿Cómo convencer a un ateo malo de que debería ser un ateo bueno?

Por otra parte, los ateos buenos, generosos y altruistas no tienen forma racional de mostrar a los ateos malos, egoístas y dañinos que lo que hacen es “malo”. Fredric habla de los morales y los inmorales. El inmoral puede decir: “Yo he decidido liberarme de la programación biológica que me intenta conducir con una moral que me restringe y que no se basa más que en percepciones”. Y vivir sin esas restricciones: podrá robar, matar, etc…

Los amigos y parientes ateos de Fredric respondían que a la persona inmoral (violenta, estafadora, etc…) le iría mal, no pasaría sus genes a la siguiente generación y ese tipo de persona tendería a desaparecer. Pero Fredric, leyendo historia, veía que la violencia, la avaricia y la opresión son bastante fecundas en un sentido mundano: sale a cuenta ser malo.

Además, incluso si la agresividad,  o la mentira, es perjudicial a nivel de especie ¿por qué debe preocuparme la especie? Y decir que “la evolución premia la colaboración” es hablar del pasado: en el presente y el futuro uno podría argumentar que la evolución premiará el egoísmo. ¿Un cambio? Sí, como tantos otros en especies que se adaptan.

“Al final, lo único que un ateo virtuoso puede decir a un ateo inmoral es: ‘estoy en desacuerdo con que tus acciones ayuden a la especie humana al éxito evolutivo’. Este tipo de afirmación, que no pasa de ser una mera opinión, no es lo que queremos decir cuando aseguramos que una acción es inmoral”.

Y, más aún, ¿existe al menos el bien? “Me di cuenta de que desde un punto de vista puramente naturalista, toda la moral es meramente opinión, y todo lo que los morales pueden decir a los inmorales es ‘mi opinión es distinta de la tuya’. No es más útil que discutir sobre si el rojo es mejor que el azul”.

Fredric no duda de la teoría de la evolución aplicada a la evolución del cuerpo humano, ni duda de que hay muchos ateos muy buenas personas, que él conoce. Pero la conclusión lógica que sacó era clara: “O la moralidad es una farsa, todo es azar sin significado, y la mente humana está empantanada en su confusión, o el ateísmo es falso. Escogí la segunda”.

Y también está la belleza

Además, “muchos gozos en este mundo no tienen nada que ver con la reproducción o la autopreservación: el arte, la música, una hermosa puesta de sol… “

“La riqueza de la vida, desplegada poéticamente también en la Tierra Media de Tolkien, me hizo reconocer que el ateísmo, supuestamente racional, no revelaba la verdad de las cosas; al contrario, les quitaba su maravilla y valía intrínseca”, concluyó Fredric.

Abandonado el ateísmo por la vía de razonar sobre lo ético, Fredric se veía dirigido a una opción que creyera en una ética racional y razonable, con una Mente legisladora detrás, que era el cristianismo.

Por otra parte, reconoció que El Señor de los Anillos, con todos sus signos visibles de realidades invisibles, le predispusieron a favor de una espiritualidad sacramental, que encontraría en el catolicismo.

De hecho, Dios mismo es invisible en El Señor de los Anillos: no se le menciona, no se le nombra… Y sin embargo, está ahí. “El ateo que de verdad entiende El Señor de los Anillos tiene más de creyente de lo que se piensa”, asegura Fredric. Esa fue su experiencia.

 

P.J.Ginés/ReL. 2017

 

http://www.wordonfire.org/resources/blog/i-was-an-atheist-until-i-read-the-lord-of-the-rings/5351/

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Las influencias de Leonardo Boff

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 Confieso que no suelo leer a Leonardo Boff, porque no me sobra el tiempo como para perderlo con seudomisticismos más bien superficiales. El día de Navidad, sin embargo, aparecieron unas declaraciones suyas especialmente interesantes, en una entrevista concedida al periódico alemán Kölner Stadt Anzeiger.

 Antes de continuar, me gustaría advertir a los lectores que probablemente no convenga dar una fiabilidad absoluta a las palabras de don Leonardo, ya que es muy posible que, como se dice en España, esté llevando el agua a su molino. Es decir, que exagere o incluso deforme las cosas pro bono suo.

 Aunque la entrevista tiene más cosas interesantes de las que quizás podamos hablar otro día, creo que lo más llamativo es que el Sr. Boff afirma que el Papa pidió su colaboración cuando estaba escribiendo la encíclica Laudato Si sobre la ecología y que lo cita en ella:

“- La Teología de la Liberación de América Latina, uno de cuyos principales representantes es sin duda usted, ha recibido nuevos honores del Papa Francisco. ¿Habrá una rehabilitación también para usted personalmente, después de sus luchas durante años con el mismo Papa Juan Pablo II y con su más alto defensor de la doctrina, Joseph Ratzinger, que más tarde se convirtió en el Papa Benedicto XVI?

Francisco es uno de nosotros. Ha convertido la Teología de la Liberación en un bien común de la Iglesia. Y la ha ampliado. Todo el que hoy hable de los pobres también tiene que hablar de la tierra, porque ella también está siendo saqueada y abusada. “Escuchar el grito del pobre” significa escuchar el grito de los animales, los bosques y toda la creación torturada. La tierra entera grita. También, dice el Papa citando uno de los títulos de mis libros, tenemos que escuchar simultáneamente el grito del pobre y el grito de la tierraCiertamente, ambos deben ser liberados. Yo he tratado recientemente esta ampliación de la Teología de la Liberación y esto es también el aspecto fundamentalmente nuevo de Laudato Si.

– …que está ahora en la ‘encíclica ecológica’ del Papa publicada en 2015. ¿Cuánto hay de Leonardo Boff en Jorge Mario Bergoglio?

La encíclica pertenece al Papa, pero ha consultado con muchos expertos.

– ¿El Papa ha leído sus libros?

Más que eso. Me pidió materiales para la Laudato Si. Le he asesorado y le envié algunas cosas escritas por mí, que él ha usado. Algunos me han dicho que, mientras leían, pensaban: ‘¡Mira, eso es de Boff!’. Por cierto, el Papa Francisco me dijo a mí personalmente: ‘Boff, no me envíes directamente los documentos’.

– ¿Por qué no?

Dijo: ‘De otro modo, los Sottosegretari (subsecretarios) los interceptarán y no los recibiré. Mejor envíalos directamente al Embajador argentino, con el que tengo una buena relación. Así llegarán sin problemas a mis manos’. Para entenderlo, hay que saber que el embajador actual en la Santa Sede es un Viejo amigo del Papa de sus tiempos de Buenos Aires. A menudo toman mate juntos. Más tarde, un día después de la publicación de la encíclica, el Papa hizo que alguien me llamara para darme las gracias por mi ayuda”.

 Mucho antes de leer estas afirmaciones de Leonardo Boff, recuerdo haber pensado lo curioso que resultaba el hecho de que, junto a afirmaciones teológicas de gran profundidad (y, en algunos casos, de gran belleza), la encíclica Laudato Si incluyera algunas expresiones, sugerencias y conclusiones más que discutibles, que sólo podían resultar admisibles desde el punto de vista católico si se tomaban en sentido muy amplio, más como metáforas que otra cosa.

 Estas declaraciones de Leonardo Boff podrían confirmar y explicar esa impresión de yuxtaposición sin mucha coherencia de una visión católica (y majestuosa) de la ecología y algunos ramalazos políticamente correctos que dejan cierto mal sabor de boca al lector católico.

 Como hemos visto, el propio Boff nos da un ejemplo concreto, afirmando que la expresión “el grito de la tierra” fue tomada por el Papa Francisco de su libro Dignitas Terrae. Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres (S. Paulo, Atica, 1995). En otro artículo, Boff citó varias otras expresiones tomadas por el Papa de sus obras y de las de otros autores semejantes: “Los temas de la ‘casa común’, de la ‘madre Tierra’, del ‘grito de la Tierra y del grito de los pobres’, del ‘cuidado’, de la ‘interdependencia entre todos los seres’, de los ‘pobres y vulnerables’, del ‘cambio de paradigma’, del ‘ser humano como Tierra’ que siente, piensa, ama y venera, de la ‘ecología integral’ entre otros, son recurrentes entre nosotros”.

 También podrían citarse otras afirmaciones del mismo cariz, como por ejemplo: “Esta hermana [la tierra] clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella […] entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que ‘gime y sufre dolores de parto’ (Rm 8,22)” (LS 2). O también: “Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra que se une al gemido de los abandonados del mundo” (LS 3).

 Para entender la relevancia de la supuesta aportación del teólogo brasileño al magisterio de Laudato Si, no podemos olvidar que las tesis de Leonardo Boff, uno de los fundadores de la Teología de la Liberación marxista, fueron condenadas hace ya más de treinta años por la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Notificación sobre el volumen Iglesia, carisma y poder. Ensayo de Eclesiología militante (11 de marzo de 1985). Unos años después, para evitar una segunda condena de la Iglesia y vivir en pareja con Marcia Maria Monteiro de Miranda, Boff abandonó la orden franciscana y el sacerdocio.

 Desde entonces, sus opiniones no han hecho más que divergir progresivamente de la fe católica. Pronto cambió la Teología de la Liberación, pasada de moda con la caída del Muro de Berlín, por la Teología Ecológica. De este modo, las teorías de Boff han ido derivando hacia un curioso sincretismo ecológico, que mantiene la referencia a Cristo pero en pie de igualdad o al menos semejanza con otras figuras religiosas, porque “la misión de las iglesias, de las religiones y de los caminos espirituales es alimentar la llama interior de la presencia de lo Sagrado y lo Divino (expresado en millares de nombres) en el corazón de cada persona”. Dios se convierte en una fuerza misteriosa, asociada de algún modo al vacío cuántico y del que nada se puede saber con seguridad: “El Vacío grávido de Energía si no es Dios (Dios es siempre mayor) es su mejor metáfora y representación. Lo fundamental no es la materia sino ese vacío grávido. […] Si es así, todo lo que existe es una emergencia de esta energía fontal: las culturas, las religiones, el propio cristianismo e incluso las figuras como Jesús, Moisés, Buda y cada uno de nosotros […] Cuando se da determinado nivel de acumulación de esa energía de fondo, entonces ocurre la emergencia de los hechos históricos y de cada persona singular”.

 Aplicando el esquema marxista de la lucha de clases a la ecología, a los proletarios se les añade una nueva clase que debe ser liberada: la propia Tierra, personalizada y denominada de diversas formas: Gaia, Madre Tierra, Pacha Mama, Hestia, etc. La nueva misión es trabajar para “liberar la tierra, esta grande víctima sacrificada por el pillaje sistemático de sus recursos, que pone en riesgo el equilibrio físico-químico-biológico del planeta como un todo”. Por ello, “la pregunta ya no es qué futuro tendrá el cristianismo, sino cómo ayudará a asegurar el futuro de la vida y biocapacidad de la Madre Tierra. Ella no nos necesita. Nosotros sí la necesitamos”.

 Los seres humanos somos solamente “un subcapítulo del capítulo de la vida: nuestra vida consciente”, de manera que la Tierra en primer lugar y también los animales y plantas se convierten en auténticos sujetos de derechos y objetos de deberes morales: “Respeto y veneración no solo al Corán o a la hostia consagrada, sino a todos los seres, pues son sacramentos de Dios”. En ese sentido, se habla de “los derechos de la vida, de la naturaleza y de la Madre Tierra”. A fin de cuentas, para don Leonardo, “se trata de un super-Ente vivo (Gaia), limitado, con escasez de bienes y servicios y ahora enfermo”, porque hay “mucho sufrimiento también por parte de la madre Tierra”.

 Del mismo modo, la utopía comunista de la sociedad sin clases se sustituye por una sociedad ecológica en armonía con la naturaleza: “Y nunca más habrá tsunamis, ni Katrinas, ni Matthews, porque surgirá una nueva Tierra, donde el ser humano aprendió a cuidar de la naturaleza y esta nunca más se rebelará contra él”. La salvación no viene dada por Cristo, sino que, tras el fracaso del marxismo, será la propia Tierra la que nos salve: “la Tierra derrotaría definitivamente al sistema del capital, incapaz de reproducirse con su cultura materialista de consumo ilimitado e individualista. Lo que no hemos conseguido históricamente por procesos alternativos (era el propósito del socialismo), lo conseguirían la naturaleza y la Tierra. Esta, en realidad, se libraría de una célula cancerígena que amenaza con metástasis en todo el organismo de Gaia”.

 El pecado ya no es la transgresión de la ley moral dada por Dios al hombre para su plenitud, sino el “cáncer” para la Tierra que supone el capitalismo. Y, en consecuencia, quien toma el lugar del diablo es el propio ser humano: “No sin razón los científicos han creado una nueva palabra para calificar nuestro tiempo: el antropoceno. Este configuraría una nueva era geológica, en la cual la gran amenaza a la vida, el verdadero Satán de la Tierra, es el propio ser humano con su irresponsabilidad y falta de cuidado. Otros lanzan la hipótesis según la cual la Madre Tierra no nos querría más viviendo en su Casa y buscaría la manera de eliminarnos, ya fuera mediante un desastre ecológico de proporciones apocalípticas o por alguna superbacteria poderosísima e inatacable, permitiendo así que las otras especies ya no se sientan amenazadas por nosotros y puedan continuar con el proceso evolutivo”.

 Es necesario concluir que, para el propio Boff, expresiones como “el grito de la Tierra” (puesto además en paralelo con el grito de los abandonados del mundo) deben tomarse en sentido propio o estricto, ya que considera que la Tierra es un objeto moral y sobrehumano que está siendo inmoralmente dañado por los hombres, como un cáncer.

 Obviamente, esta idea nada tiene de católico. Los primeros capítulos de la Biblia están dedicados expresamente a rechazar la idea de que el sol, la luna y la tierra sean sujetos sobrehumanos (como pensaban los pueblos circundantes). El Génesis enseña con claridad que son meras criaturas inanimadas, ontológicamente buenas como toda creación de Dios, pero en ningún caso objetos morales en sí mismos.

 En realidad, el pecado “es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes” (Catecismo de la Iglesia Católica 1849). No existe pecado alguno en una acción que tiene como objeto un ser impersonal a no ser por las posibles consecuencias para una persona. Contaminar innecesariamente no es malo porque el contaminador dañe la Tierra, como si la Tierra fuera un sujeto de derechos (y pudiera ser “dañada” en sí misma en algún sentido), sino por los perjuicios que eso puede causar a los demás hombres, del presente o del futuro, y a la Voluntad de Dios para ellos, del mismo modo que emborracharse no es malo por las uvas aplastadas en el lagar, sino por el daño que la borrachera produce al borracho y a los demás hombres.

 Por supuesto, como todo documento magisterial, Laudato Si debe interpretarse de acuerdo con la doctrina de la Iglesia. En consecuencia, es evidente que los católicos debemos tomar estas afirmaciones de la encíclica con posibles influencias boffianas en un sentido meramente metafórico, como una imagen poética o una floritura literaria, y sólo tomar en sentido estricto las auténticas afirmaciones teológicas del documento, que, como he dicho, en muchos casos son muy bellas y profundas y que son las que propiamente se pueden considerar magisteriales.

 Esto plantea, sin embargo, la cuestión de la oportunidad y conveniencia de tomar como fuente de una encíclica sobre la ecología a uno de los autores más conocidos precisamente por sus ideas no católicas sobre el tema, hasta el punto de usar sus mismas expresiones. ¿No llevarán a error estas expresiones a los lectores? ¿No producirán al menos confusión o indiferentismo con respecto, justamente, a los errores más extendidos de nuestra época? ¿No reafirmarán en su equivocación a los que, como Leonardo Boff, se han apartado de la doctrina católica sobre estos temas?

 Este peligro resulta especialmente preocupante si recordamos que el propio Papa Francisco elogió a Bernhard Häring después de escribir la exhortación Amoris Laetitia, en cuyo capítulo VIII se puede percibir la influencia del teólogo alemán. Influencia, desgraciadamente, para mal, como muestra la confusión creada en la Iglesia por este capítulo. Ya han señalado varios artículos que Häring es conocido por ser uno de los moralistas rebeldes que rechazaron la encíclica Humanae Vitae del beato Pablo VI y cuyas teorías fueron condenadas posteriormente en la encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II.

 También parece motivo de preocupación que se haya actuado de esta forma subrepticia, para ocultarlo a los mismos colaboradores nombrados por el Papa y, es de suponer, a la opinión pública. Ese extraño clima de desconfianza no parece sano ni adecuado. Especialmente cuando se trata de algo tan importante como la redacción de una exhortación apostólica. Recuerda, además, a ciertas maniobras lamentables quetuvieron lugar durante el Sínodo para aprobar innovaciones que los Padres sinodalesno habían redactado ni tampoco querido.

 Creo que es legítimo señalar respetuosamente que estas influencias y formas de actuar no constituyen un aporte positivo al magisterio papal, sino que, más bien, contribuyen a aumentar la confusión y el desconcierto que tanto daño nos hacen a los fieles y a la Iglesia entera.

Recemos por el Papa y los obispos, que tanto lo necesitan.

Bruno Moreno / InfoC., 2017

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Sobre San José

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No es poco lo que gracias a los Evangelios conocemos sobre una figura con gran arraigo en el culto popular cristiano cual es el padre adoptivo de Jesús, llamado, como el hijo favorito de Jacob, José. La información se la debemos a los evangelistas de la infancia, Mateo y Lucas, ya que Juan sólo cita su nombre una vez, para llamar a Jesús “el hijo de José” (Jn. 1, 45); y Marcos, ni siquiera, pues cuando tiene que referirse a Jesús, lo hace como “el hijo de María” (Mc. 6, 3), curiosamente el mismo apelativo que le dará otro texto de naturaleza totalmente indiferente cual es el Corán de los musulmanes.

 La impresión que sobre José nos transmiten los dos evangelistas que se refieren a su figura, Lucas y Mateo, es bien diferente. Lucas, que nos habla de José como del padre “según se creía” (Lc. 3, 23) de Jesús, en alusión a la paternidad sólo aparente de José frente a un niño que en realidad es hijo de Dios, nos presenta un José muy humano, discreto, casi tímido, como consciente de su papel secundario en una historia que no es la suya. El San José del evangelista Mateo es, para empezar, algo más esotérico, con un toque taumatúrgico, en fluida y continua comunicación con la Providencia, con la que se comunica a través de ángeles y, en lo relativo a su personalidad, más resuelto y decidido.

Reuniendo lo que por uno y otro evangelista conocemos, podemos componer el siguiente decálogo:

            Primero. Que era José de estirpe davídica, y por lo tanto descendiente del rey David. A tal efecto, tanto Mateo (cfr. Mt. 1, 1-16) como Lucas (cfr. Lc. 3, 23-38) nos brindan su árbol genealógico hasta entroncar con el mítico rey, si bien, salvo en lo relativo al propio Rey David, uno y otro evangelista no coinciden en uno sólo de los ascendientes de José (tema que ya tratamos en su día). Su padre, según Mateo, se llama Jacob; según Lucas se llama Helí. Según Mateo, desciende de David a través de su hijo Salomón, como su padre, rey; según Lucas, a través de Natán, un hijo más de los muchísimos que tuvo David.

            Segundo. Que está desposado con María, -a tal efecto se ha de señalar que los desposorios en el mundo judío equivalen a una especie de compromiso de un matrimonio aún no consumado-, cuando se presenta a ésta el Arcángel Gabriel y queda embarazada del Espíritu Santo. Lo que sabemos por los dos evangelistas (Mt. 1, 18; Lc. 1, 27).

            Tercero. Que cuando repara en el embarazo de María, con quien está desposado, sin haber tenido él nada que ver en el asunto, determina abandonarla en vez de denunciarla, lo que habría supuesto para María no sólo la ignominia, sino con toda seguridad, la lapidación y la muerte. Y que finalmente no la abandona porque un ángel se le presenta en sueños y le informa de que “lo engendrado en ella es obra del Espíritu Santo” (Mt. 1, 20).

            Cuarto. Que “por ser él de la casa y familia de David” (Lc. 2, 4), cumplió en Belén con su obligación censitaria, de acuerdo con lo ordenado por el edicto de César Augusto, desplazándose para ello con su esposa María, desde la ciudad en la que residía Nazareth. (Lc. 2, 1-7).

            Quinto. Que estando en Belén, según nos informa Lucas, le tocaron a María los días y dio a luz a su hijo Jesús en un pesebre (Lc. 2, 1-7). Mateo también nos informa del nacimiento de Jesús en Belén (Mt. 2, 1), si bien, mientras en Lucas, Belén es una ciudad lejana a la que la santa familia se ha de desplazar en un viaje que resulta penoso a los solos efectos de censarse, en Mateo parece constituir la ciudad en la que dicha familia reside.

                Sexto. Que allí son visitados por unos magos venidos de Oriente, los cuales tienen noticia del nacimiento del rey de los judíos -a estos efectos no se olvide la sangre davídica, y por lo tanto real, que circula por las venas de Jesús-, por haber avistado su estrella. Que estos magos informan al rey Herodes de todos estos extremos, y que éste, aterrorizado de que ningún recién nacido pudiera disputarle una corona que le era de hecho muy cuestionada -ya sabemos que el abuelo de Herodes había usurpado el trono y que ni siquiera era judío, era idumeo-, ordena ejecutar a todos los niños de menos de dos años de Belén y su comarca (Mt. 2, 1-12).

            Séptimo. Que José, después de recibir en sueños una nueva instrucción del ángel, toma la decisión de huir a Egipto para salvar a Jesús de las iras de Herodes (Mt. 2, 13-15).

            Octavo. Que una vez que Herodes ha muerto, el ángel vuelve a aparecerse en sueños a José para informarle de que ya puede volver a Palestina; pero al saber, por una nueva revelación onírica, que el cruel Arquelao reina en Judea, resuelve José ir a Galilea, donde reina Herodes Antipas y donde se considera más seguro, estableciéndose en Nazareth (Mt. 2, 19-23). Este es el punto en el que el relato de los dos evangelistas de la infancia más discrepa, pues según Lucas, lo que hace José al dirigirse a Nazareth no es buscar una ciudad en la que refugiarse, sino volver a su casa, cosa que hace, a mayor abundamiento, tan pronto como se “cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor” (Lc. 2, 39), esto es, la circuncisión de Jesús a los ocho días, la purificación de María a los cuarenta y uno, etc., y desde luego, sin pasar ningún exilio en Egipto.

            Noveno. Que durante una fiesta de Pascua, peregrinó como buen judío a Jerusalén, donde Jesús se les escapó y sólo lo encontraron tres días después, sentado entre los doctores del Templo, con los que discutía “sobre las cosas de mi padre” (Lc. 2, 46-50).

            Décimo. Que es carpintero, cosa que sabemos gracias a Mateo y sólo gracias a él (Mt. 13, 55), profesión de la que, por otro lado, hace legado a Jesús (Mc. 6, 3).

            Y esto es todo lo que sabemos de José. Ni donde ni cuando murió -sí sabemos, desde luego, que estaba muerto cuando Jesús comienza su ministerio, pues de no ser así, José habría estado acompañando a su madre en las bodas de Caná-, ni cuándo ni dónde había nacido, ni si era soltero o viudo cuando se desposa con María.

            A muchos de estos datos se refieren otros textos ajenos a los evangélicos en la literatura apócrifa.

En cuanto a la santidad de José, la conocemos gracias a una de esas citas evangélicas que, como era de esperar, debemos a Mateo, se constituye en la más importante: “José, que era justo […]” (Mt. 1, 19).

            Un término, este “justo”, que en la terminología judía que atribuye la santidad a Dios y sólo Dios, -“nadie es santo sino sólo Dios” (Mc. 10, 18) reconoce el propio Jesús- equivale a un reconocimiento de lo que luego la terminología cristiana dará en llamar “santidad”, aplicada también a los seres humanos, bien que a muy pocos.

            ¿Quiere eso decir que José fue reconocido y venerado como santo, según lo entendemos hoy, ya por los primeros cristianos? en la primera comunidad cristiana sólo los mártires reciben el culto que hoy se da a los santos.

            Aunque laudado por muchos autores de la patrística, -San Jerónimo en su “Refutación a Elvidio” al defender la virginidad de María, defiende también la de San José- parece que son los cristianos coptos de Egipto los que primero practican algún tipo de dulía (veneración como santo) hacia el padre putativo de Jesús. Lo que no tiene nada de particular, pues entre los coptos, generada por el relato de su huída a Egipto que recoge, como no, Mateo, la devoción a la Sagrada Familia empieza muy pronto. Así lo atestiguan antiguos calendarios coptos que emplazan la festividad el 20 de julio, y un Synazarium, o libro recopilatorio de vidas de santos, de finales del s. VIII. No por casualidad, de parecida época, s. VI-VII, y de idéntico origen geográfico, data un famoso apócrifo de procedencia copta titulado “Historia de José el Carpintero”, fundamental por lo que a la tradición josefina se refiere (pinche aquí si desea conocerlo mejor), en el que el mismísimo Jesús, que hace el relato en primera persona, lo llama “nuestro santo padre José”.

            Esto por lo que hace a oriente. Por lo que hace a Europa sin embargo, Benedicto XIV, papa de la Iglesia Católica entre 1740 y 1758, en su obra “Il trattato de servorum Dei beatificatione”, afirma que “los Padres Carmelitas son los primeros en importar desde Oriente hacia Occidente la loable práctica de tributarle un completo culto a San José” , dato que situaría el inicio del culto del padre de Jesús en Europa no antes de mediados del s. XIII, e incluso más bien en pleno s. XIV.

            Y puede que no le falte razón al sabio Prospero Lorenzo Lambertini, más conocido como Benedicto XIV, pues el culto pudo tardar en extenderse y generalizarse en el viejo continente, lo que no obsta para que ya antes hubiera dado sus primeros pasitos: así, algunos martirologios locales, principalmente centroeuropeos -Fulda, Ratisbona, Werden, Reichenau- de los siglos IX y X recogen ya la festividad; en 1129 encontramos en Bolonia una iglesia advocada a San José, San Giuseppe di Galliera (la actual Santa María Magdalena); y en el año 1118 circa, la santidad de José es ensalzada en cuatro famosas  homilías de San Bernardo de Claraval (1090-1153) que, aunque tituladas “Homilías sobre la gloria de la Virgen María”, contienen también numerosas alusiones a su persona, alguna tan explícita como la siguiente: “Hombre de bondad y fidelidad, dotado de prudencia y fidelidad. Hijo de rey, es más noble por corazón que por estirpe. Hijo de David por la sangre, la fe y la santidad, es un hombre según el corazón de Dios, en quien Dios confió plenamente”.

            A partir del s. XIII, la devoción se consolida. Cuando en 1264 Jacobo De la Vorágine escribe su “Legendi di Sancti Vulgari Storiado”, más conocida como “Leyenda dorada”, probablemente el tratado hagiográfico más importante del medievo, ya afirma: “San José es uno de los santos más gloriosos del paraíso”.

            No menos significativo lo que dice a continuación: “Obraremos muy acertadamente, y ojalá así lo hagamos, si nos vinculamos a él por medio de una gran devoción”.

            San Bernardino de Siena (1380-1444) escribe su “De sancto Joseph, sponso Beate Virginis”, de elocuente título. En su “Heraldo del Divino amor”, la alemana Santa Gertrudis de Helfta (1256-1302) relata una de sus visiones: “Vi el cielo abierto y a San José sentado en un magnífico trono. Me sentí maravillosamente impresionada cuando a cada vez que su nombre era mencionado, todos los santos hacían una profunda inclinación hacia él”.

            Uno de los grandes josefistas es el francés Jean Gerson, que en 1410 le dedica su “Josephina” y para el Concilio de Constanza de 1414 compone un “Oficio de los Esponsales de María y José”. Unos esponsales que, por cierto, están en el origen de otra hermosa tradición josefina que generará curiosísimas reliquias esparcidas por el mundo, pero de la que hablaremos en otra ocasión.

            La iconografía también concede un espacio importante a San José, con grandes obras en las que aparece retratado en solitario y, con más frecuencia, junto al Niño Jesús, que añadir, naturalmente, a aquéllas en las que aparece como componente de la Sagrada Familia.

            Así las cosas, en 1476, se produce una fecha clave, el Papa Sixto IV establece la festividad de José en la fecha en que aún hoy la seguimos celebrando, a saber, el 19 de marzo, que ya venía promoviendo desde 1371 el Papa Gregorio IX.

Y en 1621, a instancias de los Emperadores Fernando III y Leopoldo I y del Rey Carlos II de España, y al poco de ser elegido tal, el Papa Gregorio XV la define como fiesta obligatoria. El 8 de diciembre de 1870, Pio IX va un paso más allá y declara a San José Patrono Universal de la Iglesia, en 1955 Pío XII instituye la fiesta de San José obrero, José es declarado patrón de la familia, del Opus Dei, en 1920 Benedicto XV lo nombra patrón de los moribundos…

¡San José, ruega por nosotros!

Luis Antequera / Rel 2017

PD: con miras al próximo 19 de Marzo, los devotos se prepararán para rezar la Novena de San José, que comenzará el 10 de ese mes, para honrarlo y pedirle ayuda. Así mismo otras devociones.

 

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¿Es nuestra mente una secreción del cerebro?

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“Reducir la mente a circuitos neuronales, impulsos eléctricos, canales de iones o reacciones químicas es difícil de abordar desde el punto de vista experimental. El primer problema está precisamente en la inaplicabilidad del método científico a la resolución de un problema que carece de materialidad”.

En el momento actual la neurociencia se ha convertido en una de las áreas más dinámicas y de mayor expectativa social de la investigación biomédica. Ello se debe a dos tipos de motivos. En primer lugar por el auge de las nuevas tecnologías que permiten analizar las causas de las enfermedades mentales y neurodegenerativas, y en segundo lugar por contribuir a un nuevo espacio de discusión sobre la relación entre el cerebro y la mente.

Refiriéndome a esto último, algunos científicos se afanan por demostrar la existencia de un determinismo biológico de nuestra conciencia, y como consecuencia de nuestra conducta, y por lo tanto de nuestra libertad, lo que de llegar a confirmarse conduciría a la negación de la existencia del alma. El intento por naturalizar la mente queda clara en la afirmación de que todo lo espiritual es un producto de lo neuronal, proclamada por Antonio Damasio, neurofisiólogo Premio Príncipe de Asturias 1985, en su obra Y el cerebro creó al hombre (Ed. Destino-Planeta, Barcelona 2010). De demostrarse tal afirmación, tendría razón la Dra. Brigitte Falkenburg, profesora de Filosofía de la Ciencia de la Universidad Tecnológica de Dortmund, que señalaba que «si hubiera tal determinismo el conocimiento sería como un órgano totalmente inútil y nosotros seríamos como zombis».

Sin embargo, reducir la mente a circuitos neuronales, impulsos eléctricos, canales de iones o reacciones químicas es difícil de abordar desde el punto de vista experimental. ¿Cómo probar que algo inmaterial y por tanto inmanejable, como la mente, surja de algo material, como lo es el cerebro? ¿Cómo demostrar el determinismo biológico de algo etéreo como nuestra conciencia?

El primer problema está precisamente en la inaplicabilidad del método científico a la resolución de un problema que carece de materialidad. A este respecto me parecen acertados los análisis del problema de dos autores españoles. En primer lugar el Prof. Juan Arana Cañedo-Argüelles, catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla, que en un reciente ensayo titulado La Conciencia Inexplicada (Biblioteca Nueva, Madrid, 2016), revisa los principales hechos y argumentos que abogan por una explicación naturalista de la conciencia, evidenciando cómo todos esos intentos han sido infructuosos. ¿Es posible explicar todos los aspectos y dimensiones de nuestra mente con el método experimental y sobre la base de la estructura del cerebro? No, no hay evidencia empírica ni demostración experimental que lo explique.

En segundo lugar y sobre el mismo asunto, el Prof. Francisco José Soler Gil, Doctor en filosofía de la física por la Universidad de Bremen, en su obra Mitología materialista de la existencia (Ediciones Encuentro, Madrid. 2013) incide sobre el empeño de algunos científicos por ignorar el método propio de la ciencia e instalarse en la especulación filosófica, como cuando se nos vende como ciencia lo que no es sino filosofía materialista y se insiste en que la base de todo es la materia y no lo mental, lo que lleva a afirmar que la mente es un derivado, un producto, un segregado de la materia. En coincidencia con los doctores Brigitte Falkenburg y Juan Arana, el Dr. Soler Gil afirma que si pudiéramos explicar la conciencia en términos materiales, la libertad de decisión no sería más que una ficción del cerebro. Una ficción útil, seguramente, pero no por ello menos ilusoria.

La vida subjetiva, mental -por ejemplo, las decisiones conscientes o lo que consideramos decisiones libres-, no serían tales, sino el resultado de tal o cual parámetro cerebral. Esto nos llevaría a la negación de nuestra existencia como personas, seres libres y capaces de obrar moralmente, y nos obligaría a modificar toda la legislación al pasar de seres éticos y responsables de nuestros actos a meros autómatas obedientes al dictado de nuestras neuronas y de nuestros genes.

La investigación del cerebro solo puede mostrar una red débil de condiciones necesarias, pero no suficientes para la conciencia. Las neuronas son componentes del cerebro, no de la mente, y sus respuestas a estímulos, a través de moléculas de señalización, son de tipo electroquímico, no una actividad causal que explique la conciencia.

Lo cierto es que, a principios del siglo XXI, la neurociencia parece discurrir por un derrotero muy parecido al que siguió la genética a principios del siglo XX. Con los avances de la neurociencia se está creando un nuevo determinismo, como el que se produjo con el conocimiento de las leyes de la herencia de los genes tras el redescubrimiento en 1900 del trabajo de Mendel (1822-1884,) que supuso el nacimiento de la Genética. Fue tal la repercusión del conocimiento de las leyes de la herencia biológica que se pasó a ver en los genes los responsables de todo, no solo de los rasgos físicos y fisiológicos, sino también los dueños de nuestro comportamiento. Pues no. Muchas de las acciones que hacemos como humanos, y sobre todo las que atañen al comportamiento, bondad, agresividad, instinto abusivo, naturaleza depresiva, etc. no las determinan nuestros genes sino que se adquieren. Como bien señaló David Hume (1711-1766), al nacer «la mente humana es una pizarra vacía en la que la experiencia va grabando sus signos». Nuestra forma de ser y obrar en la vida, fruto de nuestra conciencia y voluntad, no tienen que ver con el ADN, sino que forman parte de lo que llamamos personalidad, que es algo que el filósofo español Xavier Zubiri (1898-1983) definía como el precipitado que deja en cada persona el contenido de los actos que va ejecutando a lo largo de su vida

La realidad es que ni los genes lo determinan todo en el ser humano, y menos su conciencia, ni el sistema nervioso es el responsable de nuestros actos, sino en todo caso al revés, su brazo ejecutor. De modo que además de con lo que se nace, nuestros genes, nuestras células y entre ellas las neuronas, influye en cada persona humana aquello que se hace bajo el dominio de la razón.

Sin embargo, hay un empeño por parte de algunos neurocientíficos, animados por investigadores de las ciencias de la computación, por equiparar nuestra inteligencia natural a la inteligencia artificial, y reducir lo mental a lo cerebral, y por tanto subordinar el espíritu a la materia corporal. Esto, más que ciencia sería reduccionismo y filosofía materialista que además es extremadamente nihilista, porque se basa en que todo, hasta la conciencia es materia, con lo que se niega lo más genuino del ser humano acorde con la definición de Boecio sobre la persona: «sustancia individual de naturaleza racional». Tampoco se puede negar la conciencia como motor de nuestros actos, por el mero hecho de que se puedan topografiar las regiones del cerebro implicadas en distintas tareas, como el habla, la memoria, la vista, el olfato, etc. Como bien señala el Dr. José Luis Velayos, catedrático de Neuroanatomía, «la mente no puede ser una “secreción” del cerebro, ya que de lo material no puede surgir lo inmaterial… A pesar del gran desarrollo de la neurociencia, no se ha conseguido llegar a la comprensión del funcionamiento global del cerebro… se necesita aunar esfuerzos con otras ramas del saber, para llegar a una mejor comprensión del asunto… la ciencia experimental está abocada a una integración multidisciplinar en que estén incluidas las ciencias no experimentales. Así, la concepción unitaria, aristotélica, del ser humano, aunque cueste reconocerlo, volverá a tener vigencia».

Si el cerebro fuese un aparato que dictase nuestras decisiones ¿dejaríamos de ser seres pensantes?, ¿qué determinaría la personalidad?, ¿por qué esta ha de ser diferente entre gemelos idénticos?, ¿serían solo impulsos eléctricos lo que nos induciría hacia el esforzado aprendizaje de una habilidad intelectual como resolver ecuaciones matemáticas complejas, lograr la perfección con un instrumento musical o llegar a ser un buen maestro, o un buen escritor, filósofo o científico? Si el cerebro fuese el único dueño de todas estas capacidades, nuestros actos serían solo el fruto de un sustrato que respondería siempre de forma automática y habría perdido su sentido el esfuerzo, la voluntad y todas las demás facultades relacionadas con el deseo de progresar o adaptarse al medio en que vivimos. Y si el cerebro actuase solo en función de estímulos ambientales quedaría invalidada la voluntad personal, la conducta exploratoria como medio de aprender y progresar en el conocimiento y el deseo de vivir la vida de forma personal. Si el cerebro fuese el dueño de nuestros actos ¿cómo moldear la conducta?, ¿cómo abordar las neurosis, las depresiones o los desórdenes sociales?, ¿tendrían sentido los psiquíatras?, ¿tendría sentido la psicología?, ¿tendría sentido el yoga?, ¿seríamos responsables de nuestros actos?…

 

Nicolás Jouve, catedrático emérito de Genética/ Páginas Digital

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Fue católico el primer autor del teorema De Giorgi-Nash

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En mayo de 2015 moría, con gran atención mediática, el matemático norteamericano John Forbes Nash, famoso por inspirar la película “Una mente brillante” y por grandes hallazgos matemáticos que incluso le merecieron el Premio Nobel de Economía en 1994.

En el mundo matemático muchos lo admiran por el teorema De Giorgi-Nash, que se llama así porque el matemático italiano Ennio de Giorgi, de 29 años, lo desarrolló y publicó un año antes que el americano, en una pequeña revista científica local, en 1956. Era la resolución a los famosos problemas XIX de Hilbert. Nash no lo sabía, desarrolló su propia solución y quedó decepcionado cuando le dijeron que un tal profesor De Giorgi ya lo había resuelto antes.

Probablemente el italiano De Giorgi nunca tenga su película, porque su vida fue más sencilla que la de Nash, pero desde un punto de vista espiritual fue interesante.

Imaginación, matemática, mente abierta

Su padre murió cuando tenía dos años, fue criado por su madre y en la universidad descubrió su capacidad matemática. Su principal maestro, Mauro Picone, le enseñó siempre a tener una mente abierta, a presentar objeciones, preguntar y a usar la imaginación. “Ante la ciencia todos somos iguales”, le decía para que no se amilanase ante autoridades académicas.

Ennio de Giorgi (1928-1996) no se casó ni tuvo hijos, y vivió siempre con gran austeridad, dando clases e investigando desde 1959 en la Escuela Normal Superior de Pisa (Italia). Matemáticamente, fue sin duda el principal pensador italiano de su época.

Reflexionó mucho sobre Dios, la muerte y la amistad y la paz entre los hombres. Fue un católico convencido, y también militante de Amnistía Internacional en los años 70, trabajando por la liberación de matemáticos como el ruso Leonid Plyushch y el uruguayo José Luis Massera.

En esa época Amnistía Internacional, fundada por Peter Benenson (un inglés de familia judía rusa que se había convertido al catolicismo), aún no era un lobby de la industria abortista como ha sido tras la muerte de su creador. La entidad en esa época se dedicaba a salvar vidas de represaliados a ambos lados del Telón de Acero en plena guerra fría.

¿Tolerancia sentimental? No: amistad real

En una entrevista concedida a Michele Emmer que se publicó en 1996 (el año de su muerte), De Giorgi expresaba su visión de cómo la ciencia avanza también por factores humanos y personales, incluyendo la fraternidad entre científicos.

“La comprensión y la tolerancia son dos nociones que a menudo se olvidan cuando hablamos de tolerancia. La tolerancia pura y sentimental es insuficiente. Solo si va unida con comprensión y amistad permite progresar a la actividad humana. Las ciencias en particular no pueden avanzar sin entendimiento y amistad entre todos los científicos”, explicaba.

La libertad de pensar e imaginar

De Giorgi, el hombre que desde joven se sentía libre haciendo preguntas y que de mayor se esforzaba en liberar matemáticos presos, insistía en la matemática como una ciencia especialmente libre y dada a la imaginación. Por eso, quizá, pensar en la Resurrección y la vida tras la muerte, ampliaban su perspectiva y sus ganas de conocer.

“Esta combinación de imaginación que vuela libre en los confines de lo que estudias, con el intercambio de otros vuelos, de otros científicos, pensadores, de otras disciplinas -filosofía, artes, letras- es la fuerza de las matemáticas”, afirmaba él, el mayor matemático de Italia.

“Esto está en la base de una de las manifestaciones más fuertes del amor al conocimiento, del cual nace la ciencia y la capacidad humana resultante de entender parcialmente el mundo, sin olvidar la famosa frase de Shakespeare, de Hamlet a Horacio: hay más cosas en el cielo y la tierra que las que sueña tu filosofía.

Eso explica también por qué, en matemáticas, no hay conflicto entre innovación y tradición, las dos fuentes de todo lo verdaderamente grande y hermoso que los matemáticos han hecho. En matemáticas hay armonía”, insistía.

En varias ocasiones afirmó: « Al principio y al final, tenemos el Misterio. Podríamos decir que tenemos el designio de Dios. A este misterio la matemática se acerca, sin penetrarlo”.

Buscar la Sabiduría

Buscar el conocimiento con amor lo veía como una consecuencia de la enseñanza bíblica. “En el libro de Proverbios, uno de los más antiguos de la Biblia, en cierto punto dice que la sabiduría -que es más amplia que las matemáticas- estaba con Dios cuando Él creó el mundo y que esta sabiduría debe ser encontrada por los hombres que lo buscan y lo adoran. Las matemáticas son una manifestación significativa de este amor por la sabiduría”, explicaba.

“Ciertamente el científico, como todo otro hombre, puede usar de múltiples modos su libertad, puede abrir su corazón a la esperanza o cerrarlo en el escepticismo.”

“Por mi parte…, puedo decir que mi vida perdería gran parte de su significado si renunciara a la esperanza de encontrar de algún modo las personas que me han sido más queridas, si no creyera en las palabras del Credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

 

Pablo J. Ginés/ReL

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