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La Ideología de Género: Cómo Afecta a la a la Familia y a la Persona

Luis Santamaría / InfC) La profesora de Derecho María Lacalle, reflexiona sobre la Ideología de Género, como amenaza contra la naturaleza humana y la saludable identidad personal y convivencia de los sexos, y ha advertido de las funestas consecuencias que ya está teniendo su imposición en todos los ámbitos, incluso por medio de las leyes, y ha propuesto «recuperar la identidad femenina y la masculina».

Historia de la ideología de género

Primeramente se refiere a «cómo afecta la ideología de género a la familia y a la persona». Comenzando por los términos utilizados, con la distinción entre género y sexo a partir de los años 60, empleada para referirse a la transexualidad, o personas que se identificaban con un género diferente a su sexo biológico. Y asumida por el feminismo «para lograr la igualdad entre hombre y mujer, pero al final se terminó utilizando el género para los roles sociales, y el sexo referido sólo a lo biológico».

Desde la Conferencia Mundial de Pekín «esta diferencia se ha ido imponiendo, también en los ámbitos jurídicos de los países, haciéndose casi obligada. Hoy vemos esta filosofía inundando los medios de comunicación y los planes educativos».

También explica que estrictamente, la ideología de género «surge en el seno del feminismo radical, en la segunda mitad del siglo XX, tras el feminismo de la primera ola, que luchaba por la igualdad jurídica, la igualdad de derechos».

En torno a los años 60 surgió el feminismo de la segunda ola, «el radical, puesto que buscaban la igualdad total, la supresión de las diferencias. Se dice que la persona se autoconstruye desde la libertad total, sin ningún condicionamiento». Asumieron las ideas de Marx y Engels pero «cambiando la lucha de clases por la lucha de sexos».

También tuvo mucha influencia el Informe Kinsey, que puso todos los comportamientos sexuales en el mismo nivel. Y la revolución sexual, la difusión de los anticonceptivos y la distinción entre sexo, amor y matrimonio. Además de la tesis del doctor Money, que decía que el sexo es algo biológico sin importancia, y que la personalidad se construye libremente.

Y desde los años 90, explicó Lacalle, «ha surgido un feminismo de la tercera ola, que considera que tanto el género como el sexo son construidos, ya que el significado que le damos al sexo es ya una imposición de la sociedad. Ha llegado al punto de negar que exista el concepto o categoría de mujer, porque cada uno se construye libremente como quiera». Se defiende aquí la teoría «queer», lo raro, porque hay que huir de lo establecido. O el «cyborg», el híbrido entre hombre y máquina, y desde ahí el transhumanismo, que busca la inmortalidad a través del progreso tecnológico.

Por eso ahora se defiende que «hay que liberar a la mujer de la mayor fuente de opresión, que es la maternidad, que para las feministas de género es una fuente de opresión, y por esta causa los hombres han oprimido a la mujer a través de la historia. La mujer tendrá que liberarse de la maternidad para poder ser libre de verdad. Por eso se quieren crear incluso úteros artificiales, para que haya una igualdad total de hombres y mujeres».

Postulados básicos

El primer pilar sobre el que se asienta esta ideología es, «la concepción de la historia como una lucha permanente entre hombre y mujer, enemigos irreconciliables, porque los hombres siempre han sometido a las mujeres».

El segundo postulado es «la propuesta de una nueva antropología, que no es sólo una cuestión de palabras, sino que se quieren eliminar las diferencias de género y liberar a la mujer del peso de la maternidad.

La primera institución que diferencia a los sexos es la familia, en ella se asume de forma natural. Por eso, lo primero que hay que hacer es deconstruir la familia y la sociedad entera para dar cabida a esa nueva concepción antropológica sin identidad sexual».

Ya hace tiempo se hablaba de cinco géneros, afirmó María Lacalle, que añadió a continuación: «la Sociedad Australiana de Derechos Humanos ha publicado recientemente un documento donde se reconoce la existencia de 23 géneros». Y entonces se preguntó: «¿Cuál es el concepto de persona que subyace en esta cosmovisión?», y contestó con algunos rasgos fundamentales.

El primero de ellos es el dualismo: «se considera que el cuerpo es una herramienta que utilizo a capricho, y que no tiene más significado. Por eso podemos modificarlo como queramos y darle el significado que queramos. La dimensión biológica no importa, y la dimensión espiritual se niega». Entonces, ¿qué somos? Para esta ideología «somos pura libertad, somos un yo completamente libre que se va autoconstruyendo en cada momento. El yo psicológico es pura libertad, voluntarismo».

Otro rasgo que analizó la ponente es «un puro individualismo: las relaciones no importan, porque nos limitan. Entonces, el sujeto desaparece, la persona desaparece. Se da una disolución del sujeto, lo que obviamente tiene consecuencias».

Las primeras consecuencias se dan en la propia identidad, al no poder responder a la pregunta ¿quién soy?, pues al asumir la ideología de género, se prescinde de la propia condición sexual…, y esto es un problema, pues somos en realidad, una unidad, y la sexualidad impregna todos los aspectos de nuestra vida, somos seres sexuados. Por lo tanto, la división entre sexo y género, no es real, sino impuesta.

Desaparición de matrimonio y familiamatrimonio-orando

Esto influye también en las relaciones hombre-mujer: «si no sabemos quiénes somos, no podremos relacionarnos de forma adecuada. Muchas veces no se sabe qué es ser hombre y qué es ser mujer. Hay dos formas de acabar con algo: prohibiéndolo o vaciándolo de contenido. El matrimonio no se ha prohibido, pero se ha vaciado de contenido. Porque la ideología de género dice que el matrimonio ha causado la desigualdad de sexos. Cuando en realidad, es al contrario: la naturaleza hace que el matrimonio sea un vínculo del hombre con la mujer, que asegure la protección de la prole».

María Lacalle constató que esto tiene «consecuencias nefastas en la familia, que para las feministas radicales, es una institución a abolir…, porque es allí (en la familia) donde descubrimos nuestra identidad al ver la diferenciación y complementariedad entre hombre y mujer. Ha ido minando la identidad de la familia, la autoridad de los padres, etc., a través de los medios de comunicación, de la incidencia en el sistema educativo y de la legislación. Esto produce una falsa comprensión de lo que somos».

familia catolica

¿Qué se puede hacer respecto a esta ideología? Conocerla y, sobre todo, conocernos.

Respecto a lo que pasa actualmente, en Venezuela, por ejemplo, ya encontramos un Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género, y en la Universidad Central de Venezuela, ya hay un Instituto para la Mujer, estos últimos han proliferado en universidades de todo el mundo y no son lo que parecen, sino vehículos de difusión de la ideología de género y de los postulados del feminismo radical, a través de actividades, estudios y postgrados que imparten. Por otra parte, ambos candidatos a la Presidencia de ese país, sus equipos y colaboradores, expresan contenidos de la referida ideología, quizás sin saber en profundidad de que se trata…, dicha ideología se le ha vendido a un amplio sector de la sociedad como un progreso, cuando en realidad responde a intereses bien determinados, y va distorsionando el sentido verdadero de la vida humana y alejándonos de un sano desarrollo (*).

«El mensaje de la ideología de género, viéndolo bien, no es atractivo», afirmó la jurista. En cambio, «una correcta comprensión del ser humano y de la sexualidad sí es un mensaje hermoso y bello. ¿Quiénes somos? Una “unidad” dual de dos elementos dispares pero sustancialmente unidos: cuerpo y alma. Y el ser humano es hombre o mujer».

Lo específico femenino

Lacalle manifestó su pensamiento sobre la diferencia sexual entre hombres y mujeres: «somos iguales en dignidad y en derechos, pero somos diferentes y complementarios, lo que da lugar a un enriquecimiento mutuo y colaboración en la construcción del mundo».

Y explicó que «las mujeres podemos aportar mucho en el ámbito público, porque tenemos una serie de características particulares que son propias de nuestro ser femenino, porque están relacionadas con la maternidad».

Así, según la visión natural de la diferenciación sexual, «las mujeres somos capaces de ser madres, podemos acoger una nueva vida. Esas características están en toda mujer, y por eso tenemos capacidades de acogida mayores que las del hombre».

Es más, frente a lo que se defiende desde el feminismo radical, subrayó que «lo que hace que la mujer se libere y alcance su plenitud es ser ella misma. No ser un hombre, sino ser plenamente mujer. Siendo conscientes de que la relación que debe guiarnos es la colaboración, el caminar juntos».

«No somos rivales, no somos enemigos. Los hombres no son potenciales maltratadores como dice la Ley de Violencia de Género en España», afirmó, para añadir que «hay que recuperar la identidad femenina y la identidad masculina. Esto puede parar un poco la invasión de la ideología de género, y nos puede hacer algo más felices a todos».

María Lacalle Noriega

(Doctora en Derecho, máster en Teología y licenciada en Ciencias Religiosas, profesora de Derecho Civil en la Universidad Francisco de Vitoria, directora de la Cátedra de Biojurídica y Bioética y del Centro de Estudios para la Familia del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. Además, es directora de la Fundación Carmen de Noriega y miembro correspondiente de la Real Academia Española de Jurisprudencia y Legislación. Sus publicaciones se centran principalmente en cuestiones relacionadas con la familia y con la enseñanza del Derecho).

Ponencia “Género, persona y familia”, XX Semana de la Familia de Zamora 2013

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Esencia del Alma Femenina

Decididamente, cuando el hombre se pone a examinarla, le resulta incomprensible. Bueno esto es lógico que así sea, pues los hombres tratamos de analizar las conductas femeninas, basándose siempre en nuestra propia naturaleza y en nuestros propios criterios de actuación y naturalmente siempre nos equivocamos. Sin embargo no se equivocan tanto, aquellos que careciendo en el grado adecuado de la hormona denominada testosterona, comprenden mejor el alma femenina e incomprensiblemente para nosotros, y esta clase de, llamémosles hombres sin ánimo de ofenderles, a las mujeres le resultan graciosos y agradables. Quizás sea, porque ellas no ven en este clase de, hombres, un potencial de peligro al ser unas semi-compañeras.

No quiero avanzar en la escritura de esta glosa, sin dejar de manifestar que no soy ningún psicólogo ni siquiera tengo estudias al respecto, pero si tengo ojos en la cara y también pienso que tengo algo de sentido común, lo que me lleva a razonar.

Desde que era niño, con la primera comunión recién hecha, como era muy observador, me llamaba la atención, que en los confesionarios con dos rejillas laterales y un frontal, las mujeres se confesasen por medio de las rejillas laterales, de las que siempre salían a ambos lados largas colas de ellas esperando confesarse, mientras que los hombres se confesaban por el frontal. ¡Qué tiempos aquellos, Dios mío! El frente estaban siempre vació, lo que era fantástico para los hombres que nunca tenían que aguardar cola. Esto me hacía pensar que las mujeres eran más pecadoras que los hombres y esta idea me la reforzaba el hecho de que siempre veía a más mujeres que hombres en la iglesia, naturalmente, pensaba yo que necesitan acudir más a la iglesia porque pecaban más.

Fui creciendo y poco a poco fui dándome cuenta de mi error inicial. Aunque tanto unas como otros, somos cuerpo y alma, para mí que la mujer es más alma que cuerpo y nosotros somos más cuerpo que alma. Ella ama más y más profundamente que nosotros. En ellas fluye siempre una intensa sensibilidad interior, un deseo de ser amadas tal como se recoge en el Génesis cuando este dice: “A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará”. (Gn 3,16).

Bueno, no me meto en analizar una estadística inexistente, de si pecan más las mujeres o los hombres, pero lo que sí puedo asegurar con rotundidad, es que las mujeres, aman más al Señor que los hombres y si tenemos en cuenta que la esencia del Señor, es amor y solo amor (1Jn 4,16), al ser el alma femenina más predispuesta al amor y al sacrificio que la del hombre, ellas se encuentran más cerca de Dios, que nosotros. Lógicamente existen sus excepciones en uno y otro campo. Prueba es la infinidad de veces que tanto el Señor, como su Madre María, se han aparecido a ellas, más que a hombres. Recuérdese a este respecto las apariciones más conocidas en el mundo.

Georges Chevrot escribe a este respecto diciendo: “Por regla general, las mujeres suelen ser más piadosas que los hombres, pero eso no se debe, dígase lo que se diga, al mayor sentimiento que manifiestan en la expresión de su fe. La causa es más profunda: su fe es en primer lugar fidelidad. Razonan tanto como nosotros, aunque de otro modo, y su intuición las lleva al interior del misterio, mucho antes que nuestras estrictas deducciones. Ellas atraviesan también las regiones de la oscuridad y de la duda, pero con un paso más firme, porque en un acto de fe, se han entregado a Dios con todo su ser. Y también saben esperar. Mientras que un hombre corta un nudo con una navaja, la mujer lo deshace pacientemente. Nuestras hermanas aceptan más valerosamente que nosotros, los incomprensibles rigores de la adversidad: en el momento álgido de la desbandada saben que no se ha dicho la última palabra y que esa palabra la dirá Dios. Su confianza es más interior; más pura, y por un motivo inexplicable, generalmente acaban por tener razón”.

Ellas comprenden el amor mejor que el hombre porque desean ser amadas y ese deseo insaciable de ser amadas, es esa fuerza interior que las mantiene firmes a pesar de las difíciles situaciones que nos depara la vida. Prueba de ello es con la mayor facilidad que sale adelante una viuda antes que un viudo. Ella nunca duda en sacrificarse por los demás y más concretamente por sus hijos, porque en la defensa de ellos le sale a flote un instinto de leona. El Señor en la tierra colmará necesidad muy profunda de toda mujer: la de amar y ser amada, la de tener parte en el amor y crecer en él. Porque el Señor a su paso por la tierra será un reflejo de lo que hay de femenino en el corazón de Dios. Su amor es profundo y tierno. Su compasión es expresión de la compasión de Dios y de sus “entrañas misericordiosas”, de ese amor de índole maternal que con tanta frecuencia aparece descrito en el Antiguo testamento.

Ellas son portadoras, de ese lugar tan especial donde una nueva vida comienza, alimentando desde su vientre, ese ser que apenas se está formando, y que las hará capaces de conocer uno de los más grandes amores que pueda sentirse en esta vida, es la maravilla de la maternidad. Es la realidad de compartir con Dios su obra creadora, ofreciéndole a Él un cuerpo distinto siempre a todo lo creado anteriormente y también distinto a lo que se cree en el futuro, donde el Señor insuflará un alma, también distinta, a todo lo creado anteriormente y también distinta a lo que Él, llegue a crear en el futuro. Es la maravilla de la maternidad, que no acaba con el nacimiento de él o de ella, sino que se prolongará toda la vida entre madre e hijo o hija, creando una especial relación de amor difícil de romperse.

Los rabinos de Israel, enseñan que Dios extrajo a la mujer no de la cabeza del hombre, para que no le gobernase, ni de sus pies para que no fuese su esclava, sino del costado para que estuviese cerca de su corazón. Fulton Sheen escribe: “La primera diferencia entre un hombre y una mujer, es que el hombre se preocupa principalmente de cosas y la mujer de personas. De ahí que el hombre hable de negocios, de asuntos, mientras que la mujer converse del modo como está vestida otra mujer. El interés del hombre es más remoto, el de la mujer es más inmediato. El interés del hombre tiende a lo abstracto, el de la mujer a lo concreto e íntimo. Un hombre se afana con objetivos, fines, propósitos, la mujer con algo muy próximo, cercano y querido para ella. Porque el hombre encuentra su interés en cosas y la mujer en personas, esta se siente inclinada a charlar, a criticar, a comentar. Una mujer no cree todo lo que oye, pero a lo menos puede repetirlo. Una segunda diferencia entre el amor de un hombre y el de una mujer, es que el primero siempre dará razones para amar, la segunda en cambio, no da razones para amar. El hombre dirá: Yo te amo porque eres hermosa; yo te amo porque tus dientes son como perlas, yo te amo porque haces hermosos postres; yo te amo porque eres delicada y dulce. La mujer dirá simplemente: Yo te amo y punto. El amor del hombre siempre está mezclado con razones. Para una mujer en cambio, el amor es siempre su propia razón: Yo te amo porque te amo. Una tercera diferencia es que los defectos influyen en el amor del hombre; la mujer, en cambio, no se deja influenciar por los defectos del ser al que está amando…. La mujer no prestará oídos a nadie que eche por tierra su futuro. Sabe que su prometido tiene defectos, pero lo ama a pesar de todo.

Y después de leer lo anterior, uno se pregunta: ¿Cómo puede haber mujeres, que quieran romper el encanto de la feminidad, aduciendo razones de igualdad de sexos?

Juan Del Carmelo

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