doctrina social de la iglesia

La ignorada Verónica Giuliani

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Lo que dijeron de ella León XIII y Pío IX no es frecuente oírlo en labios de quienes proclaman el nombre de los santos, y está propuesta como Doctora de la Iglesia. Y, sin embargo, Santa Verónica Giuliani no goza del conocimiento entre los fieles que cabría esperar dada la excepcionalidad de los misterios que se obraron en ella. Pero eso empieza a cambiar, sobre todo gracias a la película documental sobre ella que se estrenó recientemente.

 Diversas actrices encarnan a Santa Verónica en sus distintas edades para la primera gran película sobre su vida. Diana Hobel la interpreta en su madurez.

 Tras caer en un inexplicable olvido nacen de repente en su honor, como si fuera un signo celestial para nuestros tiempos, nuevas asociaciones de fieles, se escriben nuevos libros, se erigen santuarios, se ruedan películas. Parece realmente que ha llegado la hora de Santa Verónica Giuliani (1660-1727), «el sujeto de estudio más sublime y necesario que se haya producido después del Evangelio» (así lo afirmó Benjamin Dausse [1801-1890], miembro de la Academia Francesa de las Ciencias), hasta el punto que –y esta vez son palabras de León XIII– «a ninguna criatura humana, con excepción de la Madre de Dios, se le concedieron dones más sobrenaturales». Santa Verónica Giuliani fue beatificada en 1804 (Pío VII) y canonizada en 1839 (Gregorio XVI).

 Fenómenos místicos únicos (y un Diario dictado por la Virgen)

El Papa de la Rerum Novarum no se equivocaba. En lo que respecta a experiencias místicas, esta santa desconocida para la mayoría, pero que Pío IX definió «no una santa, sino un gigante de santidad» –y cuya misión centrada en la expiación «aún debe comenzar en la Iglesia», como profetizó el cardenal Pietro Palazzini (1912-2000)-, parece no ser comparable con nadie en el panorama hagiográfico. Es imposible enumerar todos los fenómenos místicos que experimentó. Imposible y problemático, si no estuvieran certificados por escritos, testimonios, timbres notariales, autopsias.

 Además de ser la única capuchina estigmatizada de la historia; de recibir místicamente la coronación de espinas (lo que le causaba hinchazones en la cabeza que los médicos, con sus curas, lo único que conseguían era agravar); de haber bebido el cáliz de Getsemaní (tan amargo que todo lo que la rodeaba se convirtió en hiel: alimentos, agua, incluso el aire, llegando incluso a llorar lágrimas de sangre); de ver apoyada en su espalda la cruz del Calvario con su gran peso, lo que causó que se le hundiera el hueso (hecho verificado en la autopsia); de recibir la flagelación por manos invisibles, llegando la sangre hasta el suelo ante los ojos de las monjas; de dialogar desde que era niña con María y Jesús… además de todo esto y mucho más, Verónica visitó el Paraíso, el Purgatorio y siete veces el Infierno, que describió de manera muy detallada y terrible. Lo hizo obedeciendo a su padre espiritual.

 Como a otros grandes santos, el demonio atacó físicamente en numerosas ocasiones a Santa Verónica Giuliani.

 También por pura obediencia escribió su increíble Diario: Il poema dell’amore e del dolore [El poema del amor y del dolor], un tesoro escondido de veintidós mil páginas que se ha convertido en estos últimos años en un valioso objeto de estudio por parte de teólogos de todo el mundo (y del que se realizan continuamente ediciones y traducciones). Un Diario muy especial -«entre las páginas más bellas y elevadas de la literatura mística» escribió Piero Bargellini (1897-1980)- que duró treinta y cuatro años, los últimos siete dictados directamente por la Virgen.

 ¿Quién es esta santa desconocida?

Pero, ¿quién es Verónica Giuliani? ¿Quién es esta increíble y casi desconocida mística entregada por entero a Dios? ¿Quién es esta “maestra de la doctrina de la expiación”, como la definió en 1981 el cardenal Palazzini (director de la Pontificia Universidad Lateranense y nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos) cuando propuso oficialmente su nombre para el título de Doctora de la Iglesia? En años más recientes ha sido el episcopado del centro de Italia (junto a la orden de los frailes capuchinos) quienes han dirigido un llamamiento al Santo Padre para que la santa sea proclamada Doctora de la Iglesia.

 Orsola Giuliani nació el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello sul Metauro, un pequeño pueblo a poca distancia de Urbino. Era la más pequeña de cinco hermanas; cuatro entraron en la vida religiosa. Como el padre, tampoco el obispo quería que Orsola (éste era su nombre de bautismo) entrase en un convento: demasiado joven y hermosa, era mejor que se casara con un joven de la nobleza local.

 Sin embargo, las lágrimas de la joven convencieron al obispo, que aceptó su consagración dándole el nombre (que se revelará providencial) de Verónica. La que para los hagiógrafos será la “Verónica” del Via Crucis eligió para sí el convento más pobre de las capuchinas de la zona, el de Città di Castello, cerca de Perugia.

 Tras la aparición de los estigmas, que la santa no consiguió esconder, tuvo que soportar durísimas humillaciones cuando el Santo Oficio se ocupó del caso: fue encerrada durante cincuenta días en la enfermería, totalmente aislada. Su gran obediencia y humildad vencieron sobre todas las cosas. Venció la expiación, el heroico anhelo de inmolación por el deseo de convertir a todos. «¡Crucifícame a mí! ¡Me ofrezco para que los pecadores me claven en Tu lugar!», repetía Verónica a “su” Jesús. No es casualidad que la mayor parte de sus experiencias íntimas tuvieran como protagonista indiscutible su corazón: incendios, golpes, heridas, dardos, clavos.

 Increíble es el fenómeno de la sustitución del “corazón herido” (el suyo) por el “corazón amoroso” (del Señor), un juego místico que llenará varias veces las páginas más vivas de su Diario. Otras veces Verónica custodiaba en su pecho, literalmente, dos corazones: el suyo y el de Jesús. El primero latía normalmente; el segundo le levantaba las costillas, tanto que en el convento las hermanas conseguían oír su latido desde lejos. Veían a Verónica arder por efecto del fuego de este “segundo corazón” y para refrescarla corrían a sumergirle las manos en agua que… empezaba enseguida a hervir.

 Está claro que para el hombre hiper-racional de hoy los fenómenos místicos descritos en el Diario pueden parecer auténticas locuras. Sin embargo, el obispo de Città di Castello, poco antes de los funerales, y antes de proceder a la autopsia, convocó a las figuras más representativas de la ciudad. Aún se conocen sus nombres: el gobernador Torregiani, el pintor Angelucci, el médico Bordiga, el cirujano Gentili, el canciller Fabbri, el notario y muchos confesores. En el momento de extraer el corazón los presentes vieron reproducidos en él los signos que Verónica había descrito en su Diario muchos años antes.

 Exactamente vieron que en el corazón de Verónica estaba “impreso” todo: la Cruz, la corona de espinas, la lanza y la caña unidas, la inscripción, los martillos, los clavos, el estandarte de Cristo Rey, las dos llamas que simbolizan el amor de Dios y el amor del prójimo, las siete espadas de la Dolorosa y las iniciales de los nombres de Jesús y María.

 Las últimas palabras de Verónica antes de morir, preanunciadas años atrás a su confesor, fueron: «¡El Amor ha dejado que lo encontrara! Esta es la causa de mi sufrimiento. ¡Decídselo a todas, decídselo a todas!». En el monasterio de Santa Verónica en Città di Castello está su cuerpo incorrupto.

 La película que convierte a su director

La historia terrenal de Verónica Giuliani, junto a las “difíciles” implicaciones teológicas que ofrece su explosivo Diario (María se presenta ante la santa como “Corredentora” y “Mediadora de todas las gracias”, es decir, los dos posibles dogmas marianos que la Iglesia está profundizando en estos años), está ahora narrada en una película documental: Il risveglio di un gigante. Vita di Santa Veronica Giuliani [El despertar de un gigante. Vida de Santa Verónica Giuliani].

 El director es Giovanni Ziberna, de Vimercato, provincia de Milán, que ha fundado en Gorizia la productora cinematográfica Sine Sole Cinema. Educado en la escuela de Ermanno Olmi (El árbol de los zuecos, 1978), ha trabajado con maestros del cine como Abbas Kiarostami y Ken Loach. Su historia personal (y la de su esposa, Valeria Baldan, codirectora de la película) es más bien singular.

 Ateo y no bautizado, debe su conversión precisamente a una serie de hechos vinculados al rodaje de la película sobre la santa: encuentros y “coincidencias” excepcionales que han transformado totalmente su vida, pero que Giovanni Ziberna cuenta con pudor.

 Il risveglio di un gigante (El despertar de un gigante) se preestrenará mundialmente a partir del 8 de diciembre en diversas salas de cine italianas, para llegar luego a Líbano, país que espera con impaciencia su proyección. ¿Por qué el “estreno” internacional tiene lugar en Líbano? Porque la historia de la película y de su director se entrelaza con la de un fraile libanés, fray Emanuel, presidente de la asociación “Amigos de Santa Verónica” en Líbano, que ha contribuido a construir un “rumoroso” santuario dedicado a esta santa en ese país.

Valerio Pece / Tempi / ReL

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ACTUALIDAD CATÓLICA EN EL MUNDO, catolicos en el mundo, doctrina social de la iglesia, Familia, familia cristiana, fe, laicos

John C. Eccles

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Primeros años

John Carew Eccles nació en Melbourne (estado de Victoria, en Australia) el 27 de enero de 1903. Era hijo de dos profesores católicos que practicaban la educación en casa (homeschooling), por lo que John no acudió al instituto Warrnambool hasta los 12 años. Alumno brillante, a los 17 años fue becado para estudiar medicina en la Universidad de Melbourne. Se graduó el primero de su clase con honores en 1925, siendo premiado con la prestigiosa beca Rodhes para hacer el doctorado en la Universidad de Oxford, Inglaterra.

 Allí escogió la especialidad de Filosofía de la ciencia, siendo discípulo de Charles Scott Sherrington, prestigioso neurofisiólogo (en 1932, premio nobel de medicina) y también creyente, obteniendo el grado de doctor en Filosofía en 1929, a los 26 años de edad. Poco antes se había casado con la neozelandesaIrene Frances Miller, con la que tendría nueve hijos (cuatro varones y cinco mujeres). Dos de sus hijos fueron también investigadores científicos y una de ellas, Rosamond, cooperó más adelante con él en sus investigaciones. En Reino Unido publicó un primer trabajo llamado “actividad refleja de la médula espinal” (1932).

 En 1937 regresó a Australia, donde se hizo cargo, junto a Bernard Katz (premio nobel de medicina en 1970) y Stephen Kuffler, del instituto Kanematsu, perteneciente a la Escuela médica de Sydney. Durante la Segunda guerra mundial llevó a cabo investigación militar, y a su término fue nombrado profesor de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, donde se hizo amigo del filósofo Karl Popper, que influyó poderosamente en su concepción filosófica. Ambos desarrollaron el concepto de “dualismo interaccionista”, por el cual el universo estaba formado de una sustancia física y otra mental, que interaccionaban entre sí.

Estudio de la sinapsis neural

Desde su época universitaria, Eccles sintió una gran insatisfacción ante la explicación corriente de la relación entre mente y cuerpo, lo cual le inclinó a desarrollar su investigación en el campo de la neurociencia. En 1952 fue nombrado profesor de la Escuela John Curtin de Investigación Médica, perteneciente a la Universidad Nacional de Australia en Camberra (la capital federal). Allí focalizó su trabajo en el estudio de las sinapsis en el sistema nervioso periférico, tomando como modelo el reflejo osteotendinoso, relativamente simple de observar.

 Aplicando corrientes en la neurona motora sensorial del cuádriceps y de los isquiotibiales, su equipo descubrió el modo en que la corriente eléctrica excitatoria desencadenaba el potencial de acción en la placa motora del músculo, por acumulación de potenciales postsinápticos excitatorios; y también el modo en que actuaban los potenciales inhibitorios. En 1953 publicó el libro “las bases de la neurofisioloía de la mente. Principios de neurofisiología”.

 Eccles y Katz estuvieron también entre los pioneros que demostraron experimentalmente que la transmisión sináptica era principalmente química, y no meramente eléctrica, y el papel que la acetilcolina tenía como neurotransmisor.

 Estos descubrimientos permitieron un salto fundamental en la neurofisiología, y le valieron un gran reconocimiento a nivel mundial. En 1957 publicó “la fisiología de las células nerviosas”, y en 1958 fue nombrado caballero del Imperio, reconocimiento del que siempre estuvo orgulloso (empleó desde entonces el título de Sir). Su principal honor lo recibió en 1963, cuando obtuvo, por sus trabajos sobre la sinapsis, el premio nobel de Medicina/Fisiología, compartido con los descubrimientos de Andrew Huxley y Alan Lloyd Hodgkin por sus trabajos sobre los potenciales de acción neural. Por ese motivo fue elegido “Australiano del año” en 1963.

 Publicó en 1964 “la fisiología de las sinapsis”, y en 1969 “las vías inhibitorias del sistema nervioso central”.

Sus trabajos filosóficos. El trialismo interaccionista

Cuando John Eccles se doctoró en filosofía de la ciencia ya mostraba un lado profundamente inquisitivo acerca de la naturaleza del hombre, más allá de sus estudios meramente físicos.

 Efectivamente, en 1965 ya había publicado “el cerebro y la unidad de la experiencia consciente”, y fue nombrado miembro honorario de la Sociedad Filosófica Americana. Un año más tarde se traladó a Estados Unidos, donde trabajó dos años en el Instituto de Investigación biomédica de Chicago, abandonándolo en 1968 para ser profesor en la universidad de Buffalo (estado de Nueva York).

 Desde el principio, el objeto del interés de Eccles fue la incógnita de la relación entre mente y cerebro. Deshechando el cartesianismo clásico que le insatisfacía, en unión de Popper, evolucionó el dualismo interaccionista y diseñó una teoría de los tres mundos que interaccionaban, el “trialismo interaccionista”.

 Los que llamaba “tres mundos” estaban compuestos de: 1) Objetos y estados físicos: energía, materia inorgánica y orgánica (incluyendo el cerebro humano) y artefactos creados por el hombre (algunos no aparentemente materiales como la música). 2) Estados de consciencia: referido al conocimiento subjetivo, y a la experiencia de percepciones, pensamientos, emociones, memorias, sueños, imaginación y disposiciones interiores. 3) Conocimiento en sentido objetivo: ahí incluía toda la ciencia, tanto exacta como humanística, del ser humano.

 Según sus propias palabras, el primer mundo era el único que reconocían los materialistas estrictos.

 En cuanto al segundo mundo, admitía en él tres niveles diversos, uno correspondiente a los sentidos externos (luz, color, dolor, tacto, sonido, olfato, etc) que reconocía necesidad de elementos del mundo primero (como las ondas de sonido o las sustancias químicas del olfato), otro a los sentidos internos (pensamientos, memorias, alegrías, sentimientos, sueños, miedos, imaginaciones e intenciones) que pueden exteriorizarse por el gesto y la palabra, y un tercero correspondiente al “Puro Ego (el Yo o espíritu), que consideraba el corazón de la unidad y el pensamiento.

 La relación entre el mundo uno y el dos correspondería aproximadamente a la discusión secular entre el universo de las ideas y el de los objetos, desde Platón a Descartes, pasando por el realismo de Santo Tomás de Aquino o el nominalismo de Ockham.

 Por último, el mundo tercero corresponde a la cultura. Es decir, todo el mundo creado por el hombre y que recíprocamente le construye a lo largo de la historia. Esta era la principal adición del pensamiento de Popper a sus propias ideas. Incluía también los artefactos del mundo primero, no en tanto en cuanto meros objetos, sino por el significado trascendente que poseen.

 Publicó durante esos años diversos trabajos desarrollando progresivamente estas ideas: “Encarando la realidad: las aventuras filosóficas de un cientifico cerebral” (1970), “La comprensión del cerebro” (1973), y finalmente “el Yo y su cerebro”, en 1977, junto a Karl Popper, donde aquellas se plasman plenamente.

Últimos años

En 1975, Eccles (que contaba 72 años de edad) se retiró de la actividad académica e investigadora. Abandonó los Estados Unidos y se instaló en Suiza, donde obtuvo la nacionalidad. Allí siguió escribiendo sobre el problema “mente-cerebro”, sin que la edad avanzada le restara un ápice de lucidez. Publicó “El misterio humano” en 1979, la “Psique humana” en 1980, “La maravilla de ser Humano; nuestro cerebro y nuestra mente” (con Daniel N. Robinson) en 1984, “Mente y Cerebro” en 1985, y “La evolución del cerebro: la creación del Yo” en 1989.

 Su actividad no cesó. En 1977 pronunció las conferencias Gifford en la Universidad de Edimburgo, creadas para “promover y difundir el estudio de la teología natural”. Los temas de sus ponencias fueron “el mistrio humano” y “el psiquismo humano”. En 1981 fue miembro cofundador del Consejo Cultural Mundial, junto a otras 123 personalidades de la ciencia, la literatura, la filosofía o el arte. En 1990 recibió la Real Orden de Australia.

 En 1994, nada menos que con 91 años, publicó su último trabajo, y acaso el más perfilado y definitivo, “Cómo el Yo controla su cerebro”. Es el resultado de su relación con los trabajos del físico nuclear Friedrich Beck desde 1991.

 En él vuelve al dualismo interaccional entre mente y cerebro. Postula la existencia de unidades neurales en el córtex cerebral, a las que llama “dendrones”, formados por columnas neuronales cilíndricas en las seis últimas filas de la corteza, cada uno de 60 micrómetros de diámetro (habría unos 40 millones de dendrones). Cada dendrón estaría conectado con una unidad mental o “psicón”, representando una experiencia consciente unitaria. En los pensamientos y acciones voluntarias, los psicones actuarían sobre los dendrones, incrementando la posibilidad de activación de las neuronas seleccionadas a través del “efecto túnel” en la exocitosis sináptica.

 En 1997, John Carew Eccles murió en su casa de Locarno (Suiza), a los 94 años de edad. En la Escuela de investigación médica John Curtis de la Universidad Nacional de Australia, donde impartió clases, se inauguró en 2012 una nueva alaque lleva su nombre.

Visión filosófica y teológica de John Eccles

Eccles siempre se consideró católico practicante. Así lo afirmó en una biografía escrita por Alexander Karczmar, aunque admitía que no siempre había cumplido el precepto dominical. Más aún, su vida presentó al menos una incoherencia grave con su fe, cuando en 1968 (hijo de sus agitados días) se divorció de su esposa Irene, tras cuarenta años de matrimonio, y poco después se casó con una de sus discípulas, Helena Taboríkova, que colaboró en sus trabajos científicos.

 No obstante, era un hombre espiritual, con un profundo sentido del misterio, y una firme creencia en la Divina Providencia, y su operación por encima de los acontecimientos materiales de la evolución biológica. Estaba convencido de que la ciencia no bastaba para comprender el universo y el misterio de la vida.

 Durante su célebre ponencia “el misterio humano” en las Lecturas Gifford de Edimburgo en 1978 dijo:

Acepto todos los descubrimientos y las hipótesis científicas bien corroboradas; no como la verdad absoluta, sino como la aproximación más cercana a la verdad a la que podemos llegar. Pero tales lecturas nos revelarán, un caso tras otro, quehay un importante residuo no explicado por la ciencia, y siempre más allá de cualquier futura explicación científica. […] Como dualista, creo en la realidad del mundo de la mente o el espíritu así como en la realidad del mundo material. Más aún, soy “finalista” en el sentido de creer que hay algún Diseño en el proceso de la evolución biológica que nos ha llevado eventualmente a la autoconsciencia con nuestra individualidad única. Sugeriré más adelante que somos criaturas con algún sentido sobrenatural como ya lo he definido.

 Un año más tarde, llamaba en un artículo a recuperar la ligazón entre filosofía y la teología, alertando sobre el totalitarismo sin alma al que aboca el materialismo estricto:

Repudio las filosofías y los sistemas políticos que identifican a los seres humanos como meros objetos de una existencia material de valor sólo como engranajes de la gran máquina burocrática del Estado, que así se convierte así en un estado esclavista. Las esclavitudes terribles y cínicas representadas en la obra de Orwell ‘1984′ están hundiendo más y más a nuestro planeta. ¿Aún hay tiempo para reconstruir la filosofía y la religión que nos pueden dar una fe renovada en esta gran aventura espiritual, que para cada uno de nosotros es una vida humana vivida en la libertad y en la dignidad?

 En el mismo, criticaba abiertamente el ciencismo o cientifismo, alertando sobre su capacidad de embaucar a los legos:

Ha habido una deplorable tendencia de muchos científicos de afirmar que la ciencia es tan poderosa y omnipresente que en un futuro no muy lejano se proporcionará una explicación en principio de todos los fenómenos del mundo de la naturaleza, incluido el hombre, incluso de la conciencia humana en todas sus manifestaciones. […] En nuestro reciente libro [se refiere a “El Yo y su cerebro”, de 1977], Popper ha llamado a esta pretensión como ‘materialismo promisorio’, que es exagerado e irrealizable. Sin embargo, debido a la alta consideración que se tiene por la ciencia, tiene un gran poder de persuasión con los laicos inteligentes, porque es defendida sin pensarlo por la gran mayoría de científicos que no han evaluado críticamente los peligros de esta afirmación falsa y arrogante.

 En su libro “El misterio humano” (1979) defiende la Providencia y critica el evolucionismo neo-darwinista:

Creo que hay una Providencia Divina operando en y por encima de los acontecimientos materialistas. […] El increíble éxito de la teoría de la evolución se ha protegido de la evaluación crítica significativa en los últimos tiempos, sin embargo, falla en un aspecto de lo más importante: no puede explicar la existencia de cada uno de nosotros como seres únicos, auto-conscientes.

 Invitado a escribir en la obra colectiva “Los intelectuales hablan sobre Dios: un manual para el estudiante cristiano en una sociedad secular” (1984), tituló a su artículo “la biología moderna y el giro a la creencia en Dios”, y decía:

La ciencia y la religión se parecen muchísimo. Ambas son aspectos creativos de la mente humana. El conflicto aparente es resultado de la ignorancia. Venimos a existir a través del acto divino. Esa guía divina es un tema desde el principio hasta el fin de nuestra vida, en nuestra muerte el cerebro se va, pero la orientación y el amor divino continúa. Cada uno de nosotros es un ser único, consciente, una creación divina; es el punto de vista religioso; es el único punto de vista consistente con toda la evidencia.

 En 1989, en su obra “evolución del cerebro; creación del Yo” afirmaba que “la teoría reduccionista prevalente era empobrecedora y vacía”, y añadía:

Expreso aquí mis esfuerzos por comprender con profunda humildad un Yo, mi Yo, como un experiencia. Lo ofrezco en la esperanza de que los Yos humanos puedan descubrir una fe transformadora en el sentido y significado de esta maravillosa aventura que se nos ha dado a cada uno en esta salubre Tierra nuestra; cada uno con su maravilloso cerebro, que es nuestro para controlar y usar, para nuestra memoria y disfrute, y creatividad, y con amor por los otros Yos humanos.

 En una conferencia en 1990, Eccles también se mostró crítico con la adoración de la Madre Tierra de la Nueva Era, poniendo en guardia frente al más preocupante materialismo:

Hablas de la protección de nuestra tierra como si fuera el objetivo más urgente en la actualidad. No estoy de acuerdo. Se trata de salvar a la humanidad de la degradación materialista; se presenta en los medios de comunicación, en la sociedad de consumo, en la predominante búsqueda de poder y dinero, en la degradación de nuestros valores (que solían estar basados en el amor, la verdad y la belleza), y en la desintegración de la familia humana.

 La espiritualidad pasaba a primer plano en su obra “Evolución del cerebro:creación del Yo” (1991):

Tenemos que reconocer que somos seres espirituales con almas existentes en un mundo espiritual, así como seres materiales con cuerpos y cerebros que existen en un mundo material. […] Me veo obligado a atribuir la exclusividad del Ser o el Alma a una creación espiritual sobrenatural. Para dar la explicación en términos teológicos: cada Alma es una nueva creación Divina, que se implanta en el feto en crecimiento en algún momento entre la concepción y el nacimiento. […] Podemos considerar a la muerte del cuerpo y del cerebro como la disolución de nuestra existencia dual. Con suerte, el alma liberada encontrará otro futuro de significado aún más profundo y de más experiencias fascinantes, quizás en alguna existencia renovada conforme a la enseñanza cristiana tradicional.

 En su obra cumbre, “Cómo el Yo controla su cerebro” (1994) es muy crítico hacia la filosofía materialista, y esa crítica le lleva a la fe en la creación sobrenatural:

El ‘materialismo promisorio’ es simplemente una superstición mantenida por materialistas dogmáticos. […] Observo que esta teoría no tiene fundamento. Cuanto más descubrimos científicamente acerca del cerebro, más claramente distinguimos entre los eventos cerebrales y los fenómenos mentales y más maravillosos se vuelven los fenómenos mentales. […] El misterio humano está increíblemente degradado por el reduccionismo científico, con su pretensión en el materialismo promisorio para considerar todo lo del mundo espiritual en términos de patrones de actividad neuronal. Dicha creencia debe ser calificada como una superstición. […] Puesto que las soluciones materialistas no tienen en cuenta nuestra unicidad experimentada, me veo obligado a atribuir la unicidad al ser o alma a una creación espiritual sobrenatural. Esta conclusión es de inestimable importancia teológica. Refuerza fuertemente nuestra creencia en el alma humana y en su origen milagroso en una creación divina.

 En la entrevista para la antología científica The Voice of Genius (1995) declaraba:

Hay un misterio fundamental de mi existencia personal, que sobrepasa las consideraciones biológicas del desarrollo de mi cuerpo y de mi cerebro. Esta creencia, por supuesto, mantiene el concepto religioso del alma, con su creación especial de Dios. […] Si considero la realidad como la experimento, la primera experiencia que tengo es de mi propia existencia como un ser único consciente de sí mismo que yo creo que fui creado por Dios.

Epílogo

Para muchos de sus colegas de filosofía de la ciencia, el dualismo era casi un residuo religioso de la filosofía de una época pasada, y Eccles se acostumbró a enfrentar frecuentes críticas. Por ello fue un activo participador de las Conferencias internacionales de la Unidad de Ciencia, patrocinadas por la Fundación Cultural internacional. En ellas fue uno de los principales impulsores de temas como “la ciencia y los valores absolutos”. Siempre se empeñó en que la ciencia no se cerrara en un estrecho camino que le llevara a despreciar la integración de sus conocimientos con la dimensión espiritual de la persona (como por ejemplo en sus ponencias sobre la neurociencia y el libre albedrío, la muerte o el sentido de la vida).

 Junto a su amigo Karl Popper, fue también un firme defensor del método hipotético-deductivo (formular una hipótesis y deducir de ella consecuencias que pudieran ser falsadas experimentalmente), y en sus propias investigaciones lo siguió escrupulosamente.

 John Carew Eccles estaba profundamente convencido de que se podían hallar los signos de lo sobrenatural junto a los hallazgos naturales de la ciencia, y persuadido de que no suponían una contradicción para ningún investigador científico.

Su experiencia en la investigación científica no supuso en absoluto la puesta en duda de la fe recibida. Muy al contrario, puso al día la teoría dualista de alma-cuerpo(en su caso mente-cerebro) de los teólogos cristianos más autorizados. De forma cuasi profética, advirtió contra los riesgos y errores del materialismo, muy particularmente del que llamó “materialismo promisorio” que consideraba muy cercano al cientifismo, así como de la adoración de la Madre Tierra, de las filosofías materialistas y su concepto del hombre como engranaje.

 En cambio, defendió el Diseño inteligente detrás de la evolución biológica. Propuso atribuir la unicidad de mente y cerebro a la creación divina, y la superioridad de la mente. Y predicó la transformación del Yo para recuperar una civilización (filosófico-religiosa) en la que el respeto a la dignidad del hombre, el disfrute, la libertad y el amor a los otros sentara las bases de una cultura basada en la reconciliación entre la ciencia y la religión, entre la razón y la fe.

 Sin duda, un buen ejemplo para cualquier católico, sobre todo los investigadores científicos.

 Luis Ignacio Amorós (Valencia, 1972. Seglar católico. Doctor en Medicina, catequista de confirmación, voluntario de Cáritas en Atención al inmigrante, ministro extraordinario de la Comunión desde 2005, ha sido editor del portal de la CTC del Reino de Valencia desde 2004 a 2008). / InfoC. 2016

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ACTUALIDAD CATÓLICA EN EL MUNDO, catolicos en el mundo, doctrina social de la iglesia

¿Tiene solución nuestra sociedad?

Naturalmente que tiene solución, pero si vamos como vamos ¿la tiene? Rotundamente, no.
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¿Es serio esto que digo? Lo digo muy en serio. Y atiendan también con seriedad, a las razones que voy a exponer.

Todos nos quejamos de lo mal que va el mundo. Y se oyen con frecuencia comentarios sobre ello.

Constantemente hablamos de que hay corrupción por todas partes; miles y miles de millones que se pierden y no los encuentran, sueldos vergonzosos para los trabajadores y escandalosos para dirigentes, amiguismos políticos, favoritismos de todo tipo, partidos políticos en lucha constante entre sí, con personas incapacitadas para desarrollar las responsabilidades de sus cargos, pero sí capacitadas para cobrar sueldos muy cuantiosos.
Vemos también personas insignificantes en su vida privada, que han dado un salto inexplicable en su economía personal después de haberles dado un cargo político y todos los etcs que quieran, que son muchos.
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Aparte de todo esto, vemos como una pérdida del sentido moral en la sociedad, una pérdida de valores. Lo mismo da casarse que no casarse para formar una familia; lo mismo da formar una familia entre hombre y mujer que entre dos hombres o dos mujeres; también da lo mismo matar a un niño todavía en el seno de su madre que dejarlo nacer. Y al paso que vamos, lo mismo dará tener un marido o una esposa que catorce. Y a todo eso lo llaman progresismo. Pero ¿hacia dónde?

Y lo peor es que los legisladores dan por bueno y legalizan esos absurdos progresismos, con lo que la sociedad va volviendo de alguna manera a lo que podemos llamar la ley de la selva. Hacia ahí, a mi modo de ver, se va encaminando nuestra sociedad. Y si seguimos así, cualquier día se puede legalizar el matrimonio de un padre con su hija o de una madre con su hijo.

Y me pregunto: ¿Tal como se está orientando nuestra sociedad, es posible un cambio en la orientación de la misma?¿podemos cambiarla? ¿Cómo? Pongamos un ejemplo: Un pueblo aislado en el que todos son ladrones o borrachos, ¿podrá ser cambiado por ellos mismos, o para cambiar van a necesitar de alguien que venga de fuera y que pueda cambiarlos? En otras palabras, ¿pueden los borrachos cambiar a los borrachos, o los ladrones a los ladrones? Es decir ¿puede un hombre, roto interiormente reestructurarse por sí mismo, o necesita de alguien que lo cambie y que lo salve?

Y desde aquí, los cristianos apuntamos a Jesús como único Salvador de todos los hombres. Y me pregunto: Si Jesús es el único que puede salvarnos y no lo aceptamos, no creo que el mundo pueda salvarse. Los no cristianos o los medio cristianos podrán pensar de otra manera. Allá ellos. Pero nosotros, los cristianos, si queremos ser coherentes con nuestra fe, no. ¿Prueba?

La Historia. Los cristianos creemos que Jesús: “Es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”. (Hechos, 4,11-12). No hay otro Salvador.

Y concretando: Acabamos de celebrar la Pascua. ¿Cuál es el mensaje de la Pascua? Dice San Pablo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia… Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador… Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión… Y, por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”. (Col 3,1-17). Éste es el camino.

¡Qué bonito el ejemplo que nos han dado los dos Papas, San Juan XXIII y San Juan Pablo II recientemente canonizados! Recordemos que los santos no son para ser admirados sino para ser imitados. Ellos, como todos los cristianos que viven su fe en Jesús, nos enseñan el camino para ser santos. ¡Qué bonito también el ejemplo de tantos cristianos que viven su fe con dignidad y con sacrificios, algunos hasta el martirio, también en nuestros días!

Y si tenemos la experiencia de que solos no podemos cambiar, de que todos somos pecadores; de que cuando nos hemos adherido de verdad al Señor es cuando hemos vivido la alegría de la fe; de que cuando hemos vuelto a nuestra vida de hombres y mujeres viejos y nos hemos separado de nuestra vivencia cristiana, hemos intentado esconder lo que estamos haciendo porque nos avergonzaríamos si la gente se enterase de las basuritas o basuras que tenemos en nuestra vida, ¿por qué no nos volvemos al Señor que es el único que puede cambiarnos en hombres y mujeres nuevos, y con nuestro testimonio de vida cristiana llevada con seriedad, mostramos a todo el mundo que vale la pena aceptar a Jesús como amigo, Salvador y Dios, dispuesto a perdonarnos y a darnos la alegría de vivir en paz y de contribuir en la salvación de todos los hombres?

Siempre con alegría, les deseo a todos Felices Pascuas.

José Gea, RenL/30-4-14

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Un laico que se decidió a hacer algo para cambiar lo que no le gustaba

Anthony, el barbero de 82 años al que no le gustaban los mendigos (e hizo algo por ellos)

Barbero
Todos los miércoles sale al parque de Hartford para ofrecer sus servicios. Se llama Anthony y a sus 82 años se desempeña como barbero. Hasta aquí el hecho podría destacar más por la edad a la que Anthony continúa trabajando que por cualquier otra cosa. Y lo sorprendente es que lo de la edad es bastante secundario.
Antonhy Cymerys acude cada semana al parque de Hartford para cortar gratuitamente el cabello y la barba a los mendigos y personas sin hogar que pasean por las calles. Lleva las máquinas necesarias, usa la batería de su coche para alimentarlas, acomoda las sillas, etc. «No quiero que las personas sin hogar se vean sin hogar», dice Anthony, quien exige como única forma de pago un abrazo.
¿Qué llevó a Anthony a realizar esta labor? Un sermón que escuchó en la iglesia sobre las personas sin techo. Y ahora cada miércoles hay una fila lo suficientemente larga como para percibir que la acción del barbero de Hartford es ampliamente conocida. Y aprovechando que ya hay gente pobre por ahí, una iglesia cercana les provee de alimentos.
Estas pequeñas grandes cosas son las que transforman el mundo: el mundo de las personas que entran en contacto con quienes se han sentido interpelados por Dios en sus vidas. Es la diferencia entre lamentarse por lo mal que está la sociedad y el poner manos a la obra para mejorarla.
Barbero 2
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Mensaje de Cuaresma del Papa Benedicto XVI Creer en la caridad suscita caridad «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

1. La fe como respuesta al amor de Dios

En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

2. La caridad como vida en la fe

Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).

3. El lazo indisoluble entre fe y caridad

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).

En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.

A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales Miércoles de Ceniza indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

4. Prioridad de la fe, primado de la caridad

Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la

caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co13,13).

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

 

BENEDICTUS PP. XVI

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