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Rusia será católica

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«Rusia será católica»: así reza la inscripción de la lápida de la tumba del padre Gregorio Agústín María Shuvalov en el cementerio parisino de Montparnasse. Por esta causa, el barnabita ruso se inmoló como  víctima (Antonio Maria Gentili, I Barnabiti, Padri Barnabiti Roma 2012, pp. 395-403).

El conde Grigori Petrovich Shuvalov, nació en San Petersburgo el 25 de octubre de 1804 en el seno de una familia de rancia nobleza. A un tío suyo, general del ejército, se le asignó la misión de acompañar a un Napoleón derrotado a la isla de Elba, mientras que otro antepasado suyo había fundado la Universidad de Moscú. Entre 1808 y 1817 estudió en el colegio de los jesuitas de San Petersburgo, hasta que, expulsados de Rusia los hijos de San Ignacio, prosiguió sus estudios primero en Suiza y posteriormente en la Universidad de Pisa, donde aprendió perfectamente la lengua italiana. No obstante, recibió influencias del materialismo y del nihilismo entonces reinantes en los círculos liberales que frecuentaba. Nombrado a los veinte años por el zar Alejandro I oficial de los húsares de la guardia, en 1824, contrajo nupcias con Sofia Soltikov, mujer profundamente religiosa, ortodoxa, aunque «católica de alma y de corazón», que morirá a Venecia en 1841. Con ella tiene dos hijos: Pietro y Elena.

La muerte de Sofia motivó a Shuvalov a estudiar la religión. Un día, descubrió por casualidad el libro de las Confesiones de San Agustín: fue para él una revelación. «Lo leía constantemente, copiaba páginas enteras y escribía estensas ne stendevo lunghi estratti. Su filosofía me colmaba de buenos deseos y de amor. Embriagado de felicidad, encontré en aquel gran hombre sentimientos y pensamientos que hasta entonces dormían en el alma y que aquellas lecturas habían despertado». Trasladado a París, el conde Shuvalov frecuentaba las reuniones de un círculo de aristócratas rusos convertidos a la fe católica, gracias ante todo al conde Joseph de Maistre (1753-1821), que entre 1802 y 1817 había sido embajador del rey de Cerdeña en San Petersburgo.

Entre ellos se encontraban Sofie Svetchina (1782-1857), el príncipe Ivan Gagarin (1814-1882) y el príncipe Teodoro Galitzin (1805-1848). Este último, dándose cuenta de la honda crisis espiritual de su amigo, lo ayudó a redescubrir la verdad, y le aconsejó la lectura y la meditación de Del Papa de Joseph de Maistre. Leyendo la obra del conde savoyano, Shuvalov comprendió que la primera nota de la Iglesia es la unidad, ya que ésta exige una autoridad suprema, que no puede ser otra que el Romano Pontífice. «Señor, Tú dices “mi Iglesia”, no “mis iglesias”. Por otra parte, la Iglesia debe conservar la verdad; pero la verdad es una; por tanto, la Iglesia no puede ser sino una. (…) Cuando entendió que no puede existir sino una única Iglesia verdadera, se dio clara cuenta de que dicha Iglesia tiene que se universal, esto es, católica».

Shuvalov se dirigía cada tarde a Notre Dame para oír predicar al padre Francisco Javier de Ravignan (1795-1858), docto jesuita que llegaría a ser su director espiritual. El 6 de enero de 1843, fiesta de la Epifanía, Shuvalov abjuró de la ortodoxia e hizo su profesión de fe católica en la Capilla de los Pájaros. Sin embargo, aspiraba a una dedicación más intensa a la causa católica. Por intermedio de un joven liberal italiano, Emilio Dandolo, al que conoció por casualidad en un tren, había conocido al padre Alessandro Piantoni, rector del colegio Longone de los barnabitas en Milán, que en 1856 lo recibió en el noviciado barnabita de Monza, con el nombre de Agustín María.

En la orden fundada por San Antonio María Zacarías (1502-1539) encontró un ambiente de profunda espiritualidad. Escribió al padre Ravignan: «Me siento en el Paraíso. Mis padres son santos, y los novicios ángeles». Entre los jóvenes hermanos de la orden se contaba Cesare Tondini de’ Quarenghi (1839-1907) que, más que ningún otro, heredaría su legado espiritual. El 19 septiembre de 1857 Agustín Shuvalov fue ordenado sacerdote en Milán por monseñor Angelo Ramazzotti, futuro patriarca di Venecia.

El día de su ordenación, dirigió al Señor esta súplica mientras elevaba el cáliz: «Dios mío, hazme digno de dar la vida y derramar la sangre, unida a la vuestra, por la glorificación de la bienaventurada Virgen Inmaculada en la conversión de Rusia». Era éste el sueño de su vida, y lo confió a la Inmaculada, cuyo dogma proclamó Pío IX el 8 de diciembre de 1858. Recibido en audiencia por el Papa, el padre Shuvalov le manifestó su deseo de consagrar su vida a la restitución de los cismáticos a la Iglesia de Roma. En aquel memorable encuentro, «Pío IX me habló de Rusia con aquella fe, esperanza y convicción que se apoyan en la palabra de Jesús, y con aquella caridad ardiente que lo motivaba pensando en sus hijos descarriados, pobres huérfanos voluntarios. Estas palabras suyas me inflamaron el corazón».

El padre Shuvalov se declaró dispuesto a ofrendar su vida por la conversión de Rusia. «Pues bien, dijo entonces el Santo Padre, repetid siempre tres veces al día ante el crucifijo esta protestación de fe; tened la certeza de que vuestro deseo se cumplirá». París fue el terreno de su apostolado y su inmolación: allí se desvivió incansablemente conquistando innumerables almas y dando vida a la Asociación de Oraciones por el triunfo de la Inmaculada Virgen en la conversión de los cismáticos orientales, y especialmente de los rusos, a la fe católica, entidad conocida como la Obra del padre Shuvalov.

Pío IX la aprobó mediante un breve de 1862, y el padre Cesare Tondini fue su infatigable propagador. Pero el padre Shuvalov falleció en París el 2 de abril de 1859. Apenas había terminado de escribir la autobiografía Ma conversion et ma vocation (París 1859). El libro, que en el siglo XIX conoció varias traducciones y reediciones, ha sido presentado en una nueva edición italiana preparada por los padres Enrico M. Sironi y Franco M. Ghilardotti (La mia conversione e la mia vocazione, Grafiche Dehoniane, Bolonia 2004), de la cual hemos extraído las citas. El padre Ghilardotti hizo por otra parte las gestiones para traer de vuelta a Italia los restos del padre Shuvalov, que actualmente descansan en la parroquia de San Pablo Mayor de Bolonia, construida en 1611 por los barnabitas. A los pies de un altar coronado por una copia de la Santísima Trinidad de Andrei Rublev, el más destacado pintor ruso de iconos, el padre Gregorio Agustín Maria Shuvalov aguarda el día de la resurrección de la carne.

En su autobiografía el barnabita ruso había escrito: «Cuando hay peligro de herejía, cuando la fe languidece, cuando se corrompen las costumbres y los pueblos se adormecen al borde del abismo, Dios, que todo lo dispone con peso, número y medida, abre los tesoros de su gracia para despertarlos. O bien suscita en alguna aldea desconocida un santo escondido, cuyas eficaces oraciones contienen el brazo divino presto a castigar; o hace aparecer sobre la faz del universo la espléndida luz de un Moisés, un Gregorio VII, un Bernardo; o inspira, con el concurso de algún hecho milagroso, pasajero o permanente, una peregrinación o alguna otra nueva devoción, nueva tal vez en la forma pero siempre antigua en la esencia, un culto conmovedor y saludable. Así fue como se originó la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Dicho culto nació en medio e miles de contradicciones en un pequeño claustro del pueblo de Paray-le- Monial.»

Podríamos añadir igualmente que así tuvo también su origen la devoción al Inmaculado Corazón de María, cuya propagación pidió la Virgen hace cien años en una aldea portuguesa. En Fátima Nuestra Señor anunció el cumplimiento del gran ideal del padre Shuvalov: la conversión de Rusia a la fe católica. Suceso extraordinario que corresponde a nuestro futuro, y que hará resonar en el mundo las misteriosas palabras de la Escritura que el padre Shuvalov aplicó a su propia conversión: Surge qui dormis, surge a mortuis et iluminabit te Christus, «Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará» (Ef. 5, 14).

Roberto de Mattei / AlF, 2017 [Traducido por J.E.F. Artículo original: https://www.corrispondenzaromana.it/la-russia-sara-cattolica/  ]

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Estos son algunos pioneros católicos del voto femenino silenciados por las feministas de hoy

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 El Día Internacional de la Mujer, se ha acabado convirtiendo, en términos generales, en una manifestación “feminista radical”.

Y mientras se conmemora en este día gracias a la comunista alemana Clara Zetkin, que en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en 1910 propuso el 8-M como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, se desconoce y se oculta el importante papel que desempeñaron distintos católicos y católicas para reivindicar los derechos a las mujeres y su derecho al voto.

Los católicos, olvidados en la conquista del sufragio femenino
De hecho, algunos de estos católicos fueron precursores y llegaron mucho más lejos en busca de la igualdad de la mujer que una parte importante de la izquierda que ahora se apropia esta lucha, aunque esto sea algo que ni se celebre este miércoles ni se conmemore.

Precisamente ahora se cumplen cien años de un hecho importante que abriría el camino al voto femenino y que tenía a un católico como protagonista. En 1917 en Italia, el ahora siervo de Dios, Luigi Sturzo, curiosamente un sacerdote, ya escribía a favor del voto femenino cuando nadie lo hacía. El sacerdote Luigi Sturzo es uno de los padres de la democracia cristiana y luchó incansablemente por los derechos de las mujeres

El sacerdote Sturzo, precursor y padre de la democracia cristiana
Este sacerdote ordenado en 1894 fue también político, alcalde de 1905-1920 y secretario general de la Acción Católica. Pero sobre todo es conocido por ser uno de los fundadores de la democracia cristiana. En 1919 co-fundó el Partido Popular Italiano que tuvo un éxito inmediato consiguiendo 101 escaños.

En 1919, Sturzo llevaba en el programa electoral de su partido la aprobación del voto femenino en un proceso que se vio truncado con la llegada del fascismo, lo que le obligó a exiliarse en 1924.

Según recoge el Osservatore Romano, convencido de que la ampliación de la participación de las mujeres en el ámbito público no dañaría a la familia, Sturzo no solo consideraba el voto administrativo y político como “una consecuencia lógica de una participación extrafamiliar en la vida social y en los intereses colectivos”, sino sobre todo colocaba la ampliación del sufragio en una “concepción dinámica” de la democracia, como “factor global de educación civil”.

Hasta la feminista atea Simone de Beauvoir lo reconoció
Las tesis de Sturzo contaban con el apoyo de la Santa Sede
, que nunca contradijo a Sturzo y sí realizó gestos que apoyaban la participación de la mujer en la vida política. Y esto no lo dice ningún Papa u obispo sino una de las madres del feminismo, Simone de Beauvoir.
Esta escritora y filósofa existencialista que fue pareja de Jean Paul Sartre decía en su conocida obra, El segundo sexo: “Al feminismo revolucionario (…) se ha añadido un feminismo cristiano: Benedicto XV, en 1919, se pronunció a favor del voto a las mujeres; monseñor Baudrillart y el padre Sertinllanges hacen una fervorosa campaña en este sentido (…) En el Senado, numerosos católicos, el grupo de la Unión Republicana y, por otra parte, los partidos de extrema izquierda, están a favor del voto a las mujeres: pero la mayoría de la asamblea es contraria”.

Los importantes gestos de la Santa Sede
Simone de Beauvoir se refiere a la audiencia y posterior discurso que Benedicto XV pronunció el 22 de octubre de 1919 a la Unión de Mujeres Católicas Italianas en las que las habló de su importante apostolado en la vida social “fuera de casa”. Y aunque no citó directamente el voto femenino todos los comentaristas dieron por hecho el apoyo a través de la política de gestos al sufragio femenino, puesto que era además un tema de debate en Italia.

Sobre esto mismo, la profesora de la Universidad del País Vasco y experta en feminismo, Nerea Aresti, escribe en su libro Los argumentos de la exclusión. Mujeres y liberalismo en la España contemporánea que “la llamada de Benedicto XV, en 1919, a la participación política activa de los católicos, también de las mujeres, animó a la organización de asociaciones feministas católicas y legitimó el recurso al voto femenino por parte de estos sectores”.

De Dorothy Day a Hildegard Burjan
Por poner otros dos ejemplos. Cabe destacar que la que fuera feminista estadounidense Dorothy Day fue encarcelada en 1917 por protestar junto a otras mujeres frente a la Casa Blanca a raíz de la exclusión de las mujeres del voto. Pues bien, esta mujer fue declarada, evidentemente por otros motivos, sierva de Dios por el ahora santo Juan Pablo II. El cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, sigue llevando hacia delante su causa de beatificación.

El segundo ejemplo se produjo en Austria. La primera mujer que formó parte del Concejo municipal de Viena en 1919 y un año después también la primera en ser diputada nacional de Austria justo tras conseguir el sufragio universal es la ahora beata Hildegard Burjan, beatificada por el cardenal Amato en 2012.

También en España hubo católicos que fueron precursores del voto femenino. Se trata de un hombre y de una mujer cuyos nombres no son reconocidos en esta causa pero que abrieron camino, no sin dificultades.

El ministro católico español que presentó el proyecto de ley
Uno de los más activos fue Manuel de Burgos y Mazo, político y escritor que fue ministro de varias carteras durante el reinado de Alfonso XIII. Este católico convencido quería implantar en España una democracia cristiana y su obra más ambiciosa fue El problema social y la democracia cristiana en la que consideraba que sólo la doctrina social católica podía resolver los problemas sociales y la crisis de España.

En noviembre de 1919, siendo ministro de Gobernación, Manuel de Burgos presentó un proyecto de ley electoral que pretendía extender el derecho de voto a las mujeres mayores de edad. En el preámbulo se hacía eco de las conquistas que poco a poco se estaban produciendo en otros países puesto que, explicaba, se había demostrado que las mujeres tenía igual aptitud que los hombres en muchos aspectos de la vida pública.

La prensa conservadora apoyaba el sufragio femenino
Su propuesta finalmente no pudo aprobarse porque se produjo un cambio de gobierno. Sin embargo, el proyecto encontró un fuerte apoyo por parte de la prensa conservadora. De hecho, la edición del ABC del 21 de septiembre de 1919 afirmaba que lo expuesto por Manuel de Burgos “merece un entusiasta aplauso” y el periódico añadía que “en los tiempos modernos, en los que la mujer desempeña una misión tan importante en la vida social y política, es justo que no sólo tenga deberes, sino también derechos”. Y la noticia dejaba una nota destacada: “la reforma será seguramente combatida desde el partido socialista que quiere que la mujer no salga de la situación en que hoy se encuentra; hasta el punto de que en los reglamentos de muchas corporaciones obreras se las niega toda beligerancia”.

María de Echarri, una feminista católica
Sin duda, una de las grandes precursoras de la igualdad es la para muchos desconocida, María de Echarri. Esta católica española nacida en 1878 vio reconocida su incansable labor social desde la perspectiva católica con diversas condecoraciones como la Cruz de Leopoldo II de Bélgica, la Arcade por el Papa Pio X o la medalla Pro Ecclesia et Pontifice. María Echarri consiguió que se aprobaran leyes que ayudaban a las mujeres

El logro de la ley de la silla
Activista, política y periodista defendió a la clase humilde y a las mujeres desde un feminismo católico. Fue secretaria general del Sindicato Católico Femenino, que tuvo miles de afiliadas. En 1918 escribía que “el feminismo posible, razonable en España, debe ser netamente católico”.

Desde sus artículos periodísticos y desde la política intentó conseguir el sufragio femenino. Echarri fue una de las primeras concejales del Ayuntamiento de Madrid y diputada en la Asamblea Nacional bajo el gobierno de Primo de Rivera.

Como curiosidad, uno de sus grandes logros fue la aprobación de la conocida como ley de la silla, aprobada en febrero de 1912 y que supuso toda una revolución en la legislación laboral. Esta normativa protegía a las mujeres que tenían que trabajar de pie y que podían padecer problemas en los ovarios y la matriz, abortos y partos prematuros. Para ello, los dueños de las empresas o tiendas debían proporcionar una silla a las mujeres para que pudieran descansar.

Javier Lozano / ReL, 2017

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Científicos, intelectuales y artistas con fe

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Quienes leen poco o nada sobre la historia de la Iglesia, acostumbran repetir una y otra vez que la fe es cosa de ignorantes. No me refiero a los ateos que saben argumentar y con los que siempre es un gusto debatir, sino a la gente que nada más anda viendo qué decir o publicar en las redes sociales para quejarse por el simple hecho de intentar poner la nota discordante.

Si eres de los que cree que el cristianismo se opone a la ciencia, te interesará conocer la vida de hombres y mujeres, cuya fe católica (algunos se encuentran en proceso de canonización por haber vivido heroicamente conforme al Evangelio) nunca les impidió pensar, estudiar, descubrir y aportar:

 San Alberto Magno (1200-1280). Dominico, teólogo, filósofo, geógrafo, astrónomo y, sobre todo, químico. Entre otras cosas, descubrió el Arsénico.

 Santo Tomás de Aquino (1224-1274). Dominico, teólogo y filósofo. Se le considera uno de los padres del Derecho Internacional.

 Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179). Religiosa, mística, especialista en medicina. Estudió las propiedades curativas de las plantas.

 Antonio Vivaldi (1678-1741). Compositor italiano y sacerdote.

 Santo Tomás Moro (1478-1535). Casado. Intelectual y político inglés y autor de la obra titulada “Utopía”.

 Gregor Mendel (1822-1884). Monje agustino. Es considerado como el padre de la genética.

 Antoní Gaudí (1852-1926). El representante por excelencia del modernismo catalán en arquitectura, cuya obra cumbre es la catedral de la Sagrada Familia de Barcelona.

 Félix Rougier Olanier (1859-1938). Sacerdote y fundador. Pionero en introducir la egiptología a España. Logró establecer la congruencia entre el Antiguo Testamento y los vestigios arqueológicos de la civilización egipcia.

 George Lemaitre (1894-1966). Jesuita y autor de la teoría del “Big Bang”.

 Mary Kenneth Keller (1914?-1985). Religiosa. Pionera en desarrollar el lenguaje de programación “BASIC”. Es uno de los pilares de la informática.

 Dr. Jérôme Lejeune (1926-1994). Médico francés, padre de la genética moderna. Se encuentra en proceso de canonización por defender la vida de los no-nacidos. Descubrió que el síndrome de Down se debe a la presencia de un cromosoma más.

Ana María Gómez Campos (1894-1985). Religiosa. Miembro del primer círculo de psicología experimental de México.

ReL

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«La verdad es que sin Cristo estamos perdidos»

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Dice uno de los matemáticos más brillantes de Europa.

 Laurent Lafforgue está sentado en un pequeño despacho del Departamento de Matemáticas de la Universidad de Milán. Aún no ha cumplido 48 años, pero tiene el rostro y el físico de un muchacho. Se trata de una de las mentes más aguda de Europa y del mundo. Premiado en 2002 con la Fields Medal, lo que sería el Premio Nobel de las matemáticas, Lafforgue no es un intelectual todo aula y fórmulas matemáticas. En los últimos años ha sido protagonista del debate sobre la escuela pública en su país. Y hoy observa con gran perplejidad lo que sucede en Europa y en las sedes de la Unión Europea. Hemos hablado con él del manifiesto de Comunión y Liberación con cara a las elecciones europeas del 25 de mayo.

 -¿Qué efecto le ha causado leer este documento?

-Me hace pensar que, en general, no existen instituciones que van en una buena dirección de manera automática, aunque hayan sido creadas, en su origen, con buenas intenciones. No se pueden crear instituciones que sustituyan a la libertad humana para ir en la dirección del bien. Si por azar las ideáramos, acabaríamos por crear máquinas perversas. Lo vemos en el proyecto europeo, que está llevando a cabo aberraciones cada vez más grandes, contrarias al espíritu de los padres fundadores.

 -¿Se siente europeo? ¿En qué sentido?

-Sí, en muchos sentidos. Ante todo, soy cristiano, aunque en sí el cristianismo no es una religión europea. Soy europeo por cultura. Soy un científico, en el sentido de que participo a una ciencia que ha sido elaborada por primera vez en Europa, aunque actualmente se practique en todo el mundo. Soy europeo también por cultura literaria, porque aunque soy un matemático, siempre me han interesado la literatura y la historia. He pasado mucho más tiempo leyendo que haciendo matemáticas. He leído los grandes autores franceses y la gran literatura nacional de los otros países europeos.

El manifiesto retoma la expresión de Jürgen Habermas relanzada por Benedicto XVI sobre la necesidad de una forma razonable para resolver los contrastes políticos, que debe ser un «proceso de argumentación sensible a la verdad». ¿Qué significa para usted?

 Hoy, en el ámbito jurídico por ejemplo, se concibe el derecho como una construcción formal y arbitraria. De este modo se abandona deliberadamente la cuestión de la verdad. Si se hace esto es porque se ha perdido “el sentido de la verdad”. En el mundo moderno lo hemos perdido en gran parte porque buscamos la verdad con el criterio de la objetividad perfecta. Desearíamos una máquina que encontrara la verdad de manera automática en nuestro lugar. Como ya no somos sensibles a la verdad, necesitamos que alguien lo sea por nosotros. Pero no existe un mecanismo que lo sea: las instituciones, un régimen político, una constitución… Hoy vemos las consecuencias de la pérdida de la sensibilidad a la verdad y, al mismo tiempo, no tenemos recetas para volver a encontrar esta sensibilidad. Nosotros, como cristianos, intentamos ser humildes sobre este tema.

 -¿En qué sentido?

-El cristianismo dice que frente a la verdad somos muy frágiles. No sólo nuestro sentido moral está herido, pues somos pecadores, sino que también nuestra inteligencia está herida. Y por lo tanto estamos expuestos al error en todo momento. Y para protegernos del error, esperando recorrer el camino de la verdad, no tenemos mejor recurso que la oración, que dirigirnos a Dios y rezar humildemente que nos ilumine, porque hacemos experiencia de errores monumentales, a veces de manera individual, otras de manera colectiva. Hoy asistimos a cosas aberrantes, pero si miramos la historia vemos que muchas cosas que ahora consideramos horribles, en el momento en que se realizaron no eran percibidas como tales. Nuestra inteligencia es tan débil como nuestra voluntad. Necesitamos dirigirnos a Dios y pedirle que nos ilumine. Esto no nos dispensa de utilizar el rigor de la razón, no nos dispensa del ser inteligentes.

 -¿Cuál es la aportación que el cristianismo puede dar a Europa?

-No hablaría de contribución del cristianismo, sino de Cristo. En el fondo, a nosotros cristianos no nos interesa “el cristianismo”. Hay personas que se interesan por él, tal vez personas no cristianas, que quieren ver los efectos de la fe cristiana en la historia, lo que los cristianos han hecho bien y mal. Los frutos de la Iglesia. Pero para nosotros, ser cristianos no es hacer algo con el cristianismo; es dirigirse a Cristo. Esto no significa que no tengamos interés en la historia, porque en parte hemos conocido a Cristo a través de la tradición. Estamos vinculados al Cristo histórico a través de una cadena histórica. Hoy, el sentimiento que domina en mí es que sin Cristo estamos perdidos. ¿Se acuerda usted de ese pasaje del Evangelio en el que Jesús ve a la multitud y se conmueve, porque eran «ovejas sin pastor»?

 -¿Ser cristianos frente al mundo es decir esto, que Cristo es la respuesta a la necesidad del hombre?

-Me turba una frase de San Pedro: «Señor, no entendemos todo lo que dices, ¿pero adónde iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna». Me sorprende, intento hacerla mía y me doy cuenta de que no soy el único que se siente así. Pero sé también que no es hacia dónde va en general la sociedad. Veo que la mayor parte de la gente está desesperada y lleva una existencia frenética intentando olvidarlo de todos los modos posibles. La gente sabe que está perdida y la mayor parte piensa que es algo irremediable.

 -Usted ha participado en el debate sobre la escuela en Francia. ¿Qué le ha impulsado a participar y cuánto ha contado para esto su ser cristiano?

-La fe cristiana hace que las personas estén atentas y da razones para transmitir la vida, lo que significa traer hijos al mundo, pero también transmitir la vida intelectual. Hoy, el fondo del problema de la escuela es que ya no sabemos por qué se debe transmitir el saber. Hay una duda profunda sobre todo lo que somos capaces de trasmitir. También el ambiente intelectual y universitario duda del valor de lo que hace. Y además se duda sobre el valor de la vida. Hoy, todas las sociedades europeas tienen pocos hijos y tienen pocos hijos porque dudan que la vida tenga verdaderamente un valor. A nosotros cristianos el valor nos lo hace ver Cristo. Es el vínculo con él lo que da razón del valor de la vida: no a nivel intelectual, no es una teoría que justifica la vida. Si estamos dirigidos hacia Cristo, el valor de la vida es una evidencia sensible, visible. Es el valor de la vida en toda su plenitud. Por otra parte, para enseñar a las personas, no es suficiente tener conciencia de que la vida tiene un valor, es necesario tener una idea de qué es el hombre. ¿Quiénes son estos jóvenes a los que tenemos que enseñar? Si no sabemos quiénes son, si pensamos que son material manipulable arbitrariamente, no se necesita enseñar esto o aquello. Todo es opinión. Si estamos dirigidos a Cristo, vemos al hombre a través de Él. Cristo es el modelo de hombre y también es el modelo de maestro.

 -Para usted, ¿ver al otro como un bien es una necesidad? ¿Puede ser un hecho de construcción?

-En el ambiente científico, el otro puede ser alguien que me enseña algo, pero puede ser también un competidor. La actitud general entre los científicos es ambivalente. Sin embargo, hay otro nudo en el ámbito científico que está presente en toda la sociedad europea: el papel de los jóvenes. ¿Consideramos a estas personas nuevas como un bien? En mi opinión, no. Lo veo en mi ambiente; y en Italia la situación es dramática. Las sociedades contemporáneas no saben qué hacer con los niños y los niños se convierten en jóvenes. Sucede lo mismo con los ancianos, que al final de su vida ya no son considerados un bien. Hemos llegado a esto porque hemos perdido el sentido de la persona como bien. Hoy pensamos que la persona es un bien sólo si es eficaz, si es capaz de desarrollar tareas. Pero no es un bien en sí misma.

 -Es un problema muy europeo.

-No solo. En China, ¿la persona está considerada un bien en sí misma? Diría que no. Las personas, para justificar su propia existencia, deben combatirse entre ellas. Si no tienes éxito, si no acumulas dinero… Cada uno debe motivar el propio valor. No somos un valor en nosotros mismos.

 -Si pudiera decir sintéticamente si es posible un nuevo inicio, ¿qué diría?

-Sólo el Espíritu Santo puede generar un nuevo inicio. Sólo con las fuerzas humanas es imposible. En Francia, el año pasado vimos al Gobierno proponer una ley para desnaturalizar el matrimonio pero, ante la sorpresa general, se produjo una oposición muy fuerte. Millones de personas se manifestaron en las calles contra esa ley y de esas manifestaciones nació el movimiento de los veilleurs. Fue algo imprevisto y nadie sabe cuáles serán sus frutos. Al mismo tiempo, pienso que este movimiento es una consecuencia de las enseñanzas de Juan Pablo II primero y de Benedicto XVI después.

 -¿Qué le asombra de estos veilleurs?

-He ido a las vigilias varias veces y les he visto y escuchado. Son jóvenes que se sientan en el suelo en silencio y que escuchan lecturas de textos literarios o filosóficos. Su objetivo es redescubrir los fundamentos filosóficos de la sociedad. En mi opinión, es algo extraordinario. Algo que los partidos políticos no son capaces de hacer. Son personas no violentas, diría incluso extremamente pacíficas. Impresiona. Son una verdadera sorpresa.

 -¿Son una esperanza para Europa?

-Para renovar a Europa hay que empezar así. Es inimaginable que los políticos se conviertan de golpe. Y no serán las instituciones quienes los convertirán. Las cosas ocurren a nivel de las personas. Todo ha nacido de manera muy discreta: los grandes movimientos históricos nacen de hechos muy pequeños.

Luca Fiore / Publicado en Tracce (Traducción de H. Faccia)

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La vida de Mark Zwick fue la Misericordia: ayudó a más de 100.000 indocumentados y pobres de Houston

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Mark Zwick, que hace 36 años convirtió un edificio en ruinas en la avenida Washington en un próspero refugio internacional para inmigrantes y refugiados, murió el pasado 18 de noviembre en su casa de Houston después de una batalla contra la enfermedad de Parkinson. Tenía 88 años.

 En 1980, Mark y su esposa Louise fundaron Casa Juan Diego, un lugar de hospitalidad donde miles de refugiados escapando a Houston durante las guerras civiles en Centroamérica encontraron un puerto seguro. Así lo explica la página web del movimiento del Trabajador Católico de la ciudad texana (1).

Años después, Casa Juan Diego se expandió para incluir diez edificios y convertirse en la luz para los inmigrantes huyendo de la violencia y la pobreza. Su nombre se hizo famoso entre los caminos que llevan a la frontera de Texas y México.

Inspirados en el Sermón de la Montaña, en muchos santos católicos, y en los fundadores del Trabajador Católico, Dorothy Day y Peter Maurin, Casa Juan Diego ofrece comida, refugio, ropa, cuidado médico y una amabilidad poco común a los migrantes que no tienen a donde ir y con pocos lugares a los cuales recurrir para pedir ayuda.

A lo largo de los años, más de 100,000 hombres, mujeres y niños indocumentados pasaron al menos una noche en Casa Juan Diego. El centro continúa ofreciendo hospitalidad y servicio médico, y provee comida gratis a alrededor de 500 familias cada semana.

Después de descubrir la falta de recursos para los inmigrantes enfermos y lesionados, Mark también empezó a proporcionar ayuda financiera y a coordinar servicios de cuidado personal para hombres y mujeres incapacitados, y sin cobertura de la seguridad social o de otros seguros. Hoy en día, hospitales, escuelas y el departamento de policía de manera rutinaria envían a los inmigrantes a Casa Juan Diego para obtener los cuidados que salven sus vidas.

Jesús está en el inmigrante
Mark pasó los últimos 35 años de su vida practicando diariamente las obras de misericordia en Casa Juan Diego. Dio la bienvenida a huéspedes inmigrantes y distribuyó comida y ropa a los pobres. Escuchó las necesidades, alegrías y tragedias de los enfermos y los heridos, los paralíticos, los maltratados, las embarazadas y las personas sin hogar en una tierra extraña, y encontró la manera de ayudar a cada uno.

Su comportamiento amable, su sabiduría y su generosidad, lo llevaron a ganarse el afecto de la comunidad. Mark evitó los sistemas burocráticos y las técnicas de negocio para servir a los pobres, en los cuales reconoció a Jesús de Nazaret. Tenía una filosofía personalista comunitaria enfatizando la dignidad única de cada persona. Espiritualmente apoyó a cuantos pasaban por Casa Juan Diego, y los sacerdotes de la Arquidiócesis de Houston celebran misa cada semana para la comunidad y los huéspedes inmigrantes.

En medio del incesable trabajo, Mark también editaba un periódico bimestral llamado El Trabajador Católico de Houston. Una publicación que aborda temas relacionados con la justicia social y la paz, y que busca responder a los problemas cotidianos con enseñanzas del evangelio. Mark y su esposa también escribieron dos libros, incluyendo Mercy Without Borders (“Misericordia sin fronteras”) y El Movimiento del Trabajador Católico: orígenes intelectuales y espirituales.

Además de las Casas de Hospitalidad, Mark Zwick dirigió actividades de justicia social en Houston en favor de los inmigrantes y, junto con su esposa, recibió muchos premios y reconocimientos por su servicio, incluyendo la medalla papal Pro Ecclesia te Pontificeotorgada por el Papa San Juan Pablo II en 1997.

Apóstol y buscador de Dios
Mark nació en 1927 en Canton, Ohio, siendo uno de 11 hermanos nacidos de Herman S. y Florence Gulling Zwick. Estudió en la universidad de St. Mary, Kentucky y en el seminario St. Mary en Cleveland, Ohio. Se ordenó sacerdote católico el 28 de febrero de 1953, y sirvió en parroquias en Ravenna, Warren y en la Catedral de St. Columba en Youngstown, Ohio. Como sacerdote estuvo activo en el Movimiento Familiar Cristiano y abrió dos librerías Católicas en Ravenna y Warren, Ohio.

Durante el movimiento de Derechos Civiles, Mark estableció Concilios Católicos Interraciales y realizó visitas a casas con el objetivo era promover la paz y la justicia racial. Mark fue conocido como un sacerdote que trabajaba con los pobres.

En 1962, Mark encontró un socio para su trabajo con los marginados cuando conoció a Louise Yarian. Ella era una afín intelectual y bibliófila que estaba interesada en explorar cuestiones espirituales y teológicas profundas y que quería acercarse a Dios. Los amigos fundaron Casa Gilead, un centro comunitario para los pobres en Youngstown. Y después de una larga amistad, durante la cual Louise se incorporó a la Iglesia Católica, se enamoraron. Mark recibió la dispensa para dejar el sacerdocio para casarse con Louise por la Iglesia Católica. Tuvieron dos hijos, Jennifer y Joachim.

Mark obtuvo su maestría en trabajo social en la universidad de Chicago y estudió en el Centro de Entrenamiento de la Comunidad Psiquiátrica en Berkley, California. Trabajó como trabajador social psiquiátrico en servicios de salud mental en el área cerca de San Francisco.

El Salvador, destino misionero en familia
En una experiencia que cambiaría sus vidas, Mark y su familia de trasladaron a El Salvador para trabajar con los pobres en 1977, justo cuando los disturbios que iban a terminar en una guerra civil estaban comenzando. Cuando regresaron a Estado Unidos, la pareja trabajó en varias parroquias en Texas. Fue en su trabajo en la iglesia católica de Santa Teresa en Memorial Park donde Mark se percató de la necesidad de servir a la creciente población de refugiados que estaba llegando a Houston proveniente de El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Esto fue lo que llevó a la fundación de Casa Juan Diego, y a su trabajo de por vida.

ReL26 noviembre 2016

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Sin Lutero no se entiende el mundo moderno

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Este año están apareciendo varios libros sobre Lutero y el Protestantismo; es lógico si pensamos que se cumplen 500 años desde la fecha simbólica en que el monje alemán iniciaba su desafío a Roma y que el mundo en que vivimos está profundamente influido por sus consecuencias. Ya me hice eco del libro de la historiadora italiana Angela Pellicciari y hoy traigo la aportación de otro italiano, filósofo y jurista, Danilo Castellano, que en su recientemente publicado “Martín Lutero. El canto del gallo de la Modernidad” (Marcial Pons) aborda el impacto de Lutero sobre la política y las leyes.

 Castellano es un académico riguroso y sistemático y eso se nota. Es preciso y ha buceado en el tema, al tiempo que posee una amplia mirada de conjunto que le permite trazar precisas genealogías intelectuales. Se trata de una enorme virtud, pues Lutero, por su propia naturaleza a menudo contradictoria, puede confundir a estudiosos menos atentos. Es mérito de Castellano mostrar a la vez las enormes contradicciones luteranas y la coherencia profunda que es la que le va a dotar de una descendencia en el campo de las ideas que ni el mismo Lutero pudo vislumbrar.

 El libro es enjundioso y por ello difícil de resumir, por lo que me contentaré con señalar algunos de los aspectos que me han llamado más la atención, esperando que abran la curiosidad de algunos de los que leen estas líneas y les lleve hacia las páginas de Castellano:

  • La revolucionaria noción de conciencia de Lutero, una conciencia que se ha transformado en única fuente del bien y del mal, “esto es, conciencia subjetiva que no es sensibilidad respecto del orden, sino que pretende ser el orden en sí”. Noción que, añado, está extendidísima hoy en día, como atestiguan muchos de los debates en torno a la admisión a la comunión de los divorciados y vueltos a casar civilmente pero con un anterior matrimonio canónico valido.
  • La visión del gobierno como, siempre y en todo lugar, un mal necesario, muy presente hoy día en algunos ambientes liberales y libertarios, bebe también de Lutero, quien concibe el Estado “como instrumento de castigo para la maldad humana” y necesario solo por causa de ésta.
  • La concepción del pueblo cristiano sufre también en Lutero una profunda alteración: para el monje alemán son los “predestinados que dan vida a una comunidad puramente espiritual, privada de jerarquía” y cuyos pastores dependen de ese pueblo. Este poder soberano sobre lo que es “suyo” que se arroga la comunidad, será luego trasladado al plano político secular en el concepto de soberanía popular, “conclusión del despliegue de la “idea” luterana según la cual la comunidad puede autorizar cualquier cosa”.
  • La libertad va a ser entendida por Lutero como “la liberación total de cualquier dependencia de la razón o de mandatos ajenos”. Así, “la libertad evangélica no es libertad según la recta conciencia sino liberación del diktat de la conciencia” y se identifica con la autonomía vital.
  • El Estado que, finalmente, “nace de la Reforma es totalitario en un doble sentido: en primer lugar en el sentido de que es la única realidad que absorbe y gobierna todo, y después en el sentido de que invade la conciencia”. También podemos rastrear en Lutero la génesis de la razón de Estado: el bien del Estado será siempre e incondicionadamente la suprema ley.

Nos advierte el autor acertadamente del carácter asistemático de Lutero, así como de la influencia que su biografía juega sobre sus teorizaciones o de la deuda de Lutero con corrientes de pensamiento anteriores (como, de modo muy evidente, el nominalismo) pero todo esto no quita que Lutero, a veces de modo consciente, a veces no, suministrase unos materiales fundamentales para el desarrollo de la Modernidad (aquí, insiste Castellano, será Hegel el más genial intérprete de Lutero).

El libro, ya lo hemos señalado, no se agota en estos puntos; la caracterización del luteranismo como revolución gnóstica, por ejemplo, es muy sugerente y confiamos en que en el futuro el autor pueda desarrollarla aún más. El libro también está trufado de excursus que, colaterales al tema principal, enriquecen la obra, como el significativo odio de Lutero hacia Aristóteles, el clericalismo de Maritain o el error de base de las teorías contractualistas.

Estamos pues ante una obra, de extensión fácilmente abarcable (no alcanza las 200 páginas en formato bolsillo) pero muy rica y penetrante, como un buen alimento concentrado, que nos ayuda a comprender mejor lo que significó Lutero y en qué medida la Modernidad es deudora de su, en palabras de Ludwig von Pastor, revolución religiosa.

Jorge Soley, InfoC. 11.16

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Premio Nobel de Física asegura que cree en Dios, más gracias a la Ciencia, que a pesar de ella

Le dieron el premio en 1997 y declara con rotundidad: «Soy un científico serio que cree seriamente en Dios». 

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El pasado 5 de noviembre de 2016, fue el 64 cumpleaños de William Daniel Phillips, físico estadounidense y ganador del Premio Nobel de Física en 1997 por el desarrollo de métodos para enfriar y capturar átomos por láser.

Durante mucho tiempo ha sido miembro del National Institute of Standards and Technology (Instituto Nacional de Estándares y Tecnología), es profesor en la Universidad de Maryland y también uno de los fundadores de la International Society for Science & Religion (Sociedad Internacional para la Ciencia y la Religión).

 Unión entre ciencia y fe

Hace años, escribió su testimonio explicando su pensamiento sobre la existencia de Dios y sobre la unión entre la ciencia y la fe.

 «La Ciencia y la Religión No son enemigos irreconciliables»

«Muchos creen que la Ciencia, ofreciendo explicaciones, se opone a la comprensión de que el universo es una creación amorosa de Dios», dice el científico, «creen que la Ciencia y la Religión son enemigos irreconciliables, pero no es así».

William Phillips responde a esta pregunta a través de su experiencia: «Yo soy físico. Hago investigación tradicional, publico en revistas, presento mis investigaciones en reuniones profesionales, enseño a estudiantes e investigadores post-doctorales, intento aprender cómo funciona la naturaleza. En otras palabras, soy un científico ordinario».

 Reza con regularidad…

Pero, continua, «también soy una persona de fe religiosa. Asisto a la iglesia, canto gospel en el coro, todos los Domingos voy al catecismo, rezo con regularidad, trato de ´hacer justicia, amar la misericordia, y caminar humildemente con mi Dios´. En otras palabras, soy una persona común de fe».

 …y no es una contradicción con ser científico

Para mucha gente, esto puede parecer una contradicción: «¡Un científico serio que cree seriamente en Dios! Pero, para muchas personas más, soy una persona como ellos. Aunque la mayor parte de la atención de los medios de comunicación va enfocada a los ateos ´estridentes´ que dicen que la religión es una superstición tonta, o los creacionistas fundamentalistas que niegan la evidencia clara de la evolución cósmica y biológica, la mayoría de la gente que conozco no ninguna dificultad en aceptar el conocimiento científico y mantener la fe religiosa», asegura.

 ¿Cómo puedo creer en Dios?

Continúa el Premio Nobel: «Como físico experimental, necesito pruebas, experimentos reproducibles y una lógica rigurosa para apoyar cualquier hipótesis científica. ¿Cómo puede una persona así basarse en la fe?», reta.

Él mismo se plantea dos preguntas que tiene que responder: ¿Cómo puedo creer en Dios? y ¿Por qué creo en Dios? ¿Cómo puedo creer en Dios?

«Un científico puede creer en Dios porque esta convicción no es una cuestión científica. Una afirmación científica debe ser ´falsificable´, es decir, debe haber algunos resultados que, al menos en principio, podrían demostrar que la afirmación es falsa [….]. Por el contrario, las afirmaciones religiosas no tienen que ser necesariamente ´falsificables´», argumenta William Phillips.

«No es necesario que todo enunciado sea un enunciado científico; ni tampoco por ello los enunciados que simplemente no son científicos pasan a ser afirmaciones inútiles o irracionales. La ciencia no es la única manera útil de ver la vida», razona el premio Nobel.

 ¿Por qué creo en Dios?

«Como físico, observo la naturaleza desde un punto de vista particular. Veo un universo ordenado, hermoso, en el que casi todos los fenómenos físicos pueden ser entendidos con unas pocas y simples ecuaciones matemáticas. Veo a un universo que, de haber sido construido de una manera ligeramente diferente, nunca habría dado a luz a las estrellas y los planetas. Y no hay ninguna razón científica por la cual el universo no podría haber sido diferente. Muchos buenos científicos han concluido con estas observaciones que un Dios inteligente ha decidido crear el universo con esta propiedad hermosa, sencilla y vivificante. Muchos otros grandes científicos, sin embargo, son ateos. Ambas conclusiones son posiciones de fe», responde.

 Un ateo que cambia de opinión

Recientemente, el filósofo y por largo tiempo ateo Anthony Flew, cambió de opinión y decidió que, sobre la base de estos elementos y pruebas, era necesario creer en Dios: «Creo que estos argumentos son sugerentes y ayudan a sostenener la fe en Dios», comenta William Phillips, «pero no son concluyentes. Yo creo en Dios porque siento la presencia de Dios en mi vida, porque puedo ver la evidencia de la bondad de Dios en el mundo, porque creo en el amor y porque creo que Dios es amor».

 ¿Dudas sobre Dios?

¿Esto le hace una mejor persona o un físico mejor que otros? «Difícilmente. Conozco un montón de ateos que son mejores personas y mejores científicos que yo. ¿Esto libre de dudas sobre la existencia de Dios? Difícilmente también. Las preguntas sobre el mal en el mundo, el sufrimiento de niños inocentes, la variedad del pensamiento religioso y otros imponderables suelen dejar a menudo en el aire la cuestión de si estoy en lo cierto, y me hacen constatar siempre mi ignorancia. A pesar de todo esto, creo más gracias a la Ciencia que a pesar de ella», concluye el premio Nobel.

«Como está escrito en la Epístola a los Hebreos, ´la fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven´».

por Sara Martín / ReL

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