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Vivimos en tiempos de un gran relativismo, tiempos en los que parece no haber una verdad objetiva, firme, inmutable. Pero no es así y es importante que haya voces que intentan confirmar más y más esta importante verdad: la verdad existe, y para nosotros se llama Jesucristo.

Esta no es una simple opción en el paisaje del pensamiento, debiera ser el alfa y el omega de nuestra forma de ser en el mundo. Si la verdad no es sólida y objetiva, entonces en realidad todo está permitido, todo es posible, todo es justificable. No importa si somos limitados, pecadores, falibles. Lo que importa es saber que hay una casa firmemente construida sobre roca a la que podemos volver.

Por lo tanto, no podemos mantener el silencio en el 25º aniversario de la publicación de la encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II. Un documento importante que reafirma precisamente aquellas verdades que hoy se descuidan. Apenas comienza, el documento dice: “Llamados a la salvación mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), los hombres llegan a ser «luz en el Señor» e «hijos de la luz» (Ef 5, 8), y se santifican «obedeciendo a la verdad» (1 P 1, 22).

Mas esta obediencia no siempre es fácil. Debido al misterioso pecado del principio, cometido por instigación de Satanás, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44), el hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los ídolos (cf. 1 Ts 1, 9), cambiando «la verdad de Dios por la mentira» (Rm 1, 25); de esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose al relativismo y al escepticismo (cf. Jn 18, 38), busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma.

Pero las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de Dios creador. Por esto, siempre permanece en lo más profundo de su corazón la nostalgia de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su conocimiento. Lo prueba de modo elocuente la incansable búsqueda del hombre en todo campo o sector. Lo prueba aún más su búsqueda del sentido de la vida.

El desarrollo de la ciencia y la técnica —testimonio espléndido de las capacidades de la inteligencia y de la tenacidad de los hombres—, no exime a la humanidad de plantearse los interrogantes religiosos fundamentales, sino que más bien la estimula a afrontar las luchas más dolorosas y decisivas, como son las del corazón y de la conciencia moral.

Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo del espíritu humano, como dice el salmista: «Muchos dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha?”. ¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!» (Sal 4, 7).”

Un hermoso libro del teólogo y franciscano polaco Maksym Adam Kopiec, Non abbiate paura della verità. Giovanni Paolo II e la Veritatis Splendor (“No teman a la verdad. Juan Pablo II y Veritatis Splendor,” 2018 Chorabooks), comienza con una bellísima letra del cardenal Joseph Zen en la que el cardenal exclama: “Estimado padrer Maksym Adam Kopiec, paz en el esplendor del Señor Resucitado. Él nos dice, como a los perplejos apóstoles: ¡no teman! Con frecuencia, la oscuridad y la confusión intentan nublar el esplendor de la verdad, hoy como hace 25 años. Por favor acepte mis felicitaciones por la brillante idea de conmemorar el 25º aniversario de la inmortal encíclica del santo papa Juan Pablo II. En aquel tiempo, yo enseñaba en el seminario de Hong Kong y tuve que discutir con un sacerdote en el semanario diocesano porque hablaba despectivamente de la encíclica del Papa. Luego un laico me escribió: ‘Gracias, padre, por disipar las tinieblas que nublaban el esplendor de la preciosa encíclica.’”

El padre Kopiec pertenece a la Orden Franciscana y es profesor en la Pontifical Universitas Antonianum. Siguiendo el ejemplo de su compatriota Juan Pablo II, el padre Kopiec, autor de varios libros sobre teología fundamental y espiritualidad, jamás se echó atrás cuando sintió que los derechos de la verdad estaban siendo pisoteados. Por eso creo que este es un libro importante a difundir y sobre el cual meditar. Compartí un almuerzo con el padre Kopiec en el comedor de profesores de la Universitas Antonianum, donde con mucho fervor, me explicó la importancia de la batalla, las cuestiones que están en juego.

A.P.: padre Kopiec, ¿por qué recordar a Veritatis Splendor después de 25 años?

M.A.K.: Porque resulta una encíclica atemporal, adecuada a las necesidades de la gente de hoy y capaz de dar respuesta a aquellos problemas que, después de 25 años, aún no han sido resueltos y parecen conducir más y más hacia la deriva existencial y alimentan la confusión, el relativismo, e incluso la indiferencia.”

¿Qué lo llevó a escribir este libro?

Me preocupa mucho el hecho de que, tanto en la sociedad como en la Iglesia, parece ya no haber un punto objetivo; pareciera que cada decisión, toda decisión, es igual a cualquier otra que pudiera tomarse, que ya no hay una distinción entre el bien y mal, que todo podría ser justificado, comprendido, perdonado, en el nombre de una misericordia que olvida tener por hermana gemela a la justicia. Creo que el discernimiento tan deseado hoy en día es precioso, que siempre debiéramos hacernos preguntas antes de tomar decisiones, pero solo a la luz de puntos objetivos, de las enseñanzas que la Madre Iglesia siempre transmitió, respetando la tradición apostólica y el Depositum fidei. He considerado que dirigir la atención hacia los contenidos de Veritatis Splendor, muchas veces criticados, dejados de lado, e incluso olvidados, podría ayudar a todos a volver al camino de la luz de la verdad, abandonando la confusión.

¿Cuáles parecen ser los puntos más olvidados de Veritatis Splendor?

Como dije hace un rato, me parece que toda la encíclica está siendo evitada, y ciertamente el punto más olvidado en la actualidad es la distinción entre el bien y el mal, entre lo que debe ser considerado intrínsecamente malo a pesar de las situaciones concretas en las que el acto se lleva a cabo, pero el problema vinculado a la libertad no es secundario, en nombre de la cual hoy se cometen monstruosos actos y monstruosa violencia. Es necesario volver a reflexionar sobre el verdadero significado de la verdad, para evitar que se torne en un libertinaje rampante e incluso justificado. Finalmente, me parece indispensable enfrentar el tema del rol de la Iglesia en la sociedad. La Iglesia, también afirmada en el Concilio Vaticano Segundo, está “atenta a los tiempos,” pero no debe adaptarse a las tendencias, las modas del momento, a lo pasajero y pervertido de la sociedad. La Iglesia debe continuar siendo el instrumento por excelencia en reflejar la Luz de la Verdad de Nuestro Señor Jesucristo.

En el título de su libro y de la encíclica está la palabra “verdad”. ¿No le parece que actualmente el término atraviesa una gran crisis?

Sí. Sin duda el término “verdad” atraviesa una gran crisis. Definitivamente el relativismo tomó el poder, se tragó todas las certezas y no solo dejó vacío el significado del término, sino del hombre mismo. Por ejemplo, el acto sexual antinatural e inmoral siempre ha sido llamado sodomítico; hoy es justificado y se intenta hacerlo pasar como “algo bueno”, mientras es contrario a las enseñanzas bíblicas; o continuamos afirmando que el matrimonio es indisoluble pero buscamos y validamos un número infimito de razones para hacerlo “soluble”, sin tener en cuenta que la alianza entre Dios y nosotros en el sacramento del matrimonio puede ser disuelta a los ojos de los hombres pero no de Dios, quien es siempre fiel. Y luego tendríamos que enfrentar el doloroso problema de la eucaristía. Con la excusa de que utilizamos términos difíciles de comprender y de pronunciar, como “consubstanciación” y “transubstanciación”, terminamos confundiendo la presencia real de Jesús en cuerpo y sangre en la hostia consagrada…, con la presencia “ideal”, no tan efectiva como creen los protestantes. Esta confusión permite a las personas no saber quién debiera recibir la sagrada eucaristía. En todo caso, podemos decir que el término “verdad” está en crisis, pero no la “Verdad” con mayúscula, que es una persona concreta, Jesús, y es indispensable.

por Aurelio Porfiri , en O Clarim / RORATE CÆLI (Traducido por Marilina Manteiga), 2018

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