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Soy sacerdote diocesano de la Archidiócesis de Toledo (España). Fui ordenado sacerdote por el Papa San Juan Pablo II en Valencia (España), el 8 de noviembre de 1982. En la actualidad sirvo a la Iglesia como misionero “fidei donum” en Etiopía.

El día de mi ordenación sacerdotal fui preguntado por el mismo Papa respecto a mi promesa de obediencia, con una formula diferente a la que usan los obispos cuando ordenan presbíteros. El Papa me preguntó: “¿Prometes obediencia a mí y a tu obispo?” Y yo, con un gozo y un entusiasmo que, únicamente quien ha vivido esa experiencia puede entender, respondí a pleno pulmón: “Sí, prometo”.

Creo haber guardado y sido fiel – con la ayuda de Dios, de la Santísima Virgen y los santos – esa promesa, todos los días de mi vida, durante estos maravillosos treinta y seis años de ministerio sacerdotal…

1.- Recibí a finales de 1992 la gracia de estar presente en la Basílica de San Juan de Letrán, la tarde en que la Iglesia presentó a la Diócesis de Roma el recién publicado “Catecismo de la Iglesia Católica”. El templo estaba abarrotado de fieles y la presentación corrió a cargo de un gran número de cardenales. Todos hablaron maravillosamente bien; sin embargo, quedó grabada para siempre en la memoria de mi corazón la intervención del último cardenal en hablar. Su sencillez en la exposición y la sabiduría de su doctrina me conmovieron profundamente, a mí que era un recién llegado a Roma y apenas comenzaba mis estudios de doctorado en teología dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana y experimentaba lo que mi amigo y magnifico sacerdote, Pablo Cervera, denominaba “la sinigual gracia de Roma”

Ese cardenal se llamaba Joseph Ratzinger, era el Prefecto de la Sagrada Congregación para la Fe. Comenzó su intervención sobre la importancia del Catecismo, relatando una anécdota que le ocurrió a él durante los años del Concilio Vaticano II, cuando él era joven teólogo. Nos contó que, tras un escrito enviado por él, recibió por respuesta una postal del gran Hans Urs von Balthasar en que le decía sencillamente: “Querido Padre Ratzinger, recuerde que la fe de la Iglesia nunca se puede dar por supuesta sino que es necesario que siempre sea propuesta de nuevo…”

Jamás he olvidado el consejo que le dio el gran von Balthasar al joven Padre Ratzinger. La fe mis queridos amigos necesita ser propuesta siempre de nuevo.

No basta con asentir en el foro interno con la doctrina de la Iglesia. La Palabra de Dios, las enseñanzas del Magisterio que interpretan con autoridad dicha Palabra, deben ser predicadas y propuestas una y otra vez al pueblo de Dios.

2.- El día de nuestra ordenación sacerdotal, recibimos por la imposición de manos y la oración de consagración, un triple “munus” (poder, envío, misión, tarea…): santificar al pueblo de Dios; pastorear al Pueblo de Dios, enseñar al Pueblo de Dios.

Es a través de este triple “munus” por el que los pastores expresan la “caridad pastoral”. El pastor que no enseñara toda la verdad de la fe y la moral de la Iglesia al pueblo, estaría faltando gravemente a la tarea encomendada por Nuestro Señor Jesucristo de enseñar toda la verdadera doctrina confiada por Nuestro Señor Jesucristo a su Iglesia.

ALGUNOS ASPECTOS DOCTRINALES QUE MERECEN ATENCIÓN EN LA ENSEÑANZA Y PREDICACIÓN DE QUIENES HAN RECIBIDO DICHO OFICIO EN LA IGLESIA, PARA HACERLO CON AUTORIDAD

El aborto

La Palabra de Dios afirma claramente: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jr 1, 5).

La doctrina de la Iglesia sobre esta materia no ha variado jamás desde la época apostólica y a través de sus dos veces milenaria Tradición, a este respecto vienen a la mente las palabras de la Didaché: “ «No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido» (Didajé, 2, 2)

El Concilio, Vaticano II reserva la más dura condena para quienes directa o indirectamente participan en un aborto: “Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables”. (Constitución Pastoral sobre la Iglesia, Gaudium et spes, 51)

Y el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral […] La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (cf CIC can. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad”. (CtIC 2271-2272)

Sin embargo, asistimos hoy a una sorprendente dejadez, silencio cómplice de nuestros pastores ante sacerdotes que por ejemplo en España han hablado en contra de las enseñanzas de esta materia en público y no han sufrido censura ninguna por parte de sus obispos. Lo cual está en pleno contraste con las palabras del Papa Juan Pablo II, durante su primer viaje apostólico a España, el 1 de noviembre de 1982, cuando literalmente gritaba en la homilía: “nunca se puede legitimar la muerte de un inocente” (https://youtu.be/AFNX-Hgj7QI)

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Juan Pablo II condenó rotundamente el aborto en Madrid en 1982 cuando todavía no se había legalizado en España

 

En los oídos de muchos obispos deberían atronar las palabras de San Juan Pablo II y velar celosamente porque la doctrina de la Iglesia Católica en materia del aborto sea afirmada y reafirmada una y otra vez para edificar al pueblo de Dios.

Los anticonceptivos:

Una materia gravísima de la moral católica y que lamentablemente los pastores que, en nuestra misión profética de enseñar al pueblo de Dios, muchas veces por temor, por no estar convencidos nosotros mismos, por miedo a ser impopulares o ser rechazados por la gente, a veces trivializamos, no decimos nada; hablamos de falsas misericordias que para nada invitan a la conversión del corazón..

Que fácil es olvidar, con el paso de los años, las lágrimas, las angustias, los rechazos, de conferencias episcopales enteras (Canadá, por ejemplo), que le costó al Papa Pablo VI – pronto proclamado santo- por la publicación de la Encíclica Humanae vitae.

Las enseñanzas de esa encíclica forman parte del magisterio ordinario infalible de la Iglesia Católica. Es doctrina irreformable, que no se puede cambiar. Pero, a parte de que haya obispos y cardenales que en tiempos recientes insinúen públicamente, sin que nadie les corrija severamente que esta materia debe ser revisada; a mi juicio, muchísimo más grave es el silencio de quienes en su foro interno sienten con la Iglesia, pero son perros mudos que no ladran cuando el lobo acecha la vida del rebaño.

Las enseñanzas de la Iglesia en esta materia no pueden ser más claras:

Dice Humanae vitae: “Por el contrario, es intrínsecamente mala toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (HV 14)

La doctrina es clara. Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo, lo que no puede hacer nadie es cambiarla. Y teniendo en cuenta que gran parte de los anticonceptivos usados hoy, no son sino una manera encubierta de abortar, porque ni siquiera evitan la concepción, sino que se deshacen del óvulo ya fecundado en la que ya hay presente en el vientre de la madre una persona humana diferente a ella.

Pero de qué sirve que algo sea verdad si es silenciado tácitamente. Mientras que quien niega la enseñanza de la Iglesia, lo hace una y otra vez, en público, por potentes medios de difusión y redes sociales ¿qué efecto tiene esto en el pueblo de Dios? Si los pastores no hablan, no predican, no denuncian – cuando sea necesario – los gravísimos errores que se propagan por los medios de comunicación, ¿cómo va a poder vivir el pueblo de Dios la verdad que les hace libres, que les santifica y un día los llevará al cielo?

Quién usa anticonceptivos, consciente de lo que hace, conocedor de las enseñanzas de la Iglesia, vive en pecado mortal objetivo y bajo ningún concepto puede acercarse a recibir la sagrada comunión.

Me viene a la mente algo que viví en mis años de juventud sacerdotal cuando dirigía el centro Carismático Hispano de Nueva York. Había invitado un sábado por la tarde a varios sacerdotes que me ayudaran a confesar en un retiro de matrimonios. Vino un matrimonio a confesarse, uno de los cónyuges se confesó conmigo y el otro con otro de los sacerdotes invitados. Al poco de terminar la pareja de confesarse (yo no los conocía de nada) vienen los dos a hablar conmigo y me cuentan su perplejidad. Resulta que ambos se confesaron de usar contraceptivos, yo le dije a uno que eso era pecado grave y que no podía darle la absolución si no hacía la firme resolución de dejar de usarlos y el otro confesor le dijo al otro que eso no importaba nada. Afortunadamente, vinieron a hablar conmigo y les expliqué la doctrina de la Iglesia, que aceptaron perfectamente y con gozo y nunca más volvieron a sufrir ese problema, al punto que se convirtieron en uno de los matrimonios que impartían las charlas prematrimoniales en las parroquias de Nueva York.

Pero siempre me ha quedado la pregunta: ¿Qué hubiese sido de ese matrimonio si en vez de venir los dos a hablar conmigo, hubiesen ido a hablar con el otro sacerdote? ¡Cuántos pecados de tantas pobres gentes pesan sobre las conciencias de los malos confesores, de los malos pastores! Malos muchas veces porque NO DICEN NADA.

Las relaciones homosexuales: 

Hemos llegado a un punto en la sociedad en que tener el valor de proclamar como pastores, sin miedo, la verdadera teología antropológica, tal como aparece en la Palabra de Dios (Sagrada Escritura y Tradición) e interpretada autorizadamente por el Magisterio de la Iglesia, es prácticamente un acto de heroísmo.

A veces da la impresión de que la sociedad secular en materia de homosexualidad y sus múltiples y aberrantes variantes, es un descubrimiento, una “conquista” de las últimas décadas. Quién piensa que esto es un asunto moderno es un auténtico analfabeto en materia de historia.

Desconocer el contexto de inmoralidad en medio del cual tuvo que abrirse paso el cristianismo a lo largo de toda la cuenca del Mediterráneo, es no entender nada de lo contracorriente que tuvieron que sembrar los Apóstoles y sus primeros colaboradores.

El ambiente de ciudades como Corinto era de tal decrepitud y decadencia moral, que literalmente en el mundo antiguo sus inmoralidades se las conocía como “corintear”. Pero fue allí donde el gran San Pablo predico el mensaje de la conversión y las cartas que escribe a esa comunidad no solo no expresan ninguna connivencia con dichas inmoralidades, sino que les propone los ideales más altos y el verdadero sentido del amor humano (¿quién no recuerda de memoria su himno al amor?). A esas primeras gentes que recibían el mensaje de la salvación, se convertían de su mala vida, se bautizaban y comenzaban a caminar a la luz de la gracia, San Pablo les proponía vivir en virginidad, a quien estuviese llamado a ello (cf: I Cor 7:30).

Define el Código de Derecho Canónico el matrimonio como: “La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (CIC can. 1055, §1).

El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “La íntima comunidad de vida y amor conyugal, está fundada por el Creador y provista de leyes propias. […] El mismo Dios […] es el autor del matrimonio” (GS 48,1). La vocación al matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre y de la mujer, según salieron de la mano del Creador. El matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales. Estas diversidades no deben hacer olvidar sus rasgos comunes y permanente. A pesar de que la dignidad de esta institución no se trasluzca siempre con la misma claridad (cf GS 47,2), existe en todas las culturas un cierto sentido de la grandeza de la unión matrimonial. “La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar” (GS 47,1). CatIC 1603.

El Magisterio de Iglesia Católica no puede ser más inequívoco cuando afirma que: “La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso”. (CatIC 2357)

Esto es lo que enseña la Santa Madre Iglesia, pero repito ¿de qué sirve que la doctrina esté en un libro si quienes tienen el oficio de voceros de Dios no alzan su voz con valentía y por amor a la salvación de las almas?

Una de las gracias más grandes que he recibido durante estos años de vida misionera en África ha sido la de conocer más de cerca a los santos y santas que han alcanzado la plenitud de la vida en Cristo en este magnífico continente. Y de manera particular sus mártires.

Entre ellos, en toda África se venera de manera especial a San Carlos Luanga y compañeros mártires de Uganda.

Así lo relata una venerable crónica que da fe del heroísmo con que estos católicos dieron testimonio de su fe por denunciar el vicio de la homosexualidad que practicaba el rey Muanga:

Uganda es un país del Africa. Los padres Blancos del Cardenal Lavigerie empezaron a misionar ese país y pronto hubo muchos negros convertidos al catolicismo y esta religión les transformó muy notablemente su modo de pensar y obrar.

Y sucedió que el jefe de esa nación, llamado Muanga, tenía el vicio de la homosexualidad. Y cuando el jefe del personal de mensajeros del palacio José Makasa, se convirtió al catolicismo le hizo saber al jefe que la Biblia condena y prohibe totalmente la homosexualidad y que la llama una “aberración”, o sea algo abominable, que va contra la Ley Divina y que es totalmente impropio de la persona humana. Y que el Libro Sagrado dice que “la homosexualidad es un pecado merecedor de la muerte” (Levítico 18) y “algo que va contra la naturaleza (Rom. 1,26) y que los que lo cometen no poseerán el Reino de Dios (1 Cor. 6,10). Esto indignó tanto al reyezuelo, que ordenó asesinar a José Makasa el 15 de noviembre de 1885, y así este llegó a ser el primero de los 26 mártires de Uganda. (Ahora se llama San José Makasa). Otra de las causas del asesinato de José fue haber reprendido al rey por el asesinato de dos misioneros.

Al saber esta terrible noticia, los demás católicos que trabajaban en el palacio real como mensajeros o empleados, en vez de acobardarse, se animaron más fuertemente a preferir morir antes que ofender a Dios.

La segunda víctima fue un pequeño mensajero llamado Denis. El jefe Muanga quiso irrespetar a un jovencito llamado Muafa, pero este le dijo que su cuerpo era un templo del Espíritu Santo, y que él se haría respetar costara lo que costara. Averiguó el rey quién le había enseñado al niño estas doctrinas y le dijeron que era otro de los mensajeros, Denis, ¡y le dio muerte! Así este jovencito llegó a ser el segundo mártir San Denis. (Antes de darle muerte, el rey le preguntó: “¿eres cristiano?” y el niño respondió: “Sí, soy cristiano y lo seré hasta la muerte”).

Mientras tanto allá en un salón del palacio, el nuevo jefe de los mensajeros, Carlos Luanga (que había reemplazado a San José Makasa) reunía a todos los jóvenes y les recordaba lo que enseña San Pablo en la S. Biblia, que “los que cometen el pecado de homosexualidad tendrán un castigo inevitable por su extravío” (Rom. 1,18) y les recordaba que “homosexualidad es la tendencia a cometer acciones impuras con personas del propio sexo”, y que eso no es amor de caridad que busca el bien de la otra persona, sino que es un “amor de concupiscencia” por el afecto que se siente hacia personas bien parecidas del propio sexo, y que lo que busca es satisfacer sus propios apetitos e inclinaciones anormales hacia las cualidades físicas del otro. Y les narraba cómo las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una lluvia de fuego por cometer ese pecado, y cómo la Biblia anuncia tremendos castigos para los que lo cometen. Carlos terminaba sus charlas recordando aquellas palabras de Jesús: “Al que se declare a mí favor aquí, yo me declararé a su favor en el cielo”.

Con estas instrucciones de Carlos Luanga, ya todos los jovencitos mensajeros y empleados del palacio real de Uganda quedaron resueltos a perder su vida antes que renunciar a las creencias católicas o perder la pureza de su alma con un pecado de homosexualidad. Y ahora iba a llegar el desenlace fatal y sangriento.

El reyezuelo tenía como primer ministro al terrible brujo Katikiro, el cual estaba disgustadísimo porque los que se volvían cristianos católicos, ya no se dejaban engañar por sus brujerías. Y entonces se propuso convencer al rey de que debía hacer morir a todos los que se declararon cristianos.

El cruel Muanga reunió a todos sus mensajeros y empleados y les dijo: “De hoy en adelante queda totalmente prohibido ser cristiano, aquí en mi reino. Los que dejen de rezar al Dios se los cristianos, y dejen de practicar esa religión, quedarán libres. Los que quieran seguir siendo cristianos irán a la cárcel y a la muerte”.

Y luego les dio una orden mortal: – Los que quieran seguir siendo cristianos darán un paso hacia adelante”.

Inmediatamente Carlos Luanga, jefe de todos los empleados y mensajeros del palacio, dio el paso hacia adelante. Lo siguió el más pequeño de los mensajeros, que se llamaba Kisito. Y enseguida 22 jóvenes más dieron el paso decisivo. Inmediatamente entre golpes y humillaciones fueron llevados todos a prisión.

El Padre misionero no había alcanzado a bautiza a algunos de ellos, y entonces estos jóvenes valientes viendo que su muerte estaba ya muy próxima pidieron a Carlos que los bautizara. Y allí en la oscuridad de la prisión Carlos Luanga bautizó a los que aún no estaban bautizados, y se prepararon todos para su paso a la eternidad feliz, que ya estaba muy cerca.

El reyezuelo los volvió a reunir y les preguntó: “¿Siguen decididos a seguir siendo cristianos?”. Y ellos respondieron a coro: “Cristianos hasta la muerte”. Entonces por orden del cruel ministro Katikiro fueron llevados prisioneros a 60 kilómetros de distancia por el camino, y allí mismo fueron asesinados por los guardias.

Después de haberlos tenido siete días en prisión en esas lejanías, en medio de los más atroces sufrimientos, mientras reunían la leña para el holocaustos el 3 de junio del año 1886, día de la Ascensión, los envolvieron en esteras de juntos muy secos, y haciendo un inmenso montón de leña seca los colocaron allí y les prendieron fuego. Entre las llamas salían sus voces aclamando a Cristo y cantando a Dios, hasta el último aliento de su vida.

Por el camino se llevaron los verdugos a dos mártires más, ya mayores de edad. El uno por haber convertido y bautizado a unos niños (San Matías Kurumba) y el otro por haber logrado que su esposa se hiciera cristiana (San Andrés Kawa). Ellos se unieron a los otros mártires (de los cuales 17 eran jóvenes mensajeros) y en total murieron en aquel año 26 mártires católicos por defender su fe y su castidad.

El cruel Katikiro fue fusilado y echado a los perros unos años después en una revolución. El reyezuelo Muanga fue derrotado por sus enemigos y desterrado a terminar sus años en una isla solitaria. Y los 26 mártires de Uganda, con Carlos Luanga a la cabeza, fueron declarados santos por el Papa Pablo VI, y ahora en Uganda hay un millón de católicos: “La sangre de los mártires, produce nuevos cristianos”.

Mártires de la Iglesia Católica derramaron su sangre por defender la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad y fueron canonizados por el Santo Padre Pablo VI, futuro santo y ¿Ahora, sacerdotes, teólogos, obispos e incluso cardenales tienen la osadía de cuestionar la verdad de Dios y vienen a pisotear la sangre de los mártires?

Seguro que, si estos mártires hubiesen pedido consejo a cualquiera de estos defensores de la homosexualidad, ninguno de estos mártires hubiese derramado la sangre por Cristo.

Y mientras escribo estas líneas, en más de una parroquia de Madrid se hace exaltación de la homosexualidad y el resto: NO DICE NADA.

La comunión a luteranos casados con católicos: 

A causado no poca perplejidad en la comunidad católica las declaraciones de un cardenal alemán sobre la posibilidad de la parte luterana de recibir la Sagrada Eucaristía permaneciendo luterano.

Me ha dolido profundamente porque esto ha reavivado una experiencia que viví al tiempo de mi ordenación.

Fui ordenado diácono en la Santa Iglesia catedral Primada de Toledo el 11 de julio de 1982. Como no podía ser de otra manera, estaba presente toda mi familia.

Mis padres se casaron en 1958 en Madrid y para que mi padre – que eran anglicano – pudiese contraer el sacramento del matrimonio católico con mi madre, hubo de firmar un documento en el Arzobispado de Madrid en el que prometía que sus hijos serían bautizados en la Iglesia Católica.

Desde pequeño recuerdo a mi padre viniendo a Misa con toda la familia, y los recuerdos más bonitos que tengo de esas misas es que mi padre, que tenía una voz preciosa, cantaba los cantos de Misa a todo pulmón y las gentes de alrededor le miraban y a nosotros nos daba vergüenza; recuerdo también que era muy generoso en las colectas de Misa. Lo que siempre nos dolía es que él nunca comulgaba y mi madre nos explicaba: “es que tu padre es anglicano, no es católico”.

Como decía, el día de mi ordenación de diácono, mientras estábamos en la sacristía revistiéndonos, cientos de sacerdotes y seminaristas, me acerqué al que había sido mi profesor de moral y sería, andando el tiempo, deán de esa misma catedral, Don Evencio Cófreces, y le pregunté que si él creía que tratándose del día de mi ordenación de diácono, podría darle la comunión a mi padre. Recuerdo que Don Evencio me preguntó mientras yo me ponía el alba: “¿Tu padre cree en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía?” y yo le contesté, porque lo había hablado muchas veces con él: “Sí cree”. Y me dijo Don Evencio: “espera que voy a preguntárselo a Don Marcelo” (Su Eminencia Don Marcelo González Martin, Arzobispo de Toledo y Primado de España) que en un lugar a parte también estaba revistiéndose con los sagradas ornamentos. Al cabo de unos minutos, con cara compungida, volvió Don Evencio y me dijo: “El Señor Cardenal ha dicho que no” se dio media vuelta y se fue. Me quedé muy triste, lógicamente, pero acepté con paz interior, me fiaba de la Iglesia. La conversión de mi padre a la plenitud de la verdad que sólo reside en la Iglesia Católica era mi mayor anhelo sacerdotal…

¿Quién sabe? Si Don Marcelo no me hubiese negado el permiso, mi padre nunca hubiese sentido el deseo interno y el impulso de la gracia de hacer un camino de fe y conversión.

Y a todas estas yo me pregunto ¿si en vez de ser el obispo Don Marcelo y el año 1982, hubiese sido el obispo ese cardenal alemán y el año 2018? ¿me hubiese dado permiso de darle la comunión a mi padre?

Es decir, ¿que lo que estaba prohibido en 1982 resulta que ahora se va a permitir? Pero, Madre de Dios ¿en qué Iglesia estamos viviendo?

Vamos, me juego la cabeza que si hoy viviera Don Marcelo y escuchase esas declaraciones de ese cardenal alemán (afortunadamente emérito), callado no se quedaba, ¡vamos que si iba a decir algo! pero en los tiempos que corren, todo el mundo dice lo que le da la gana y aquí… NADIE DICE NADA…

A MODO DE CONCLUSIÓN

Pido humildemente a Dios que cuando muera, de mí se pueda decir lo que se dijo del Padre Josef Kentenich: “dilexit Ecclesiam” (“amó a la Iglesia”). A la Iglesia le debo todo lo que soy, a ella he entregado mi vida y quisiera seguir entregándole, como Esposa de Cristo, hasta la última gota de mi sangre.

Amo al Papa y le obedeceré por ser el Sucesor del Apóstol Pedro y la roca sobre la que Jesucristo ha edificado su Iglesia, se llame hoy Francisco y se llame como se llame el día de mañana.

A Nuestro querido Papa le gusta pedir a la gente que recen por él. Yo me uno a su ruego y como dice el Papa Francisco: “¡recen por mí!”

Padre Christopher Hartley Sartorius, Sacerdote Diocesano de Toledo (España), Misionero en Etiopía / (edit.) InfoV., 2018

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