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Las mujeres nunca serán sacerdotes (ni sacerdotisas). Nunca es nunca, se trata de “doctrina definitiva”, a pesar de lo que pudiera decir recientemente el Cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena, que dejó entornada esa puerta.

Lo ha recordado en un artículo publicado en L’Osservatore Romano el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y futuro cardenal, Arzobispo Luis Ladaria (“El carácter definitivo de la doctrina de la Ordinatio sacerdotalis. Sobre algunas dudas”).

No es que el Arzobispo tuviera que molestarse: además de ser una verdad mantenida invariablemente a lo largo de la Historia de la Iglesia, ya fue declarada explícitamente como “definitiva” por el Papa San Juan Pablo II en su Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis del 22 de mayo de 1994, donde aclara que “la Iglesia no tiene de ninguna manera el poder de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres y que esta sentencia debe celebrarse de manera definitiva de todos los fieles de la Iglesia”.

Ladaria se refiere en su artículo a quienes quieren reavivar el debate alegando que el citado Papa no promulgó esta enseñanza ‘ex cathedra’ y, por tanto, puede ser alterada por un pontífice posterior, al escribir que “es motivo de gran preocupación ver el surgimiento en algunos países de las voces que cuestionan la validez de esta doctrina. Para argumentar que no es definitivo, se defiende que no fue definido ex cátedra y que, entonces, una decisión posterior de un futuro Papa o consejo podría revocarla”.

Contra esta actitud recuerda que “la infalibilidad no consiste solo en pronunciamientos solemnes de un Concilio o del Sumo Pontífice cuando habla ex cátedra, sino también la enseñanza ordinaria y universal de los obispos de todo el mundo, donde se ofrecen, en la comunión unos con otros y con el Papa, la doctrina católica que se celebrará definitivamente”.

Precisamente Juan Pablo II hace referencia explícita a esta infalibilidad en “Ordinatio sacerdotalis”. “Por lo tanto, no declaró un nuevo dogma, sino que, con la autoridad que se le confirió como sucesor de Pedro, formalmente confirmó y explicitó, para eliminar toda duda, lo que el magisterio ordinario y universal consideraba en todo momento la historia de la Iglesia como perteneciente al depósito de la fe”.

Quienes, por el contrario, creen que es la Iglesia la que debe imitar al mundo y no al revés, y están convencidos de que la fe hay que interpretarla a la luz de la política y lo entiende todo en clave de ‘estructuras de poder’; los que, en definitiva, mantienen una mentalidad fundamentalmente clerical, entendiendo que el sacerdocio no es tanto un servicio y una vocación especialísima sino una especie de ‘clase dirigente’ o ‘partido interior’, lamentan amargamente las palabras de Ladaria.

Es el caso, del portal Religión Digital, de Jesús Bastante, que abre un artículo dedicado a la cuestión (‘Ladaria considera “definitivo” el ‘no’ al sacerdocio de la mujer’) con esta frase: “Nuevo paso atrás en los derechos de las mujeres en la Iglesia”. Observemos cuántas cosa transmite esta sencilla frase sobre la mentalidad con que su autor concibe la Iglesia y el mundo de la fe.

Para empezar, está considerando que el sacerdocio es un “derecho”, o la declaración no tendría ningún sentido. Ahora, el sacerdocio no es ningún ‘derecho’, no es algo que pueda merecerse -como no lo es ningún sacramento- o que nos sea debido en justicia; no es tampoco -o no debe concebirse así- una ‘ventaja’ o posición beneficiosa en absoluto.

En realidad, toda la retórica sobre ‘derechos’, que abruma el debate público, es ajena al mensaje cristiano, cuyo eje es lo que podríamos definir como lo contrario de un derecho: la Gracia. El mensaje central es que Dios se ha hecho hombre para salvarnos del pecado, y apenas se me ocurre algo que tenga que ver menos con un ‘derecho’ en todo eso.

Dice, también, que para Bastante hay en el ‘desarrollo de doctrina’ una dirección concreta y conocida que coincide milimétricamente con las ideologías dominantes hoy, lo que es un doble disparate: en primer lugar, porque lo que hoy domine intelectualmente no tiene por qué tener la menor relevancia para una Iglesia que lleva dos mil años, que durará hasta el final de los tiempos -¿por qué este punto en el tiempo tendría que ser más relevante o más cercano a la verdad que cualquier otro?- y que transmite verdades perennes.

Y, en segundo lugar, porque desde el principio se planteó el mensaje cristiano en oposición, precisamente, a las modas intelectuales de cada época: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles. Si la Iglesia y el Mundo coinciden en su concepción del hombre y del universo hay ya alguna razón para recelar, porque el Evangelio los opone con bastante claridad; pero si es la Iglesia la que sigue, a trompicones y con cierto retraso, la agenda que dicta el mundo, ya no queda duda de que algo va seriamente mal.

por Carlos Esteban / InfoV. 2018

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