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Todos aquellos jóvenes burgueses, que reclamaban tanta libertad como rechazaban responsabilidad, no eran más que una revelación de la Gauche Divine.

El 3 de mayo de 1968 la Sorbona de París hervía, los estudiantes tomaban esa misma noche el Barrio Latino y lo llenaban de barricadas, prolongándose la agitación durante todo aquel mes de mayo. Era la reacción de una generación que, por primera vez en Europa, no había conocido ningún conflicto bélico y vivía en una prosperidad económica hasta entonces nunca conocida.

 Los universitarios, hijos de los burgueses parisinos, se rebelaban contra sus padres y sus valores morales, que encontraban hipócritas o caducos. Con lemas como “la imaginación al poder”, “seamos realistas, pidamos lo imposible” o “prohibido prohibir”, el movimiento estudiantil fraguó la “contracultura” y el estilo underground. Una etiqueta que abarcaría aspectos tan diversos como el movimiento hippie, el ecologismo, el tercermundismo y el anticolonialismo, el pacifismo y el desarme unilateral, el feminismo radical, el orgullo gay, el consumo lúdico de drogas, el sexo “libre” o libertino, y sobre todo una fuerte crítica contra el capitalismo, pero también contra los valores tradicionales asociados a la familia, patria y religión.

Políticamente el Mayo del 68 se hace bajo las efigies de Marx, Lenin, Mao, Fidel Castro y el Che Guevara. La efervescencia de grupos maoístas, trotskistas y anarquistas entre los universitarios se traduce en pomposos debates intelectuales que no llevan a ninguna parte. Es más, en las siguientes elecciones de junio, el general De Gaulle consiguió una mayoría parlamentaria aplastante, lo que tácitamente implicaba un rechazo mayoritario al Mayo del 68.

Eso sí, se crea una nueva categoría de revolucionario: el revolucionario de salón. Todos aquellos jóvenes burgueses, que reclamaban tanta libertad como rechazaban responsabilidad, no eran más que una revelación de la Gauche Divine (la izquierda divina o aburguesada). De sobra son conocidas las duras críticas del cineasta Pasolini, que los consideraba “hijos de papá”, incapaces de entender nada, porque participaban en una fiesta, no en una verdadera revolución.

Quizá los jóvenes del Mayo del 68 confundían la clásica ruptura generacional con la del orden social, pero no podemos ignorar el gran impulso que supuso para unas ideas entonces “contraculturales” y que hoy se han convertido en el código de lo políticamente correcto.

Tampoco podemos olvidar que de aquellas ideas libertarias nacieron los movimientos subversivos que pronto exigieron sacrificios de sangre durante la década de los 70. Beberán de aquel caldo las Brigadas Rojas en Italia, la Fracción del Ejército Rojo en Alemania, el Ejército Rojo Japonés, y en menor medida las diversas guerrillas en Hispanoamérica, el colaboracionismo con los grupos terroristas palestinos, el IRA y ETA. Toni Negri, el más destacado ideólogo de las Brigadas Rojas, estableció en 1972 contactos con la organización terrorista ETA, dentro de un proyecto para relacionar movimientos de este tipo en Europa, individuo al que, por cierto, Pablo Iglesias considera como “uno de los cerebros más brillantes del marxismo heterodoxo a nivel mundial”.

Cuando impugnan la moral tradicional, por muy hipócrita que fuese, para sustituirla por ninguna moral, están instaurando un relativismo donde no existe diferencia entre el bien y el mal

Ciertamente la izquierda actual sin duda es más tributaria del sesentayochismo que de los viejos postulados del marxismo clásico. En realidad se ha convertido en el modelo conceptual de toda la política izquierdista contemporánea, que se traduce, sobre todo, en una sociedad de derechos sin obligaciones, cuyo paradigma es el Estado del bienestar socialdemócrata.

Sin duda el Mayo del 68 ha triunfado a la hora de transformar los valores y relaciones sociales de Occidente: la religión es despreciada, la jerarquía resulta odiosa, el honor es objeto de burla, la familia es acosada, el esfuerzo no es valorado y la patria resulta indiferente.

Lo paradójico es que quienes arremeten con más ferocidad contra aquellos valores tradicionales creen que están luchando contra los cánones opresores del capitalismo, cuando lo que están haciendo es arrancar al hombre sus referentes anteriores al capitalismo y propiciar un desarraigo que impide la auténtica solidaridad natural y voluntaria.

No son capaces de comprender que cuando impugnan la moral tradicional, por muy hipócrita que fuese, para sustituirla por ninguna moral, están instaurando un “relativismo” donde no existe diferencia entre el bien y el mal, abriendo paso a un nihilismo moral basado en el utilitarismo, de forma que solo será “bueno” lo que resulte placentero o reporte beneficio al individuo.

La abolición de la jerarquía, sin distinguir auctoritas y potestas, no contribuye a un orden social justo, sino al triunfo del más poderoso. Demoler la identidad europea y nacional, junto a la culpabilización de la civilización Occidental, a quien ayuda es a la globalización alienante que convierte a los ciudadanos en consumidores universales.

Los ataques a la familia y la religión, no contribuyen a la emancipación de la humanidad, sino al cultivo del individualismo más exacerbado.

El hiperindividualismo liquidó los marcos tradicionalistas: familia, ideología y religión existen, pero ya no dirigen las conciencias

Este sesentayochismo tan “interiorizado” por la nueva izquierda en realidad representa el consenso capitalista-socialdemócrata, donde el hedonismo se transforma en una doctrina social, un tipo de cultura de masas que aspira a universalizar igualitariamente el consumismo.

Algunos pensadores izquierdistas, como Pasolini, agudamente ya denunciaron que este nuevo capitalismo “exige hombres desprovistos de vínculos con el pasado […] exige que estos hombres vivan, desde el punto de vista de la calidad de vida, del comportamiento y de los valores, en un estado, por así decirlo, de imponderabilidad –lo que les permite elegir como el único acto existencial posible: el consumo y la satisfacción de sus exigencias hedonistas”.

Los canadienses Heath y Potter, también izquierdistas, sostenían que “lo que sucede es que la ideologia hippie y la yuppie es la misma. Nunca hubo un enfrentamiento entre la contracultura de la década de 1960 y la ideología del sistema capitalista, nunca se produjo una colisión entre los valores de la contracultura y los requisitos funcionales del sistema económico capitalista”.

Deleuze y Guattari se refieren a este capitalismo social y del deseo. Neil Postman aseguraba que la actual cultura de masas muestra la superioridad de la distopía de Huxley sobre la de Orwell: el peligro no está en el control sino en la trivialidad y el deseo.

Gilles Lipovetsky certeramente afirmaba que el “hiperindividualismo liquidó los marcos tradicionalistas: familia, ideología y religión existen, pero ya no dirigen las conciencias y eso genera una perdida estructural que deja un vacío muy duro en los individuos”.

Ese vacío existencial se busca llenar con la satisfacción de los deseos individuales, cualquiera que fueren estos. Una dinámica que devora toda referencia transcendental del hombre y acaba mercantilizando la existencia.

Por ello, cuando la nueva izquierda, ataca con tanta saña a la familia, a la religión y a la patria, en realidad está actuando como la mejor fuerza de choque del capitalismo…, porque el igualitarismo y libertad que pretenden, no es más que una reivindicación de la participación en ese capitalismo del deseo, de manera que todos puedan consumir por igual para satisfacer su placer individual…, distracción que permite a los promotores de un Nuevo Orden Mundial (que responde a intereses oscuros de unos pocos poderosos), que vayan alcanzando sus fines, sin prácticamente oposición.

Mateo Requeséns (edit.) / Gta. 18

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