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Pocas cosas hay más tristes que vivir dominado por los dictados de la moda, pero una de ellas es vivir dominado por los dictados de una moda de hace cincuenta años. El daño que hace basar la propia conducta en un error grave es evidente, pero más evidente aún es el perjuicio de construir el propio pensamiento sobre un error que ya demostró sus gravísimas carencias hace medio siglo. Es difícil pensar en algo que muestre una mayor inmadurez que seguir lo que hace todo el mundo como borregos, salvo quizás seguir como borregos lo que hacía todo el mundo el siglo pasado.

Últimamente ha resurgido en la Iglesia, como una mala hierba, el pacifismo buenista y militante de los sesenta. Por alguna extraña razón, un gran número de eclesiásticos han decidido unánimemente que esa ideología casposa y disparatada es la postura moral de la Iglesia, sin importar que la Tradición, la doctrina y el sentido común más básico digan lo contrario.

Constantemente escuchamos que la violencia no es cristiana y que, si se produce “en el nombre de Dios” es terrible, inicua, una profanación y una “herejía”, que no hay nada peor que la “confrontación”, que Jesucristo (como Buda) predicaba la no violencia, que la guerra, cualquier guerra, es una masacre inútil o que debe prohibirse el comercio de armas, cambiando la seriedad de la fe y la doctrina por las frases vacías que suenan bien a los oídos amorales del mundo de hoy. El Presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, el Cardenal Turkson, nos asegura que hay que abandonar la “teoría” de la guerra justa y que eso es lo que quiere el Papa, otros dicen que de hecho la Iglesia ya la ha abandonado y solo tiene que indicarlo formalmente. El otro día, en la cuenta de Twitter del mismo Papa, se decía: “¿Queremos verdaderamente la paz? Entonces prohibamos las armas para no tener que vivir con el miedo a la guerra” (por supuesto, no se trata de una afirmación magisterial en ningún sentido de la palabra y cualquiera sabe quién escribe esos tweets, porque no creo que sea el Papa). Como es lógico, muchas de estas frases se deberán simplemente a formas retóricas o confusas de expresarse, pero creo que, en conjunto, muestran un resurgimiento en la Iglesia del pacifismo sesentero más ingenuo, pseudomoral y dañino.

En los años sesenta, los hippies, con la impresión de estar diciendo algo muy sabio, acostumbraban a soltar aquello de “¿y si hicieran una guerra y no fuera nadie?”. Ya entonces resultaba evidente que esas “sabidurías” eran el equivalente de combatir el hambre en el mundo sugiriendo “¿y si llovieran longanizas del cielo?”. Hoy, con la misma ingenuidad, que sería entrañable en un niño pero resulta exasperante en supuestos adultos, algunos eclesiásticos intentan echar la culpa de las guerras a las armas, sin darse cuenta de que un arma no es más que una herramienta.

A fin de cuentas, cualquier cosa puede usarse como un arma: en la misma Biblia, Sansón hizo la guerra con una quijada de borrico, David con una honda de pastor, Judit con su belleza, Jael con una piqueta de tienda. Y yendo algo más cerca de nosotros, en la guerra civil de Ruanda buena parte de las masacres se realizaron a machetazos. El mal o el bien no están en las armas, sino en el corazón de los hombres, de modo que las armas se pueden usar para bien o para mal, según la intención de quienes las empuñen. ¿Alguien piensa que las armas de la guardia suiza, por ejemplo, se están utilizando para mal al proteger al Papa?

Dando un paso más, a veces se nos presenta la guerra como un mal intrínseco, olvidando el hecho de que hay guerras buenas precisamente porque hay guerras malas o, dicho de otra forma, porque hay agresores injustos a los que se debe hacer frente. Esta es la doctrina católica tradicional de la guerra justa (Catecismo de la Iglesia Católica 2309) y no la “teoría” de la guerra justa como dice el cardenal Turkson: contra el agresor injusto debe oponerse la justa defensa y defensa en el sentido más amplio, que no solo implica defenderse uno mismo, sino también defender a otros, injustamente atacados, oprimidos o perseguidos.

Lejos de ser un mal moral intrínseco, la guerra, cuando es justa, se convierte en un derecho (CIC 2308) y un deber moral (CIC 2310). En ese sentido, los militares soncolaboradores del bien común y defensores de la paz (CIC 2310). Como dice Santo Tomás, citando la tradición de la Iglesia, “entre los verdaderos adoradores de Dios, las mismas guerras son pacíficas, pues se promueven no por codicia o crueldad, sino por deseo de paz, para frenar a los malos y favorecer a los buenos”. Eso implica, por supuesto, multitud de limitaciones para que una guerra pueda considerarse justa, un tema sobre el que reflexionaron abundantemente grandes sabios españoles, como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Luis de Molina o Francisco Suárez y que está recogido en el Catecismo (CIC 2309).

Igualmente errónea es la idea de que la mera violencia es intrínsecamente mala o de que la violencia “en nombre de Dios” es de por sí una blasfemia o una profanación. Lo intrínsecamente malo no se debe hacer en ninguna circunstancia, pero tanto la Escritura como la Tradición o el Magisterio han mostrado siempre que en algunas circunstancias la opción correcta y moralmente buena es la de la violencia.

A modo de ejemplo, podemos recordar que ya San Pablo indicó que la autoridad no en vano lleva espada: pues es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal y los soldados que se presentaron a Jesús o a San Juan Bautista no fueron exhortados a dejar el ejército. También explicó Santo Tomás que, del mismo modo que los gobernantes defienden su patria “lícitamente con la espada material contra los perturbadores internos, castigando a los malhechores, […], les incumbe también defender el bien público con la espada de la guerra contra los enemigos externos” y que así cumplen el mandato bíblico de liberar al pobre y proteger al desvalido de las manos del pecador.

Ciertamente, la idea de que la violencia es intrínsecamente mala sería una sorpresa para los innumerables santos que fueron soldados, capellanes castrenses, encabezaron ejércitos, predicaron cruzadas o castigaron duramente a criminales, como San Fernando, San Ignacio, San Francisco de Borja, San Bernardo, San Sebastián, Santa Juana de Arco, San Expedito, San Martín, San Nuño, San Acacio, San Ladislao, San Guillermo de Tolosa, San Marcelo, San Artemio, San Alfredo, el beato Pedro Largo, el beato Felipe Powel, San Lorenzo de Brindisi, el Beato Marco de Aviano, San Luis de Francia, San Segismundo, San Eduardo, San Enrique, San Edmundo de Anglia, San Boris de Bulgaria, San Olaf, San Francisco Trung Van Tran y otros muchos en una larguísima lista. Igualmente quedarían sorprendidos los miles y miles de católicos que trabajan como soldados, policías o guardias de seguridad, considerando que hacen la voluntad de Dios al empuñar las armas en su nombre, siguiendo con sencillez lo que siempre ha enseñado la Iglesia y lo que manda la Palabra de Dios: Todo lo que hagáis, sea de palabra o de obra, hacedlo todo en nombre del Señor Jesús.

El pacifismo a ultranza no es una doctrina católica. De hecho, es frontalmente contrario a esa doctrina y, por ello, forzosamente lleva a condenar los dos milenios de historia de la Iglesia como errados y políticamente incorrectos. Basta rascar un poco para descubrir que no es más que otro caso de cronolatría, que mira por encima del hombro a los siglos anteriores de la Iglesia, basada en el espectacularmente erróneo presupuesto de que somos mejores que los que nos han precedido. ¿De verdad se cree alguien que somos más sabios que Santo Tomás y San Agustín, más pacíficos que San Francisco y San Bernardo y moralmente mejores que San Pablo, San Juan Bautista y el mismo Cristo?

Resulta especialmente irritante que nos presenten ese pacifismo como postura moralmente superior. Una extraña amnesia ha hecho que olvidáramos que la generación del “haz el amor y no la guerra” también fue la punta de lanza de la destrucción de la familia y del verdadero amor matrimonial y puso las bases de la que quizás sea la mayor masacre de la historia de la humanidad: unos cincuenta millones de niños asesinados cada año por sus padres, madres, médicos y gobernantes, es decir, por las personas especialmente encargadas de protegerlos. Por no hablar de que los pacifistas de la época tenían en común un curioso defecto en la vista que no les permitía ver las guerras y atrocidades que estaban de moda, que básicamente eran las causadas por gobiernos y movimientos comunistas o revolucionarios. En fin, nimiedades al lado de la agradable sensación de superioridad moral que ofrece el buenismo pacifista.

Todo esto bastaría para que combatiésemos el resurgimiento del pacifismo sesentero como enemigo de la moral, la fe y la razón, pero aún falta señalar el peor vicio que trae consigo: la sustitución de la salvación cristiana por una pseudosalvación terrenal y pelagiana basada en la buena voluntad humana y sus esfuerzos. A fin de cuentas, esas ingenuas teorías de que podemos solucionar nuestros problemas “prohibiendo” la guerra y las armas, por definición, olvidan la naturaleza caída del ser humano. Quis custodiet ipsos custodes?

Como decíamos antes, el mal no está en las armas, ni en las leyes, sino en el corazón de los hombres, inclinado al mal desde el pecado original. Por eso, la Iglesia no puede dejar de anunciar al mundo que la verdadera paz no viene de la buena voluntad humana, sino de Dios. Necesitamos ser redimidos por Dios y todo intento de construir una paz duradera al margen de Él está condenado al fracaso. Toda paz que no tenga a Dios en su centro será una falsa paz.

La Escritura lo dice con total claridad: Cristo es nuestra paz. No hay otra. Él derribó el muro que nos separaba, el odio […] para crear en sí mismo uno solo hombre nuevo¿Queremos verdaderamente la paz? Convirtámonos a Cristo.

Bruno Moreno Ramos / InfoC. 2018

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