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En julio de este año 2018 se cumplirá el cincuenta aniversario de la promulgación de la encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, importantísimo documento magisterial sobre la apertura a la vida en el matrimonio y que aborda sin tapujos el tema de la regulación de la natalidad y define la doctrina católica sobre el aborto y los métodos anticonceptivos, ambos terminantemente prohibidos en cualquier supuesto, así como otros aspectos relativos a la moral conyugal.

El texto que subraya los dos significados inseparables del acto conyugal, el significado unitivo y el significado procreador, prohíbe expresamente todo tipo de control artificial de la natalidad, desató en su época la más furibunda rebeldía del sector más progresista de la Iglesia, rebeldía que sigue hasta nuestros días espoleada por sectores que parece que permanecían agazapados.

La encíclica fue duramente criticada por algunas de las principales revistas religiosas de aquel tiempo.

Doctrina católica prohibiendo expresamente los anticonceptivos en cualquier supuesto

Uno de los puntos más controvertidos de la encíclica fue, como hemos dicho, la total prohibición de los métodos anticonceptivos artificiales, aquellos que rompen los aspectos unitivo y procreativo. Vamos a recordar brevemente algunos conceptos básicos sobre la anticoncepción y los diferentes métodos anticonceptivos.

La anticoncepción, también conocida como contracepción, es el empleo de una serie de métodos y procedimientos artificiales, con la finalidad de que no se produzca el embarazo. Existe una gran cantidad de estos métodos para lograr la contracepción, sin embargo, por la forma en que llevan a cabo su función, se puede agrupar en cuatro mecanismos principales, como son: 1. Impedir que los espermatozoides puedan alcanzar a los óvulos para fecundarlos. 2. Evitar que ocurra la ovulación. 3. Afectar la implantación del ovulo fecundado. 4. Producir la esterilización.

Cualesquiera de estos cuatro métodos de anticoncepción están totalmente prohibidos por la Iglesia en todos los supuestos.

El Catecismo nos recuerda en su punto 2370  que es intrínsecamente mala

“toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (HV 14):

«Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal. […] Esta diferencia antropológica y moral entre la anticoncepción y el recurso a los ritmos periódicos implica […] dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí» (FC 32).

Quizá esta incomprensión de la Humanae Vitae muchas veces sea consecuencia del oscurecimiento del gran mensaje de amor de todo el documento y que resaltó Benedicto XVI con ocasión del 40 aniversario de la encíclica:

A 40 años de distancia de la publicación de la encíclica podemos entender mejor cuán decisiva es esta luz para comprender el gran “sí” que implica el amor conyugal. A esta luz, los hijos ya no son el objetivo de un proyecto humano, sino que se reconocen como un auténtico don, que se ha de acoger con actitud de generosidad responsable ante Dios, fuente primera de la vida humana. Ciertamente, este gran “sí” a la belleza del amor implica la gratitud, tanto de los padres al recibir el don de un hijo, como del hijo mismo al saber que su vida tiene origen en un amor tan grande y acogedor.

Javier Navascués /InfoC, 2018

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