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La música sacra, para ser tal, está dotada de santidad, belleza de forma y universalidad. ¿Cómo no deberá ser santa la música litúrgica cuando la celebración del culto divino se ordena en primeramente a la gloria de Dios y en segundo lugar a la santificación de los fieles?

“Fuimos perdiendo tanto su experiencia que ya casi no notamos que nos falta. Pero es posible que los efectos de esta carencia estén a la vista. Me refiero a la experiencia de eso que llamamos, con toda propiedad, «lo sagrado»”, observa Pablo Gianera en la columna “Lo sagrado, esa experiencia en peligro” aparecida en el diario La Nación el 15 de marzo de 2018.

Nos falta “lo sagrado”, es decir, aquello “consagrado a la divinidad y, por esa misma condición de reserva al Dios, restringido, separado del resto”, precisa el periodista argentino. Podría agregarse, entonces, que esa falta resulta un mal. Un mal que afecta tanto a los que lo conocieron como a los que, sin más, lo ignoran. Los ignorantes de “lo sagrado” no fueron educados en su conocimiento y aprecio. La pregunta inmediata que conviene hacerse es cuán grave es la responsabilidad de los ministros sagrados sobre esta carencia en las nuevas generaciones. Fuera del legítimo afán de resultar más “cercanos” al pueblo fiel, ¿puede darse esta “cercanía” a costa de la “lo sagrado” como fascinante y tremendo, en palabras de Rudolf Otto? ¿Se explicará por la propia incapacidad para recibir el influjo de los misterios? ¿Habrá una mezcla de razones que explican la innegable y dolorosa ausencia cuando no la negación de lo sagrado como “separado” de lo mundanal en las ceremonias litúrgicas o, todavía peor, la intromisión de lo profano en el mundo sacro?

El fenómeno de la desacralización resulta patente en ámbito musical. “La música litúrgica no es sino un intento lírico de aproximación al mundo de lo sacro –afirma Alfredo Sáenz en La música sagrada y el proceso de desacralización–. Pues bien, la nueva música… parece movida por un impulso centrífugo en relación con lo sacro. Más que a balbucir la inefabilidad del misterio tiende a expresar al hombre de hoy, a ese hombre conflictuado, desgarrado, hombre del ruido y no de la palabra”. En el mismo sentido, recoge el testimonio de Domenico Bartolucci, director del Coro de la Capilla Sixtina y nombrado cardenal por el Papa Benedicto XVI: “Se cree que hoy día también en la Iglesia haya necesidad de aquella horrible seudo música que nos aturde continuamente en la radio, en la televisión, en los cines, en los bares, en las calles, en las plazas”. ¿Quién no sufrió, alguna vez, letras triviales, horizontalistas, cuando no directamente revolucionarias, con melodías que recuerdan más a Los Parchís, a Ricardo Arjona o, todavía peor, a la nueva Trova Cubana?

La música sagrada “debe estar al servicio de la palabra. Ha sido hecha para expresar la palabra, para revestirla, penetrarla, contemplarla y agregarle eficacia”, señala Sáenz. “Lo que hace sagrado a un canto es la adecuación de su melodía, de su ritmo, de sus palabras, al contenido de la fe. Todos los elementos del canto deben ser impregnados por la irradiación de la fe católica. La fe debe sentirse a gusto en el canto. El canto, a su vez, debe cantar la fe”, concluye.

La música sacra, para ser tal, está dotada de santidad, belleza de forma y universalidad. ¿Cómo no deberá ser santa la música litúrgica cuando la celebración del culto divino se ordena en primeramente a la gloria de Dios y en segundo lugar a la santificación de los fieles? La música, además, y a fortiori la sagrada, participa de la belleza. ¿Qué es la belleza sino la manifestación de lo verdadero y de lo bello que causa agrado, inmediatamente sensible pero, de modo eminente, espiritual? Por esto el Pseudo-Dionisio Areopagita decía en La Jerarquía eclesiástica que “por los encantos de la armonía el canto sagrado prepara las potencias de nuestra alma para la celebración inmediata de los misterios, las somete, arrastradas por este concierto, a las cadencias de un unánime y divino transporte, y las armoniza con Dios, con los hermanos y consigo mismas”. Respecto de la universalidad, sin perder de vista las bondades de las tradiciones musicales propias de los pueblos, conviene precisar que deben ser asumidas en la celebración del culto divino con la condición de no separarse de las leyes generales de la música sagrada. “Si es buena música –comenta Sáenz–, de verdad, música brotada de un corazón religioso, lenguaje del alma enamorada de Dios, que eleva hacia el cielo, entonces será universal, capaz de ser comprendida por todos”.

Por último, y con gusto a poco sobre un tema que merecería ser tratado in extenso, ¿tan pusilánimes podremos ser para resignarnos a la tiranía de la desacralización en un mundo que, paradojalmente, necesita y reclama conocer, amar y vivir lo sagrado porque, si no lo hace, moriría a causa de la falta de piedad?

Germán Masserdotti / ReL., 2018

Al rescate de la experiencia de lo sagrado

La música sacra, para ser tal, está dotada de santidad, belleza de forma y universalidad. ¿Cómo no deberá ser santa la música litúrgica cuando la celebración del culto divino se ordena en primeramente a la gloria de Dios y en segundo lugar a la santificación de los fieles?

“Fuimos perdiendo tanto su experiencia que ya casi no notamos que nos falta. Pero es posible que los efectos de esta carencia estén a la vista. Me refiero a la experiencia de eso que llamamos, con toda propiedad, «lo sagrado»”, observa Pablo Gianera en la columna “Lo sagrado, esa experiencia en peligro” aparecida en el diario La Nación el 15 de marzo de 2018.

Nos falta “lo sagrado”, es decir, aquello “consagrado a la divinidad y, por esa misma condición de reserva al Dios, restringido, separado del resto”, precisa el periodista argentino. Podría agregarse, entonces, que esa falta resulta un mal. Un mal que afecta tanto a los que lo conocieron como a los que, sin más, lo ignoran. Los ignorantes de “lo sagrado” no fueron educados en su conocimiento y aprecio. La pregunta inmediata que conviene hacerse es cuán grave es la responsabilidad de los ministros sagrados sobre esta carencia en las nuevas generaciones. Fuera del legítimo afán de resultar más “cercanos” al pueblo fiel, ¿puede darse esta “cercanía” a costa de la “lo sagrado” como fascinante y tremendo, en palabras de Rudolf Otto? ¿Se explicará por la propia incapacidad para recibir el influjo de los misterios? ¿Habrá una mezcla de razones que explican la innegable y dolorosa ausencia cuando no la negación de lo sagrado como “separado” de lo mundanal en las ceremonias litúrgicas o, todavía peor, la intromisión de lo profano en el mundo sacro?

El fenómeno de la desacralización resulta patente en ámbito musical. “La música litúrgica no es sino un intento lírico de aproximación al mundo de lo sacro –afirma Alfredo Sáenz en La música sagrada y el proceso de desacralización–. Pues bien, la nueva música… parece movida por un impulso centrífugo en relación con lo sacro. Más que a balbucir la inefabilidad del misterio tiende a expresar al hombre de hoy, a ese hombre conflictuado, desgarrado, hombre del ruido y no de la palabra”. En el mismo sentido, recoge el testimonio de Domenico Bartolucci, director del Coro de la Capilla Sixtina y nombrado cardenal por el Papa Benedicto XVI: “Se cree que hoy día también en la Iglesia haya necesidad de aquella horrible seudo música que nos aturde continuamente en la radio, en la televisión, en los cines, en los bares, en las calles, en las plazas”. ¿Quién no sufrió, alguna vez, letras triviales, horizontalistas, cuando no directamente revolucionarias, con melodías que recuerdan más a Los Parchís, a Ricardo Arjona o, todavía peor, a la nueva Trova Cubana?

La música sagrada “debe estar al servicio de la palabra. Ha sido hecha para expresar la palabra, para revestirla, penetrarla, contemplarla y agregarle eficacia”, señala Sáenz. “Lo que hace sagrado a un canto es la adecuación de su melodía, de su ritmo, de sus palabras, al contenido de la fe. Todos los elementos del canto deben ser impregnados por la irradiación de la fe católica. La fe debe sentirse a gusto en el canto. El canto, a su vez, debe cantar la fe”, concluye.

La música sacra, para ser tal, está dotada de santidad, belleza de forma y universalidad. ¿Cómo no deberá ser santa la música litúrgica cuando la celebración del culto divino se ordena en primeramente a la gloria de Dios y en segundo lugar a la santificación de los fieles? La música, además, y a fortiori la sagrada, participa de la belleza. ¿Qué es la belleza sino la manifestación de lo verdadero y de lo bello que causa agrado, inmediatamente sensible pero, de modo eminente, espiritual? Por esto el Pseudo-Dionisio Areopagita decía en La Jerarquía eclesiástica que “por los encantos de la armonía el canto sagrado prepara las potencias de nuestra alma para la celebración inmediata de los misterios, las somete, arrastradas por este concierto, a las cadencias de un unánime y divino transporte, y las armoniza con Dios, con los hermanos y consigo mismas”. Respecto de la universalidad, sin perder de vista las bondades de las tradiciones musicales propias de los pueblos, conviene precisar que deben ser asumidas en la celebración del culto divino con la condición de no separarse de las leyes generales de la música sagrada. “Si es buena música –comenta Sáenz–, de verdad, música brotada de un corazón religioso, lenguaje del alma enamorada de Dios, que eleva hacia el cielo, entonces será universal, capaz de ser comprendida por todos”.

Por último, y con gusto a poco sobre un tema que merecería ser tratado in extenso, ¿tan pusilánimes podremos ser para resignarnos a la tiranía de la desacralización en un mundo que, paradojalmente, necesita y reclama conocer, amar y vivir lo sagrado porque, si no lo hace, moriría a causa de la falta de piedad?

Germán Masserdotti / ReL., 2018

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