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Hace poco hice un viaje al norte de Italia, al Véneto, más concretamente. Visité Padua, Venecia y Údine. Mis pasadas visitas a Europa siempre me habían producido una profunda admiración por la obra cultural y artística de los cristianos, que no tiene parangón en la historia de la humanidad. Pero esta reciente visita me llevó a comprender más hondamente otras facetas de la acción de Cristo en la historia, y también de la acción de los enemigos de Cristo.

Las iglesias italianas son un santuario de la adoración de Yaveh bajo la advocación con que se dirigía a Él santa Teresa: ¡la Hermosura que excede todas las hermosuras! Me alojé en la Facultad de Derecho San Pío X de Venecia por dos noches, junto a la iglesia Santa Maria della Salute. La República erigió este monumento artístico a la Bienaventurada Virgen María por haber auxiliado al pueblo para superar la terrible peste que en el siglo XVII diezmó la población de la Serenísima: se trata de una materialización sólida de la Fe de los cristianos y de la contemplación de la hermosura celeste.

Pero hubo algo que me conmovió más hondamente en este viaje: el Palacio Ducal. Es una joya del verdadero arte. La arquitectura, la pintura y la escultura se conjugan y forman un auténtico tratado de teología política republicana. La verdadera concepción de la república, clásica y cristiana (no ese adefesio que los ilustrados llaman “república”): el régimen mixto, la moderación del Senado, los consejos aristocráticos (en sentido platónico) se encarnan en las diversas salas y sillerías. La condensación de las tradiciones y de la sabiduría clásica y cristiana en la toma de decisiones se expresa plásticamente en los monumentales frescos. La Fe y la sabiduría, la prudencia y la obediencia, son temas frecuentes del arte ducal. Aparecen imágenes mitológicas griegas y romanas, subordinadas ahora a esta teología política. Aparecen imágenes vétero y neo-testamentarias. El mundo invisible se palpa en toda su realidad y transfigura los muros con su belleza plástica: el Duque que adora la Eucaristía, se arrodilla humildemente ante el Todopoderoso en su kenosis y recibe la iluminación de lo alto; el Duque se recoge en oración humilde y agradece a Dios, a su Madre y a los santos las protección en las batallas… ¡y qué batallas! Contra Barbarroja, ese temprano anti-cristo; contra los turcos, una y otra vez; en la gloriosa Lepanto… ¡Oh, Venecia, modelo de república, admirada por Hamilton, cuán grande fue tu poder, nacido de la libertad y de la Fe y de la sabiduría!

El mundo cristiano latino fue una encarnación del paradigma celeste del reinado de Cristo, aunque  imperfecta, desde luego. Pero se hallaban allí los cánones y las gracias para corregir la maldad del corazón humano. Es por esto que, como bien observó Marx en El capital, el fenómeno de la pobreza masiva es un fenómeno del mundo post-cristiano, que se inició en Inglaterra en el siglo XVI, con las atrocidades cometidas por Enrique VIII y sus cortesanos: la carnicería de los monjes echó a la calle a miles y miles de seres humanos indefensos, reducidos a la pobreza por la expoliación de las tierras eclesiásticas. Y lo mismo ocurrió después, paulatinamente, en toda Europa y en toda América. Los venecianos recuerdan a Napoleón como “el Innombrable”. Una bestia anti-cristiana (si bien más moderado que Robespierre o que Kant, entusiasta de la “Constitución Civil del Clero”). Y los italianos recuerdan la “unificación” como una obra de salvaje conquista llevada a cabo por los habitantes de Turín y de otros lugares del norte, con apoyo de los masones ingleses y franceses, sobre los territorios del sur: los Estados Pontificios, Nápoles, Sicilia… Las órdenes religiosas fueron suprimidas y, con ellas, la disciplina que educó a Europa. Los nuevos amos no querían una conciencia crítica que juzgara sus obras, huían de la luz, porque sus obras eran malas. Y los campesinos fueron expoliados al mismo tiempo que la iglesia. Y la usura “liberada” empujó a grandes masas de italianos a las costas de América, sobre todo a Argentina y a Estados Unidos. Corleone era una villa hermosa y floreciente de quince mil habitantes. Hoy tiene tres mil.

Pero los masones no se contentan con conquistar, destruir, corromper, matar, desarticular. Después tienen que modificar la historia, calumniar a sus víctimas para justificar sus crímenes a sus propios ojos. Cabalísticamente intentan cambiar el pasado. Acusar a los cristianos de cuanta injusticia hay o ha habido en el mundo, para limpiar su conciencia de las masacres a que los han sometido. Ellos, los carniceros del diablo, los causantes de las mayores masacres que recuerden los anales de cualquier pueblo, ellos, con la boca todavía ensangrentada por las venas abiertas de los mártires, quieren presentar a la Iglesia como una bestia embrutecedora y criminal. Y han usado para ello las peores artes. Llorente, por ejemplo, el gran calumniador de la Inquisición española, el traductor de Bartolomé de las Casas al francés, era un cura en su exterior, pero un masón en su conciencia, y un servidor del Innombrable. Los últimos siglos son la historia de la persecución de los cristianos y de la Iglesia por las varias sectas masónicas: los jesuitas, los campesinos en Francia, México, todas las órdenes religiosas, las “amortizaciones”, los comuneros americanos, los campesinos italianos, los cristianos chinos, camboyanos, vietnamitas, los cristianos de España, los armenios, los ucranianos, los polacos, los croatas, los católicos japoneses en cuyas dos localidades cayeron las dos bombas atómicas lanzadas por el masonete de Truman, el martirio de los europeos orientales, el martirio de los católicos cubanos, un millón de otros católicos en otros lugares de Iberoamérica, el martirio de los venezolanos, la infiltración sistemática de la Iglesia, la asquerosa propaganda de Hollywood a favor de una etnia y contra todo lo que sea cristiano, la campaña de la “pedofilia” y pare usted de contar. El mundo masónico que ahoga los cuerpos y las almas busca un chivo expiatorio, y así, Esaú que persigue a Jacob, Ismael que persigue a Isaac, Caín que persigue a Abel, cambian la historiografía oficial. –Se invierte cabalísticamente la realidad en la imagen mediática y en los planes oficiales de “educación” de masas.

Resuenan en los oídos esas melodías gloriosas, un canto celestial. “Pareció a los ojos de los insensatos que morían, pero ellos están en paz”. “Bienaventurados los que sufren persecución por causa de la justicia porque de ellos ES el reino de los cielos”. “¡Digno es el Cordero degollado de recibir la gloria y el honor y el poder por los siglos de los siglos!” ¡La historia existe no sólo en la memoria de los hombres, sino también en la Eternidad de Dios! Las acciones perversas vendrán a la luz y los hombres perversos se llenarán de sonrojo eterno… -A menos que se arrepientan. Satanás, su padre y protector, no les valdrá de nada, porque él será el primero en hundirse en la vergüenza y la pena eternas.

Los frescos de Venecia podrían pintar ahora a todos los antiguos Duques, a todos los antiguos Patriarcas, a todos los santos, contemplando a Cristo triunfante, que, como en la Capilla de los Scrovegni, condena a los infiltrados, a los perjuros, a los malvados, homicidas, calumniadores de los santos, al suplicio y la desesperación eternos, y recibe en las moradas del reino eterno de la paz y de la Belleza a todos los hombres de buena voluntad, griegos o bárbaros, judíos o gentiles, orientales u occidentales, del Norte o del Sur. Todos éstos (pero no aquéllos) serán admitidos a la Jerusalén celeste, que se afirma sobre doce columnas inamovibles y que brilla con la gloria del Santo, del Altísimo.

Carlos A. Casanova / El Abejorro, 2018

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