AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA

Desde hace tiempo existe una clara adhesión de gran parte del mundo católico a la idea de favorecer una acogida de los inmigrantes prácticamente sin filtros. Esta nueva actitud es distinta a la propuesta tradicionalmente por la Doctrina social de la Iglesia, a saber, un control de las migraciones guiado por el criterio del bien común.

 Observamos desde hace tiempo una clara adhesión de la jerarquía eclesiástica y de gran parte del mundo católico a la idea de favorecer una acogida de los inmigrantes prácticamente sin filtros; más bien al contrario, amplia y generalizada.

Hay que destacar, sin embargo, que esta nueva actitud es distinta a la propuesta tradicionalmente por la Doctrina social de la Iglesia, a saber, un control de las migraciones guiado por el criterio del bien común. En efecto, una consecuencia de esta nueva actitud parece ser la sustitución del bien común por la sociedad multirreligiosa, considerada como fin de la sociedad. Una acogida sin los filtros y sin la gobernanza del bien común considera como buena en sí misma la sociedad multirreligiosa que es su consecuencia, hasta el punto de que también los católicos deberían trabajar por ella más que por el bien común, o bien por ella en cuanto coincidente con el bien común.

El interés de la cuestión reside en que un nuevo planteamiento de esta naturaleza implicaría una consistente revisión de la Doctrina social de la Iglesia, de su estructura y de sus fundamentos. No juzgo las intenciones y, por tanto, no puedo decir si la finalidad de esta “apertura” al fenómeno inmigratorio es precisamente cambiar la Doctrina social de la Iglesia en algunos puntos fundamentales. Pero no puedo eludir un examen objetivo de tan importante asunto.

Si el fin de la política, en lo que se refiere a la inmigración, es la sociedad multicultural y no el bien común, entonces se desmoronan dos principios cardinales de la Doctrina social de la Iglesia.

El primero es el derecho natural, el cual, mientras no se demuestre lo contrario, es una de las fuentes insustituibles de la Doctrina social de la Iglesia. Es evidente que no todas las religiones respetan el derecho natural. Las que admiten la poligamia o la superioridad antropológica de un grupo sobre otro, o bien del hombre sobre la mujer, lo hacen despreciando el derecho natural. Lo mismo pasa con las religiones que establecen una relación inmediata entre la Revelación divina y el derecho civil, atribuyendo a la Revelación una dimensión jurídica inmediata. Para muchas religiones Dios no es la Verdad y, por lo tanto, no está obligado a respetar la razón, así que esas religiones no pasan el tamiz de lo natural, del que prescinden. Para otras, Dios no es persona y, por consiguiente, son incapaces de fundamentar adecuadamente la dignidad de la persona humana, también exigida por el derecho natural. Por no hablar de las mutilaciones físicas rituales, de la prostitución sagrada o de otras conductas aún más sórdidas.

El respeto al derecho natural forma parte integrante del principio del bien común, mientras que el concepto de sociedad multicultural, no. Sustituir el primero por la segunda implica renunciar al principio del derecho natural, algo imposible sin que cambien los presupuestos de la Doctrina social de la Iglesia. El bien común es un principio absoluto, mientras que la sociedad multicultural es un principio relativo al bien común y depende de él.

El segundo elemento fundamental que desaparecería es la centralidad de Dios en la construcción de la sociedad terrenal. Las encíclicas sociales repiten al unísono que no existe solución a la cuestión social fuera del Evangelio, que el primer factor de desarrollo humano es el Evangelio, que la adhesión a los valores del cristianismo no es sólo útil, sino indispensable para la construcción del bien común. En otras palabras, afirman que, sin el Creador, la criatura se derrumba, y que no hay ningún ámbito de lo creado que sea independiente del Creador.

Pero en la sociedad multicultural desaparece este carácter indispensable de la religión católica, en la medida en que, si la sociedad multicultural es el objetivo, también las demás religiones son indispensables. Es más, la presunción de que el catolicismo es indispensable entraría en conflicto con la sociedad multicultural y por tanto esa presunción sería perjudicial y habría que evitarla. Así pues, la idea de la sociedad multicultural implica equiparar la fe católica con todas las demás, e implica al mismo tiempo que todas las religiones son indispensables: esto es, su igualdad, indiferente ante la verdad. La apertura indiscriminada a la inmigración implica una idea relativista de la religión y, por tanto, dar la vuelta como a un calcetín a la Doctrina social de la Iglesia.

Imaginemos una sociedad multirreligiosa sin el catolicismo. No habría bien común ni podría haberlo. Imaginemos una sociedad donde sólo esté presente la religión católica y, por lo tanto, no sea multirreligiosa. Aquí sí podría existir el bien común.

Mientras que todas las demás religiones juntas son incapaces de producir el bien común, la sola presencia de la religión católica sí sería capaz de hacerlo. Esto es precisamente lo que niega el principio de la sociedad multicultural como finalidad de la acción social y política… pero es precisamente lo que siempre ha afirmado la Doctrina social de la Iglesia.

Stefano Fontana, Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân, 2018

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