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Los cristianos no podemos permitirnos el lujo de privar a la sociedad de nuestra medicina social: la Doctrina Social de la Iglesia.

Peter Maurin es un personaje al que la historia no ha prestado todavía la atención que merece. Nació en el sur de Francia en una familia de granjeros pobre y profundamente católica. Fue el menor de veintiún hermanos. Pronto tuvo que emigrar para ganarse la vida. Dio algunas vueltas por Canadá y Estados Unidos hasta que se acabó instalando en los suburbios de Nueva York. En los años veinte malvivía leyendo como un poseso y trabajando como profesor de francés. En esa época dejó de cobrar a sus alumnos y les pidió que le pagaran el precio que ellos considerasen adecuado. Parece ser que Maurin tomó esta decisión influido por sus lecturas de San Francisco de Asís.

Maurin fundó, junto con Dorothy Day, el movimiento The Catholic Worker en el periodo de entreguerras. En un mundo que sufría los excesos del capitalismo, eran muchos los que buscaban protección en los brazos del comunismo o del fascismo. Igual que Chesterton y Belloc en Inglaterra, Maurin y Day buscaron en Estados Unidos una tercera vía inspirada en la doctrina social de la Iglesia. En esta aventura crearon un periódico para difundir sus ideas y fundaron varias granjas autogestionadas. Alrededor de estas granjas crecían pequeñas comunidades cristianas que rezaban, se formaban y trabajan la tierra (cult, culture and cultivation). Maurin y Day tenían una firme vocación política y social. Eran capaces de estar plantando tomates a las siete de la mañana y repartiendo octavillas en Times Square a las siete de la tarde.

Peter Maurin era, de alguna forma, el guía intelectual del movimiento. Maurin era una especie de filósofo despegado de los bienes terrenales. Prestaba sus libros a cualquiera que le preguntara por ellos y vestía ropas tan viejas que muchas veces le confundían con un vagabundo. Podía pasarse horas hablando a los suyos sobre la dignidad del trabajo, el cooperativismo, la justicia social, la doctrina tomista del bien común o la encíclica papal Rerum Novarum. Maurin era una especie de Jeremías con un fuerte acento francés capaz de combinar la ortodoxia en la fe con un sano espíritu revolucionario. Podía denunciar en una misma arenga el conformismo de los cristianos que se beneficiaban de un orden económico injusto y las falsas soluciones del socialismo.

Maurin resumió para sus alumnos decenas de obras que él consideraba esenciales para todo activista social católico. Sin embargo, apenas puso por escrito sus propias ideas. Muchas de sus palabras nos han llegado gracias a las personas que vivieron con él. El periódico The Catholic Worker publicó algunos de sus ensayos fáciles (easy essays). Eran una especie de rimas pegadizas que resumían sus principales argumentos en materia política. Uno de ellos se llamaba “Detonando la dinamita de la Iglesia”.

Maurin era pacífico y antibelicista, pero quería inspirar a los jóvenes con una imagen potente. En este pequeño ensayo exhortaba a su gente a dar a conocer el pensamiento social cristiano. Con esta referencia explosiva Maurin quería decir que la doctrina de la Iglesia es revolucionaria y radical en el verdadero sentido de las palabras. No exageraba. El Papa León XIII denunció el sometimiento de los obreros a “a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”. Pío XI señaló que “han de buscarse principios más elevados y más nobles, que regulen severa e íntegramente a dicha dictadura [económica], es decir, la justicia social y la caridad social”. Juan Pablo II constató que “la solución marxista ha fracasado, pero (…) existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista”. Hoy el Papa Francisco nos alerta frente a las “ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera” y que conducen a una “economía que mata”.

Un modelo económico coherente con una visión cristiana debe estar orientado a la justicia social y el bien común. Su fundamento lo encontraremos en la solidaridad y la subsidiariedad (principio conforme al cual una unidad económica no debe hacer algo que pueda hacer otra unidad de tamaño más reducido y más cercano a la persona). Y respetará los principios de propiedad privada (limitada por su función social y el destino universal de los bienes), el acceso de la mayoría a esa propiedad privada, la dignidad de la persona y la preeminencia del trabajo sobre las rentas o el capital como fuente de generación de riqueza.

La Iglesia no propone un modelo económico único, sino que ofrece orientaciones. Los modelos verdaderamente eficaces sólo pueden ser el resultado de adaptar estas orientaciones a las realidades históricas, políticas, sociales y culturales de cada pueblo. Y aquí es donde falla el invento.

Peter Maurin apuntaba que la doctrina de la Iglesia tenía el potencial suficiente para volver ser la dinámica social dominante. Pero que si los cartuchos no llegan a estallar es porque los pensadores católicos han cogido la dinamita, la han envuelto en una palabrería vistosa, la han metido en una caja hermética y se han sentado encima de la tapa.

El pensamiento social católico tiene potencial para cambiar el mundo, pero los cristianos han olvidado que puede llevarse a la práctica. La mayoría de los profesores, periodistas y políticos católicos desconocen los fundamentos básicos de la doctrina social. Quienes tienen la suerte de conocerlos, los contemplan como un ideal digno de admiración pero que no se puede aplicar en la práctica. El pensamiento social cristiano no se enseña en los colegios ni parroquias. Es muy difícil distinguir el suplemento de economía de un periódico católico del de otro rotativo cualquiera. Los programas de estudio de las escuelas de negocios dirigidas por entidades religiosas son prácticamente idénticos a los de cualquier otro centro no confesional. Como mucho podemos encontrar alguna mención a los valores en la gestión de la empresa o una asignatura de ética basada en una antropología coherente con el cristianismo. Pero no se pone en cuestión con todo el rigor necesario la lógica del beneficio, la visión del trabajador como gasto de empresa o la legitimidad de los beneficios obtenidos por el puro oportunismo especulador.

En los días de Semana Santa vimos con felicidad cómo la fe popular y la tradición se hacen presentes a pesar de todo. La Iglesia seguirá realizando su encomiable labor asistencial en hospitales, comedores sociales y casas de acogida. A la vuelta de las vacaciones, la Iglesia sigue educando y formando a los jóvenes para el futuro. Pero no basta. Los cristianos no podemos permitirnos el lujo de privar a la sociedad de nuestra medicina social. Es necesario insistir en la idea de que existen alternativas a un modelo cuyas múltiples carencias se han puesto de manifiesto en esta crisis económica.

La Iglesia no cumple bien su misión si se limita a denunciar los excesos de los diferentes sistemas económicos que pueden darse en una determinada época. Como dice Harold Robbins en The sun of justice, la diferencia entre lo que la Iglesia tolera en economía y lo que la Iglesia propone es enorme. Sin embargo, pocas veces se realiza esta distinción en el debate público.

La doctrina social puede aportar soluciones que sienten las bases de una economía más sana e inclusiva. Sólo hace falta una generación de valientes que se atreva a desprecintar, de una vez por todas, esa pequeña caja de explosivos.

Jaime Revés / Gta. 2018

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