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La igualdad se deriva esencialmente de la igual dignidad que tenemos, y se circunscribe en ese ámbito. No puede ser destrucción de una diferencia real y evidente.

En estos días mi ciudad, Madrid, aparece empapelada con propaganda de la Wordpride 2017, la semana del orgullo LGTB. El mismo Ayuntamiento de Madrid, en su página web y su perfil de Twitter, muestra numerosas banderas multicolor identificativas de este colectivo. Me ha llamado la atención una de los lemas publicitarios: Igualdad, diversidad, libertad, derechos. Me llama la atención la primera palabra, aunque los otros tres conceptos también darían para mucho.

¿Qué es, en el fondo, la igualdad?  En nuestra sociedad actual se trata de uno de los conceptos invocado para todo, como la tolerancia y la libertad, pero que si escarbas un poco, nadie sabe concretar y definir.

En matemáticas, y una de sus derivadas, la informática, dos elementos son iguales cuando son totalmente idénticos.  Por ejemplo, la igualdad entre dos números. E incluso, en algo tan obvio, hay que delimitar muy bien el entorno. No siempre diez es igual a diez. Es conocido, en entornos matemáticos juveniles, el famoso chiste de que existen dos clases de hombres: los que saben lenguaje binario y los que no. La identidad matemática, la igualdad, también tiene su contexto.

Si pasamos al campo biológico y sanitario la igualdad es todavía más compleja. Todos los hombres somos iguales, pero hay infinidad de configuraciones del genoma humano, que no son iguales entre sí. Cuando es necesario realizar un trasplante de médula se busca la mayor compatibilidad posible entre donante y receptor, pero la igualdad total, la identidad absoluta, es un sueño demasiado utópico. Incluso en animales clonados, esta identidad no es absoluta; el animal clonado tiene una pequeñísima parte procedente del óvulo usado como “caparazón” para el proceso.

Si damos un paso más, y entramos en el ámbito de la psicología personal, el ideal de dicha igualdad idéntica se difumina todavía más. Hay casos, y no pocos, de hermanos muy diferentes entre sí. Genéticamente ambos proceden de su padre y de su madre. Con pequeños cambios, ambos han recibido la misma educación, e incluso han ido juntos a la guardería o al colegio. Y desde temprana edad se pueden apreciar muchas diferencias entre ellos, incluso características aparentemente opuestas.

Analizar con esta perspectiva la igualdad/diferencia entre hombre y mujer es todavía más llamativo. Abundan los chistes y comentarios en este sentido, en relación con un sexo o con el otro. No se puede generalizar con facilidad, es cierto, pero los hombres viven y perciben la realidad de un modo y las mujeres de otro. No somos iguales, del mismo modo que una manzana no es igual a una pera. Esto no significa, y llegamos al fono del concepto de igualdad, frecuentemente olvidado, que uno sea mejor que otro, o que se justifique el menosprecio de uno en contra del otro.

La igualdad, y así habla de ella una ley tan apreciada como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es “igualdad en dignidad y derechos”. «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos», reza en su artículo 1. La ley no habla de que seamos iguales, pues evidentemente no lo somos; ya he citado varios ejemplos antes. La ley habla de que somos “iguales en dignidad”, es decir, que tenemos la misma dignidad, como seres humanos, los mismos derechos y las mismas obligaciones, adaptados, claro está, a la peculiaridad de uno u otro sexo.

Un ejemplo práctico de esta correcta aplicación de la igualdad, que no es igualdad identitaria, se concentra cada cuatro años en las olimpiadas. Si leemos al pie de la letra la igualdad entre hombres y mujeres, ¿por qué se separa a unos y otros en los juegos olímpicos? Llama la atención que en este ámbito se enarbole poco la bandera simplista de la “igualdad para todos” Creo que el que haya carreras de atletismo masculinas y femeninas no discrimina a hombres contra mujeres ni a mujeres contra hombres; más bien, se respeta e integra la peculiaridad, la especificidad de cada sexo, respetando la igual dignidad de ambos.

Es significativa la explicación que, allá por el año 1992, nos ofreció el Catecismo. Una explicación bastante realista y ponderada. “Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (Gaudium et Spes 29). Los “talentos” no están distribuidos por igual”. Hasta aquí el Catecismo, en su número 1936. Los seres humanos, es evidente, no somos iguales/idénticos. Cambian la edad, el sexo, el pasado físico y psicológico de cada uno y los millones de experiencias previas y actuales.

La igualdad se deriva esencialmente de la igual dignidad que tenemos, y se circunscribe en ese ámbito. Sólo en el ámbito correcto diez es igual a diez. Somos iguales ante la ley, en derechos y obligaciones. Pero esa igualdad no puede ni debe suprimir las diferencias reales entre los seres humanos. ¿Por qué, y la pregunta daría para mucho, pretendemos imponer la igualdad a la vez que hablamos de libertad y tolerancia? ¿Será que tampoco tenemos claros estos conceptos?

José F. Vaquero / Rel

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