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 “Como ya he dicho en alguna ocasión, lo que me parece más inexplicable de los ataques actuales contra la doctrina inmemorial de la Iglesia sobre la sexualidad es la idea de que la tentación sexual y los pecados sexuales son parte de una nueva situación a la que se enfrenta la Iglesia y que, por lo tanto, requieren una nueva respuesta. Como si los milenios anteriores no hubieran conocido las tentaciones sexuales… Como si (según el viejo chiste inglés) las relaciones sexuales realmente hubieran sido inventadas en los sesenta por los Beatles”.

P. John Hunwicke, blog Mutual Enrichment

 

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El P. Hunwicke, ese cultísimo anglocatólico, dice que le parece “inexplicable” la moda de decir que hace falta una respuesta nueva para un supuesto nuevo problema…, que no ha cambiado desde que el mundo es mundo. La ironía en esa afirmación se puede mascar, porque lo cierto es que, aunque se trata de una moda absurda, es fácilmente explicable.

La explicación es doble. Por un lado, el pensamiento de una época adolescente como la nuestra parte siempre de que somos completamente únicos, como copos de nieve irrepetibles. Nadie ha tenido nunca problemas como los nuestros, del mismo modo que el adolescente está convencido de que nadie ha sentido lo que siente él ni ha sufrido como sufre él y por eso sus padres no le comprenden ni nadie puede comprenderle.

En nuestra cosmovisión posmoderna y adolescente, la Fe, la Tradición y los santos y doctores de la Iglesia no pueden decir nada válido sobre mí, porque soy único, irrepetible y especial y para mí no valen las normas. Por lo tanto, el catolicismo entero tiene que trastocarse para adaptarse a mí: –Estoy casado con Pilar, pero es que me gusta más Juanita, que tiene veinte años menos y conecta mejor conmigo a un nivel espiritual. ¿Cómo puede decirme la Iglesia que mi mujer es Pilar y que tengo que dejar a Juanita? ¿Cómo se atreven a pedirme que cumpla la palabra dada solemnemente ante Dios y ante la Iglesia? ¡No entienden lo mucho que la quiero y lo que sufro solo de pensar en dejarla! ¡Tengo derecho a ser feliz! Nadie me comprende. Nadie, nadie, nadie.-

Cualquier parecido con Enrique VIII, que vivió hace cinco siglos, o con Herodes y Herodías, que vivieron hace veinte, no es pura coincidencia.

La segunda parte de la explicación es más triste aún. Hay quienes pretenden que se trata de una situación nueva, aunque saben perfectamente que es la misma de siempre, por pura intención propagandística. Lo que en realidad quieren decir es que no les gusta la solución antigua (es decir, la que siempre ha enseñado la Iglesia) y por eso hay que inventar un problema nuevo que, por supuesto, tendrá una solución nueva, esa sí a su gusto.

Con una pizca de prestidigitación verbal, basta cambiar “adulterio” por “situación irregular” y después “situación irregular” por “nueva unión” y después “nueva unión” por “lo mejor que se puede hacer en conciencia aunque esté lejos del ideal” y, ¡presto!, he aquí que tenemos un nuevo problema, al que se le puede dar una nueva solución que resulte aceptable para el Mundo, el Demonio y la Carne, a los que, por cierto, también se les va cambiando de nombre, para llamarlos “signos de los tiempos”, nada (porque no existe) y “felicidad”.

Esta forma de actuar, curiosamente, es también muy antigua. Hace veintiocho siglos, el profeta Isaías tuvo que enfrentarse a ella: ¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!

No hay nada menos nuevo que el pecado y los intentos de justificarlo. Por mucho que se disfracen de “nuevos paradigmas”.

Bruno Moreno Ramos / InfoC. 2018

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