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Charles Chaput, uno de los líderes católicos más leídos e influyentes, por su gran capacidad de comunicación, garra expositiva y claridad en sus mensajes,  acaba de publicar su libro “Extranjeros en Tierra Extraña”, que anima a los cristianos a mantenerse firmes y “vivir como católicos en un mundo postcristiano“.

“El mayor fracaso de mi generación, la del baby boom, incluyendo a padres, profesores y dirigentes de la Iglesia, ha consistido en no haber sido capaces de transmitir la fe de forma atractiva a los que ahora están ocupando nuestro lugar. La razón por la que la fe cristiana es indiferente para tantos jóvenes estriba en que, con demasiada frecuencia, la fe no ha sido importante para nosotros, o no lo suficiente como para sufrir por ella. Como católicos, hemos llegado a un punto en el que nos sentimos como forasteros en nuestro propio país, ‘extranjeros en tierra extraña’. Pero el problema no es que los creyentes seamos ‘forasteros’; el problema es que nuestros hijos y nietos no lo son”.

Se acabó el “don’t worry”, hay que ser contracultural

La época del “don’t worry, be happy”, la optimista canción de Bobby MacFerrin en 1988, el año antes de la Caída del Muro de Berlín, quedó muy atrás, dice Chaput. Tras el 11-S y la tragedia de las Torres Gemelas, y luego el ISIS y el yihadismo brutal con sus atentados, el acoso del laicismo a las entidades católicas en Estados Unidos (multas por no pagar abortos o anticoncepción) y la redefinición del matrimonio, hoy ser católico implica una cierta opción de ir contracorriente.

Chaput trata diversos temas en su libro, pero su análisis de la situación de la familia es quizá el más agudo y revelador. Para ello remite a dos sociólogos que le parece que enmarcan la situación: Charles Murray, con su libro de 2012 “Coming Apart” [Roto en pedazos] y Mitch Pearlstein, con su libro de entrevistas a expertos en 2014 “Broken Bonds” [Lazos rotos].

Las familias rotas lo estropean todo…y hay que admitirlo

Murray lo deja claro: la ciencia sociológica y los estudios demuestran una y otra vez que las familias unidas ayudan en todo a educar niños y jóvenes sanos y funcionales, y las familias rotas lo estropean todo y generan pobreza social y humana. Pero a los políticos y a la prensa les da igual: esconden el desastre que significan las familias rotas.  “No conozco ningún otro dato de importancia que tenga tanta aceptación por las ciencias sociales y que sea a la vez ignorado con tanta resolución por los informativos, los editoriales de los principales diarios y los políticos de los dos principales partidos”, escribía Murray.

¿Cómo es que los políticos y la gran prensa esconden los daños acumulados que causan las familias rotas? Chaput da dos respuestas. Una causa es la ideología de izquierda radical: los que la profesan consideran que la familia es opresiva, patriarcal, heteronormativa, mala… Otra causa, más difundida, es un cierto pudor: tenemos ya tantos amigos y parientes en familias rotas, hundidos hasta el cuello en su desastre, y afectando a otros a su alrededor, que no les queremos dañar más haciéndolos sentir culpables.

¿Cómo educar en confianza y solidaridad?

En las familias rotas es difícil educar en la confianza y la solidaridad. Lo que los niños han aprendido es que no se puede confiar y que, si las cosas van mal, hay que irse y romper: es lo que hicieron papá y mamá.

Unos expertos consultados en el libro de Pearlstein dicen: “es difícil desarrollar la solidaridad cuando uno de los padres ha abandonado a la familia, o cuando ambos han determinado que serán más felices si se separan. Los hijos se ven obligados a adoptar un sentido de la independencia distorsionado pero comprensible para sobrevivir emocionalmente”.

Historia de dos vecindarios: la familia marca

Charles Murray ilustra los efectos sociales con el caso de dos vecindarios comparados en su libro “Roto en pedazos” y al arzobispo Chaput le parece muy elocuente.

Belmont, en Boston, era un barrio exclusivo, de profesionales con estudios superiores.

Fishton, en Filadelfia, era un barrio de clase obrera blanca poco cualificada.

Hace 50 años las familias de ambos barrios eran parecidas, sus escuelas también eran bastante parecidas y los niños de ambos vecindarios jugaban en parques bastante similares.

Pero las familias se fueron hundiendo en el barrio obrero Fishton, mientras que se mantenían en el barrio exclusivo Belmont.

Así, por ejemplo, en 1960 el 95% de los niños en ambos barrios aún vivían con sus padres naturales cuando su madre tenía 40 años (crecían con ambos padres). En cambio, en 2004, aunque en el exclusivo barrio Belmont el 90% de los niños seguían con ambos padres, en Fishtown solo el 30% de niños tenían a ambos padres en casa. Para Murray, es toda una generación que crece “seriamente impedidos para acometer las exigencias del autogobierno”.

Por su parte, los barrios como Belmont, que “se mantienen”, a su vez también se han aislado y encerrado en sí mismos, no mantienen contacto con el resto y “han abandonado la solidaridad entre clases que para la generación anterior era una obligación”.

Se desintegra la familia… y el Estado toma su espacio

Lector de Tocqueville, señala que al desintegrarse el matrimonio se desintegra la familia y las comunidades, y su hueco lo asume “una forma de autoridad menos humana, menos comprensiva y menos íntima, que ocupa el espacio vacío que dejan”, es decir, el Estado.

 Y avisa: quien debilita las familias y las comunidades no son unos “matones orwellianos de uniforme, sino los teóricos de género y de los derechos LGTB, y las empresas que los respaldan alegremente“. Buscan “liberar” a los hombres de la familia y arrojarlos al “mundo feliz” de Huxley. Allí el Estado y el poder les tendrá más o menos controlados o, al menos, anestesiados.

También lo compara con la sociedad de los morlocks y los eloi en “La Máquina del Tiempo”, de H.G.Wells. Los eloi, hermosos y pulcros, sin ninguna organización ni defensa, y más bien bobalicones, “pasan los días comiendo, charlando, jugando y practicando el sexo de forma inocente”. Pero por la noche surgen de los túneles los verdaderos señores del lugar, los morlocks: “son feos, están hambrientos y les encantan los eloi”.

“El modo en el que amemos, o malgastemos el amor, tiene consecuencias, y siempre vuelven del pasado para hacernos una visita”, sentencia Chaput.

Charles Chaput, arzobispo de Filadelfia, uno de los líderes católicos más leídos e influyentes, por su gran capacidad de comunicación, garra expositiva y claridad en sus mensajes. Capuchino e indio de la tribu potawatomi, se prodiga en textos periodísticos y en redes sociales y denuncia los absurdos de la cultura neopagana actual  / P.J.Ginés/ReL. 2018

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