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Mi respuesta es negativa por las tres razones siguientes (aunque sin duda cabría añadir muchas más):

1) Jesucristo predicó dar lo propio a los necesitados, no lo ajeno. Ayudar es compartir lo que uno tiene con los demás. Esto se puede hacer a través de la familia, de la Iglesia o de manera individual. Pero el concepto de que un poder quite por la fuerza a unos para dar a otros es ajeno a Cristo. De hecho, el décimo Mandamiento requiere no codiciar “cosa alguna de tu prójimo”. El socialismo se basa en que el Estado redistribuya la riqueza por la fuerza. Aborrece, al mismo tiempo, el carácter voluntario de la caridad. Esto lleva a la paradoja de que la solidaridad, para el socialismo es una política del Estado y no un acto personal de humanidad con el necesitado. El socialismo, pues, deshumaniza la solidaridad. Nada puede haber más contrario a las enseñanzas de Cristo. La superioridad moral está en ser generoso con lo propio, no con lo ajeno.

2) El mensaje de Cristo exalta los sentimientos más altos del ser humano: el amor, la generosidad, el entendimiento, la compasión, el perdón… El mensaje del socialismo excita, sin embargo, sus pulsiones más bajas: el resentimiento, el odio, la envidia, la venganza… (muchas veces disfrazadas por un falso “amor” puramente mediático). Para Cristo, el bienestar de unos no depende del malestar de otros. Al revés, la felicidad depende de actos individuales de esfuerzo moral y ético. Para el socialismo, sin embargo, la riqueza de unos pocos depende de la miseria de la enorme mayoría. Llámense “pobres”, “los de abajo” o “desheredados”, la misión socialista es concienciar a la mayoría de la población de que sus problemas se deben a la maldad de unos pocos. De esta manera podrá contar con su apoyo para alcanzar el poder.

3) Jesucristo distinguió el poder temporal del espiritual. La importancia de proclamar “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” vacuna contra el totalitarismo. En función de esta máxima, ningún poder debe acaparar toda autoridad sobre cada ser humano. Al no ser el Reino de Dios de este mundo, el poder terrenal es y debe ser limitado (algo en lo que coincide con el liberalismo). El socialismo, sin embargo, no cree más que en el poder terrenal: todo es política, todo debe estar supeditado a la política, toda decisión está basada en un interés político. La voluntad del pueblo y la soberanía son fuerzas ilimitadas. Todo obstáculo para aplicarlas (por ejemplo, de la propia Iglesia defendiendo el derecho a la vida de los no nacidos o de los mercados financieros exigiendo que el dinero prestado sea devuelto) es un desafío político y como tal debe ser derrotado.

Percival Manglano

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