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Afrontar el sufrimiento desde la fe le da un sentido completamente distinto. El sufrimiento es algo inherente al ser humano. Todos los hombres han sufrido, sufren o sufrirán por algo. Ricos y pobres, jóvenes y mayores, varones y mujeres. Pero la diferencia está en que para los cristianos el sufrimiento es redentor y salvífico, tiene un sentido.

1. El sufrimiento es parte de la vida

Aunque la sociedad se empeñe en ocultarlo, “el sufrimiento es casi inseparable de la existencia terrena del hombre”, como decía san Juan Pablo II. No desprecies el dolor de otros ni maximices el tuyo: todos sufrimos, aunque no lo hagamos por los mismos motivos, ni reaccionemos igual.

2. Puedes enfadarte con Dios

Ante el sufrimiento tenemos derecho a llorar, estar tristes o enfadados con Dios. Y tras desahogarnos, tenemos el privilegio de poder “pedir a Dios que nos ayude a entender que nos ama y que de este dolor va a sacar algo bueno”, como dice Rosa Pich (viuda).

3. Del “por qué” al “para qué”

La pregunta que surge ante el dolor es “¿Por qué sufro?”. Pero “quedarse ahí es un error porque yo no puedo controlar el origen del sufrimiento”, dice el sacerdote Pablo Cervera. Lo que descubre el sentido al sufrimiento es preguntarse “¿Para qué sufro?”.

4. Ofrecerte a Dios

El dolor es fértil cuando se lo ofreces a Dios y te entregas a Él con todo lo que tienes. Hacerlo, además, te ayuda a identificarte con Cristo de una manera imposible de lograr en otra situación.

5. Bueno para los demás

Ofrecer el dolor tiene una eficacia real para los demás: te hace entender mejor su sufrimiento y, además, Dios puede usarlo para su salvación eterna y temporal.

6. Amor, no dolor

“Lo que hace fecundo mi sufrimiento no es el dolor, sino el amor con el que yo lo viva. Al unirme a la Cruz en lugar de huir de ella, mi dolor no cambia: cambia mi corazón”, explica Cristina de Don Pablos

7. Soledad en compañía

El sufrimiento se vive a solas; nadie lo puede vivir por ti. Pero si se vive sin apoyo es peor. “Lo tiene que vivir cada uno, pero sostenido por los demás”, como recuerda la escritora Anne-Dauphine Julliand.

8. Si el hijo sufre, el padre acompaña

Cuando un hijo sufre, los padres se cambiarían por él. Pero descubren que no pueden hacerlo, y que los niños no querrían. Su papel es el de ser bastones de sus hijos en la travesía del dolor, tal como dice la oncóloga infantil Blanca López-Ibor (médico de niños enfermos con cáncer).

9. La muerte no es el final

La muerte de un familiar cercano no es el final de la relación con él. Su presencia cambia, aunque es real y se puede hacer patente, sobre todo en la Eucaristía.

José Antonio Méndez / R. Misión, 2018

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