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El 4 de octubre falleció en Dublín, ciudad donde había nacido el 13 de abril de 1920, Liam Crosgrave, un histórico de la política irlandesa que fue diputado entre 1943 y 1981, ministro de Asuntos Exteriores entre 1954 y 1957 y Taoiseach (primer ministro) entre 1973 y 1977. “Retirado de la vida pública, su señorío y honestidad suscitaron el respeto unánime de la sociedad irlandesa”, afirma José María Ballester Esquivias, quien le dedicó un obituario en el ABC de este sábado bajo el título Un caballero de la política irlandesa:

Los ejemplos abundan de hijos de grandes estadistas que no han querido seguir los pasos de sus progenitores por miedo a no estar a la altura de las circunstancias. Liam Cosgrave no padeció ese temor: el hecho de que su padre, William, fuera un héroe de la independencia de Irlanda, sucesor directo de Michael Collins tras el asesinato de éste último, y primer Taoiseach (jefe de Gobierno) del nuevo Estado, no fue óbice para que decidiera desde muy joven dedicarse a la política.

Cosgrave pronunció su primer discurso a la edad de 17 años y a los 23, una vez terminados sus estudios de Derecho, consiguió su primer escaño en el Parlamento por el Fine Gael, el partido de su padre. Sin embargo, pronto demostró tener personalidad propia, por ejemplo cuando en su primera legislatura criticó el desinterés de sus compañeros hacia los votantes de sus respectivos distritos.

El político en ciernes sabía que carecía de carisma y que operaba en un sistema político aún muy jerarquizado -algunos protagonistas de la independencia seguían en activo- que impedía las carreras meteóricas. De ahí su estrategia de lluvia fina consistente hacerse imprescindible sin crearse demasiados enemigos.

La estrategia fue acertada: en 1954 asumió la cartera de Asuntos Exteriores. Dejó su impronta al culminar la adhesión de Irlanda a la ONU, poner en marcha la neutralidad internacional de Dublín y presidir el Comité de Ministros del Consejo de Europa.

Pero con los ojos centrados en el escenario irlandés. Tras la derrota electoral de 1957, al Fine Gael le esperaban tres lustros en la oposición y la habilidad de Cosgrave consistió en armarse -de nuevo- de paciencia: en 1966 tomó el control de partido, y siete años más tarde se convirtió en Taoiseach en coalición con los Laboristas.

Con un conflicto del Ulster que se encontraba en su punto álgido, Cosgrave optó, con mucha habilidad, por una política de mano dura con el IRA al tiempo que emprendió una serie de negociaciones con el Gobierno británico que culminó, en diciembre de 1973, con la firma del Acuerdo de Sunningdale, que instauraba la gobernación conjunta del Ulster entre unionistas y católicos.

También tuvo una implicación para Dublín, que renunció de facto a una hipotética anexión del Ulster. Sunningdale fracasó al cabo de cinco meses, pero trazó el camino para el Acuerdo de paz de 1998.

Muy distinto fue el otro episodio señero del legado de Cosgrave, que no dudó en poner sus hondas convicciones católicas por encima de la disciplina de partido cuando el Fine Gael quiso legalizar la importación de anticonceptivos. Junto con otros seis diputados, el Taoiseach unió sus votos a los de la oposición para tumbar el proyecto de ley. La ley que habría permitido eso,  fue derrotada por 75 votos contra 61.

Menos éxito tuvo al convocar de forma inoportuna unas elecciones anticipadas en 1977, que se saldaron con un espectacular triunfo de la oposición. Fue el final de su carrera política.

ReL, 2017

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