20171103

Hay preocupación, sobre unos posibles planes para hacer caer el dogma de la transubstanciación, por parte de ciertos sectores (minoritarios, aunque muy activos) de la iglesia, con una supuesta justificación «ecuménica», como la que hace, por ejemplo, Pedro Luis Llera, en el informe «Del Conflicto a la Comunión…», en el que se evitaba el uso del término «transustanciación».

Coincido con José Miguel Arráiz en que el rechazo en el uso de un documento «ecuménico» del término transustanciación, visceralmente rechazado por los protestantes, no constituye, de suyo, una negación del dogma por la parte católica. Pero, a la vez, resaltaría con el P. Iraburu que presentar la fe en la presencia real de Jesucristo en el Santísimo Sacramento sin hacer referencia a la transustanciación no representa la fe de la Iglesia. Sobre la oportunidad del término y su fundamentación dogmática hay abundante información en todos los artículos citados; recomiendo vivamente leerlos.

Dando por supuesto que la referencia a la transustanciación es irrenunciable a la hora de confesar la presencia de Cristo en la Eucaristía, quiero centrar mi atención en una parte de la información que destaca Pedro Luis Llera. Se trata de la referencia a una frase compartida en redes sociales por Andrea Grillo, profesor del Ateneo Pontificio de San Anselmo, en Roma, una de las universidades más prestigiosas en el área de la Teología Litúrgica. Este profesor habría dicho que «Transubstantiatio no es un dogma y como explicación tiene sus límites. Por ejemplo, contradice la metafísica».

Quiero, desde ya, hacer énfasis en que no pretendo responder directamente al Prof. Grillo, dado que la frase que cito fue compartida de forma privada y desconozco el contexto en que la escribió, o si representa plenamente su pensamiento. Lo que pretendo es preguntarme en qué sentido puede decirse que la transustanciación contradice la metafísica.

Me resulta sorprendente la afirmación porque recuerdo perfectamente, de mis primeros años en el seminario, que la explicación más frecuente sobre por qué debíamos estudiar bien la metafísica tomista era que resultaría fundamental a la hora de entender los dogmas, especialmente el de la transustanciación de la Eucaristía. Si ahora todo un profesor de una universidad pontificia opina que la transustanciación contradice la metafísica, esto no puede dejar de llamarme la atención.

Voy a tratar de responder a la pregunta, «¿es la transustanciación contraria a la metafísica?» tratando de aventurar cuáles pueden ser las dificultades del Prof. Grillo y cómo las resuelve Santo Tomás. Para ello habrá que realizar una introducción general. Como siempre, trataré de ser lo más sintético posible, aunque eso pueda llevar a algunas imprecisiones por mi parte, que serán subsanadas, en lo posible, en los comentarios.

La transustanciación es una conversión

La transustanciación puede definirse metafísicamente como la conversión de toda la sustancia del pan y del vino en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo, permaneciendo los accidentes del pan y del vino tras la conversión. Para entender esta definición, hay que declarar los términos:

  • Sustancia: es aquella realidad a la que le compete ser en sí y no en otro sujeto. Designa lo que una cosa es (la esencia) como subsistente. Se distingue así de los…
  • Accidentes: realidades que subsisten en una sustancia como determinaciones o perfecciones de la misma. Así, el perro es sustancia porque subsiste en sí mismo, mientras que el ser blanco o negro es un accidente que subsiste en la sustancia perro. A la esencia del accidente le compete subsistir en una sustancia.
  • Conversión: es un cambio o mutación en el que se pasa de un término a otro permaneciendo un sustrato común entre ambos términos. En una conversión natural lo que cambia es la forma, permaneciendo la materia como sustrato. La materia y la forma son entendidos aquí como principios metafísicos del ente material, siendo la materia pura potencia actualizada por la forma, que determina la esencia del ente. En una conversión natural puede darse un cambio de la forma sustancial, cuando un ente pasa a ser otro distinto, o de una forma accidental, cuando un ente recibe, pierde o cambia un accidente. En el caso del cambio sustancial, cambia la forma y permanece como sustrato común la materia. En el caso del cambio accidental, el sustrato común es la sustancia. Esta última precisión no es tan importante, lo que sí es importante es que:

En la transustanciación, cambian tanto la forma como la materia, es decir, cambia toda la sustancia del pan en toda la sustancia del Cuerpo de Cristo (por concomitancia sangre, alma y divinidad), y lo mismo en el caso del vino y la Sangre. ¿Cuál es el sustrato común que queda para que se pueda hablar de un cambio? Propiamente esta conversión no tiene sujeto, aunque los accidentes del pan y del vino que permanecen tienen una cierta semejanza.

Ya se puede ver que la transustanciación no es, ni mucho menos, una conversión ordinaria. Se trata de algo sobrenatural, que sólo Dios puede realizar. Se sitúa así al nivel de la creación, aunque podría decirse que la creación, en cuanto no es conversión sino producción total del todo el ser de la nada, requiere un mayor poder. Quizá por eso puede decirse que la virtud transustanciadora es comunicable (el sacerdote sirve de instrumento por medio de la fórmula sacramental), mientras que la virtud creadora no puede ser recibida por ninguna criatura ni como instrumento.

Lo que resulta de esta descripción de la transustanciación es que al inicio de la conversión tenemos el pan y el vino, dos sustancias (compuestas de materia y forma) con sus respectivos accidentes, y al término de la misma tenemos las sustancias del cuerpo y la sangre de Cristo (en este caso las formas serían aquellas que les dan el ser corpóreos, y no el alma, que es la forma del ser humano Cristo; el alma de Cristo y la Divinidad están por real concomitancia; no están los accidentes) y los accidentes del pan y del vino que permanecen inalterados.

De esta forma, la presencia real de Cristo en el Sacramento se explica como consecuencia de esta conversión llamada transustanciación. Si se tratara de explicar de otra forma, bien como algo meramente simbólico o defendiendo la permanencia de las sustancias del pan y el vino o de alguno de sus principios metafísicos (materia o forma) más allá de los accidentes, sería enormemente problemático explicar, desde la metafísica, cómo puede ser verdad que se diga que «en el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino», que es lo que se decía en el documento ecuménico antes citado en el que se prescindía del término transustanciación. Es decir, lo que parece contrario a la metafísica es tratar de explicar la presencia real excluyendo la transustanciación.

Ahora bien, hay, entre otros, dos problemas derivados de la transustanciación que podrían ser aquello por lo que el Prof. Grillo considera que «contradice la metafísica». Los estudiamos a continuación.

La transustanciación exige virtud divina

En la Tertia Pars, q. 75, a. 4 de la Summa Theologiae, Santo Tomás se pregunta «si el pan puede convertirse en el cuerpo de Cristo». Se trata de la posibilidad metafísica de la transustanciación en los términos que hemos detallado anteriormente. En las dos primeras objeciones de la cuestión se confunde la transustanciación con una conversión formal natural que, como hemos dicho, no es el caso. La tercera objeción es más interesante:

«Cuando dos cosas son de por si diversas (secundum se divisa), nunca se transforma una en otra, como por ej., la blancura nunca se transforma en negritud, sino que el sujeto de la blancura deviene sujeto de la negritud, como se dice en I Physic. Ahora bien, de la misma manera que dos formas contrarias son radicalmente opuestas, como principios que son de diferencia formal, así dos materias determinadas (materiae signatae) son radicalmente opuestas, por ser principios de diferencia material. Luego es imposible que esta materia determinada de pan se transforme en otra materia por la que el cuerpo de Cristo es individuo. Por consiguiente, es imposible que la sustancia de este pan se convierta en la sustancia del cuerpo de Cristo» (STh III, q. 75, a. 4, arg 3)

Efectivamente, en una conversión, se pasa del no-ser (en realidad ser en potencia) al ser. Al inicio de una conversión sustancial están la materia, la privación (que se diferencia de la materia sólo por la razón, porque representa la ausencia de la forma que se asumirá como potencia real de la materia para asumirla), mientras que en el término se encuentran la materia y la forma. La forma que informaba la materia en el inicio desaparece y por eso no se considera principio en el cambio. Por tanto, en una conversión natural una forma no se transforma en otra, sino que se pasa de la privación de la forma a la existencia de la forma por la actualización de la potencia de la materia. Pero en la transustanciación cambian una materia informada por una forma y una forma individualizada por una materia (las del pan y las del vino) en una materia y forma diversas de por sí. La única manera de que esto sucediera sería que la materia y la forma del pan y del vino fueran aniquiladas y se diera una creación «ex nihilo» de la materia y la forma del cuerpo y la sangre de Cristo. Pero esto no sería una conversión, y la transustanciación lo es.

La respuesta de Santo Tomás parte de la infinitud del agente de la transustanciación, que es Dios.

«La virtud de un agente finito no puede cambiar una forma en otra ni una materia en otra. Pero la virtud del agente infinito, cuyo poder abarca todos los niveles del ser, sí puede realizar esta conversión, porque tanto las dos formas como las dos materias tienen algo en común: su pertenencia al ser. Y el autor del ser puede cambiar lo que hay de ser en una a lo que hay de ser en otra, eliminando lo que distinguía a una de otra» (STh III, q. 75, a. 4, ad 3)

Dios, porque es Causa Primera y obra al nivel del ser, puede realizar esta conversión de toda la sustancia. Porque efectivamente, la materia que individualiza el pan no podría transformarse como tal en la materia que individualiza el Cuerpo de Cristo, pues en cuanto determinadas ambas son diversas y se oponen. Pero tienen en común que ambas son (tienen ser) y, por tanto, el autor del ser puede realizar esa conversión pues a ese nivel, en el del ser, no hay oposición.

¿Es esto contradictorio a la metafísica? En absoluto. Sería contradictorio a la metafísica sostener que una conversión tal puede darse por un agente que no sea la Causa Primera. Pero que Dios obre en el nivel del ser no viola las leyes de la metafísica, sino que manifiesta precisamente en qué consiste que Dios obre en su nivel propio. La defensa de la transustanciación nos manifiesta aquí la profundidad metafísica de la virtud divina.

La permanencia de los accidentes

La segunda cuestión que podría parecer problemática es la de la permanencia de los accidentes del pan y del vino tras la transustanciación. La conveniencia de que los accidentes permanezcan es clarísima, y viene explicada por Santo Tomás en el a. 5 de la misma q. 75. Pero esta permanencia ocasiona un grave problema metafísico, del que se ocupa en el a. 1 de la q. 77. Hemos dicho que a los accidentes les compete por esencia no subsistir en sí mismos sino en una sustancia. Entonces, ¿en qué sujeto subsisten los accidentes del pan y del vino que permanecen tras la consagración? La respuesta de Santo Tomás es clara: «hay que concluir que los accidentes en este sacramento permanecen sin sujeto».

Los accidentes del pan y del vino no pueden inherir en las sustancias del cuerpo y sangre de Cristo, pues esos accidentes no les corresponden. Ahora, los accidentes reciben el ser del sujeto en el que inhieren. Si no están en ningún sujeto, deberían perder el ser y dejar, por tanto, de existir. Pero la experiencia constata que los accidentes existen tras la consagración. ¿En virtud de qué, entonces, retienen el ser? Santo Tomás responde que en virtud del poder divino.

Esto podría parecer un recurso fácil: cuando no se puede explicar algo, se recurre a la virtud divina y todo arreglado. Sin embargo, Santo Tomás acaba de declarar, en la segunda objeción de esa cuestión que «ni milagrosamente puede suceder que a una cosa se la prive de su definición o que la definición de una cosa sea adecuada para definir otra». Es decir, la virtud divina puede hacer lo que es posible que se haga de acuerdo con el ser de las cosas, por lo que debe ser posible que la virtud divina haga que los accidentes retengan el ser aun sin tener sujeto.

En primer lugar, hay que precisar que no es contrario a la definición del accidente que éste no tenga sujeto. A los accidentes les compete subsistir en un sujeto porque no pueden subsistir en sí mismos, como la sustancia. Pero nada impide que sea la virtud divina la que les sustente, sin ser su sujeto, no siendo algo contradictorio con la definición auténtica del accidente.

Para justificar esto, Santo Tomás echa mano no de la metafísica aristotélica directamente, sino de una sentencia tomada del neoplatónico Liber de Causis, que es esencial para comprender la metafísica tomista. La primera proposición de esta obra, de la que Santo Tomás realizó un espléndido comentario, reza que: «toda causa primaria es más influyente sobre su causado (su efecto) que la causa segunda universal». Santo Tomás lo parafrasea diciendo que: «el efecto depende más de la causa primera que de la causa segunda». En este caso, el efecto sería la subsistencia de los accidentes, que proviene del ser de la sustancia en cuanto causa segunda. La Causa Primera es el autor del ser, ser por esencia, que es Dios. Por tanto, el efecto de la subsistencia depende más de Dios que de la substancia, lo que hace que, cesando la acción de la substancia (porque la substancia del pan ha sido convertida en la substancia del cuerpo, y lo mismo con el vino) la Causa Primera puede perfectamente conservar al accidente en su ser. Pero no lo hace a modo de substancia, es decir, como sujeto del accidente, sino como Causa Primera.

Esta acción es divina, pero no contradice la metafísica en absoluto.

Conclusión

Estos dos problemas metafísicos no son los únicos que despierta la transustanciación. De hecho hay muchos más, pero de todos ellos da Santo Tomás cumplida respuesta, desarrollando perfectamente las consecuencias de la ciencia metafísica y sin necesidad de apartarse de sus principios.

Podemos concluir, por tanto, diciendo que la transustanciación no sólo no contradice la metafísica, sino que supone una aplicación práctica de sus principios más fundamentales. Siendo la metafísica el conocimiento de las primeras causas y, fundamentalmente, de la Causa Primera, aunque la transustanciación es algo cognoscible únicamente por la fe (es un artículo de fe), una vez aceptada pone en juego toda la explicación racional que permite llegar a la acción de esa Causa Primera, ayudando enormemente a elaborar una metafísica coherente.

Francisco José Delgado (edit.) / InfoC., 2017

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