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“… es, sin duda, un clásico del pensamiento, un sabio descollante, quizá sin igual. Pero su sabiduría fue más la sabiduría del santo que la del filósofo o aun del teólogo”.

La “cultura” no es otra cosa que el cultivo de la naturaleza humana con las semillas de la verdad, el bien y la belleza. Ninguna obra del ingenio ha podido representar plásticamente ese cultivo como el libro VII de la República de Platón, que contiene la famosa alegoría de la Caverna, leído en conjunto con el discurso de Diotima contenido en El banquete. La “cultura” no consiste, entonces, en una abundancia enciclopédica de citas, ni –mucho menos– en las vulgaridades que a menudo profanan hoy su nombre. Es un desenvolverse de las potencialidades de la tierra buena que hay en el alma, fecundada por la buena doctrina y por las formas sublimes de la belleza invisible, participadas por la belleza visible, por el cosmos y el verdadero arte.

Pero ese desenvolverse requiere de un duro esfuerzo para que el alma se dé la vuelta y preste atención no a espectáculos efímeros o a placeres estupefacientes, sino a las realidades perennes; requiere someterse a una ascética formación del criterio que pasó por milenios a través del Trivium y del Quadrivium. Requiere también, desmalezar el alma: “cazadnos las raposas, que está ya florecida nuestra viña”. –Una ascética de purificación del carácter. En este camino, los clásicos han sido los maestros de Occidente, aunque hoy Occidente a menudo los rechace.

Con todo, alcanzar las cumbres más altas se halla fuera del poder humano. Ni aun los clásicos gentiles pueden guiarnos a ellas. Lo más que puede el hombre por sí mismo es anhelarlas, como Sócrates (Fedón 85c-d). Pero lo hace con un anhelo informe, a menos que cuente con una ayuda extraordinaria de Dios: “ni ojo vio, ni oído oyó…, lo que Dios tiene preparado para los que lo aman”. Sólo por la fuerza de la gracia y la luz de la Fe nos pone el Sembrador divino en la pista verdadera. Pero también en ella necesitamos maestros y ejemplos. Es aquí donde principalmente encaja la figura de santo Tomás de Aquino.

Él es, sin duda, un clásico del pensamiento, un sabio descollante, quizá sin igual. Pero su sabiduría fue más la sabiduría del santo que la del filósofo o aun del teólogo. Su obra es importante por muchos motivos, de los que mencionaré algunos otros abajo. Pero, en este tiempo en el que el “hombre animal” ha logrado controlar el poder político, ha logrado copar las universidades, y ha creado un ambiente de descreimiento y de hostilidad hacia la Fe y aun hacia Dios, en este tiempo, quizá lo más relevante de la obra tomista sea que podemos palpar en ella a ese gran intelecto abierto “a las cosas que son del Espíritu de Dios” (I Cor. 2,14).

Hoy el hombre duda de todo, excepto de sus apetitos. Con Nietzsche y Heidegger, rechaza la metafísica; renuncia al conocimiento de la verdad y lo impugna, sostiene que la esencia de las cosas nos es totalmente ignota y se pretende “ignorante”. Pero, ese mismo hombre, pone en cuestión los milagros y las profecías, fundado en sus prejuicios. Rechaza el misterio y lo quiere traducir a las categorías de su embotada cabeza: “Cristo no puede ser Dios, puesto que es hombre; María no puede ser virgen, puesto que es madre; el niño que está sujeto a José, no puede conocer por ciencia infusa; el que no dio pan a la multitud cuando ésta quería hacerlo rey, no puede ser el Liberador del género humano (puesto que la liberación, piensa él, debería ser “integral”: “¿cómo podría liberarme quien deja insatisfechos mis apetitos bestiales?”); el crucificado no puede tener visión beatífica, el muerto no puede ahora estar vivo”.

Así habla hoy el “hombre animal” y bárbaro, que rechaza la Fe, pero rechaza también la razón, porque en lo íntimo de su ser sabe que hay una profunda armonía entre ellas. A este hombre, cuyo padre es Hume, santo Tomás le diría: “¡desdichado! ¿Acaso puedes decirme cuál es la diferencia específica de una mosca? (cfr. DV 4, 1 ad 8m) ¿Acaso puedes explicar por qué los cuerpos sólidos son sólidos? Si hay tanto espacio entre el núcleo y el electrón, ¿por qué no se atraviesan los cuerpos? O, ¿qué es la fuerza de gravedad o la fuerza magnética? ¿Por qué o aun cómo, cuando quiero que se mueva el dedo chico del pie izquiero, éste se mueve? O, ¿cómo es que ante el teatro de mi conciencia comparecen los recuerdos cuando los evoco? O, ¿qué es una transferencia de calor? ¡Insensatos! La Verdad Primera, la Inteligencia que dio su naturaleza y su orden a todas las cosas es incomparablemente más grande que la tuya, y tú no puedes entender radicalmente ni una mosca! (In SA, prol., n. 864). Tu razón, que no puede comprender las obras divinas, no es idónea para disputar con Dios (Super Job, cap. 38)”.

Aparte de este importante testimonio de Fe, que es la única base sólida de las más altas cimas de la cultura, la obra de santo Tomás contiene enseñanzas irrenunciables para todas las disciplinas teológicas y filosóficas. Sus comentarios bíblicos están produciendo un verdadero renacimiento de la exégesis católica. Sus teologías trinitaria y cristológica son aptas para responder las dudas e inquietudes de todo intelecto que se deje guiar por la razón, que no abrace acríticamente las modas intelectuales. El núcleo de su metafísica y de su antropología supera con mucho los empirismos e idealismos, los dualismos y monismos, y las doctrinas anti-metafísicas que dominan hoy la escena universitaria. Su filosofía y teología políticas poseen una profundidad en la que se ahogarían todos los ilustrados de moda.

Sobre todo, su práctica universitaria, palpable en la organización de sus cuestiones disputadas, es testimonio de la cultura cristiana de la que brotó la Universidad al fin del siglo XII. En la Cristiandad Latina se cultivó un alma abierta a la verdad sin cortapisas, a la discusión racional sin gríngolas ideológicas, que examinaba las cuestiones a fondo y consideraba todos los argumentos relevantes, sin descalificaciones ad hominem; un alma en la que las sutilezas del espíritu y de los pliegues de la vida intelectual eran respetados por el poder. Ya quisiéramos que nuestros actuales políticos tuvieran la milésima parte de esa cultura, porque así no intentarían encadenar la universidad al Poder Ejecutivo, como ha propuesto un reciente proyecto de ley, que parece desdeñar todo lo que no sea inmediatamente utilizable, y querer destruir todo lo que su poder no pueda controlar. ¡Oh, corremos peligro de que ciertos bárbaros realicen su propósito de atarnos en lo profundo de la caverna y de hacer imposible el ascenso a la Verdad divina! La obra de santo Tomás nos permite percatarnos de la violencia y la insensatez de esa pretensión. Aunque fuera por esto solo, vale la pena que la lean los cristianos.

por Dr. Carlos Augusto Casanova Guerra / El Abejorro, 2017

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