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«Que vuestro arte contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno».

Estas conmovedoras palabras provienen de la conclusión de la Carta a los artistas de San Juan Pablo II. En ella, el pontífice reafirma el gran papel que los artistas católicos —pintores, escritores, arquitectos, músicos…, deben llevar a cabo en la vida de la Iglesia. El arte católico, en especial en sus formas tradicionales, es arte para el alma. La verdad, la belleza y la bondad se presentan como una sola; Cristo se nos hace apreciable en parte por medio del arte. Sin embargo, este mensaje se volvió críptico debido al desconocimiento del pasado de la Iglesia y a actuales tendencias lamentables en las artes.

A través de la misa y los sacramentos, el sacerdote nos muestra un anticipo del cielo y nos atrae a Dios. El artista, por diferentes medios, puede hacer lo mismo. Existe, entonces, una interacción profunda mutua entre la Iglesia y la cultura. La fe provee inspiración para el trabajo del autor y la belleza de su trabajo ayuda a guiar a otros a Cristo.

Una de las realidades más gloriosas de la fe es que inspiró la creación de gran parte del arte más hermoso en la historia humana. Hubo una época en que los mejores compositores en Europa escribían para la misa. Mozart, Palestrina, Victoria, Pergolesi y Lassus, para nombrar solo un puñado de figuras relevantes, produjeron verdadera música sagrada como un telón de fondo del sacrificio en el altar. Es música que puede conmover hasta las lágrimas aun al escéptico más empecinado. Asimismo, los cantos gregorianos en los tiempos propios de la misa lo transportan a uno hacia otro reino; la absoluta belleza y pureza de los sonidos pueden ser sobrecogedoras.

Las catedrales medievales son testimonios en piedra de la gloria de Dios. La existencia de estos espacios sagrados desafía a la burla colectiva de la modernidad al período medieval «retrógrado» y sus masas ignorantes e iletradas. Compare la catedral de Chartres con las pesadillas brutalistas que componen nuestro paisaje arquitectónico moderno, y el genio de nuestros antepasados se pone de manifiesto. En efecto, la parroquia más humilde a menudo es un lugar de belleza y orden; un sitio en donde Dios reside en la simpleza entre el silencio y las estatuas.

Vea a los escritores y los filósofos en el seno de la Iglesia, y es difícil saber por dónde comenzar. Aquellos que acusan a la Iglesia de irracionalismo con certeza nunca escucharon acerca de los escolásticos, o del Doctor Angélico y su Suma teológica. El supremo panegírico de Dante a «el amor que mueve el sol y las otras estrellas» penetra el alma como pocos de los escritos modernos. El mensaje de arrepentimiento en las Confesiones de Agustín resuena y nos llega a través de los siglos. La Iglesia tiene 2000 años de dichos trabajos eternos.

El arte católico ofrece al mundo un estándar objetivo de belleza. Quizás es por esto que tantos se alteran, quieren verlo como «irrelevante» o le restan importancia a la conexión entre el arte y la fe. Compare a La Virgen de las rocas de Da Vinci con los trabajos en una galería de arte moderno. Las figuras en el trabajo de este pintor o de Bernini apuntan a lo eterno; nos quedamos cautivados ante la estatua o la pintura. Con el arte moderno, fingimos interés intelectual en su monotonía y proseguimos nuestro recorrido.

Es doloroso pensar que muchos católicos hoy en día no parecen ni estar al tanto de esta historia. En demasiados lugares, los sitios sagrados se cubrieron con pintura blanca y hermosos elementos fueron menospreciados. En cuanto al patrimonio cultural de la Iglesia, tendencias más amplias parecen haberse infiltrado in templum Dei. En la parroquia católica promedio, los fieles no tienen acceso a la belleza del canto gregoriano, no hay arte que eleve la mente al cielo, y sí un espacio sagrado que en apariencia eligió deliberadamente lo horizontal por sobre lo vertical. El Sacrosanctum  Concilium afirma que el canto gregoriano deberían conservar un «lugar de privilegio» en la liturgia y que se debería mantener el latín. En la Iglesia de Palestrina, ¿por cuánto tiempo más debemos padecer a Dan Schutte?

Hubo grupos y movimientos de artistas en épocas recientes que mostraron por medio de sus trabajos explícitamente cristianos que la combinación del arte y la religión todavía es posible y fructífera. Los escritores del Resurgimiento católico en la literatura de los siglos XIX y comienzos del XX lo demostraron. El movimiento rebalsaba de conversos, de individuos que no encontraban refugio en la modernidad industrializada. En Inglaterra en especial, tales luminarias como Newman, Chesterton, Greene, Hopkins y Waugh vertieron sus almas en novelas, poesías y teología, inspirados por su fe en Cristo. Una ola de intelectuales y escritores católicos se convirtieron, por lo tanto, a través y por su arte.

El arte cristiano es uno de los componentes cruciales de la cultura católica porque puede tener consecuencias profundas para distintas personas. Nos preguntamos: ¿de dónde proviene la belleza de esta pintura, catedral, cantata, poema? La respuesta es: de la belleza de Cristo, y aquellos que la aprecian a veces comienzan a avanzar hacia Él. Deberíamos tener esto en cuenta en nuestros debates corrientes acerca de la liturgia y el arte cristiano, y agradecer a Dios que una de las formas en las que podemos contemplarlo es por medio de las obras de sus criaturas.

por Christopher Akers / Vive en Escocia, es escritor y graduado de la Universidad de Edimburgo. Este año comienza sus estudios de posgrado en Literatura y arte en la Universidad de Oxford. Anteriormente ha escrito acerca de la estética y los poderes cada vez mayores del Estado británico en las vidas de las personas. / thecatholic / InfoV. , 2017

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