ACTUALIDAD CATÓLICA EN EL MUNDO

¿Misericordia represiva?

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Como seguidor de la actualidad peruana, después de los años que he pasado por allá, he seguido con interés el periplo peruano de dos ensayistas argentinos, comprometidos en la lucha contra el marxismo cultural y su principal manifestación: la ideología de género.

Estos ensayistas, Agustín Laje y Nicolás Márquez, han publicado un libro al respecto, El Libro Negro de la Nueva Izquierda, en el que desarrollan la tesis de que la ideología de género es fruto de la estrategia de la nueva izquierda, sobre todo desde la Escuela de Frankfurt, para perpetuar el conflicto social necesario para las pretensiones revolucionarias marxistas, en un contexto en el que el obrero y la injusticia económica ya no es la principal fuerza subversiva.

No vamos a tratar ahora de este tema, que será abordado seguramente en otra ocasión, sino que me gustaría rescatar una de las sugerencias que estos autores han remarcado en sus debates y entrevistas estos días pasados. Insisten ambos en la necesidad de leer a los autores del marxismo cultural, especialmente de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, para entender el verdadero trasfondo que se esconde detrás de la perniciosa ideología de género. Una de las lecturas recomendadas era la del famoso ensayo «Repressive tolerance» de Herbert Marcusetraducido al español con el título «La tolerancia represiva»[1].

 

La tolerancia represiva

Por lo general soy bastante reacio ante la idea de perder tiempo leyendo autores que de antemano sé que no me van a proporcionar ninguna idea útil para acercarme a la verdad, y soy consciente que Marcuse, llamado «el padre de la nueva izquierda», es uno de esos autores. Sin embargo, me alegro de haber hecho caso de la sugerencia de los dos autores argentinos, porque el ensayo que ahora les comento es fundamental para entender mucho de lo que está pasando hoy en día.

Al inicio de su ensayo, Marcuse presenta la que será su conclusión:

La realización de la tolerancia exigiría intolerancia frente a las prácticas, credos y opiniones políticas dominantes- así como también la extensión de la tolerancia a prácticas, credos y opiniones políticas que se desprecian o se reprimen. En otras palabras: la idea de la tolerancia aparece de nuevo como lo que era en su origen, al comienzo de la época moderna: una meta partidista, un concepto subversivo y liberador, y en cuanto tal, praxis. Y viceversa, lo que hoy se anuncia bajo el nombre de tolerancia sirve, en muchas de sus más eficientes manifestaciones, a los intereses de la represión.

 

Conviene traducir los términos empleados desde el contexto de 1965 en el que fueron escritos. Cuando Marcuse se refiere a «las opiniones políticas dominantes», se está refiriendo a la situación política useña de los 60, es decir, un entorno político fundamentalmente conservador en el que se vivían explosiones revolucionarias empujadas, fundamentalmente, por las sugerencias de los ideólogos de la nueva izquierda. Es decir, «las opiniones políticas que se desprecian o se reprimen» serían tales movimientos ideológicos, algunos de ellos basados en ciertas reclamaciones justas, pero con un fondo fundamentalmente revolucionario.

Desde ese contexto se critica la idea de la tolerancia o, más bien, de una «tolerancia pura». El título del libro que recoge este ensayo es, precisamente, A Critique of Pure Tolerance (Una crítica de la tolerancia pura). Esa tolerancia pura, es decir, igual para todas las opiniones políticas, sería en realidad algo contrarrevolucionario, al servicio de los intereses represivos del poder conservador. No alcanzaría la realización de la «tolerancia liberadora», que sería auténtica praxis revolucionaria en el sentido neo-marxista.

Se puede ver, entonces, cómo Marcuse propone redefinir el concepto de tolerancia, de tal forma que reclamar tolerancia consista, en realidad, en usar de tolerancia para todas las opiniones y prácticas subversivas, mientras que se rechace con total intolerancia cualquier opinión conservadora o tradicional. Esta actitud no podría ser calificada sin más de intolerante, sino que sería la actitud adecuada para lograr el avance de la verdadera democracia, ya que si los movimientos revolucionarios aceptaran los valores democráticos presentes se convertirían, en realidad, en aliados del sistema. Marcuse lo expresa así:

Según un principio dialéctico, el conjunto determina la verdad —no en el sentido de que el todo esté antes o por encima de sus partes, sino de modo que su estructura y su función determinan cualquier condición y relación particular. Así, en una sociedad represiva incluso los movimientos progresistas amenazan con transformarse en su contrario en la misma medida en que adoptan las reglas del juego.

Es decir, los comportamientos antidemocráticos de los grupos revolucionarios serían la manera como se podría «corregir» la deficiente sociedad opresiva del momento en una verdadera democracia progresista. Por supuesto, mientras tanto se exigiría a los grupos «conservadores» una obediencia inmaculada a las reglas de una democracia que va siendo modelada progresivamente por las tácticas revolucionarias. Es la elaboración sistemática de la llamada «ley del embudo», tan incansablemente denunciada por mi amigo Elentir. Marcuse la formula de forma magistral:

Entretanto, debería resultar claro que el ejercicio de los derechos cívicos por los que no los tienen exige como condición previa que se retiren esos mismos derechos a quienes impiden su ejercicio, y que la liberación de los condenados de este mundo exige la opresión no sólo de sus viejos, sino también de sus nuevos amos.

 

La misericordia represiva

El caso es que leyendo este ensayo he realizado el ejercicio mental de traducir los términos políticos empleados (tolerancia, opiniones políticas, democracia, sociedad, etc.) por términos eclesiales. Y se me ocurre que lo que la palabra talismán «tolerancia» supone para la democracia liberal podría ser comparable con lo que supone la palabra «misericordia» para la Iglesia actual.

Pero, si los autores de la nueva izquierda proponen el uso torticero de la tolerancia como herramienta revolucionaria, ¿no podría estar sucediendo algo parecido con un cierto uso eclesial de la misericordia?

Traduciendo de la manera propuesta ciertas frases del ensayo de Marcuse, y teniendo en cuenta la diferencia de época en la que han sido escritas (lo mismo que en la sociedad, en la Iglesia ahora los grupos reprimidos no son, precisamente, los revolucionarios), los resultados son bastante sugerentes. Juzguen ustedes mismos:

La realización de la misericordia exige inmisericordia frente a las prácticas, creencias y opiniones teológicas tradicionales — así como también la extensión de la misericordia a prácticas, creencias y opiniones teológicas que han sido despreciadas o reprimidas.

La misericordia liberadora significaría, pues, inmisericordia frente a los movimientos de tradicionales y resignación frente a los modernistas.

Que la misericordia sea retirada a los movimientos retrógrados antes de que puedan volverse activos y el que también se ejerza inmisericordia frente al pensamiento, la opinión y la palabra (inmisericordia sobre todo frente a los conservadores y a los tradicionales) — tales ideas anticristianas corresponden al desarrollo efectivo de la sociedad cristiana, que ha destruido la base para una misericordia omnímoda. Las condiciones bajo las cuales la misericordia puede volver a ser una fuerza liberadora y humanizadora están aún por crearse. Si la misericordia sirve en primer término a la protección y conservación de una sociedad tradicional, si se dedica a neutralizar la oposición y a inmunizar al hombre frente a otras y mas progresistas formas de vida cristiana, entonces la misericordia se ha pervertido.

Los parecidos son terroríficos. ¿No les parece?

Francisco José Delgado, InfoC. 2017

 

[1] Herbert MARCUSE, «Repressive Tolerance», en: A Critique of Pure Tolerance, Boston: Beacon Press, 1965, pp. 81-117

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