política

Una religión revolucionaria

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Las fiestas en torno a la Pascua Florida representan un corte definitivo en el año. En el hemisferio septentrional significa la resurrección de la naturaleza. Empieza (ahora dicen “arranca”) con la primera Luna nueva de la primavera. Esa es la Pascua judía después de más de tres mil años, que coincide con la Pascua de Resurrección de Jesús hace casi dos mil años. No hay tantas tradiciones milenarias. “Pascua” en hebreo significa el Paso del ángel que ayudó a los primeros judíos a huir de Egipto. Había empezado el eterno destino errante de ese pueblo.

Las religiones son instituciones simbólicas de creencias y ritos que se asocian con cada civilización o cultura. El cristianismo supuso una verdadera revolución de las conciencias al asociarse en sus comienzos con el propósito de llegar a todos los pueblos. Es ahora, dos mil años después, cuando se han conseguido el objetivo de la universalidad. Eso es lo que significa “católico”. Con todo, el cristianismo se ha identificado primordialmente con la cultura occidental, esto es, Europa y los países a ella más vinculados.

Ya el judaísmo fue una religión revolucionaria al defender el monoteísmo, tan diferente de las otras religiones conocidas, politeístas o animistas. El cristianismo supone una radical novedad al pretender, como digo, hacerse universal. Ya no ha lugar a los gentiles o los infieles de las otras religiones que podríamos llamar étnicas. En todo caso, son objeto de conversión. El cristianismo siempre ha tenido misioneros.

Pero la verdadera revolución se halla en el contenido. Resulta que el cristianismo no solo es monoteísta, sino que Dios se preocupa personalmente de cada uno de los creyentes y aún de los que no creen. Esa sorprendente revelación tiene mucho que ver con la idea política del liberalismo, que es única de la civilización occidental. Significa la centralidad de la persona humana. Los actuales “derechos humanos” representan una derivación de esa idea primordial.

No acaba aquí la cosa. Los cristianos podrán haber sido harto belicosos y crueles en el pasado, pero la esencia de su credo se basa en el amor. Escribe San Juan de la Cruz que “A la tarde de la vida te examinarán en el amor”. Ternura inmensa da pensarlo. Nos encontramos ante otro de los rasgos arquetípicos de la civilización occidental. No se predica solo el amor hacia el prójimo, sino que comprende la solidaridad con la estirpe, los antepasados. En términos teológicos es el misterio de la “comunión de los santos”, que equivale a la comunidad con los que nos precedieron. De ahí se desprende otra idea política típicamente occidental, la de nación. Por eso mismo las naciones no se derivan de un referéndum o un pacto; son un producto histórico.

La universalización del cristianismo se asocia al éxito de su símbolo principal: la cruz. Antes del emperador Constantino (siglo IV), la cruz era más bien un símbolo oprobioso. Pero desde entonces se ha extendido como una “imagen de marca” que no tiene parangón por el éxito conseguido. Por eso mismo el símbolo de la cruz ha sido atacado con saña en todos los tiempos. En los nuestros la persecución contra los cristianos se concentra en los países musulmanes. Recordemos el reciente episodio de los atentados terroristas en las iglesias coptas de El Cairo y Alejandría. Por cierto, el vergonzoso suceso no ha merecido el rechazo de los medios que han supuesto otros atentados en Europa. Pues bien, yo también me siento copto (que en griego quiere decir “egipcio”).

Amando de Miguel / LD, 2017

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