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La hora de los mediocres

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La sociedad actual en Occidente, quizás no seleccione a los peores, pero sí a los mediocres. El público lo percibe, por ejemplo, en la contemplación de muchos partidos políticos. De ahí la escasa estima que merecen los políticos de ahora. Se esfumó la alta consideración que tuvieron en el pasado. No hay más que ver y oír los debates. Los miembros de los partidos repiten frases hechas, muletillas, tópicos, apreciaciones vulgares, promesas sin aludir de dónde van a sacar el dinero para proveerlas. Repito que eso no era así hace una generación. Algo ha pasado entre medias.

 Lo que ha ocurrido en los últimos 30 años, más o menos, es que la sociedad toda ha caminado hacia la mediocridad, con la excepción quizá del deporte profesional. Me basta solo con ver la lamentable evolución de la facultad universitaria donde estudié, me gradué y acabé profesando. En lugar del cultivo de la excelencia se practica una vergonzosa endogamia, un cultismo para aludir al tradicional amiguismo o el simple compadreo. Ha disminuido notablemente la cantidad y calidad de las publicaciones de los profesores de Políticas y Sociología. Ahora se puede llegar a catedrático sin haber publicado un solo libro.

 Me temo que en muchas empresas se produzca ese mismo auge de la mediocridad. Es decir, ascienden los sumisos, no tanto los innovadores. No se busquen culpas. El problema reside en que la mentalidad actuale castiga o aparta a las personas brillantes.

 Malo es el llamado abandono escolar, pero peor es que en la riada de los egresados cada año se encuentren profesionales que desean medrar sin trabajar mucho. Ese movimiento explica el éxodo de inteligencias que se está produciendo desde hace algunos lustros. Es decir, los jóvenes con más ganas de trabajar y aprender simplemente se van a donde aprecien su espíritu de superación. Con las escuelas que ahora tenemos yo también las habría abandonado, si se me permite el futurible.

 Lo malo es que el mediocre no suele darse cuenta de que lo es. Al contrario, pasa por adelantado de todas las novedades y modas (ahora dicen “tendencias”) y destaca por su labia. En definitiva, se trata de un farsante.

 El lector ilustrado quizá cavile que me refiero a la tesis de Ortega y Gasset sobre “la rebelión de las masas”. No exactamente. El mediocre es un arquetipo de suma prestancia, con extraordinaria facundia y a veces con una notoria personalidad. No es el hombre-masa. Más bien se trata de un individuo hábil para el medro personal. Se siente encumbrado por el ambiente donde se mueve y recibe solicitaciones y halagos. Eso sí, le falta grandeza de alma (megalopsijía, según el término de Pedro Laín, que fuera mi rector universitario) y elegancia moral. Hay que echarse a temblar cuando el mediocre llega a la cúspide del poder en la política, la empresa o la vida social. Entonces puede hacer mucho daño sin percatarse de ello.

 Los mediocres se cultivan en el actual sistema de enseñanza, donde se prohíbe destacar. No es tanto un capricho de los profesores como de una mentalidad general que apoyan los padres de los alumnos y la gente del común. Lo que verdaderamente importa es ganar dinero como sea.

Amando de Miguel (edit.) / LD, 2017

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