Buenas Lecturas que Valen la Pena

Antonio Gramsci, triunfar después de morir

gramscipreso

En 2008, se produjo una polémica en Italia cuando el arzobispo Luigi de Magistris aseguró que el intelectual comunista Antonio Gramsci había aceptado recibir los últimos sacramentos durante su agonía, en 1937. La familia y la fundación que custodia su nombre lo negaron.

 Si ese último acto existió, sólo lo sabe, a fin de cuentas, Dios, pero de haberse producido no dejaría de constituir una asombrosa paradoja, ya que Gramsci (1891-1937) trabajó contra el Todopoderoso y su Iglesia.

Por ejemplo, celebró la aparición del Partido Popular de Dom Sturzo en 1919, porque su propia dinámica emanciparía a los militantes que encuadrase de la dependencia intelectual del clero. Así lo escribió en Ordine Nuovo (1-XI-1919):

…se convertirán en hombres en el sentido moderno de la palabra, hombres que extraen de la propia conciencia los principios de su acción, hombres que rompen los ídolos, que decapitan (sic) a Dios.

 Por ello, resalta el filósofo italiano Augusto del Noce (cuya obra cumbre, El suicido de la revolución, todavía no se ha traducido al español), Gramsci siempre tuvo simpatías por el modernismo católico, condenado por Pío X: era una fuerza que debilitaba a la Iglesia y permitía que el PC la sustituyera.

 Dos antiguos socialistas enfrentados

Antonio Gramsci nació enfermo de tuberculosis osteoarticular, que impidió su crecimiento, en Cerdeña. La pobreza de la familia, agravada con el encarcelamiento del padre por corrupción, le impidió seguir la enseñanza secundaria durante unos años. Una vez que el padre recuperó la libertad, concluyó el liceo. En 1911, ganó una beca en Turín para asistir a la Universidad. Empezó a militar en el socialismo. Cuando estalló la Gran Guerra, se opuso a la participación de Italia, en lo que chocó con otro socialista, Benito Mussolini.

 Triunfante la revolución bolchevique, Gramsci participó en las agitaciones de la posguerra (ocupaciones de fábricas y huelgas). Se adhirió a los planes de Moscú y con otros socialistas se escindió en 1921 para fundar el Partido Comunista. En octubre de 1922, Mussolini, que también había abandonado el socialismo para fundar otro, el Partido Nacional Fascista, realizó la Marcha sobre Roma. El rey Víctor Manuel le encargó la formación de Gobierno y la Cámara de Diputados le dio su confianza por amplia mayoría.

 Gramsci se opuso desde la Cámara (fue elegido diputado en 1924) a la implantación de la dictadura fascista, pero no por ideales democráticos, sino porque él quería la dictadura comunista.

 Un atentado frustrado contra su vida, realizado en Bolonia en octubre de 1926, dio la excusa a Mussolini para disolver los partidos de la oposición. A Gramsci se le encarceló y luego condenó a veinte años de cárcel por conspiración, incitación al odio de clase e instigación de la guerra civil.

Stalin, que ya se había hecho con el poder total, abandonó a sus camaradas italianos. El régimen fascista fue uno de los primeros gobiernos europeos en reconocer a la URSS (1924). Ambos países mantuvieron relaciones amigables hasta 1935.

 Abandonado por sus propios camaradas

Como dice Stanley Payne (Historia del fascismo):

Comparada con las dictaduras importantes del siglo XX, la de Mussolini no fue ni sanguinaria ni especialmente represiva.

 En caso de haber triunfado Gramsci, seguramente habría matado a Mussolini, como lo habían hecho con todos sus enemigos políticos los modelos del sardo: Lenin y Stalin. En cambio, el duce encarceló a Gramsci en un régimen no muy severo y éste obtuvo papel para escribir y mantuvo correspondencia con su familia.

 Pero los enemigos de Gramsci no estaban sólo en el Gobierno, sino, también, entre sus camaradas. Debido a sus opiniones heréticas dentro del marxismo escolástico y a su sometimiento a la disciplina carcelaria, los demás comunistas rompieron relaciones con él.

 Otro apparatchik encarcelado, Giovanni Lay describió (Vida de Antonio Gramsci, de Giuseppe Fiori) el ambiente contra el elemento díscolo:

…las discusiones entre los camaradas en las celdas (…) demasiado a menudo a mi parecer, descendían al nivel del chisme e incluso de la calumnia, con apreciaciones personales sobre Gramsci que a veces llegaban a la denigración.

 En semejantes reuniones de célula, se le arrancaban los galones de comunistas y se le calificaba de “socialdemócrata”, que era como si el Comité de Salud Pública llamase a un jacobino “reaccionario”. Varios camaradas, prosigue Lay, propusieron que “había que expulsarlo del colectivo paseo del patio”.

En esas circunstancias, como escribió Aquilino Duque en uno de los mejores ensayos divulgativos sobre Gramsci (El fascismo de Gramsci, recogido en El suicidio de la modernidad):

No deja de ser admirable que un hombre derrotado en la lucha política y rehuido por sus camaradas de cautiverio, encontrara la fuerza interior de desarrollar un pensamiento que, con el tiempo, muerto él ya, había de tener una insólita fortuna.

 Las 2.848 páginas de los 32 cuadernos que las autoridades entregaron a su familia, junto con juicios, opiniones y análisis escritos por Gramsci sobre diversos temas, contenían una nueva interpretación de la teoría marxista para la conquista del poder por los partidos comunistas.

Los textos empezaron a publicarse en 1947. La muerte de Gramsci y sus ideas le ganaron gran popularidad, y los mismos que antes le habían hecho la autocrítica le reivindicaron a partir de los años 50. En España lo introdujeron Manuel Sacristán y Jordi Solé Tura.

 Su pensamiento y su táctica se encuentran también en el eurocomunismo, la moda política que presentaron los PC de España, Italia y Francia para engañar a los incautos en los años 70 del siglo pasado. Y también en Podemos y la extrema izquierda renovada.

 Guerra de posiciones en la cultura

Gramsci, por un lado, reinterpreta conceptos como la sociedad civil y, por otro, introduce otros nuevos, como la hegemonía cultural, el intelectual orgánico y el bloque hegemónico. Además, altera la relación entre la infraestructura, las relaciones de producción, y la superestructura, el conjunto de elementos y relaciones religiosas, jurídicas, sociales y políticas de las sociedades.

Según la teoría marxista, la infraestructura, cambiante en cada época histórica, determina la superestructura; y en ésta no se producirán cambios mientras aquélla no evolucione.

 Gramsci reflexiona sobre los pocos años de comunismo y sus contradicciones con la ortodoxia: triunfo en un país atrasado, recurso a principios capitalistas para sobrevivir (la Nueva Política Económica de Lenin) y fracaso en los países industrializados, en concreto en Italia.

 En su obra de Gramsci, propone que los intelectuales (todos los que desarrollan funciones organizativas en la sociedad, desde oficiales, profesores y sacerdotes a ejecutivos y capataces) orgánicos (al servicio del Partido, moderno Príncipe) se enfrenten a los intelectuales tradicionales en el terreno de la superestructura para conquistar la cultura en el sentido más amplio (no sólo la religión y la política, sino las ideas, las legitimidades y los modos de entender la realidad). Los intelectuales librarán una guerra de posiciones, que es la figura que emplea, por las almas simples.

De triunfar los intelectuales orgánicos, el Estado se debilitará al faltarle el apoyo de la sociedad civil y acabará en poder comunista, no con una ruptura brusca, sino después de un largo proceso de consunción.

 A continuación nacerá un bloque histórico, la unidad entre el Partido y el pueblo. No será necesaria la fuerza para mantener esa unidad, ya que el consenso será el único cemento. Como explica Del Noce, no habrá necesidad de campos de concentración porque todos pensarán lo mismo, “irreversiblemente”.

 El modelo al que recurre Gramsci es el de la Compañía de Jesús, también ejemplo de la praxis gramsciana: los jesuitas han pasado en unas décadas de ser una fuerza influyente y poderosa, bestia negra de la izquierda, a ser una asociación envejecida e irrelevante, de la que la izquierda sólo se acuerda para reírse de ella. Uno de los más conocidos expertos españoles en la vida eclesiástica, Francisco José Fernández de la Cigoña, asegura que al poco de cerrarse el Concilio Vaticano II (1958-1963) había en el mundo en torno a 36.000 jesuitas; hoy son menos de 17.000.

 El fascismo, subraya Duque, no pudo realizar su destino totalitario porque la Iglesia lo impidió. Por eso, añado yo, la decadencia de ésta y su aceptación de lo políticamente correcto constituyen una amenaza para la libertad de los hombres.

 El PCI, de partido leninista a partido gramsciano

Del Noce explicó la implantación del PCI y su crecimiento en los años 60 y 70 porque no era un partido leninista, sino un partido gramsciano: no quería ocupar el Estado, sino la sociedad civil, es decir, la enseñanza, el cine, los periódicos… La Democracia-Cristiana y el Partido Socialista seguían agarrotados por esquemas anteriores a la guerra mundial.

 Otros factores que coadyuvaron al éxito del PCI fueron el auge del catolicismo progresista cuyo primer elaborador fue Emmanuel Mounier, animado por el Concilio Vaticano II; y la que Del Noce llama colaboración “no desinteresada” de la “burguesía radical-progresista que ante las palabras modernidad modernización y otras semejantes se siente invadida por un temblor casi religioso, como si se tratara de la aparición de una diosa a quien se le deben esos ritos que toman el nombre de liberación de tabúes”.

 Porque la actual lucha ideológica en Occidente no está basada (exclusivamente) en hechos económicos; el derrumbe del socialismo real y de su guardiana, la URSS, no ha afectado a la izquierda. Después de unos años de perplejidad, esta izquierda se ha reorganizado y se presenta con nuevas propuestas, nuevos mensajes, nuevos eslóganes.

 Cuando no hay obreros ni campesinos, la lucha de clases se ha sustituido por la guerra de generaciones, de sexos y de razas. La transformación del sexo en género indica quién está ganando.

Pedro Fernández Barbadillo / LD, 2017

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