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Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo es uno de los argentinos ilustres de este pontificado. De hecho, dirige no una, sino dos Academias Pontificias, como Canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias y de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales. Sin embargo, hace dos días, en una entrevista, mostró que no sólo no conocía los principios básicos de la moral católica, sino que los negaba explícitamente y defendía el consecuencialismo moral, una postura condenada por la Iglesia.

 Ante las preguntas de un periodista de LifeSiteNews, explicó que había invitado al Vaticano a Paul Ehrlich, al igual que a otros famosos defensores del aborto y propagadores del mito de la sobrepoblación, porque “es un especialista en estas cosas. Por eso lo invitamos, porque es un especialista en estas cosas. Ha escrito un montón de libros sobre el tema, así que es un especialista”. Es sorprendente que Mons. Sánchez Sorondo no se dé cuenta de que escribir libros llenos de barbaridades, refutados innumerables veces y cuyas predicciones han mostrado ser erróneas una y otra y otra vez, no convierte a alguien en un experto. Lo convierte en lo contrario de un experto.

 Asimismo, indicó que, al hacerlo así, “nosotros hemos conseguido… que los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible… Hemos establecido la meta 8.6 [sic, de hecho es la 8.7], que consiste en erradicar las nuevas formas de esclavitud. Y eso es más importante para la familia que todo lo que hacen ellos [los próvida]”. Curiosamente, no explicó por qué consideraba eso una victoria, teniendo en cuenta que la ONU incluye la lucha contra la trata de personas entre sus objetivos desde su creación, en 1948. Parece, pues, que Mons. Sánchez considera aceptable dar un grave escándalo con el fin de conseguir algo que, en realidad, no hacía falta conseguir porque iba a suceder igualmente sin su ayuda.

 Todo esto, aunque resulta lamentable y escandaloso, podría ser una simple imprudencia, una equivocación puntual merecedora del beneficio de la duda. El prelado, sin embargo, se encargó de clarificar que no era así al intentar justificar su forma de actuar.

 En primer lugar, despreció de forma asombrosa al periodista, diciéndole que no razonaba y lo que hacía era dejarse llevar por sus prejuicios. El periodista, comprensiblemente molesto, le señaló que era doctor en filosofía. Al añadir que se había especializado en Santo Tomás, Monseñor Sánchez Sorondo le dijo que todo lo que él había dicho era lo mismo que enseñaba Santo Tomás y le preguntó al periodista si sabía lo que era el principio del mal menor o del “doble efecto”, como suele denominarse en inglés. El periodista dio una definición perfecta del principio y el obispo, desconcertado, dijo que era “una forma complicada de decirlo” y que él daría una definición más sencilla: “Es más fácil decir que, cuando una acción tiene dos efectos, si el efecto positivo es mayor que el negativo, entonces puedes hacerla”.

 Ante eso, el periodista, con toda la razón del mundo, le indicó que esa definición era errónea y, de hecho, era lo contrario de lo que enseñaban Santo Tomás y la Iglesia (cf. S. Th., I-II, q. 79, a. 4, ad 4). En efecto, la postura del arzobispo es lo que se conoce como consecuencialismo o proporcionalismo (es decir, la idea de que las acciones son buenas o malas según sus consecuencias y no según su objeto), una doctrina condenada por la Iglesia, por ejemplo, en la Veritatis Splendor de San Juan Pablo II:

“Pero la consideración de estas consecuencias —así como de las intenciones— no es suficiente para valorar la calidad moral de una elección concreta. La ponderación de los bienes y los males, previsibles como consecuencia de una acción, no es un método adecuado para determinar si la elección de aquel comportamiento concreto es, según su especie o en sí misma, moralmente buena o mala, lícita o ilícita. Las consecuencias previsibles pertenecen a aquellas circunstancias del acto que, aunque puedan modificar la gravedad de una acción mala, no pueden cambiar, sin embargo, la especie moral” (VS 77).

 Asombrosamente, cuando el periodista le señaló su error, el prelado tuvo la desfachatez de decirle: “Entonces no ha entendido usted el principio del doble efecto. […] Tiene que formar su mente. Y tiene que entender mejor a Santo Tomás”. La verdad, resulta difícil simpatizar con alguien que, a la vez que muestra un alto grado de ignorancia, se permite dar lecciones (erróneas) a quien le señala esa ignorancia.

 Dejemos a un lado el clericalismo desorbitado que muestra esta forma de actuar, tan justamente condenado por el Papa Francisco. Lo importante, lo verdaderamente inaceptable es que el Canciller de la Academia Pontificia de las Ciencias y de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales no conoce un principio básico de la moral católica, que es esencial para hacer su trabajo. Y no sólo no lo conoce, sino que lo niega. Y no sólo lo niega, sino que defiende una postura condenada por la Iglesia. Y no sólo la defiende teóricamente, sino que, como él mismo ha explicado, utiliza esa postura heterodoxa para fundamentar sus acciones como Canciller de una Academia Pontificia. Y además, pretende hacer pasar su heterodoxia por la doctrina de Santo Tomás (a pesar de que, increíblemente, desde 1999 es Prelado Secretario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino). Y, finalmente, cuando alguien se lo señala y defiende la fe católica, lo desprecia y avasalla públicamente.

 A mi entender, este cúmulo de barbaridades indica que hay un problema con la forma en que se nombra a los que desempeñan cargos elevados en la Iglesia (en realidad, esto valdría para cualquier puesto en la Iglesia, pero especialmente uno de tal visibilidad e importancia). Cuando las acciones y palabras de alguien muestran una gran ignorancia, causan un grave escándalo, conducen a error y fomentan la heterodoxia más burda entre los fieles, eso indica que no es adecuado para el cargo. Parece mentira que haya que decirlo.

 La Iglesia, como Madre, tiene una gran paciencia con los que somos hijos suyos. Sabe que somos pecadores, ignorantes, inconstantes y protestones. Y aun así nos quiere. Sin embargo, sería una misericordia mal entendida mantener en su puesto a alguien que no es capaz de desempeñarlo bien y que promueve, por ignorancia o cualquier otra razón, el rechazo de la fe de la Iglesia. En efecto, esa falsa misericordia sería en realidad negligencia, despreocupada del daño para sus hijos más sencillos y débiles, que correrían el riesgo de extraviarse de la fe que salva y que da la vida eterna.

Bruno Moreno / InfoC. 2017

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