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El católico António Guterres nuevo secretario general de la ONU

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Fue el primer católico practicante que llegó a la presidencia de la Internacional Socialista: se formó en un cruce entre el catolicismo, el centroizquierda político y la cultura de gobierno

El diplomático portugués António Guterres es desde el 1 de enero, el nuevo secretario general de la ONU, un cargo al que llega con la promesa de cambios dentro de la organización y ofreciéndose como mediador en los conflictos alrededor del mundo.

El que fuera primer ministro de Portugal y alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados llega al cargo con un respaldo total de los Estados miembros, que lo eligieron por aclamación el pasado octubre.

Guterres partía con desventaja en la carrera por la jefatura de la ONU, pues no procedía de la región a la que por tradición que correspondía el puesto (Europa del Este) y era un hombre, en un momento en que decenas de países apostaban por que la elegida fuese por primera vez una mujer.

Sin embargo, desde un principio se destacó como el gran favorito de los Estados miembros, que ven en él a una persona experta y muy preparada, pero también capaz de transformar la organización.

Franco, expresivo y carismático, Guterres trae nuevos aires a Naciones Unidas y un claro contraste con su predecesor, el siempre discreto y pausado Ban Ki-moon. El nuevo secretario general ya ha dejado claro que la ONU “debe estar lista para cambiar”, admitiendo sus defectos y reformando la forma en que trabaja.

”Esta organización es el pilar del multilateralismo y ha contribuido a décadas de relativa paz. Pero los desafíos están superando ahora nuestra capacidad de responder”, aseguró al jurar el cargo el pasado 12 de diciembre.

Guterres quiere una ONU “ágil, eficiente y efectiva”, que se centre “más en la gente y menos en la burocracia” y que sea capaz de entender las preocupaciones de los ciudadanos. Ante los conflictos, el nuevo secretario general buscará una “diplomacia creativa”, según ha dicho, y se ofrece como mediador a todas las partes, tratando de hacer valer su fama como alguien capaz de forjar acuerdos.

Un secretario general católico

Guterres es un gran defensor de los derechos humanos. Apoyado por rusos y americanos, fue baqueteado en las juventudes católicas universitarias y en las organizaciones socialistas. Ha destacado en los últimos años por su trabajo en favor de los refugiados. Su nombramiento no puede llegar en mejor momento, cuando ese colectivo sufre la mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. En época de codicia y ‘sálvese quien pueda’, Guterres es un referente, en línea con Jacques Delors, otro cristiano de izquierdas. Nada que ver con Durao Barroso y su fichaje por Goldman Sachs, uno de los bancos más poderosos del mundo.

El 25 de abril de 1975, cuando se produjo la Revolución de los Claveles, el levantamiento militar contra la dictadura de Salazar, Guterres llevaba varios años entonando su particular ‘Grandola Vila Morena’, la segunda canción que sirvió de señal para el golpe –ya no había vuelta atrás, tras la emisión de ‘E depuis do adeus’–, difundida a través de Radio Renascença, una emisora católica. El ahora secretario general de la ONU militaba en distintas organizaciones, comprometido en batallas contra la desigualdad.

Lo recuerda ahora Stefano Ceccanti, abogado especializado en Derecho Constitucional –da clases en La Sapienza–, senador por el Partido Demócrata italiano y antiguo presidente de la Federación Universitaria Católica Italiana (FUCI). Ceccanti sitúa a Guterres como “representante de una generación de jóvenes católicos que vivieron directamente dos experiencias clave, el Concilio y el 68. El Concilio, sobre todo en la Península Ibérica, marcó entre otras cosas la afirmación de la opción preferencial por la democracia, que los padres (conciliares) habían certificado tomando nota de la fertilidad del compromiso político en Estados Unidos (presidencia Kennedy) y en la resucitada democracia europea, sobre todo con los partidos democristianos (Adenauer, Schumann, de Gasperi). Eso tuvo en España y Portugal, también con los sucesivos nombramientos episcopales, una consecuencia clara: la corriente para deslegitimizar los regímenes autoritarios, hasta entonces vistos como un freno a los derechos tradicionales, y la predisposición a la transición democrática. Fue la ruptura, como dijo Mounier, entre el ‘orden cristiano’ y el ‘desorden constituyente’”.

La Revolución de los Claveles

El profesor y activista político recuerda que “en la Península Ibérica, sin embargo, no podían seguir el modelo democristiano. Los obispos, tras el estrecho vínculo mantenido con los regímenes autoritarios –estrechísimo en España–no querían ser identificados con ninguna opción; los laicos católicos estaban organizados, más que bajo la base parroquial, por movimientos especializados, ninguno de ellos fuertemente enraizado; se daba una fuerte orientación a la izquierda de estudiantes y trabajadores, y hacia la derecha de los ubicados en las clases media-alta. Por ello no había necesidad de un compromiso unificado ni arriba ni abajo, a pesar de algunos intentos minoritarios fallidos con el montiniano Ruiz-Giménez”.

Guterres se formó entre los universitarios de la JUC, el movimiento de Pax Romana-Miec que corresponde a la FUCI. Ceccanti abunda en el ambiente en el que se formó Guterres. “Más compleja fue la relación de esta generación con el 68, que incluye varios elementos, incluida una tendencia a la radicalización. En Portugal, la generación católica fue empujada a una opción decididamente reformista, con la cultura de gobierno, porque la extrema izquierda estaba integrada por comunistas stalinistas y grupúsculos golpistas pararevolucionarios que pronto desempeñaron un papel activo en el intento de golpe de estado de noviembre de 1975. Los católicos de centroizquierda estaban obligados a tomar partido tarde o temprano por el partido socialista, profundamente europeísta y atlántico. En el acto de ingreso en la UE fue cabeza de lista socialista Maria de Lourdes Pintasilgo, otra exponente histórica de los intelectuales de Pax Romana, de una generación precedente, la de 1930, que fue presidenta del Consejo en un gobierno de transición en 1980”.

El senador recuerda en su artículo que lo que sucedió en los primeros años de la Transición tuvo un impacto muy fuerte en los 80 y en algunos aspectos también en los 90, cuando Guterres se convierte en secretario y primer ministro. “Es necesario matizar que en los años sucesivos este cruce entre catolicismo, centroizquierda político y cultura del gobierno se erosionó muchísimo. La Iglesia, también mediante nombramientos episcopales, siguió otros caminos y con la retórica de los principios no negociables llegó a una mayor unión con la derecha política, sobre todo en España, y los partidos socialistas fallaron al apreciar esta tendencia política, aunque emergieron grupos interesantes como los Cristianos socialistas en el PSOE”.

Guterres escribió el epílogo del libro ‘Tender Puentes. PSOE y mundo cristiano’ (Desclee de Brower), coordinado por Ramón Jáuregui y Carlos García de Andoin, este último un trabajador incansable a la hora de elaborar una cultura política desde el pensamiento cristiano. En aquel artículo, Guterres, primer católico practicante que llegó a la presidencia de la Internacional Socialista, destacaba las raíces múltiples en la historia del movimiento socialista democrático. “La tradición clásica y judeocristiana, los valores humanistas y de la Ilustración, la herencia de las revoluciones inglesa, americana y francesa, los movimientos sindical y cooperativo, las influencias del socialismo utópico, libertario y científico, la convergencia entre el republicanismo liberal y el movimiento socialista y laborista, o entre reformismo y radicalismo, el surgimiento del modelo social-demócrata y socialista democrático, constituyen un acervo común del socialismo democrático europeo contemporáneo, que interesa profundizar en la actualidad”.

Guterres constataba que las nuevas generaciones “han estado muy marcadas por la fórmula innovadora del programa de Bad-Godesberg del SPD de 1959, en el que se afirmaba expresamente que el socialismo democrático ‘encuentra sus raíces en la ética cristiana, en el humanismo y en la filosofía clásica’, no pretendiendo proclamar verdades últimas, ‘no por incomprensión o por indiferencia ante las filosofías o las verdades religiosas, sino por respeto a las decisiones del hombre en materia de fe, decisiones cuyo contenido no debe ser determinado ni por un partido político, ni por el Estado. El Partido Social-Demócrata es el partido de la libertad de espíritu’”.

Forum.L., 2017

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