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Las influencias de Leonardo Boff

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 Confieso que no suelo leer a Leonardo Boff, porque no me sobra el tiempo como para perderlo con seudomisticismos más bien superficiales. El día de Navidad, sin embargo, aparecieron unas declaraciones suyas especialmente interesantes, en una entrevista concedida al periódico alemán Kölner Stadt Anzeiger.

 Antes de continuar, me gustaría advertir a los lectores que probablemente no convenga dar una fiabilidad absoluta a las palabras de don Leonardo, ya que es muy posible que, como se dice en España, esté llevando el agua a su molino. Es decir, que exagere o incluso deforme las cosas pro bono suo.

 Aunque la entrevista tiene más cosas interesantes de las que quizás podamos hablar otro día, creo que lo más llamativo es que el Sr. Boff afirma que el Papa pidió su colaboración cuando estaba escribiendo la encíclica Laudato Si sobre la ecología y que lo cita en ella:

“- La Teología de la Liberación de América Latina, uno de cuyos principales representantes es sin duda usted, ha recibido nuevos honores del Papa Francisco. ¿Habrá una rehabilitación también para usted personalmente, después de sus luchas durante años con el mismo Papa Juan Pablo II y con su más alto defensor de la doctrina, Joseph Ratzinger, que más tarde se convirtió en el Papa Benedicto XVI?

Francisco es uno de nosotros. Ha convertido la Teología de la Liberación en un bien común de la Iglesia. Y la ha ampliado. Todo el que hoy hable de los pobres también tiene que hablar de la tierra, porque ella también está siendo saqueada y abusada. “Escuchar el grito del pobre” significa escuchar el grito de los animales, los bosques y toda la creación torturada. La tierra entera grita. También, dice el Papa citando uno de los títulos de mis libros, tenemos que escuchar simultáneamente el grito del pobre y el grito de la tierraCiertamente, ambos deben ser liberados. Yo he tratado recientemente esta ampliación de la Teología de la Liberación y esto es también el aspecto fundamentalmente nuevo de Laudato Si.

– …que está ahora en la ‘encíclica ecológica’ del Papa publicada en 2015. ¿Cuánto hay de Leonardo Boff en Jorge Mario Bergoglio?

La encíclica pertenece al Papa, pero ha consultado con muchos expertos.

– ¿El Papa ha leído sus libros?

Más que eso. Me pidió materiales para la Laudato Si. Le he asesorado y le envié algunas cosas escritas por mí, que él ha usado. Algunos me han dicho que, mientras leían, pensaban: ‘¡Mira, eso es de Boff!’. Por cierto, el Papa Francisco me dijo a mí personalmente: ‘Boff, no me envíes directamente los documentos’.

– ¿Por qué no?

Dijo: ‘De otro modo, los Sottosegretari (subsecretarios) los interceptarán y no los recibiré. Mejor envíalos directamente al Embajador argentino, con el que tengo una buena relación. Así llegarán sin problemas a mis manos’. Para entenderlo, hay que saber que el embajador actual en la Santa Sede es un Viejo amigo del Papa de sus tiempos de Buenos Aires. A menudo toman mate juntos. Más tarde, un día después de la publicación de la encíclica, el Papa hizo que alguien me llamara para darme las gracias por mi ayuda”.

 Mucho antes de leer estas afirmaciones de Leonardo Boff, recuerdo haber pensado lo curioso que resultaba el hecho de que, junto a afirmaciones teológicas de gran profundidad (y, en algunos casos, de gran belleza), la encíclica Laudato Si incluyera algunas expresiones, sugerencias y conclusiones más que discutibles, que sólo podían resultar admisibles desde el punto de vista católico si se tomaban en sentido muy amplio, más como metáforas que otra cosa.

 Estas declaraciones de Leonardo Boff podrían confirmar y explicar esa impresión de yuxtaposición sin mucha coherencia de una visión católica (y majestuosa) de la ecología y algunos ramalazos políticamente correctos que dejan cierto mal sabor de boca al lector católico.

 Como hemos visto, el propio Boff nos da un ejemplo concreto, afirmando que la expresión “el grito de la tierra” fue tomada por el Papa Francisco de su libro Dignitas Terrae. Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres (S. Paulo, Atica, 1995). En otro artículo, Boff citó varias otras expresiones tomadas por el Papa de sus obras y de las de otros autores semejantes: “Los temas de la ‘casa común’, de la ‘madre Tierra’, del ‘grito de la Tierra y del grito de los pobres’, del ‘cuidado’, de la ‘interdependencia entre todos los seres’, de los ‘pobres y vulnerables’, del ‘cambio de paradigma’, del ‘ser humano como Tierra’ que siente, piensa, ama y venera, de la ‘ecología integral’ entre otros, son recurrentes entre nosotros”.

 También podrían citarse otras afirmaciones del mismo cariz, como por ejemplo: “Esta hermana [la tierra] clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella […] entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que ‘gime y sufre dolores de parto’ (Rm 8,22)” (LS 2). O también: “Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra que se une al gemido de los abandonados del mundo” (LS 3).

 Para entender la relevancia de la supuesta aportación del teólogo brasileño al magisterio de Laudato Si, no podemos olvidar que las tesis de Leonardo Boff, uno de los fundadores de la Teología de la Liberación marxista, fueron condenadas hace ya más de treinta años por la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Notificación sobre el volumen Iglesia, carisma y poder. Ensayo de Eclesiología militante (11 de marzo de 1985). Unos años después, para evitar una segunda condena de la Iglesia y vivir en pareja con Marcia Maria Monteiro de Miranda, Boff abandonó la orden franciscana y el sacerdocio.

 Desde entonces, sus opiniones no han hecho más que divergir progresivamente de la fe católica. Pronto cambió la Teología de la Liberación, pasada de moda con la caída del Muro de Berlín, por la Teología Ecológica. De este modo, las teorías de Boff han ido derivando hacia un curioso sincretismo ecológico, que mantiene la referencia a Cristo pero en pie de igualdad o al menos semejanza con otras figuras religiosas, porque “la misión de las iglesias, de las religiones y de los caminos espirituales es alimentar la llama interior de la presencia de lo Sagrado y lo Divino (expresado en millares de nombres) en el corazón de cada persona”. Dios se convierte en una fuerza misteriosa, asociada de algún modo al vacío cuántico y del que nada se puede saber con seguridad: “El Vacío grávido de Energía si no es Dios (Dios es siempre mayor) es su mejor metáfora y representación. Lo fundamental no es la materia sino ese vacío grávido. […] Si es así, todo lo que existe es una emergencia de esta energía fontal: las culturas, las religiones, el propio cristianismo e incluso las figuras como Jesús, Moisés, Buda y cada uno de nosotros […] Cuando se da determinado nivel de acumulación de esa energía de fondo, entonces ocurre la emergencia de los hechos históricos y de cada persona singular”.

 Aplicando el esquema marxista de la lucha de clases a la ecología, a los proletarios se les añade una nueva clase que debe ser liberada: la propia Tierra, personalizada y denominada de diversas formas: Gaia, Madre Tierra, Pacha Mama, Hestia, etc. La nueva misión es trabajar para “liberar la tierra, esta grande víctima sacrificada por el pillaje sistemático de sus recursos, que pone en riesgo el equilibrio físico-químico-biológico del planeta como un todo”. Por ello, “la pregunta ya no es qué futuro tendrá el cristianismo, sino cómo ayudará a asegurar el futuro de la vida y biocapacidad de la Madre Tierra. Ella no nos necesita. Nosotros sí la necesitamos”.

 Los seres humanos somos solamente “un subcapítulo del capítulo de la vida: nuestra vida consciente”, de manera que la Tierra en primer lugar y también los animales y plantas se convierten en auténticos sujetos de derechos y objetos de deberes morales: “Respeto y veneración no solo al Corán o a la hostia consagrada, sino a todos los seres, pues son sacramentos de Dios”. En ese sentido, se habla de “los derechos de la vida, de la naturaleza y de la Madre Tierra”. A fin de cuentas, para don Leonardo, “se trata de un super-Ente vivo (Gaia), limitado, con escasez de bienes y servicios y ahora enfermo”, porque hay “mucho sufrimiento también por parte de la madre Tierra”.

 Del mismo modo, la utopía comunista de la sociedad sin clases se sustituye por una sociedad ecológica en armonía con la naturaleza: “Y nunca más habrá tsunamis, ni Katrinas, ni Matthews, porque surgirá una nueva Tierra, donde el ser humano aprendió a cuidar de la naturaleza y esta nunca más se rebelará contra él”. La salvación no viene dada por Cristo, sino que, tras el fracaso del marxismo, será la propia Tierra la que nos salve: “la Tierra derrotaría definitivamente al sistema del capital, incapaz de reproducirse con su cultura materialista de consumo ilimitado e individualista. Lo que no hemos conseguido históricamente por procesos alternativos (era el propósito del socialismo), lo conseguirían la naturaleza y la Tierra. Esta, en realidad, se libraría de una célula cancerígena que amenaza con metástasis en todo el organismo de Gaia”.

 El pecado ya no es la transgresión de la ley moral dada por Dios al hombre para su plenitud, sino el “cáncer” para la Tierra que supone el capitalismo. Y, en consecuencia, quien toma el lugar del diablo es el propio ser humano: “No sin razón los científicos han creado una nueva palabra para calificar nuestro tiempo: el antropoceno. Este configuraría una nueva era geológica, en la cual la gran amenaza a la vida, el verdadero Satán de la Tierra, es el propio ser humano con su irresponsabilidad y falta de cuidado. Otros lanzan la hipótesis según la cual la Madre Tierra no nos querría más viviendo en su Casa y buscaría la manera de eliminarnos, ya fuera mediante un desastre ecológico de proporciones apocalípticas o por alguna superbacteria poderosísima e inatacable, permitiendo así que las otras especies ya no se sientan amenazadas por nosotros y puedan continuar con el proceso evolutivo”.

 Es necesario concluir que, para el propio Boff, expresiones como “el grito de la Tierra” (puesto además en paralelo con el grito de los abandonados del mundo) deben tomarse en sentido propio o estricto, ya que considera que la Tierra es un objeto moral y sobrehumano que está siendo inmoralmente dañado por los hombres, como un cáncer.

 Obviamente, esta idea nada tiene de católico. Los primeros capítulos de la Biblia están dedicados expresamente a rechazar la idea de que el sol, la luna y la tierra sean sujetos sobrehumanos (como pensaban los pueblos circundantes). El Génesis enseña con claridad que son meras criaturas inanimadas, ontológicamente buenas como toda creación de Dios, pero en ningún caso objetos morales en sí mismos.

 En realidad, el pecado “es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes” (Catecismo de la Iglesia Católica 1849). No existe pecado alguno en una acción que tiene como objeto un ser impersonal a no ser por las posibles consecuencias para una persona. Contaminar innecesariamente no es malo porque el contaminador dañe la Tierra, como si la Tierra fuera un sujeto de derechos (y pudiera ser “dañada” en sí misma en algún sentido), sino por los perjuicios que eso puede causar a los demás hombres, del presente o del futuro, y a la Voluntad de Dios para ellos, del mismo modo que emborracharse no es malo por las uvas aplastadas en el lagar, sino por el daño que la borrachera produce al borracho y a los demás hombres.

 Por supuesto, como todo documento magisterial, Laudato Si debe interpretarse de acuerdo con la doctrina de la Iglesia. En consecuencia, es evidente que los católicos debemos tomar estas afirmaciones de la encíclica con posibles influencias boffianas en un sentido meramente metafórico, como una imagen poética o una floritura literaria, y sólo tomar en sentido estricto las auténticas afirmaciones teológicas del documento, que, como he dicho, en muchos casos son muy bellas y profundas y que son las que propiamente se pueden considerar magisteriales.

 Esto plantea, sin embargo, la cuestión de la oportunidad y conveniencia de tomar como fuente de una encíclica sobre la ecología a uno de los autores más conocidos precisamente por sus ideas no católicas sobre el tema, hasta el punto de usar sus mismas expresiones. ¿No llevarán a error estas expresiones a los lectores? ¿No producirán al menos confusión o indiferentismo con respecto, justamente, a los errores más extendidos de nuestra época? ¿No reafirmarán en su equivocación a los que, como Leonardo Boff, se han apartado de la doctrina católica sobre estos temas?

 Este peligro resulta especialmente preocupante si recordamos que el propio Papa Francisco elogió a Bernhard Häring después de escribir la exhortación Amoris Laetitia, en cuyo capítulo VIII se puede percibir la influencia del teólogo alemán. Influencia, desgraciadamente, para mal, como muestra la confusión creada en la Iglesia por este capítulo. Ya han señalado varios artículos que Häring es conocido por ser uno de los moralistas rebeldes que rechazaron la encíclica Humanae Vitae del beato Pablo VI y cuyas teorías fueron condenadas posteriormente en la encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II.

 También parece motivo de preocupación que se haya actuado de esta forma subrepticia, para ocultarlo a los mismos colaboradores nombrados por el Papa y, es de suponer, a la opinión pública. Ese extraño clima de desconfianza no parece sano ni adecuado. Especialmente cuando se trata de algo tan importante como la redacción de una exhortación apostólica. Recuerda, además, a ciertas maniobras lamentables quetuvieron lugar durante el Sínodo para aprobar innovaciones que los Padres sinodalesno habían redactado ni tampoco querido.

 Creo que es legítimo señalar respetuosamente que estas influencias y formas de actuar no constituyen un aporte positivo al magisterio papal, sino que, más bien, contribuyen a aumentar la confusión y el desconcierto que tanto daño nos hacen a los fieles y a la Iglesia entera.

Recemos por el Papa y los obispos, que tanto lo necesitan.

Bruno Moreno / InfoC., 2017

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