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Moral de globalidad: el tiempo es superior al espacio

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La teología moral situacionista, diluye la moralidad del acto concreto en el fluir temporal de la existencia humana. Supone un desplazamiento del criterio moral: pasa indebidamente de cualificar moralmente el acto puntual, a sumergirlo en un todo vital, de forma que la transgresión quede diluida en el conjunto de vivencias personales.

De esta forma, la ilicitud del acto se decolora en el flujo de la existencia. Así, parece que, decolorado, no interrumpe el proceso de maduración, y se puede crecer en gracia y virtudes aun posicionándose puntualmente contra la ley moral.

Esta tesis parece estar presente de una manera u otra en las páginas de Amoris lætitia. Entre sus largos y prolijos parágrafos, apenas se encuentra referencia alguna a los actos concretos de adulterio, sino al “obrar”, a “la existencia concreta”, al “camino”, etc.. Esto resulta llamativo en el muy comentado y ya célebre punto 304:

«Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano. »

I.- MORAL DE GLOBALIDAD

No podemos olvidar que el situacionismo no es una moral de puntualidad —como de hecho es la moral cristiana—, sino una moralidad de globalidad. No se fija en los actos concretos, sino en la globalidad de ellos. No en la repetición frecuente de ellos, o hábito, —que no es más que puntualidad habitual—, sino en su mera generalidad.

—La visión de la vida moral como globalidad apuntual tiene un precedente claro en el existencialismo. Y el existencialismo lo tomó, obviamente, del Leviatán de las ideas, el omnipresente nominalismo deconstructivista. Al dejar de referir los actos a la ley natural, los actos se desnaturalizan, y pasan a formar parte de la esfera de lo mental: el acto de virtud pasa a convertirse en un ideal, en un valor, en un camino sin meta.

Pío XII, con mirada clarividente, así lo reconoce al hablar de la moral de situación:

«Expuesta así la ética nueva, se halla tan fuera de la ley y de los principios católicos, que hasta un niño que sepa su catecismo lo verá y se dará cuenta y lo percibirá. Por lo tanto, no es difícil advertir cómo el nuevo sistema moral se deriva del existencialismo»

Es un existencialismo, pues, porque, como parece mostrar el punto 304, la fidelidad a Dios se determina no por la puntualidad moral de los actos, sino en función de la existencia de la persona, su obrar en general.

—Tengamos en cuenta esto: todo globalismo pretende que el valor moral de la vida se deduzca de la existencia en general y no de los actos concretos en particular. Se pretende que el grado de fidelidad a Dios sea fruto de la intención general de la voluntad, o de una opción fundamental de fidelidad más allá de los actos puntuales o a pesar de ellos.

II.- PUNTUALIDAD FRENTE A GLOBALIDAD

El filósofo tomista Romano Amerio sintetiza con gran precisión la esencia de la moral de globalidad:

«el significado moral de la vida, y por consiguiente (teóricamente hablando) el destino eterno del hombre, se desprende del conjunto de sus actos, de su coloración general, de su globalidad. No se niega en principio la influencia de los actos singulares sobre el valor global (de otro modo, ¿dónde residiría la vida moral?) pero se pretende que el valor de una existencia depende de la intención general de la voluntad y de una opción fundamental hecha orientándose hacia Dios» (Iota unum, XXIX, 201)

El mismo autor sintetiza por contra la moral de puntualidad, que es en efecto la moral católica:

«Sin embargo,  la religión enseña que el destino eterno depende del estado moral en el cual se encuentra el hombre en el momento de la muerte: no de la continuidad historica, sino de la puntualidad moral en la que se encuentra al fin» (Iota unum, XXIX, 202)

San Juan Pablo II, en Reconciliatio et paenitentia, enseña que la opción fundamental por Dios puede ser radicalmente destruida por los actos singulares:

«Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de «opción fundamental» —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La orientación fundamental puede pues ser radicalmente modificada por actos particulares.» (Reconciliatio et paenitentia, 17)

En Veritatis splendor se diagnostica con gran precisión teológica el globalismo, entendido como desplazamiento de lo absoluto-universal (la ley moral) a lo subjetivo-particular:

«Sin embargo, algunos autores proponen una revisión mucho más radical de la relación entre persona y actos. Hablan de una libertad fundamental, más profunda y diversa de la libertad de elección, sin cuya consideración no se podrían comprender ni valorar correctamente los actos humanos. Según estos autores, la función clave en la vida moral habría que atribuirla a una opción fundamental, actuada por aquella libertad fundamental mediante la cual la persona decide globalmente sobre sí misma, no a través de una elección determinada y consciente a nivel reflejo, sino en forma transcendental y atemática. Los actos particulares derivados de esta opción constituirían solamente unas tentativas parciales y nunca resolutivas para expresarla, serían solamente signos o síntomas de ella. Objeto inmediato de estos actos —se dice— no es el Bien absoluto (ante el cual la libertad de la persona se expresaría a nivel transcendental), sino que son los bienes particulares (llamados también categoriales).»

Este desplazamento globalista del bien objetivo universal a la periferia, poniendo en el centro el supuesto bien particular, parece insinuarse a lo largo de las páginas de Amoris lætitia:

«Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares.» (AL 304)

Que el acto de pecado concreto quede disuelto en el conjunto de la vida, da pie a concluir indebidamente que se puede agradar a Dios sin guardar puntualmente sus mandamientos. Así parece desprenderse, aparte del ya mencionado 304, de estos puntos:

«Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo.» (AL 303)

«A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia. El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios.» AL 305)

III.- EL TIEMPO ES SUPERIOR AL ESPACIO

En la puntualidad del acto moral hay que DETENERSE. Y es esto lo que se rechaza, el tener que deternerse, porque el dinamismo, el movimiento, el tiempo es superior. La puntualidad, el punto actual, se refiere a una parte, a un elemento extrapolado del constante fluir.

Por el contrario, en el punto 304 se afirma que «es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley».

La disolución de la puntualidad moral en el conjunto vital no es más que una afirmación abusiva de la temporalidad. La moral de globalidad, por tanto, es un movilismo. Una lucha de tesis y antítesis, una dialéctica. La raíz hegeliana del existencialismo es patente en esta sobrevaloración del movimiento temporal como creador de verdades particulares.

Consecuente con este principio, Amoris lætitia abusa de lenguaje globalista, por el que la moralidad del acto concreto queda disuelto en la duración vital, en los procesos de maduración, en el conjunto sucesivo de etapas y subetapas existenciales, en la dialéctica existencial, en el tiempo.

—Veamos la presencia abrumadora de este lenguaje de globalidad en capítulo VIII de A.L. Creo que es patente cómo se tiende a ocultar la ilicitud puntual del acto (y el hábito) en la globalidad del tiempo vital:

«la ley es también don de Dios que indica el camino» (AL 295)

«Entonces, «hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (AL 296)

«Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo» (AL298)

«gran dificultad para volver atrás» (AL 298)

«Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos» (AL 299)

«Los presbíteros tienen la tarea de «acompañar a las personas interesadas en el camino del discernimiento» (AL 300)

«En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y arrepentimiento.» (AL 300)

«Se trata de un itinerario de acompañamiento y de discernimiento que «orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios.» (AL 300)

«De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena.» (AL 303)

«En esta misma línea se expresó la Comisión Teológica Internacional: «La ley natural no debería ser presentada como un conjunto ya constituido de reglas que se imponen a priori al sujeto moral, sino que es más bien una fuente de inspiración objetiva para su proceso» (AL 305)

«en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia» (AL 305)

«El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino» (AL 305)

«desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios. Recordemos que «un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta» (AL 305)

«Pero de nuestra conciencia del peso de las circunstancias atenuantes —psicológicas, históricas e incluso biológicas— se sigue que, “sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día”» (AL 308)

«Jesús «espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. » (AL 308)

«una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal.» (AL 312)

CONCLUSIÓN

En la vida moral cristiana, no sólo es fundamental el conjunto de nuestra vida y su opción de fidelidad, sino también y ante todo confirmarla puntualmente con actos concretos de elección del bien, siempre con la ayuda de la gracia. No puede haber instante para el pecado. Como bien afirma Amerio:

«El obsequio del hombre ante la ley es debido y retribuible en cualquier instante de tiempo independientemente de todos los demás »[…] «Como se predicó durante todos los siglos cristianos, no puede haber ni siquiera un instante para el pecado» (Iota unum  XXIX, 202).

Tanto es así, que en la hora de la muerte no se tendrá en cuenta el fluir temporal o el conjunto como un todo apuntual, sino el instante mismo de la muerte, de forma que un sólo pecado mortal sin arrepentimiento puede provocar un destino fatal e irremediable.

Contrastando dramáticamente con palabras irresponsables, que anuncian con sobreoptimismo que «nadie puede ser condenado para siempre», el Catecismo enseña con rotundidad la puntualidad de la vida moral a la hora de la muerte:

«Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él  para siempre»

LAUS DEO VIRGINIQUE MATRI

David G.-Alonso Gracián / InfoC.

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