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Perdimos la batalla…

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Perdimos la batalla el día en que fue necesario un “sumario ejecutivo” que sintetizara en un folio, un informe de apenas 50 páginas, no fuera a ser que el directivo que había pagado $100.000 por ese estudio se estresara al ver tanta letra junta.

 Perdimos la batalla el día en que fue necesario llenar los libros de texto del colegio, de ilustraciones que hicieran “divertida” la Revolución Francesa o la Europa de los totalitarismos.

 Perdimos la batalla el día en que se hizo necesario indicar en los transportes públicos, que ciertos sitios están reservados a ancianos, embarazadas o lesionados, y nos rendimos sin condiciones el día en el que los pasajeros no arrojaron por la borda, a quien ocupando indebidamente ese sitio no lo cedió a quien le correspondía.

 Perdimos la batalla el día en que nos pidieron y aceptamos “explicar a Kant en dos pinceladas” y a ser posible sin demasiadas citas, pues sabido es que la audiencia desconecta tras 7 minutos de discurso sin pausa publicitaria.

 Perdimos la batalla el día en que invitamos a un mismo coloquio para debatir sobre la historicidad de Jesucristo, a un doctor en Historia y Teología, y a un blogero especializado en “ciencias ocultas”, convencidos de que sus puntos de vista “alternativos” serían “mutuamente enriquecedores”. Y claudicamos sin condiciones cuando aplaudimos entusiasmados al más gritón, asentimos al más soez y ovacionamos al más fotogénico olvidando que la razón no grita, ni es vulgar ni siempre es bella y sonriente.

 Perdimos la batalla el día en que la televisión ocupó el espacio más relevante del hogar; y nos rendimos sin condiciones cuando diferentes gamas y tamaños de tablets, iPhones y redes sociales fueron poco a poco ocupando las habitaciones familiares y transformando a la vieja estirpe que atesoraba siglos, en un rebaño autista que pacía minutos frente a un espejo ensimismado.

 Perdimos la batalla cuando “personajes” como Kim Kardashian, se forran exponiendo su vida en los medios, y la mayoría los sigue…; y Paulo Coelho y otros quiromantes nos vendieron píldoras mágicas de felicidad cursi copiada a los clásicos que ya nadie lee y nos rendimos sin condiciones cuando la prensa incluyó tales libros en la sección de “ensayos” o “filosofía”.

 Perdimos la batalla el día en que aceptamos, sumisos y acríticos, llamar “ejecución”, al vil asesinato cometido por terroristas como ETA o las FARC, “terrorismo internacional” al terrorismo islamista…

 Perdimos la batalla el día en que un diputado, o consejero o jefecillo de nuestro partido, de “nuestros colores”, era declarado culpable de corrupción y no nos echamos a la calle pidiendo su cabeza sino que más bien señalamos con el dedo de nuestra prensa afín, a los corruptos del otro bando. Y nos rendimos incondicionalmente como cómplices el día que volvimos a votar a “los nuestros” aún conociendo su indecencia. Al fin y al cabo “los otros” hacían lo mismo!

 Perdimos la batalla el día en que la corrección política impidió que dijéramos en voz alta lo que realmente sentíamos, no fuera a ser que los totalitarios de siempre -aquellos que gozan de patente de corso para decir las brutalidades que quieran- nos tildaran de fascistas y con ello sellaran nuestro destino, como lo tenías sellado en el siglo XVII si un Quevedo cualquiera te llamaba “judío”, o en 1936 (durante la Guerra Civil española) si tu enemigo, bien arropado por la masa afín, te señalaba como burgués, cura, rojo o anarquista.

 Perdimos la batalla el día en que dejamos de leer con el sosiego necesario a nuestros grandes pensadores, novelistas, historiadores y poetas y sólo nos quedamos con algunas de sus frasecillas desgajadas del cuerpo original, a menudo mal citadas y casi siempre trivializadas y devaluadas de tan continuo mal uso. “Es dantesco”, “es maquiavélico”, “kafkiano”, “surrealista”… ¿Alguien sigue leyendo hoy a Dante, Maquiavelo, Kafka o Breton?

 Perdimos muchas batallas, es verdad; pero aun no perdimos la guerra, ahora mismo es un momento maravilloso para que desde la trinchera, podamos leer un poco mas y regalar con una buena excusa libros, música, cine o cualquier obra que – parafraseando a Jorge Manrique- “despierte el alma dormida y avive el seso”.

Fernando Navarro García / LD

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