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Es llamativo el título: “La ingenuidad española” (editorial: Círculo Rojo). Aunque su autor nos aclara enseguida que escribirá pronto sobre la ingenuidad de otros pueblos: “Empecé con España porque tengo la impresión de que seréis el pueblo que dentro de cincuenta años salve la fe de Europa”.

Juleon Schins tiene 51 años, es católico y lo ha sido siempre: “Nunca he tenido una profunda crisis religiosa ni he visto una ‘gran luz’ que me hiciera volver a la fe”. Holandés de padres holandeses, aunque nacido en Suiza, se doctoró en Física Molecular por la Universidad de Amsterdam, tiene estudios de postgrado en Biofísica, ha trabajado en diversos centros de investigación –entre ellos la Escuela Nacional Superior de Técnicas Avanzadas de París- y desde 2002 es profesor de nanotecnología en la University of Technology de Delft (Holanda).

Cuando habla de ingenuidad, es para alertar de algunos errores en la actuación pública de los católicos.

-¿Qué entiende por ingenuidad?
-Me limito a la definición del Evangelio, porque no soy teólogo: “Los hijos de este mundo son más astutos para sus cosas que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). La virtud opuesta a la ingenuidad es aquella parte de la prudencia que regula el comportamiento de la persona hacia todo lo no-inmediato, lo no-personal: es decir, lo político, lo social.

-¿Es una característica de los católicos?
-Es característica de todo hombre afectado por el pecado original. Pero el mismo Evangelio dice que los hijos de la luz somos menos prudentes que los de las tinieblas. Como pobre físico que soy, que lo ve todo a través del microscopio de lo cuantitativo, pienso: a más luz, menos prudencia. La ingenuidad no es propia de los católicos por ser católicos, sino por ser hijos de la luz. Y la ingenuidad típicamente católica es la ingenuidad de un pueblo con fuerte tradición católica, como españoles, italianos y polacos.

-¿En qué consiste?
-La ingenuidad que esos países tienen en común es un cierto error en la delimitación entre lo debido al César y lo debido a Dios. Por ejemplo, fieles que consideran su parroquia como una familia cerrada, u obispos que hablan de política. Una excepción espectacular es Juan Pablo II cuando era arzobispo de Cracovia: en momentos increíblemente duros, en situaciones increíblemente complicadas, siempre supo ser pastor de su rebaño, con el debido sometimiento a las autoridades comunistas, y con la debida resistencia, con un equilibrio muy pensado.

-¿Cómo se consigue ese equilibrio?
-Aparte de una fe colosal, Juan Pablo II tenía un profundo conocimiento del comunismo y del hombre católico polaco. Este profundo conocimiento práctico, junto con todas sus virtudes, le hicieron inmune para la ingenuidad. Nunca se dejó llevar por la ira, la gran amiga de la ingenuidad.

-¿Por qué dice eso?

-Porque la ira lleva a decir cosas por las que luego hay que pedir perdón, a veces públicamente.

-Usted es católico y científico. ¿Puede haber entre la ciencia y la fe una contraposición real?
-Mi fe me dice que no puede haber contraposición entre ciencia y fe, ni real, ni aparente. Siempre que pareció haber una contraposición entre ciencia y fe, ganó la fe. Como en el caso de Fred Hoyle y su universo eterno sin inicio. O en el caso del pecado original: según la genética, hubo un bottleneck [cuello de botella] de la especie humana hace 200.000 años; esto puede interpretarse como la supervivencia de Noé y los suyos; como la pareja inicial, Adán y Eva, puede haber vivido hasta hace siete millones de años, va a ser muy difícil demostrar genéticamente la imposibilidad de que toda la humanidad descienda de una sola pareja. En cuanto al caso Galileo, allí tampoco hubo contraposición: los jesuitas astrónomos estaban de acuerdo con él y hasta le ayudaron identificar errores en su razonamiento; los que provocaron la crisis fueron los filósofos aristotélicos.

-La ciencia ¿aleja de la fe, acerca a la fe, son campos independientes…?
-Ciertamente son campos independientes, en el sentido de que contemplan una misma realidad desde distintos puntos de vista. Nunca he conocido una conversión a la fe por las ciencias cuantitativas. ¡Así que espero poco, desde el punto de vista apologético, de las reflexiones de mi libro sobre las desigualdades de Bell o la causalidad cuántica! Sí conozco bastantes ejemplos de sabios en la historia de la Iglesia, o entre los mismos Padres, que se han convertido por su conocimiento científico (argumentos históricos, teológicos, patrísticos, no cuantitativos), como el americano Scott Hahn, la holandesa Cornelia de Vogel o la judía alemana Edith Stein. Muchísimos más ejemplos conozco de científicos no creyentes que se han convertido a través de un amigo creyente y a base de argumentos no-científicos.

-¿Y los científicos que se declaran ateos?
-Ganan un dinerillo bastante interesante por escribir tonterías acerca de un dios que no existe.

-¿Cuál debe ser la actitud del científico ante los milagros?
-La misma de un no-científico, salvo en el caso de que el científico sea un experto en la materia del mismo milagro. Entonces tiene su parte de responsabilidad en convencer a los demás del carácter milagroso de los hechos considerados.

-¿Qué propone para que la apologética católica sea más eficaz?

-Dedicarse a fondo a la estadística. Por ejemplo, en cuanto a los beneficios de la educación separada. O en cuestiones de teología moral fundamental, moral sexual o social, cuestiones antropológicas o las enseñanzas sociales del Magisterio. En vez de escribir una tesis doctoral sobre la influencia de San Pacomio en el cenobitismo… salir a la calle y buscar datos, por ejemplo, sobre la delincuencia en función de la educación primaria y secundaria recibida. O, en cuanto al aborto y las uniones homosexuales, yo no me centraría tanto en las leyes. A mayor libertad de aborto, más se desenmascara a los abortistas. Cuantas más adopciones por parejas homosexuales haya, más oportunidades se presentan para hacer tesis doctorales que expliquen cuantitativamente su desastre educativo-emotivo-psicológico.

Carmelo López-Arias / ReL

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