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Lo que dijeron de ella León XIII y Pío IX no es frecuente oírlo en labios de quienes proclaman el nombre de los santos, y está propuesta como Doctora de la Iglesia. Y, sin embargo, Santa Verónica Giuliani no goza del conocimiento entre los fieles que cabría esperar dada la excepcionalidad de los misterios que se obraron en ella. Pero eso empieza a cambiar, sobre todo gracias a la película documental sobre ella que se estrenó recientemente.

 Diversas actrices encarnan a Santa Verónica en sus distintas edades para la primera gran película sobre su vida. Diana Hobel la interpreta en su madurez.

 Tras caer en un inexplicable olvido nacen de repente en su honor, como si fuera un signo celestial para nuestros tiempos, nuevas asociaciones de fieles, se escriben nuevos libros, se erigen santuarios, se ruedan películas. Parece realmente que ha llegado la hora de Santa Verónica Giuliani (1660-1727), «el sujeto de estudio más sublime y necesario que se haya producido después del Evangelio» (así lo afirmó Benjamin Dausse [1801-1890], miembro de la Academia Francesa de las Ciencias), hasta el punto que –y esta vez son palabras de León XIII– «a ninguna criatura humana, con excepción de la Madre de Dios, se le concedieron dones más sobrenaturales». Santa Verónica Giuliani fue beatificada en 1804 (Pío VII) y canonizada en 1839 (Gregorio XVI).

 Fenómenos místicos únicos (y un Diario dictado por la Virgen)

El Papa de la Rerum Novarum no se equivocaba. En lo que respecta a experiencias místicas, esta santa desconocida para la mayoría, pero que Pío IX definió «no una santa, sino un gigante de santidad» –y cuya misión centrada en la expiación «aún debe comenzar en la Iglesia», como profetizó el cardenal Pietro Palazzini (1912-2000)-, parece no ser comparable con nadie en el panorama hagiográfico. Es imposible enumerar todos los fenómenos místicos que experimentó. Imposible y problemático, si no estuvieran certificados por escritos, testimonios, timbres notariales, autopsias.

 Además de ser la única capuchina estigmatizada de la historia; de recibir místicamente la coronación de espinas (lo que le causaba hinchazones en la cabeza que los médicos, con sus curas, lo único que conseguían era agravar); de haber bebido el cáliz de Getsemaní (tan amargo que todo lo que la rodeaba se convirtió en hiel: alimentos, agua, incluso el aire, llegando incluso a llorar lágrimas de sangre); de ver apoyada en su espalda la cruz del Calvario con su gran peso, lo que causó que se le hundiera el hueso (hecho verificado en la autopsia); de recibir la flagelación por manos invisibles, llegando la sangre hasta el suelo ante los ojos de las monjas; de dialogar desde que era niña con María y Jesús… además de todo esto y mucho más, Verónica visitó el Paraíso, el Purgatorio y siete veces el Infierno, que describió de manera muy detallada y terrible. Lo hizo obedeciendo a su padre espiritual.

 Como a otros grandes santos, el demonio atacó físicamente en numerosas ocasiones a Santa Verónica Giuliani.

 También por pura obediencia escribió su increíble Diario: Il poema dell’amore e del dolore [El poema del amor y del dolor], un tesoro escondido de veintidós mil páginas que se ha convertido en estos últimos años en un valioso objeto de estudio por parte de teólogos de todo el mundo (y del que se realizan continuamente ediciones y traducciones). Un Diario muy especial -«entre las páginas más bellas y elevadas de la literatura mística» escribió Piero Bargellini (1897-1980)- que duró treinta y cuatro años, los últimos siete dictados directamente por la Virgen.

 ¿Quién es esta santa desconocida?

Pero, ¿quién es Verónica Giuliani? ¿Quién es esta increíble y casi desconocida mística entregada por entero a Dios? ¿Quién es esta “maestra de la doctrina de la expiación”, como la definió en 1981 el cardenal Palazzini (director de la Pontificia Universidad Lateranense y nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos) cuando propuso oficialmente su nombre para el título de Doctora de la Iglesia? En años más recientes ha sido el episcopado del centro de Italia (junto a la orden de los frailes capuchinos) quienes han dirigido un llamamiento al Santo Padre para que la santa sea proclamada Doctora de la Iglesia.

 Orsola Giuliani nació el 27 de diciembre de 1660 en Mercatello sul Metauro, un pequeño pueblo a poca distancia de Urbino. Era la más pequeña de cinco hermanas; cuatro entraron en la vida religiosa. Como el padre, tampoco el obispo quería que Orsola (éste era su nombre de bautismo) entrase en un convento: demasiado joven y hermosa, era mejor que se casara con un joven de la nobleza local.

 Sin embargo, las lágrimas de la joven convencieron al obispo, que aceptó su consagración dándole el nombre (que se revelará providencial) de Verónica. La que para los hagiógrafos será la “Verónica” del Via Crucis eligió para sí el convento más pobre de las capuchinas de la zona, el de Città di Castello, cerca de Perugia.

 Tras la aparición de los estigmas, que la santa no consiguió esconder, tuvo que soportar durísimas humillaciones cuando el Santo Oficio se ocupó del caso: fue encerrada durante cincuenta días en la enfermería, totalmente aislada. Su gran obediencia y humildad vencieron sobre todas las cosas. Venció la expiación, el heroico anhelo de inmolación por el deseo de convertir a todos. «¡Crucifícame a mí! ¡Me ofrezco para que los pecadores me claven en Tu lugar!», repetía Verónica a “su” Jesús. No es casualidad que la mayor parte de sus experiencias íntimas tuvieran como protagonista indiscutible su corazón: incendios, golpes, heridas, dardos, clavos.

 Increíble es el fenómeno de la sustitución del “corazón herido” (el suyo) por el “corazón amoroso” (del Señor), un juego místico que llenará varias veces las páginas más vivas de su Diario. Otras veces Verónica custodiaba en su pecho, literalmente, dos corazones: el suyo y el de Jesús. El primero latía normalmente; el segundo le levantaba las costillas, tanto que en el convento las hermanas conseguían oír su latido desde lejos. Veían a Verónica arder por efecto del fuego de este “segundo corazón” y para refrescarla corrían a sumergirle las manos en agua que… empezaba enseguida a hervir.

 Está claro que para el hombre hiper-racional de hoy los fenómenos místicos descritos en el Diario pueden parecer auténticas locuras. Sin embargo, el obispo de Città di Castello, poco antes de los funerales, y antes de proceder a la autopsia, convocó a las figuras más representativas de la ciudad. Aún se conocen sus nombres: el gobernador Torregiani, el pintor Angelucci, el médico Bordiga, el cirujano Gentili, el canciller Fabbri, el notario y muchos confesores. En el momento de extraer el corazón los presentes vieron reproducidos en él los signos que Verónica había descrito en su Diario muchos años antes.

 Exactamente vieron que en el corazón de Verónica estaba “impreso” todo: la Cruz, la corona de espinas, la lanza y la caña unidas, la inscripción, los martillos, los clavos, el estandarte de Cristo Rey, las dos llamas que simbolizan el amor de Dios y el amor del prójimo, las siete espadas de la Dolorosa y las iniciales de los nombres de Jesús y María.

 Las últimas palabras de Verónica antes de morir, preanunciadas años atrás a su confesor, fueron: «¡El Amor ha dejado que lo encontrara! Esta es la causa de mi sufrimiento. ¡Decídselo a todas, decídselo a todas!». En el monasterio de Santa Verónica en Città di Castello está su cuerpo incorrupto.

 La película que convierte a su director

La historia terrenal de Verónica Giuliani, junto a las “difíciles” implicaciones teológicas que ofrece su explosivo Diario (María se presenta ante la santa como “Corredentora” y “Mediadora de todas las gracias”, es decir, los dos posibles dogmas marianos que la Iglesia está profundizando en estos años), está ahora narrada en una película documental: Il risveglio di un gigante. Vita di Santa Veronica Giuliani [El despertar de un gigante. Vida de Santa Verónica Giuliani].

 El director es Giovanni Ziberna, de Vimercato, provincia de Milán, que ha fundado en Gorizia la productora cinematográfica Sine Sole Cinema. Educado en la escuela de Ermanno Olmi (El árbol de los zuecos, 1978), ha trabajado con maestros del cine como Abbas Kiarostami y Ken Loach. Su historia personal (y la de su esposa, Valeria Baldan, codirectora de la película) es más bien singular.

 Ateo y no bautizado, debe su conversión precisamente a una serie de hechos vinculados al rodaje de la película sobre la santa: encuentros y “coincidencias” excepcionales que han transformado totalmente su vida, pero que Giovanni Ziberna cuenta con pudor.

 Il risveglio di un gigante (El despertar de un gigante) se preestrenará mundialmente a partir del 8 de diciembre en diversas salas de cine italianas, para llegar luego a Líbano, país que espera con impaciencia su proyección. ¿Por qué el “estreno” internacional tiene lugar en Líbano? Porque la historia de la película y de su director se entrelaza con la de un fraile libanés, fray Emanuel, presidente de la asociación “Amigos de Santa Verónica” en Líbano, que ha contribuido a construir un “rumoroso” santuario dedicado a esta santa en ese país.

Valerio Pece / Tempi / ReL

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