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Hace unos días, alguien me mandaba esta preciosa historia que muy bien podría haber acontecido a principios del siglo XX. En ella se manifiesta el poder de la amistad y del amor cuando son auténticos. Historia que ahora les cuento tal como a mí me llegó.

 Cuando yo era niño y vivía en un pequeño pueblo cerca de Seattle, mi padre tenía uno de los primeros teléfonos de nuestro vecindario. Recuerdo bien la vieja caja pulida clavada a la pared y el brillante auricular colgado en el lateral de la caja. Yo era demasiado pequeño para alcanzar el teléfono, pero solía escuchar con fascinación cuando mi madre hablaba por él.

 Entonces descubrí que, en alguna parte dentro de ese maravilloso dispositivo, vivía una extraña persona; su nombre era “Información Por Favor” y no había nada que ella no supiese. “Información Por Favor” podía proporcionarte el nombre de cualquiera y la hora exacta.

 Mi primera experiencia personal con este “genio de la lámpara” llegó un día mientras mi madre visitaba a un vecino. Divirtiéndome con el banco de herramientas del sótano, me aplasté el dedo con un martillo. El dolor era terrible, pero allí no parecía haber ninguna razón para llorar porque en casa no había nadie que me pudiese consolar. Caminé de un lado a otro por la casa chupando mi dedo palpitante y finalmente llegué a la escalera.

 ¡El teléfono! Rápidamente corrí a por el taburete en el recibidor y lo arrastré hasta el rellano de la escalera. Subiéndome a él, descolgué el receptor y lo mantuve junto a mi oreja.

 -Información Por Favor, – dije al micrófono justo sobre mi cabeza.

Un clic o dos y una vocecita clara habló en mi oído.

 -Información.

-Me he lastimado el dedo. . . gemí al teléfono.

Las lágrimas llegaron sin demasiado esfuerzo ahora que tenía audiencia.

 -¿No está tu madre en casa? – preguntó.

-Nadie más que yo está en casa. – sollocé.

-¿Estás sangrando?

-No. – repliqué-. Me he golpeado el dedo con el martillo y me duele.

-¿Puedes abrir la nevera? – preguntó. Dije que podía.

-Entonces toma un trozo de hielo y mantenlo junto a tu dedo – dijo la voz.

 Después de aquello, llamaba a “Información Por Favor” para cualquier cosa. La llamé para que me ayudara con la geografía y me dijo dónde estaba Filadelfia. Me ayudó con las matemáticas. Me dijo que mi ardilla, que había cogido en el parque justo el día de antes, comía frutas y nueces.

 Por aquel entonces, Piti, nuestro canario, murió. Llamé a “Información Por Favor” y le conté la triste historia. Ella escuchó y después dijo lo que los adultos dicen para consolar a un niño. Pero no funcionó. Entonces, le pregunté:

 -¿Por qué los pájaros pueden cantar tan bellamente y llevar alegría a todas las familias, sólo para acabar como un montón de plumas en el fondo de la jaula?

Ella debió sentir mi profunda inquietud, porque dijo sencillamente:

-Paúl, recuerda siempre que hay otros mundos donde cantar. – De alguna forma me sentí mejor.

 Otro día que estaba en el teléfono llamé a “Información Por Favor”.

-Información. – dijo la, ahora familiar, voz.

-¿Cómo se deletrea aprieto? – pregunté.

 Cuando tenía 9 años me mudé a Boston. Eché mucho de menos a mi amiga.

 “Información Por Favor” pertenecía a aquella vieja caja de madera allá en casa, y de ningún modo pensé intentarlo con el increíble y brillante nuevo teléfono situado en la mesa del recibidor de la nueva casa.

 Cuando llegué a la adolescencia, los recuerdos de aquellas conversaciones infantiles venían con frecuencia a mi memoria. Apreciaba ahora cuan paciente, compresiva y amable había sido conmigo aquella dulce voz por haber gastado su tiempo en un niño pequeño.

 Unos pocos años más tarde, en mi ruta hacia el oeste, camino de la universidad, mi avión aterrizó en Seattle. Tenía algo así como media hora entre avión y avión. Pasé alrededor de 15 minutos al teléfono con mi hermana que entonces vivía allí. Entonces, sin pensar en lo que estaba haciendo, marqué la operadora de mi pueblo natal y dije:

 -Información Por Favor.

Milagrosamente, oí la menuda y clara voz que conocía tan bien,

 -Información.

No lo había planeado, pero me oí a mí mismo diciendo:

 -¿Puede decirme cómo se deletrea aprieto?

Hubo una larga pausa. Entonces vino la respuesta en voz baja:

 -Supongo que tu dedo ya debe estar curado. – Reí.

-Así que realmente eres tú aún. – dije-. Me pregunto si tienes idea de cuánto significaste para mí en aquel tiempo.

-Me pregunto, – dijo ella- si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. Nunca he tenido hijos y solía esperar tus llamadas.

 Le dije cuan a menudo había pensado en ella a lo largo de los años y le pregunté si podía llamarla de nuevo cuando volviera a visitar a mi hermana.

 -Por favor, hazlo, – dijo -. ¡Pregunta por Sally!

 Pasaron algunos años, acabé la carrera y por motivos de trabajo volví a Seattle. Desde allí llamé a Información de mi pueblo natal y una voz diferente contestó. Pregunté por Sally.

-¿Es usted un amigo? – dijo la nueva voz.

-Sí, un muy antiguo amigo, – respondí.

-Siento tener que decirle esto, – dijo. Sally murió hace cinco semanas después de una penosa enfermedad.

 Antes de que pudiera colgar me dijo:

-Espere un momento. ¿Dijo que su nombre era Paúl?

-Sí.

-Sally dejó un mensaje para usted. Lo anoté por si usted llamaba. Déjeme leérselo. La nota decía: “Paúl, recuerda siempre que hay otros mundos donde cantar”. Me dijo que usted sabría lo que quería decir.

 Le di las gracias y colgué. Por supuesto que sabía lo que Sally me quería decir. Me gustaría que alguien me dijera cómo puedo hablar con ella ahora, ¡la echo tanto de menos! La voz que me traía tanta paz y consuelo se me fue para siempre, aunque su recuerdo y su cariño siempre quedarán en mi corazón.

 “Las muchas aguas no podrán apagar la caridad” (C.C 8:7)

Lucas Prados, pbro., AlF, 11/16

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