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Primeros años

John Carew Eccles nació en Melbourne (estado de Victoria, en Australia) el 27 de enero de 1903. Era hijo de dos profesores católicos que practicaban la educación en casa (homeschooling), por lo que John no acudió al instituto Warrnambool hasta los 12 años. Alumno brillante, a los 17 años fue becado para estudiar medicina en la Universidad de Melbourne. Se graduó el primero de su clase con honores en 1925, siendo premiado con la prestigiosa beca Rodhes para hacer el doctorado en la Universidad de Oxford, Inglaterra.

 Allí escogió la especialidad de Filosofía de la ciencia, siendo discípulo de Charles Scott Sherrington, prestigioso neurofisiólogo (en 1932, premio nobel de medicina) y también creyente, obteniendo el grado de doctor en Filosofía en 1929, a los 26 años de edad. Poco antes se había casado con la neozelandesaIrene Frances Miller, con la que tendría nueve hijos (cuatro varones y cinco mujeres). Dos de sus hijos fueron también investigadores científicos y una de ellas, Rosamond, cooperó más adelante con él en sus investigaciones. En Reino Unido publicó un primer trabajo llamado “actividad refleja de la médula espinal” (1932).

 En 1937 regresó a Australia, donde se hizo cargo, junto a Bernard Katz (premio nobel de medicina en 1970) y Stephen Kuffler, del instituto Kanematsu, perteneciente a la Escuela médica de Sydney. Durante la Segunda guerra mundial llevó a cabo investigación militar, y a su término fue nombrado profesor de la Universidad de Otago en Nueva Zelanda, donde se hizo amigo del filósofo Karl Popper, que influyó poderosamente en su concepción filosófica. Ambos desarrollaron el concepto de “dualismo interaccionista”, por el cual el universo estaba formado de una sustancia física y otra mental, que interaccionaban entre sí.

Estudio de la sinapsis neural

Desde su época universitaria, Eccles sintió una gran insatisfacción ante la explicación corriente de la relación entre mente y cuerpo, lo cual le inclinó a desarrollar su investigación en el campo de la neurociencia. En 1952 fue nombrado profesor de la Escuela John Curtin de Investigación Médica, perteneciente a la Universidad Nacional de Australia en Camberra (la capital federal). Allí focalizó su trabajo en el estudio de las sinapsis en el sistema nervioso periférico, tomando como modelo el reflejo osteotendinoso, relativamente simple de observar.

 Aplicando corrientes en la neurona motora sensorial del cuádriceps y de los isquiotibiales, su equipo descubrió el modo en que la corriente eléctrica excitatoria desencadenaba el potencial de acción en la placa motora del músculo, por acumulación de potenciales postsinápticos excitatorios; y también el modo en que actuaban los potenciales inhibitorios. En 1953 publicó el libro “las bases de la neurofisioloía de la mente. Principios de neurofisiología”.

 Eccles y Katz estuvieron también entre los pioneros que demostraron experimentalmente que la transmisión sináptica era principalmente química, y no meramente eléctrica, y el papel que la acetilcolina tenía como neurotransmisor.

 Estos descubrimientos permitieron un salto fundamental en la neurofisiología, y le valieron un gran reconocimiento a nivel mundial. En 1957 publicó “la fisiología de las células nerviosas”, y en 1958 fue nombrado caballero del Imperio, reconocimiento del que siempre estuvo orgulloso (empleó desde entonces el título de Sir). Su principal honor lo recibió en 1963, cuando obtuvo, por sus trabajos sobre la sinapsis, el premio nobel de Medicina/Fisiología, compartido con los descubrimientos de Andrew Huxley y Alan Lloyd Hodgkin por sus trabajos sobre los potenciales de acción neural. Por ese motivo fue elegido “Australiano del año” en 1963.

 Publicó en 1964 “la fisiología de las sinapsis”, y en 1969 “las vías inhibitorias del sistema nervioso central”.

Sus trabajos filosóficos. El trialismo interaccionista

Cuando John Eccles se doctoró en filosofía de la ciencia ya mostraba un lado profundamente inquisitivo acerca de la naturaleza del hombre, más allá de sus estudios meramente físicos.

 Efectivamente, en 1965 ya había publicado “el cerebro y la unidad de la experiencia consciente”, y fue nombrado miembro honorario de la Sociedad Filosófica Americana. Un año más tarde se traladó a Estados Unidos, donde trabajó dos años en el Instituto de Investigación biomédica de Chicago, abandonándolo en 1968 para ser profesor en la universidad de Buffalo (estado de Nueva York).

 Desde el principio, el objeto del interés de Eccles fue la incógnita de la relación entre mente y cerebro. Deshechando el cartesianismo clásico que le insatisfacía, en unión de Popper, evolucionó el dualismo interaccionista y diseñó una teoría de los tres mundos que interaccionaban, el “trialismo interaccionista”.

 Los que llamaba “tres mundos” estaban compuestos de: 1) Objetos y estados físicos: energía, materia inorgánica y orgánica (incluyendo el cerebro humano) y artefactos creados por el hombre (algunos no aparentemente materiales como la música). 2) Estados de consciencia: referido al conocimiento subjetivo, y a la experiencia de percepciones, pensamientos, emociones, memorias, sueños, imaginación y disposiciones interiores. 3) Conocimiento en sentido objetivo: ahí incluía toda la ciencia, tanto exacta como humanística, del ser humano.

 Según sus propias palabras, el primer mundo era el único que reconocían los materialistas estrictos.

 En cuanto al segundo mundo, admitía en él tres niveles diversos, uno correspondiente a los sentidos externos (luz, color, dolor, tacto, sonido, olfato, etc) que reconocía necesidad de elementos del mundo primero (como las ondas de sonido o las sustancias químicas del olfato), otro a los sentidos internos (pensamientos, memorias, alegrías, sentimientos, sueños, miedos, imaginaciones e intenciones) que pueden exteriorizarse por el gesto y la palabra, y un tercero correspondiente al “Puro Ego (el Yo o espíritu), que consideraba el corazón de la unidad y el pensamiento.

 La relación entre el mundo uno y el dos correspondería aproximadamente a la discusión secular entre el universo de las ideas y el de los objetos, desde Platón a Descartes, pasando por el realismo de Santo Tomás de Aquino o el nominalismo de Ockham.

 Por último, el mundo tercero corresponde a la cultura. Es decir, todo el mundo creado por el hombre y que recíprocamente le construye a lo largo de la historia. Esta era la principal adición del pensamiento de Popper a sus propias ideas. Incluía también los artefactos del mundo primero, no en tanto en cuanto meros objetos, sino por el significado trascendente que poseen.

 Publicó durante esos años diversos trabajos desarrollando progresivamente estas ideas: “Encarando la realidad: las aventuras filosóficas de un cientifico cerebral” (1970), “La comprensión del cerebro” (1973), y finalmente “el Yo y su cerebro”, en 1977, junto a Karl Popper, donde aquellas se plasman plenamente.

Últimos años

En 1975, Eccles (que contaba 72 años de edad) se retiró de la actividad académica e investigadora. Abandonó los Estados Unidos y se instaló en Suiza, donde obtuvo la nacionalidad. Allí siguió escribiendo sobre el problema “mente-cerebro”, sin que la edad avanzada le restara un ápice de lucidez. Publicó “El misterio humano” en 1979, la “Psique humana” en 1980, “La maravilla de ser Humano; nuestro cerebro y nuestra mente” (con Daniel N. Robinson) en 1984, “Mente y Cerebro” en 1985, y “La evolución del cerebro: la creación del Yo” en 1989.

 Su actividad no cesó. En 1977 pronunció las conferencias Gifford en la Universidad de Edimburgo, creadas para “promover y difundir el estudio de la teología natural”. Los temas de sus ponencias fueron “el mistrio humano” y “el psiquismo humano”. En 1981 fue miembro cofundador del Consejo Cultural Mundial, junto a otras 123 personalidades de la ciencia, la literatura, la filosofía o el arte. En 1990 recibió la Real Orden de Australia.

 En 1994, nada menos que con 91 años, publicó su último trabajo, y acaso el más perfilado y definitivo, “Cómo el Yo controla su cerebro”. Es el resultado de su relación con los trabajos del físico nuclear Friedrich Beck desde 1991.

 En él vuelve al dualismo interaccional entre mente y cerebro. Postula la existencia de unidades neurales en el córtex cerebral, a las que llama “dendrones”, formados por columnas neuronales cilíndricas en las seis últimas filas de la corteza, cada uno de 60 micrómetros de diámetro (habría unos 40 millones de dendrones). Cada dendrón estaría conectado con una unidad mental o “psicón”, representando una experiencia consciente unitaria. En los pensamientos y acciones voluntarias, los psicones actuarían sobre los dendrones, incrementando la posibilidad de activación de las neuronas seleccionadas a través del “efecto túnel” en la exocitosis sináptica.

 En 1997, John Carew Eccles murió en su casa de Locarno (Suiza), a los 94 años de edad. En la Escuela de investigación médica John Curtis de la Universidad Nacional de Australia, donde impartió clases, se inauguró en 2012 una nueva alaque lleva su nombre.

Visión filosófica y teológica de John Eccles

Eccles siempre se consideró católico practicante. Así lo afirmó en una biografía escrita por Alexander Karczmar, aunque admitía que no siempre había cumplido el precepto dominical. Más aún, su vida presentó al menos una incoherencia grave con su fe, cuando en 1968 (hijo de sus agitados días) se divorció de su esposa Irene, tras cuarenta años de matrimonio, y poco después se casó con una de sus discípulas, Helena Taboríkova, que colaboró en sus trabajos científicos.

 No obstante, era un hombre espiritual, con un profundo sentido del misterio, y una firme creencia en la Divina Providencia, y su operación por encima de los acontecimientos materiales de la evolución biológica. Estaba convencido de que la ciencia no bastaba para comprender el universo y el misterio de la vida.

 Durante su célebre ponencia “el misterio humano” en las Lecturas Gifford de Edimburgo en 1978 dijo:

Acepto todos los descubrimientos y las hipótesis científicas bien corroboradas; no como la verdad absoluta, sino como la aproximación más cercana a la verdad a la que podemos llegar. Pero tales lecturas nos revelarán, un caso tras otro, quehay un importante residuo no explicado por la ciencia, y siempre más allá de cualquier futura explicación científica. […] Como dualista, creo en la realidad del mundo de la mente o el espíritu así como en la realidad del mundo material. Más aún, soy “finalista” en el sentido de creer que hay algún Diseño en el proceso de la evolución biológica que nos ha llevado eventualmente a la autoconsciencia con nuestra individualidad única. Sugeriré más adelante que somos criaturas con algún sentido sobrenatural como ya lo he definido.

 Un año más tarde, llamaba en un artículo a recuperar la ligazón entre filosofía y la teología, alertando sobre el totalitarismo sin alma al que aboca el materialismo estricto:

Repudio las filosofías y los sistemas políticos que identifican a los seres humanos como meros objetos de una existencia material de valor sólo como engranajes de la gran máquina burocrática del Estado, que así se convierte así en un estado esclavista. Las esclavitudes terribles y cínicas representadas en la obra de Orwell ‘1984′ están hundiendo más y más a nuestro planeta. ¿Aún hay tiempo para reconstruir la filosofía y la religión que nos pueden dar una fe renovada en esta gran aventura espiritual, que para cada uno de nosotros es una vida humana vivida en la libertad y en la dignidad?

 En el mismo, criticaba abiertamente el ciencismo o cientifismo, alertando sobre su capacidad de embaucar a los legos:

Ha habido una deplorable tendencia de muchos científicos de afirmar que la ciencia es tan poderosa y omnipresente que en un futuro no muy lejano se proporcionará una explicación en principio de todos los fenómenos del mundo de la naturaleza, incluido el hombre, incluso de la conciencia humana en todas sus manifestaciones. […] En nuestro reciente libro [se refiere a “El Yo y su cerebro”, de 1977], Popper ha llamado a esta pretensión como ‘materialismo promisorio’, que es exagerado e irrealizable. Sin embargo, debido a la alta consideración que se tiene por la ciencia, tiene un gran poder de persuasión con los laicos inteligentes, porque es defendida sin pensarlo por la gran mayoría de científicos que no han evaluado críticamente los peligros de esta afirmación falsa y arrogante.

 En su libro “El misterio humano” (1979) defiende la Providencia y critica el evolucionismo neo-darwinista:

Creo que hay una Providencia Divina operando en y por encima de los acontecimientos materialistas. […] El increíble éxito de la teoría de la evolución se ha protegido de la evaluación crítica significativa en los últimos tiempos, sin embargo, falla en un aspecto de lo más importante: no puede explicar la existencia de cada uno de nosotros como seres únicos, auto-conscientes.

 Invitado a escribir en la obra colectiva “Los intelectuales hablan sobre Dios: un manual para el estudiante cristiano en una sociedad secular” (1984), tituló a su artículo “la biología moderna y el giro a la creencia en Dios”, y decía:

La ciencia y la religión se parecen muchísimo. Ambas son aspectos creativos de la mente humana. El conflicto aparente es resultado de la ignorancia. Venimos a existir a través del acto divino. Esa guía divina es un tema desde el principio hasta el fin de nuestra vida, en nuestra muerte el cerebro se va, pero la orientación y el amor divino continúa. Cada uno de nosotros es un ser único, consciente, una creación divina; es el punto de vista religioso; es el único punto de vista consistente con toda la evidencia.

 En 1989, en su obra “evolución del cerebro; creación del Yo” afirmaba que “la teoría reduccionista prevalente era empobrecedora y vacía”, y añadía:

Expreso aquí mis esfuerzos por comprender con profunda humildad un Yo, mi Yo, como un experiencia. Lo ofrezco en la esperanza de que los Yos humanos puedan descubrir una fe transformadora en el sentido y significado de esta maravillosa aventura que se nos ha dado a cada uno en esta salubre Tierra nuestra; cada uno con su maravilloso cerebro, que es nuestro para controlar y usar, para nuestra memoria y disfrute, y creatividad, y con amor por los otros Yos humanos.

 En una conferencia en 1990, Eccles también se mostró crítico con la adoración de la Madre Tierra de la Nueva Era, poniendo en guardia frente al más preocupante materialismo:

Hablas de la protección de nuestra tierra como si fuera el objetivo más urgente en la actualidad. No estoy de acuerdo. Se trata de salvar a la humanidad de la degradación materialista; se presenta en los medios de comunicación, en la sociedad de consumo, en la predominante búsqueda de poder y dinero, en la degradación de nuestros valores (que solían estar basados en el amor, la verdad y la belleza), y en la desintegración de la familia humana.

 La espiritualidad pasaba a primer plano en su obra “Evolución del cerebro:creación del Yo” (1991):

Tenemos que reconocer que somos seres espirituales con almas existentes en un mundo espiritual, así como seres materiales con cuerpos y cerebros que existen en un mundo material. […] Me veo obligado a atribuir la exclusividad del Ser o el Alma a una creación espiritual sobrenatural. Para dar la explicación en términos teológicos: cada Alma es una nueva creación Divina, que se implanta en el feto en crecimiento en algún momento entre la concepción y el nacimiento. […] Podemos considerar a la muerte del cuerpo y del cerebro como la disolución de nuestra existencia dual. Con suerte, el alma liberada encontrará otro futuro de significado aún más profundo y de más experiencias fascinantes, quizás en alguna existencia renovada conforme a la enseñanza cristiana tradicional.

 En su obra cumbre, “Cómo el Yo controla su cerebro” (1994) es muy crítico hacia la filosofía materialista, y esa crítica le lleva a la fe en la creación sobrenatural:

El ‘materialismo promisorio’ es simplemente una superstición mantenida por materialistas dogmáticos. […] Observo que esta teoría no tiene fundamento. Cuanto más descubrimos científicamente acerca del cerebro, más claramente distinguimos entre los eventos cerebrales y los fenómenos mentales y más maravillosos se vuelven los fenómenos mentales. […] El misterio humano está increíblemente degradado por el reduccionismo científico, con su pretensión en el materialismo promisorio para considerar todo lo del mundo espiritual en términos de patrones de actividad neuronal. Dicha creencia debe ser calificada como una superstición. […] Puesto que las soluciones materialistas no tienen en cuenta nuestra unicidad experimentada, me veo obligado a atribuir la unicidad al ser o alma a una creación espiritual sobrenatural. Esta conclusión es de inestimable importancia teológica. Refuerza fuertemente nuestra creencia en el alma humana y en su origen milagroso en una creación divina.

 En la entrevista para la antología científica The Voice of Genius (1995) declaraba:

Hay un misterio fundamental de mi existencia personal, que sobrepasa las consideraciones biológicas del desarrollo de mi cuerpo y de mi cerebro. Esta creencia, por supuesto, mantiene el concepto religioso del alma, con su creación especial de Dios. […] Si considero la realidad como la experimento, la primera experiencia que tengo es de mi propia existencia como un ser único consciente de sí mismo que yo creo que fui creado por Dios.

Epílogo

Para muchos de sus colegas de filosofía de la ciencia, el dualismo era casi un residuo religioso de la filosofía de una época pasada, y Eccles se acostumbró a enfrentar frecuentes críticas. Por ello fue un activo participador de las Conferencias internacionales de la Unidad de Ciencia, patrocinadas por la Fundación Cultural internacional. En ellas fue uno de los principales impulsores de temas como “la ciencia y los valores absolutos”. Siempre se empeñó en que la ciencia no se cerrara en un estrecho camino que le llevara a despreciar la integración de sus conocimientos con la dimensión espiritual de la persona (como por ejemplo en sus ponencias sobre la neurociencia y el libre albedrío, la muerte o el sentido de la vida).

 Junto a su amigo Karl Popper, fue también un firme defensor del método hipotético-deductivo (formular una hipótesis y deducir de ella consecuencias que pudieran ser falsadas experimentalmente), y en sus propias investigaciones lo siguió escrupulosamente.

 John Carew Eccles estaba profundamente convencido de que se podían hallar los signos de lo sobrenatural junto a los hallazgos naturales de la ciencia, y persuadido de que no suponían una contradicción para ningún investigador científico.

Su experiencia en la investigación científica no supuso en absoluto la puesta en duda de la fe recibida. Muy al contrario, puso al día la teoría dualista de alma-cuerpo(en su caso mente-cerebro) de los teólogos cristianos más autorizados. De forma cuasi profética, advirtió contra los riesgos y errores del materialismo, muy particularmente del que llamó “materialismo promisorio” que consideraba muy cercano al cientifismo, así como de la adoración de la Madre Tierra, de las filosofías materialistas y su concepto del hombre como engranaje.

 En cambio, defendió el Diseño inteligente detrás de la evolución biológica. Propuso atribuir la unicidad de mente y cerebro a la creación divina, y la superioridad de la mente. Y predicó la transformación del Yo para recuperar una civilización (filosófico-religiosa) en la que el respeto a la dignidad del hombre, el disfrute, la libertad y el amor a los otros sentara las bases de una cultura basada en la reconciliación entre la ciencia y la religión, entre la razón y la fe.

 Sin duda, un buen ejemplo para cualquier católico, sobre todo los investigadores científicos.

 Luis Ignacio Amorós (Valencia, 1972. Seglar católico. Doctor en Medicina, catequista de confirmación, voluntario de Cáritas en Atención al inmigrante, ministro extraordinario de la Comunión desde 2005, ha sido editor del portal de la CTC del Reino de Valencia desde 2004 a 2008). / InfoC. 2016

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