Uncategorized

Dos culturas

La inquietud vital del católico actual

catolicos1

Muchos católicos viven inquietos ante las dificultades para ser coherentes con su fe en los tiempos actuales. Dificultad para manifestarse cristianos plenos y vivir sus creencias, así como las normas morales de ellas derivadas. Con frecuencia encuentran incluso difícil entender o saber qué es lo que falla, puesto que se supone que vivimos en una sociedad en libertad religiosa y con gran tradición católica. Ahí están sus catedrales milenarias y sus fiestas religiosas tradicionales que, si no son esplendorosas, al menos se conservan década tras década.

Sin embargo, resulta cada vez más complicado educar a los hijos en los valores del Evangelio sin lanzarlos a un mundo donde parecen bichos raros. Muchos buscan desesperadamente compromisos entre la fe y el Mundo, tratando de adaptarse a las circunstancias, siempre cambiantes, y nunca a mejor.

La realidad es que seguir fielmente a Cristo nunca ha sido buena manera de congraciarse con el Mundo, ni vivir una vida cómoda. Ni cuando la sociedad española era mayoritariamente católica; mucho menos ahora que es mayoritariamente apóstata. No obstante, no existe otro camino que la puerta estrecha y el camino empinado.

La explicación es bien simple: la fe cristiana no es un simple paquete de normas personales o creencias abstractas. La fe cristiana produce por sí misma una cultura propia. Si esa cultura no es la dominante en la sociedad, el católico siempre se sentirá, y así deberá ser, diferente.

Porque la cultura imperante en la actualidad es otra, la llamada de forma genérica, “modernista”. No distinta, sino opuesta a la católica. Nacida del racionalismo y el liberalismo filosófico, y fuertemente influida por la filosofía de la historia marxista.

Las oposiciones entre cultura modernista y cultura católica

Porque la cultura modernista, por esa influencia marxista, es fundamentalmente materialista, negando otra realidad que no sea la de la materia (de ahí que la ideología del animalismo coseche día a día nuevos adeptos). La cultura católica, en cambio, es espiritualista, reconociendo la existencia del alma en el ser humano. Alma que le convierte en esencialmente distinto del resto de entidades materiales de la Creación.

Porque la cultura modernista es naturalista, no aceptando que existan otras realidades que las naturales. La cultura católica, aceptando a Dios como principio de todo, es sobrenaturalista, y cree en realidades no naturales.

Porque la cultura modernista es profundamente individualista (o por decirlo más crudamente, egoísta), reconociendo en el individuo la fuente de todo pensamiento y por tanto, de toda voluntad. Para ella, cualquier otro tipo de organización superior al individuo es facultativa y voluntaria (“contrato social”), y jamás puede estar por encima de esa autodeterminación del yo. Pero la cultura católica es primariamente comunitaria. Iglesia, Ekklesía, quiere decir asamblea, y Cristo fundó una comunidad de amor y predicación, y no una escuela de pensamiento. Precisamente la donación al otro es motor fundamental de la cultura cristiana, y por tanto, es comunitarista por esencia, y no meramente por conveniencia.

Porque, derivada de su individualismo, la cultura modernista es subjetivista. Y como cada sujeto es variable, toda verdad moral es personal; por tanto, no existe una ética universal o superior, sino a lo sumo, consensos puntuales que permitan la convivencia. Niega una Verdad universal, niega el absoluto e incluso niega un conocimiento pleno, y únicamente lo admite parcial. Pero la cultura católica es objetivista: reconoce una Verdad externa y superior al hombre, a la que este se sujeta y debe tender en su actuar. Por tanto, cree en una moral objetiva y en el absoluto, al cual nuestra inteligencia está llamada a descubrir.

Porque la cultura modernista es consecuentemente voluntarista, y establece en la expresión de la voluntad de cada hombre el fin de sus actos. Así, el Bien se equipara a voluntad libre. Voluntad que puede ser guiada predominantemente por la razón (racionalismo, predominante en los inicios de la filosofía modernista) o por la emoción (sentimentalismo o irracionalismo, más común hoy en día). Mas la cultura católica es realista, y entiende que la voluntad (por medio del conocimiento) debe escoger, auxiliada por la razón y la emoción, el modo de adecuarse a los objetos y seres reales (con existencia por sí mismos) externos a la persona, para elegir el Bien. El ser pensante ocupa así su humilde (pero trascendente) posición en el orden de las cosas.

Porque la cultura modernista es positivista, pues entiende que las leyes dictaminadas por la autoridad, por su mera legitimidad convenida, son de obligado cumplimiento, y generan moralidad por sí mismas, como forma de reglamentar y controlar el contínuo conflicto social de intereses y apetitos individuales contrapuestos. Pero la cultura católica es iusnaturalista, y enseña que la ley positiva debe buscar la forma de adecuar en cada momento y circunstancia el obrar de los hombres a la ley natural, verdadera norma buena e inmutable que permite el desarrollo pleno de cada miembro de la sociedad en armonía con el crecimiento y prosperidad de esa misma sociedad, y no en su oposición.

Porque la cultura modernista es secularista, y considera que la relación del hombre con Dios (o su ausencia), no sólo es meramente personal, sino que es obligatoriamente privada, y por tanto se debe reducir al ámbito de la conciencia y lo doméstico. Pero la cultura católica es religiosa, y el vínculo con Dios no únicamente es central en su obrar, sino que debe ser público y manifiesto, por medio de símbolos y rituales que hagan visible la Nueva Alianza de la comunidad cristiana con su Señor y Salvador Jesucristo.

Y porque la cultura modernista es profana, centrada en el hombre como nuevo Prometeo, verdadero “dios” del tiempo futuro (humanismo). Considera al Dios Creador manifestado a través de los siglos como engaño, ilusión o consuelo fabricado, y es por ello positivamente irreverente e incluso impía. Pero la cultura católica es sacra, y reconoce en la realidad común atributos materiales de Dios: los sacramentos, los rituales, las palabras de oración, e incluso algunas reliquias relacionadas con la divinidad. Atributos apartados del mundo de los hombres y consagrados a Dios, y por tanto, tratados con el honor que les corresponde.

En fin, porque la cultura modernista es atea, y reniega de Dios, y la católica es teísta, y busca a Dios.

Conciliar ambas es imposible.

¿Qué hacer? Una propuesta

Sea por debilidad, sea por comodidad, sea por miedo, sea por torpe interés, o incluso con pleno conocimiento y complicidad, existe en nuestra comunidad católica una fuerte corriente que propugna que la imposición del modernismo es un hecho histórico inevitable, asociado con frecuencia al “progreso de la Humanidad” (uno se pregunta cómo puede un cristiano creer sinceramente que la sociedad puede progresar de algún modo alejándose de Dios), y que, por tanto, hay que llegar a algún tipo de entendimiento con él, o tratar de “cristianizar la cultura contemporánea”. Es un fatalismo historicista miope y falto de fe.

Es falto de fe porque las promesas de Cristo no se circunscriben a un momento o a un lugar histórico, sino a todos los hombres de todas las generaciones. ¿Cómo podemos presentarnos al Creador disculpando nuestras debilidades ante la impiedad con que ”en nuestra época eso era lo que triunfaba”? Cientos de miles de mártires, que padecieron y murieron por defender a Cristo en un mundo que le odiaba, se levantarán el día del Juicio y nos acusarán.

Es miope porque el modernismo triunfa hoy en día en Occidente, pero ni mucho menos en el resto del mundo: en la mayor parte de Asia y África aquellas sociedades toman los avances teconológicos de Occidente pero no sus presupuestos filosóficos modernistas, que les son extraños. Y los musulmanes demuestran cada día que se puede vivir rechazando explícitamente (por desgracia, en no pocas ocasiones violentamente) la cultura modernista. La Iglesia lleva veinte siglos en la tierra, como nuevo Israel, y ha visto levantarse y caer infinidad de culturas e imperios, y seguirá existiendo hasta el fin del mundo. No llamemos “reconocimiento de una realidad inevitable” a nuestra tibieza como cristianos, a nuestra traición a Cristo.

La misión de la comunidad cristiana no es “cristianizar culturas”, sino personas y sociedades. Algunas culturas pueden tener rasgos, derivados de la ley natural, que sean perfectamente compatibles con el Evangelio. Asimismo, no todos los preceptos sociales son necesariamente Buenos o Malos, sino que también los hay moralmente indiferentes. Nada hay de malo en conservar estos, pero siempre procurando iluminar los equivocados con la verdad de la Palabra de Dios.

Mas eso no puede ser posible con la cultura modernista, nacida del cadáver en descomposición de la Cristiandad latina, como su gusano barrenador. Creada ex-profeso como destructora y superadora de la cultura católica. Los cristianos no podemos llegar a ningún entendimiento con una cultura con las características arriba descritas. Debemos combatirla, con la palabra, con el ejemplo, con la discusión, con la oración, con la fortaleza que nos dan los sacramentos. Con la voluntad de seguir a todo trance las enseñanzas de Nuestra Maestro y Redentor, y no las de los poderosos, servidores del príncipe del mundo. Estamos en el Mundo, pero no somos del Mundo.

Algunos quieren ver en las consecuencias lógicas de la cultura modernista (codicia desenfrenada, disolución social y división, ruptura de las familias, caída de la natalidad, agotamiento de los eslóganes) el preludio de su fin. Otros esperan/ruegan por la Segunda Venida de Cristo escrutando los signos de los tiempos. Hay quien, en fin, incluso está a la expectativa de la destrucción desde fuera del orden anticristiano de Occidente.

Mas a nosotros no se nos ha dado el poder de conocer el día del Juicio, ni se nos ha instruido para esperar sentados la resolución de los problemas, ni mucho menos a desear malignamente el conflicto y la violencia para obtener nuestros fines. Nuestra misión sigue siendo la misma: firmeza en la defensa de la fe, la cultura católica y los derechos de Dios. Compasión con el pecador, odio al pecado, caridad con todos. Evangelización infatigable.

Ante todo, amor a Dios y al prójimo, y conversión de nuestros hermanos. Mas primero hemos de convertirnos nosotros. Dios quiera arrancar nuestro corazón endurecido de piedra y sustituirlo por un corazón de carne. Por nuestra salvación y la de nuestros hermanos extraviados. Tenemos una obligación con ellos, y de ella Dios nos pedirá cuentas.

Luis Ignacio Amorós (Valencia, 1972. Seglar católico. Doctor en Medicina, catequista de confirmación, voluntario de Cáritas en Atención al inmigrante, ministro extraordinario de la Comunión desde 2005, ha sido editor del portal de la CTC del Reino de Valencia desde 2004 a 2008) / InfoC. 2016

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s