“Una sociedad profundamente herida, espantada, llena de temores, frustrada, que se siente engañada y que ha perdido toda confianza en su futuro, requiere de la esperanza, de aquélla que nace de fundamentos sólidos y hechos tangibles. Nosotros, la Iglesia, somos portadores de la esperanza, y no solo dicha sino también vivida, mostrada, ofrecida, que invita a participar”.

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Somos portadores de esperanza en una doble práctica. La primera y más importante de todas es la esperanza sobrenatural. Aquélla que está por encima de la naturaleza humana. La esperanza completada en la persona de Jesucristo y anunciada por la Buena Nueva de la vida eterna, de la victoria sobre el sufrimiento, el miedo y la muerte. Una victoria que comienza ahora y aquí, porque esta esperanza forma parte de la vida vivida. Es una cata de la vida eterna, de aquello que llamamos cielo. En nuestros gestos y actos cotidianos, si somos cristianos esperanzados, estamos viviendo pequeños apuntes que nos permiten entender qué puede ser aquella vida. Los podemos ver reflejados en la mirada de nuestros hijos, en la compañía silenciosa de nuestra mujer o nuestro marido al otro lado de la casa, en lo que te conmueve por dentro cuando has conseguido ayudar de verdad en una necesidad, en el juego de los niños muy pequeños y en sus conversaciones, en la actitud de una persona que lo ha perdido todo y continúa manteniéndose en pie. Todos estos pequeños retazos y otros muchos más son los que nos dan esta ligera percepción que podemos vivir ahora si creemos en ella de que nuestra vida será buena y feliz para siempre.

La Iglesia, todos nosotros, no podemos ocultar, tergiversar, negar, esta agua de vida. Y a veces lo hacemos, cuando nos revestimos de determinadas formas y actitudes que no permiten ofrecer, y a veces ni tan siquiera mostrar, que esta esperanza real existe y que merece la pena ser vivida porque es la que te permite confiar por encima de toda desgracia en el futuro de tu vida.

TODOS SOMOS IGLESIA

Jesucristo, una vez resucitado y en una de sus apariciones a sus apóstoles en la playa del mar de Galilea, les pregunta simplemente si tenían hambre y les invita a desayunar. Es una llamada de atención para mostrar que el cristianismo es una fe encarnada en las realidades de esta vida. Y ésta es la segunda práctica que muestra nuestra esperanza cristiana. La de transformar la vida cotidiana a través de la solidaridad, de la donación, de la ayuda, del trabajo bien hecho, del esfuerzo continuado, del no dejarse rendir nunca, del ser capaz de impulsar nuevas respuestas, de no vivir solo pendiente del dinero, de ayudar a los que no lo tienen, de colaborar como voluntarios, de aportar recursos a las organizaciones cristianas, de crear cooperativas y sociedades laborales, de ayudar con crédito a empresarios que conoces y que pueden salir de la situación pero que el banco los asfixia. Somos, si queremos, como un inmenso océano formado por multitud de gotas de agua. Cuanto más sea el número de gotas, es decir de cristianos que vivan en su práctica esta esperanza y cuanto más se unan unas gotas a otras para formar masas mayores, en mayor medida estaremos transmitiendo a nuestro mundo esta esperanza, y el mundo, en nombre de ella, volverá sus ojos, esperanzado a la cruz.

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